Aniversario del 16J

El evento del 16 de julio del año 2017 fue sin duda un gran acontecimiento que demostró el vigor y la capacidad de la sociedad civil opositora y los partidos políticos en ese momento. Se dice fácil, pero recoger casi ocho millones de firmas en Venezuela y el exterior, no es ninguna trivialidad. Hoy no tenemos la capacidad de convocatoria para semejante hazaña.

Ese plebiscito fue además, en ese momento, una forma de concluir con una demostración de unidad y fuerza a una situación a la que ya no se le veía salida, que eran las manifestaciones de calle que se venían sucediendo casi diariamente desde hacía varios meses y que arrojaron una secuela de más de 160 muertos, a manos de los esbirros de la dictadura, todas impunes al día de hoy.

Lo ocurrido el 16J fue una forma de decirle a la dictadura –y a muchos en la oposición de hoy en día– que no somos soldados, dispuestos a batirnos en las calles con palos y piedras contra los fusiles, tanquetas y demás armas de fuego de la dictadura, que somos ciudadanos, que queremos expresarnos con medios ciudadanos, con eventos como ese, en los que podamos participar masivamente.

La importancia y la significación del 16J nadie la pone en duda, lo lamentable es que no se haya podido dar continuidad a lo ocurrido, que hubiera sido, por ejemplo, un triunfo de la oposición en las elecciones de gobernadores que se realizaron tres meses después. La frustración y el desánimo, las trampas y abusos del régimen y de manera muy importante la abstención estimulada por el gobierno y promovida erróneamente por parte de la oposición, frustraron esa posibilidad, hiriendo de muerte la continuidad del 16J y su poder de expresar la fuerza mayoritaria de la oposición democrática y fracturando la unidad que aún no hemos logrado restituir.

Pero más lamentable sería que ahora ese acontecimiento se convierta en una “efeméride” con la cual se celebre anualmente una especie de hazaña, como si se tratara de uno de esos campeonatos mundiales de béisbol que se ganaban hace 40 ó 45 años y que no han sido re-editables en el transcurrir del tiempo.

Una parte del problema que tuvo ese acontecimiento, por lo cual no pudo tener continuidad, es que parece que no estaba muy claro cuáles eran los objetivos que se perseguían, qué era lo que se buscaba, porque para unos significa una cosa mientras que para otros significa otra. De allí que el peligro, ahora, es que lo ocurrido el 16J se convierta en un evento ideologizado, que sea cargado de un contenido político que no tenía o que era diferente al que se le atribuyó en el momento y se utilice como tema de división y confrontación dentro de los diferentes grupos de oposición.

Muchos atribuyen a ese evento un significado que para mí no tenía, especialmente en la interpretación de la tercera pregunta; que para algunos se resume en darle o reclamarle un mandato a la Asamblea Nacional −que fue quien convocó el evento del 16J, con carácter de plebiscito− para el cual no tiene ni las facultades jurídicas ni la capacidad o fuerza para llevarlo adelante, que es designar al presidente de la República.

Ya en otra oportunidad me referí al tema de la forma en que ahora resumo (https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2017/09/30/el-mandato-del-16j/):

Quienes firmamos el 16J expresamos con la tercera pregunta que queríamos −y queremos− “la renovación de los poderes públicos de acuerdo a lo establecido en la Constitución”, es decir, en “elecciones libres y transparentes”, con las cuales se conforme “un Gobierno de Unidad Nacional para restituir el orden constitucional”. No había en la tercera pregunta un lapso para hacerlo, una fecha de ejecución, que además era absurdo definirla bajo una dictadura que hemos visto dispuesta a mentir, reprimir y matar por mantener el poder. Pero sí había en la pregunta un “modo”: renovando poderes, de acuerdo a la Constitución, mediante elecciones; y una finalidad, un “mandato”, para usar la palabra que les gusta a algunos: conformando un gobierno de unidad nacional. Es decir, por decisión de la mayoría y que se incluya a todos en ese proceso.

Para mí no ha cambiado el propósito y la interpretación de esa pregunta, para otros sí y pretenden convertir ese supuesto “mandato” en un arma para pasarle una factura política a la Asamblea Nacional, a la defenestrada MUD o a los rivales políticos, ideologizando y manipulando así el significado cívico y ciudadano de la mayoría, expresada el 16J.

@Ismael_Perez

 

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Desmoronada la MUD

Políticamente la MUD está herida de muerte. Su desaparición o anulación es ya un hecho, mas allá de que siga apareciendo por allí, cual fantasma, realizando algunas reuniones o actividades. Todos los que durante los últimos años la han fustigado con criticas demoledoras y la han llenado de insultos, calificativos e improperios, ya pueden estar satisfechos y contentos. La dictadura lo está.

Su desmoronamiento fue paulatino y anunciado. Aparte de las culpas organizativas y errores propios (inacción, falta de respuestas claras y oportunas a determinadas situaciones, retraso en tomas de decisiones, etc.) hay tres hechos, ninguno decisivo, pero todos importantes, que determinan su condición actual. El primer daño fue la salida de algunas individualidades y pequeños partidos, sobre todo por sus posiciones muy críticas hacia los planteamientos de la oposición representada en la MUD, en la mayoría de los casos sin ofrecer una opción alternativa. Después vino la posición de Falcon y sus seguidores de participar en el pasado proceso del 20M, que aunque tuvieran razones válidas, o al menos discutibles para ello, fue una decisión en contra de la posición acordada unitariamente. Ahora la decisión de Acción Democrática (AD) de abandonar la MUD deja a esta en peores condiciones de las que ya estaba.

La decisión de AD será seguida por otros pues el problema es que los partidos no se “casan”, realmente, con la MUD; es un matrimonio de conveniencia, sonrisas y agarraditas de mano para la foto, pero duermen en camas separadas, no hay vida conyugal; y así es muy difícil que se desarrolle una verdadera unidad.

Difícilmente podrá recuperarse la MUD y queda por ver si con ella no desaparece también, aunque sea momentáneamente, la idea de la unidad como elemento político fundamental para luchar contra la dictadura. Prácticamente la MUD ya estaba de retirada y sin razón de ser ─al decir de aquellos que solo la veían como una alianza electoral─ pues los partidos que la componen han desaparecido, desde hace meses, de la acción pública. Ahora hay una razón menos, AD, para continuar con ese proyecto unitario.

Por lo pronto mi opinión, sin otros elementos de juicio, es que AD con esta decisión abandona el camino de la unidad para enfrentar la dictadura y escoge su propia agenda, cualquiera que esta sea, como alternativa de lucha. Las razones por la cuales AD se retira de la MUD están explicadas, ahora quedamos a la espera de cuál será la opción que nos plantea AD para luchar contra la dictadura y corresponderá a ese ente etéreo que es la historia y sobre todo al pueblo venezolano, juzgar la eficacia de esta acción y “premiar” con su apoyo o pasar la factura correspondiente.

Pero independientemente de la MUD, de la posición de sus críticos de siempre, de quienes optaron por separarse de su línea política y participar en el proceso del 20M o de la decisión de AD y otros partidos, este gobierno, devenido en dictadura, es el más nefasto y corrupto que ha tenido Venezuela y, por lo tanto, la solución de los problemas del país sigue siendo sacar del Gobierno a los Maduro e impedir que los Chávez regresen y nos gobiernen.

La ruta para superar la crisis, así lo creo y he dicho, es la ruta democrática y constitucional, como única posible y aceptable para resolver este y cualquier conflicto y rechazar los atajos no democráticos, que no ofrecen ninguna garantía de erradicar el autoritarismo o que caigamos en un gobierno similar, del mismo signo o de signo contrario, pero igualmente nefasto.

La posibilidad de lograrlo depende de varios factores ─unidad, movilización interna, apoyo internacional─ pero uno de ellos es contar con partidos políticos, fuertes, con autoridades democráticamente electas y frecuentemente renovadas; partidos con contenido y mensaje, que expresen las aspiraciones y el sentir de los venezolanos. Con una organización más acorde con el siglo XXI, —siglo que para algunos ni siquiera ha comenzado— capaz de conducir a nuestro pueblo a superar los partidos populistas, militaristas y caudillistas de principios del siglo XX, representados ─pero no solo en ellos─ en los que apoyaron a Chávez Frías y actualmente a Nicolás Maduro.

¿Qué hacer, entonces, que viene ahora? Como algunos ya han dicho ─Miguel Pizarro, en la Asamblea de Fedecámaras 2018─ corresponde a los políticos marcar y emprender los caminos adecuados; pero nos corresponde a los  analistas señalar los errores, profundizar en las señales que nos marca la realidad política y social en que vivimos o sobrevivimos.

La tarea del momento, la que nos espera ─además de volver al pacto originario, a la reconstrucción del pacto social entre ciudadanos y políticos─ es una labor de pinza o tenaza, en la cual uno de los brazos de la pinza es organizar la resistencia interna contra el régimen con partidos políticos y dirigentes modernos y renovados; y el otro brazo es construir un movimiento ciudadano, militante y movilizado para luchar contra la dictadura.

¿Es posible hacer este trabajo de pinza en la solitud de cada partido o grupo de ciudadanos? Quién sabe, personalmente lo dudo, pero para algunos ese es el camino escogido.

@Ismael_Perez

Tres Convicciones.

Atravesamos, como oposición democrática, un mal momento. Hay un ambiente pesado y oscuro, un letargo incomprensible para la muy crítica realidad que estamos viviendo; caminamos un terreno sinuoso y movedizo. Todo está plagado de disputas y críticas acerbas, destructivas, sin opciones o con opciones confusas, sin mensajes ni propuestas. En estos momentos se impone la reflexión y reafirmación de las convicciones, que ─sin ánimo de sentar cátedra─ sienten bases, nos abran la mente y propicien la discusión que nos ayude a salir del marasmo.

Desde que escribo sobre temas políticos frecuentemente lo hago sobre tres convicciones fundamentales:

– Primero la importancia de los partidos políticos; sin partidos políticos no hay democracia, sin partidos políticos no hay estado de derecho ni libertades políticas, sin partidos políticos no hay estado moderno ni estructuras ciudadanas para acceder al poder.

Los partidos políticos son la base de la democracia y el estado; y cuando el régimen de Chávez Frías comenzó a eliminarlos en 1999, a restringirlos, a quitarle potestades y financiamiento, hasta eliminarlos de forma definitiva de la Constitución Nacional, estaba simplemente diciendo cuál era el rumbo que quería tomar de estado totalitario, hoy devenido en dictadura, que recientemente termino de inhabilitar a la mayoría de ellos.

Por supuesto, no se trata de dar un cheque en blanco a los partidos políticos; estos tienen que ser democráticos, sus autoridades electas por la base y renovarse permanente y constantemente; no es saludable, ni tolerable, que pasen generaciones de militantes y líderes y continúen las mismas autoridades partidistas, sin variar, sin renovarse. Los partidos, además, tienen que tener un programa, un plan, conocido y difundido o alguna concepción teórica, que los conduzca, los guíe e inspire a tomar el poder para implantar ese plan para bien de toda la sociedad.

– La segunda convicción es la unidad. La unidad no es un fin en sí mismo, es una vía de acción, una estrategia o una táctica, pero en este momento es condición imprescindible y necesaria para salir de este oprobioso régimen.

Por supuesto me refiero a la unidad de los que creemos en la democracia como eje fundamental para el desarrollo de la vida cívica. Todos quienes tengamos esta convicción debemos dejar de lado nuestras diferencias, para lograr constituir una fuerza mayoritaria capaz de llevar al pueblo venezolano la esperanza de una vida digna y mejor y un futuro de bienestar y progreso.

Por eso he defendido los intentos ─ imperfectos, incompletos─ de unidad, como lo fueron en su tiempo la llamada Coordinadora Democrática y desde hace varios años la MUD, hoy herida de muerte, como intentos valiosos sobre los cuales se podría constituir una fuerza políticamente activa, capaz de enfrentar y frenar a la dictadura.

Es más, creo que en este momento todos aquellos que no estén trabajando activamente por la unidad, todos los que contribuyan a la disgregación de las fuerzas opositoras, todos los que no sacrifiquen sus visiones y agendas particulares por la unidad, le están haciendo un favor a la dictadura.

– La tercera convicción es la vía electoral. Se cree o no se cree en la vía electoral; se cree en que podemos salir de este gobierno por una vía diferente, sea mediante un golpe de estado, sea mediante una intervención militar externa, o se cree en la vía electoral. No creo que existan otras alternativas, si alguien piensa que lo que está ocurriendo en el país puede concluir en una especie de guerra civil y que tenemos la posibilidad de “ganarla”, es una locura; y si eso no es posible ─y no lo es, sin ninguna duda─ lo que nos queda es la vía electoral.

A la vía electoral se puede llegar de diversas maneras. Qué duda cabe que una de ellas es una revuelta popular, por la crisis humanitaria que vivimos, que desestabilice la dictadura y obligue al gobierno a renunciar, a aceptar una salida democrática, con un proceso eleccionario; pero siempre, en última instancia, tendremos que llegar a la vía electoral. Desde el 20M, nadie, ninguna opción opositora ha logrado movilizar nada; nos diluimos en crecientes protestas sociales, con sobradas razones, pero sin una orientación política efectiva de largo plazo, nos seguimos así desgastando, atomizando y alejando de la construcción de una mayoría opositora, con oportunidad de triunfo.

Se quiera o no, aunque se pretenda demostrar, rabiosamente, aunque se quiera negar y desconocer, la vía electoral es la única que ha demostrado que nos permite organizar a la gente, que nos permite movilizar a la población, que permite la incorporación masiva de ciudadanos con una cierta seguridad para la participación popular que produzca los cambios por expresión de la voluntad mayoritaria.

La electoral es la única vía que permite eso y estoy atento a que me demuestren en la práctica lo contrario; no con discursos encendidos, con artículos ingeniosos y argumentos retóricos, o con insultos en fogosos mensajes por redes sociales. Para ella, para la vía electoral, debemos estar siempre dispuestos y preparados, aunque en determinados momentos se opte por no participar en algún proceso concreto, como ya ha ocurrido.

Desde estas tres convicciones ─y las que surjan─ propongo que se reanude el necesario proceso de discusión y diálogo entre la sociedad civil y los partidos políticos.

@Ismael_Perez

Peleas entre Hermanos

Sin intención de ser cruel o escabroso, nada entretiene más al ser humano que narrar el infortunio de otro ser humano, sobre todo si lo considera su rival o adversario. Y esta situación retrata perfectamente las pugnas internas que se suscitan en el campo de la política opositora.

Aquello de que “los hermanos sean unidos” o el refrán popular: “el que le pega a su familia se arruina”, sabemos que no se cumple en política, en donde los personajes son más “bíblicos”, y es más fácil que “Caín” mate a “Abel”, una y mil veces, que pensar que éstos dos hijos de Adán se unan para propinarle una paliza a un tercero.

Hoy tenemos además el factor del mundo globalizado, que a través de la “magia comunicacional”, digital, y las redes sociales nos permiten ver con lujo de detalles todo tipo de “fraternales” pero sanguinarias disputas. Por ejemplo, las que se dan, entre candidatos demócratas y republicanos en los EEUU, para alcanzar la nominación de sus propios partidos; o escenas de parlamentos, en todas partes del mundo, en donde se intercambian todo tipo de calificativos e insultos y rápidamente se llega a las manos. Lamentablemente, al mismo tiempo esa “magia comunicacional” también permite al mundo, a nuestra tan apreciada “comunidad internacional”, darse cuenta de que los venezolanos no somos una excepción y que más bien confirmamos con creces esa regla.

Sin embargo, con excepción de nuestra cultura digital, masiva y “en línea” que sin duda los potencia, los pleitos internos de la oposición hoy en día no son para nada diferentes a los que siempre tuvimos; desde la quinta, hasta la primera República ambas incluidas; no en balde aquello del Libertador en su último lecho: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión…” Todo lo más, estamos comprobando que no sólo no hemos avanzado un paso, sino que hemos retrocedido cientos de ellos; o en el mejor de los casos, que estamos dando vueltas en círculos rumiando nuestras propias miserias y disputas.

Para considerar y reflexionar, no es nada nuevo lo que hoy nos pasa en el campo opositor y en la acera de enfrente ─entre los que apoyan a la dictadura─, solo que ellos, llenos de culpas y con muchos intereses de poder de por medio son un tanto más discretos, al menos ¡Por ahora!

Haciendo un poco de menudencia histórica, por ejemplo, los trapos más sucios se los han sacado los pre candidatos de Acción Democrática (AD) a sus propios compañeros de partido. Fue Luís Piñerua quien nos ilustró con aquello de que Jaime Lusinchi era un “gurrumino”. Otro ejemplo, los social cristianos son los que peor se han referido a los suyos. Así que lo de Voluntad Popular hace unas semanas no tiene nada de nuevo. Y así pudiéramos hacer un repaso por todos y cada uno de los partidos. Por lo tanto, que las cosas en el campo de toda la oposición se diriman de la forma que estamos viendo, tampoco puede sorprendernos.

Lo cual no quiere decir que eso sea algo que debemos dar por “normal”, algo a lo que debamos acostumbrarnos o de lo que podamos sentirnos orgullosos, sobre todo si lo que tenemos enfrente son 18 años de régimen no democrático, hoy devenido en franca y abierta dictadura. E insisto, la caterva de insultos que nos propinamos entre nosotros, no solo no corrigen ninguno de los defectos o vicios que podamos tener, sino que dificultan cualquier posible comunicación a la que a futuro debemos aspirar.

En todo caso, hasta son aceptables las diferencias de opiniones, las discusiones internas; pero lo que no es aceptable es que haya transcurrido más de un mes desde el 20M y haya una ausencia casi total ─nótese el “casi” ─ frente a la opinión pública de propuestas opositoras con relación a los graves problemas que vive el país y la manera de enfrentarlos. Las discusiones internas solo son aceptables si externamente se ve, de manera clara y notoria, a cada uno de los partidos o grupos políticos trabajando por lo que creen, llevando esas ideas a la discusión pública, denunciando los desmanes de la dictadura y proponiendo alternativas a un pueblo cansado y agotado por tanta penuria.

¿Dónde está el accionar político, masivo, constante, para llevar ante las grandes masas del país lo que se está haciendo para que se produzca el salto de conciencia que permita al venezolano común de nuestro país relacionar sus penurias de la hiperinflación, el hambre, el desabastecimiento y la inseguridad con la ineficiencia del Gobierno dictatorial?

Establecer esa relación depende de la acción política que desplieguen los partidos, los de la MUD y los otros o anti MUD, a partir de proyectos y programa concretos, explícitos, compartidos o no, de modificación y transformación de la sociedad venezolana y de cuya discusión no deben excluir a nadie, incluida buena parte de la población ─afortunadamente cada día menos numerosa─ pero que aún se dice chavista.

Hemos afirmado y defendido la idea de que la oposición tiene un programa y metas concretas, ofertas realmente positivas acerca de la Venezuela que queremos, la que se quiere construir. Hay propuestas alternativas en lo político, lo jurídico, lo social, la seguridad personal y pública, la agricultura y la ganadería, el turismo, la educación a todos sus niveles, el desarrollo tecnológico, el desarrollo de determinadas regiones del país, el desarrollo industrial, etc.

¿Por qué no es eso lo que esta sobre el tapete de discusión y solo están las diferencias ─supuestamente estratégicas o tácticas─ en cuanto a la vía para salir de la oprobiosa dictadura?

Solo cuando ese deje de ser el tema de discusión y el primero sean las alternativas, las propuestas, comenzaremos a ver luz al final del túnel.

@Ismael_Perez

 

Epítetos y Palabras.

 

 “… si he perdido la voz en la maleza, / Me queda la palabra.”

                                                                                    Blas de Otero

 Ciertamente, no hay peor cuña que la del mismo palo. Durante varios días me dediqué a recoger las opiniones que algunos voceros de la oposición tienen de otra parte de esa oposición; por ejemplo, sobre la MUD o el denominado Frente Amplio, que son los blancos y las presas favoritas.

Solo he recogido aquellas expresiones que se publican en artículos de prensa en los principales medios impresos del país, pues en ellos aún existe cierto recato y moderación. Deliberadamente omití las denominadas redes sociales, especialmente “Twitter” ─convertido en el patíbulo de la opinión pública─ con lo que hubiera podido llenar una enciclopedia de términos y expresiones extremadamente escatológicas y soeces que no soportarían ningún tipo de autocensura o llamado a la decencia.

Ruego me disculpen aquellos de quienes no haya recogido ninguna expresión, o los que vean las suyas reflejadas y se sientan citados fuera de contexto; esto es solo una muestra con fines didácticos y lo que he podido recolectar es más o menos lo siguiente:

“Oposición oficialista”, “falsos opositores con razonamientos falaces”, “retórica derrotista”, “bufones”, “garantes de la dictadura”, “servidumbre voluntaria”, “políticos acomodaticios”, “recolectores de favores y prebendas sin patria”, “ilusos”, “títeres”, “colaboracionistas”, “oposición corrupta como la dictadura”, “legitimadores de la dictadura”, “claudicantes”, “arrogantes autocomplacientes morales”, “fundamentalistas del voto”, “oposición francamente gobiernera”, “quintacolumnistas”, “agrupación de zombis”, “carcamales del puntofijismo”, “neoburocracia política mezquina, regresiva y voraz”, “deshonestos”, “fracasados”, “sermoneadores demagógicos”, “ingenuos”, “cómplices del régimen”, “coalición incapaz”, “coalición viciosa”, “coalición putrefacta”, “oposición de accionar incoherente”, “oposición acomodaticia”, “oposición que emplea falsos mecanismos profundamente anti democráticos”, “falsos demócratas”, “improvisados”, “serviles”, “traidores”, “canallas”, “cómplices del asesinato de jóvenes”, “impúdicos”, “cooperadores con la tiranía”……

Y paremos ya la lista.

Como ven, algunos se esmeran en el insulto y hasta son ingeniosos, otros son simplemente despiadados, injustos y algunos términos y calificativos hasta inspiran compasión por lo comunes, ligeros y poco originales. Las expresiones que salen del lado de la barrera de quienes defienden a la MUD y el Frente Amplio hacia quienes han proferido los insultos que reseñé, no son para nada condescendientes o diferentes, pero ciertamente son menos frecuentes y en todo caso, aunque fueran iguales, para lo que quiero destacar y significar ─ya dije que esto tenía fines didácticos─ es suficiente con lo aquí recogido. Además, cualquiera de las partes se podría atribuir la autoría de los insultos y considerar a la otra merecedora de los mismos, pues lo que piensan los unos de los otros no es muy diferente.

Estamos en una época de fáciles y rápidas comunicaciones; emitir una opinión sobre algo o alguien nunca había sido tan fácil y las redes sociales hacen que esa opinión “viaje” y se difunda velozmente, pero también irresponsablemente y lo más impresionante es que parece lo normal, sin importar lo que eso significa.

Los juicios, las opiniones, la palabra misma ─como dice una buena amiga─ ha ido perdiendo significado, sentido y trascendencia. Nadie medita sobre lo que dice u opina sobre las posiciones de los otros o las consecuencias que pueda tener; simplemente lo lanza al viento porque lo considera su derecho, y si antes no era fácil que se difundiera, ahora es difícil de recoger.

Lo triste y lamentable es que ahora ─volviendo a nuestro tema inicial─ mucha gente, de los bandos opositores, espera que a quienes han endilgado semejantes epítetos, olviden todo lo expresado y lo que se ha dicho sobre ellos y contra ellos, sin reparo y se sienten y comiencen a conversar ─es tiempo de unidad, dicen algunos─ y a ponerse de acuerdo para desarrollar una sólida alianza que sea capaz de derrotar a esta dictadura, por el método que sea, elecciones, revuelta popular, alzamiento militar interno o internacional, renuncia presidencial, o lo que sea.

Ciertamente hay espíritus superiores, capaces de perdonar cualquier agravio, poner la otra mejilla ─por algo tenemos dos, se dice─ y haciendo de tripas corazón, poner por delante algún principio sublime y abstracto, olvidar todo lo dicho y pasado, como si no hubiera ocurrido, y estar dispuesto a comenzar de nuevo. Pero la realidad es que esa unidad solo se puede construir sobre la base de la confianza, que rutinariamente socavamos y destruimos día a día.

Tal vez quien ha sido insultado piense que como ese insulto nada tiene que ver con él, por lo tanto no se considere aludido u ofendido y no tendría ningún inconveniente en iniciar cualquier tipo de diálogo con quien ha proferido los insultos; pero lo que no logro entender es al “insultador”; ¿Cómo alguien puede sentarse a conversar y llegar a acuerdos con quien considera un traidor, un vendido, un cómplice de una dictadura asesina y corrupta? No va a ser nada fácil ponerse de acuerdo y unificar a una oposición que se ha endilgado mutuamente semejantes calificativos y epítetos, que han socavado la base de confianza y respeto sobre la que se deben apoyar.

Confieso que por más que trato de autoconvencerme que “la política es así” o que quien se meta a político tiene que tener la dura y áspera “piel del cocodrilo”, creo que queda hoy muy poca gente de esa “raza”; muy poca gente capaz de sobreponerse tras estar expuesto a algunos de esos insultos y actuar como si nada hubiera pasado.

Pero, si no los hay, pues habrá que inventarlos, como se suele decir, aunque no sea fácil, pues ciertamente hay que pasar por encima de diferencias y dicterios, para construir una opción que interprete y le llegue al país, le explique al pueblo la raíz de nuestros males y cuál es la opción que queremos construir, para la cual contamos con él.

Esa es la verdadera tarea y la difícil, para la que sí se requiere imaginación y templanza, para encontrar esa idea poderosa, esa palabra, ese discurso, ese mensaje que nos siembre en el corazón del pueblo venezolano y haga crecer en él la esperanza de que si es posible un futuro mejor que el oprobio en el que vivimos.

Esa es la tarea para la que se necesita ingenio, carácter, civilidad, y sobre todo buena voluntad y propósito, porque para insultar, mal hablar, gritar o decir lo primero que nos pasa por la cabeza, no hace falta mucho o quizás nada.

@Ismael_Perez

 

Mapeando la Oposición (y 2)

La semana pasada iniciamos este “mapa” con los planteamientos de la MUD y el Frente Amplio. Para nuestro análisis hemos prescindido de filosofías e ideologías y nos hemos concentrado en estrategias electorales, que parece ser la amalgama que mantiene unidos a algunos sectores, después del turbulento 20M, de cuyos resultados parece que aún no nos hemos repuesto. Veamos ahora la posición de los que participaron y la de los ─que además de la MUD─ se abstuvieron

Los llamados Participacionistas del 20M, se nuclearon en torno a la candidatura de Henry Falcón y ahora pretenden construir una “nueva oposición”. Están conformados por unas diez pequeñas agrupaciones, donde destacan el partido del propio Falcón: Avanzada Progresista, el MAS, un sector de Copei y Bandera Roja. Este grupo obtuvo ─siempre según el CNE─ casi dos millones de votos, lo que da a su candidato un piso suficiente para mantener una posición negociadora en la oposición, con el denominado Frente Amplio.

Esa opción, aunque no quiera ser reconocido por parte de algunos analistas, se vio algo fortalecida por la posición de su candidato de desconocer los resultados electorales y el proceso electoral, e intentar una demanda de nulidad del mismo ante el TSJ; jugada inteligente, aunque se sabía que el TSJ ni siquiera la admitiría, como en efecto ocurrió, a pesar de que el caso y los argumentos son idénticos al recurso en contra de los diputados de Amazonas, excepto que la demanda Falcon no solicitó medidas cautelares que suspendieran el efecto del proceso, por lo que resulto más fácil desechar el recurso introducido. Por el momento este grupo no presenta ninguna otra estrategia política, como no sea una difusa declaración sobre reconstruir la oposición en torno a su opción.

Nos queda por analizar a los “abstencionistas”, a quienes no podemos obviar en esta clasificación de sectores opositores y entre los cuales se pueden identificar tres grandes grupos:

  • Los “indiferentes”, que siempre han representado entre un 20% y un 30% del llamado padrón electoral. Simplemente no participan, no votan, no obedecen a un determinado liderazgo u objetivo específico, pero en momentos, cuando se deciden a votar, han decidido los resultados electorales. Irónicamente, siempre son estratégicamente importantes.
  • Los que “no pueden votar”, por haberse ido al exterior y en buena parte verse impedidos por el CNE de registrarse o cambiar de residencia para ejercer su derecho constitucional de votar. Pueden representar entre un 10% y un 15% de electores de oposición, un número de importancia, que puede decidir una elección.
  • Los “radicales” o “abstencionarios” ─como a ellos les gusta llamarse─ que son varios, en diferentes agrupaciones o partidos, más o menos radicales en sus planteamientos, siendo los más conocidos e influyentes los que se agrupan en Soy Venezuela, conformada por algunos partidos, como Vente Venezuela y Alianza Bravo Pueblo, que tienen además una posición estratégica centrada en solicitar la dimisión incondicional de Nicolás Maduro ─a diferencia de la renuncia negociada que plantea el Padre Luis Ugalde─ y en otros puntos que se pueden resumir de la siguiente manera:
    • Presión ciudadana, exigiendo las condiciones mínimas para unos comicios verdaderamente transparentes, comicios donde los ciudadanos elijan de verdad.
    • Convocar un proceso de desobediencia cívica, pacífico, en el cual los ciudadanos desconozcan las órdenes ilegítimas de un régimen que ha violentado una y otra vez los principios democráticos.
    • Impulsar el cambio, generando acciones que permitan la instauración, junto a la ciudadanía, de un gobierno de transición.

Algunos sectores, los más radicales de este “abstencionismo”, no descartan, incluso alienta una intervención militar interna o internacional, para resolver la crisis.

Estamos en un punto en que las ideologías no tienen ninguna importancia en comparación con la importancia que tiene la forma en que se va salir de la dictadura; por eso —al menos políticamente hablando— las posiciones, los partidos, las alianzas, no se agrupan en torno a conceptos como socialismo, social democracia, democracia cristiana, liberalismo, etc.  sino en torno a la vía práctica para rescatar la democracia y restituir el estado de derecho, y por eso conceptos como vía electoral, vía pacífica, institucional, renuncia, violencia, revuelta popular, golpe militar, intervención extranjera o cualquier otra vía, adquieren mucha más importancia y relevancia y son el centro de la discusión.

En síntesis, el tema electoral parece ser el único tema sobre el cual se definen posiciones, y frente a él nos encontramos con dos planteamientos: quienes creen en la vía electoral y quienes la descartan o la relegan a un lejano último plano y apelan a la renuncia del presidente, la insurrección popular o una intervención militar interna o internacional. Entre quienes creen en la vía electoral los hay dispuestos a participar en ella bajo cualquier circunstancia y quienes creen en la vía electoral, pero rechazan acudir a elecciones sin las pre condiciones sine qua non y garantías suficientes.

De los dos, el sector más numeroso pareciera ser los que creen en la vía electoral, tanto los que no exigen mayores condiciones o los que exigen condiciones y garantías para participar. Cabría, para este segundo grupo, formular algunas preguntas: ¿Quién garantiza esas condiciones? ¿Presionando al mismo CNE o uno parecido en el cual no se confía? ¿La Comunidad Internacional? ¿Cómo? ¿O será el mismo pueblo quien participando masivamente se garantiza esas condiciones? Pero igualmente, ¿Cómo?

Además, para algunas de las “condiciones” que se solicitan es evidentemente necesario un cambio previo de régimen, ¿Cómo se logra eso? Volvemos a la vieja pregunta del huevo y la gallina. No hay una respuesta fácil, pero para recuperar la confianza perdida en el voto y deshacer el hartazgo en el cual está sumido el país y que claramente se viene expresando con falta de participación desde las elecciones de gobernadores, es imprescindible dar respuesta a estas preguntas.

En fin, como ya señaláramos, este es el variopinto panorama en el cual se debe buscar una unidad que nos permita salir de esta oprobiosa dictadura. Reitero una vez más, ¡No es una tarea fácil y vamos en caída libre!

@Ismael_Perez

Mapeando la Oposición

No se ve es tarea fácil el tema de la unidad en la muy amplia, diversa y dispersa acera de la oposición. En todo caso, por lo pronto, lo primero es entender y analizar las diversas posiciones y opciones.

Sin atender a filosofías e ideologías, en 2017 con relación a los procesos electorales, nos dividíamos básicamente en tres grupos: MUD (participantes, que creíamos en la salida democrática, electoral), los abstencionistas y los disidentes del chavismo. Para el 20M se mantuvo más o menos esta división, pero con algunos cambios de “signo”, la MUD y disidentes del chavismo se conformaron en el Frente Amplio Venezuela Libre y llamaron a no participar en el proceso electoral, cosa que si hizo un grupo disidente de la oposición, encabezado por Henry Falcon, su partido, el MAS y un tercio de Copei, entre otros, que llamaron a participar y votar el 20M.

Tras el resultado del 20M, se consolidan estas posiciones eminentemente pragmáticas y electorales. Sin que sepamos aún muy claramente que más hay como estrategia fundamental, aparte de estar a favor o en contra de lo electoral, detrás de cada opción se ha armado el entramado opositor y demócrata del país, el cual pretendemos analizar, comenzando por el grupo más numeroso: la MUD y el Frente amplio.

En torno a la MUD y el llamado Frente Amplio se congregan los No Participacionistas del 20M; compuesto por unas 20 organizaciones en donde destacan: Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular, Un Nuevo Tiempo y La Causa R; es de destacar que en este sector hay un importante grupo de “no participacionistas descontentos”, precisamente por haber asumido la posición de no participar en el pasado proceso y que se mantienen muy críticos frente a cualquier opción que plantee este Frente. Hasta el momento, son varias las posiciones sobre estrategia, diferente a lo meramente electoral, que se han asomado en este sector; resumamos algunas.

Si damos por buenas las palabras de Angel Oropeza, Coordinador Político de la llamada MUD, la estrategia de este sector estaría conformada por estos cinco elementos:

  1. Promover la presión social democrática, pacífica y articulada a escala nacional 2. Acrecentar la presión externa, mediante la estimulación de la solidaridad internacional.
  2. Reforzar el trabajo institucional de la Asamblea Nacional.
  3. Acentuar la organización y el trabajo de docencia política entre la población
  4. Estimular desde la lucha cívica el quiebre de la coalición gobernante.

Algunos sectores de la sociedad civil, cercanos a esta opción, como el grupo La Colina, han planteado también algunas opciones de estrategia:

  1. Reunificar y ampliar hasta lo posible la alternativa democrática, en torno a un proyecto común de rescate institucional y de reconstrucción nacional,
  2. Generar esperanza a millones de venezolanos que hoy padecen una calamidad pública,
  3. Seguir exigiendo elecciones libres y democráticas,
  4. Seleccionar un líder-vocero del gran acuerdo nacional democrático.
  5. Definir una ruta de luchas enfocadas en los graves problemas de la gente,

Como se puede ver, fraseando de manera diferente, algunas de las estrategias planteadas por el Grupo La Colina, son similares a las que plantea Oropeza, de la MUD.

Tampoco podemos dejar de mencionar otras alternativas de estrategia planteadas al Frente Amplio; por ejemplo, las realizadas en el evento del Aula Magna el pasado 31 de mayo, Renace la Esperanza, y que se resumen en la posición expresada por el Padre Luis Ugalde:

  1. Restablecer la Constitución: eliminar la ANC, cambiar el CNE, liberar a presos políticos y exiliados, restituir a los partidos, tarjetas opositoras y candidatos presidenciales inhabilitados, y establecer las condiciones electorales básicas que diferencian en el mundo entero una votación dictatorial de una elección democrática, libre, justa y transparente.
  2. BuscarUna Gran Unidad Superior”, donde converjan cuatro factores claves:
  • El profundo malestar del pueblo que se manifestó el 20M.
  • Los países e instituciones democráticas del mundo que no reconocen la farsa del 20M y exigen la elección verdadera para el cambio.
  • Un renacido liderazgo nacional y local en todos los sectores e instituciones: trabajadores, vecinos, empresarios, educadores y universidades, academias, partidos políticos, comunidades espirituales, organizaciones de la sociedad civil, etc.
  • La Fuerza Armada, que está obligada a restablecer la Constitución y evitar que se perpetúe la miseria.

La incógnita es: lo hasta ahora enunciado como “posición” o “estrategia”, ¿Cubre las expectativas del 70% del país que se ha manifestado contrario a la actual dictadura? ¿Es suficiente con formulaciones generales de propósitos e intenciones? o ¿Lo que la población opositora espera ─y el país en general exige─ es lo que hoy llaman una “hoja de ruta”, con acciones concretas y propuestas más “programáticas”?

En la próxima entrega evaluaremos la posición de los abstencionistas y abstencionarios ─como a ellos les gusta llamarse─ y la de los seguidores de Henry Falcón, hoy agrupados bajo una “nueva oposición”, para completar el variopinto panorama de la fragmentada oposición ─celebrada desde el régimen─ y sobre la cual se debe construir una unidad con fortalezas que nos permitan salir de esta oprobiosa dictadura. Reitero, ¡No es una tarea fácil, pero no debemos hacerla más difícil!

@Ismael_Perez

Post 20M

Algo que podría pensar cualquier recién llegado al país es que el 20M ha sido el mejor proceso electoral que hemos tenido y con los mejores resultados, pues todo el mundo está satisfecho y celebra su propia victoria.

En efecto, Maduro está contento, porque ganó; los chavistas no maduristas porque Maduro sacó el porcentaje más bajo, desde 1999, sobre el total de posibles votantes; los abstencionistas ─o “abstencionarios”, como a ellos les gusta llamarse─ y los “no participacionistas” y partidos de la MUD porque “el pueblo no se dejó engañar y le dio una lección a la dictadura” (cosa que, por lo demás, es cierta); los antifalconistas porque Falcón ─”ese traidor”, como le dicen ambos bandos─ perdió; el PSUV y Cabello porque Somos Venezuela llegó detrás de la ambulancia; el tercio de Copei que participó porque no había sacado tantos votos desde hace 35 años; Falcón porque ahora tiene un piso de 2 millones de electores para negociar un puesto en la oposición; los Falconistas porque “demostraron” (?) que si no es por la abstención, Falcón hubiera ganado; el “pastor” Bertucci, porque ─nadie sabe cómo, probablemente por los chavistas no maduristas─ sacó casi un millón de votos. En fin, todos contentos. Claro, en política, dirá alguien, todos tienen que darse como ganadores.

Pero lo más sorprendente de este estado de ánimo de jubilosa euforia, es que estaba decidido desde antes que el CNE anunciara los resultados y pasara lo que pasara ─aunque no se vaticinaban sorpresas, tal como ocurrió─ todo el mundo tenía ya preparado su discurso de triunfo. Como sucede en los periódicos que, cuando un personaje ilustre está muy enfermo y se espera un fatídico final, ya tienen preparados los artículos panegíricos y luctuosos con los cuales referirse o despedir al personaje.

Pero no todo es dicha. En realidad todos perdimos y el que más perdió fue el que, en todo caso, es el artífice de la victoria, el pueblo venezolano, pues la dictadura sigue allí, instalada; la hiperinflación continúa su devastación; el innombrable sigue escalando en vertiginosa ─y al parecer indetenible─ subida sobre los dos millones; los hospitales y la salud, en ruta contraria a la hiperinflación, escarbando hacia el subsuelo; continua la debacle social y económica; y paremos ya de enumerar calamidades, porque si no, el panegírico luctuoso será este artículo.

Lo que ocurrió el 20M, disculpen la licencia gramatical, fue una Saramagiada, pero al revés. En la novela de Saramago, Ensayo sobre la lucidez, en un momento del día lluvioso, en la desconocida ciudad en la que se celebraba una elección, el pueblo salió a votar en blanco. El 20M, que fue un día soleado, el pueblo se quedó en su casa. En la novela de Saramago las elecciones se repiten, y el pueblo vuelve a salir a votar en blanco. Hasta aquí la similitud, porque dudamos que esta dictadura, a diferencia de la de la novela de Saramago, vaya a llamar a nuevas elecciones. Al menos no por las buenas o por su propia voluntad.

Como quiera que ya no tenemos a Saramago para que nos escriba nuestra novela y como el resultado era por todos conocido antes del 20M, podemos ponernos a especular o, mejor aún, a hacer ejercicios de imaginación al estilo de “que hubiera pasado si, en vez de…”. ¿Qué hubiera pasado si los que fueron a votar por una opción distinta al dictador se hubieran quedado en su casa? ¿Hubiera sido mayor el desconocimiento de la comunidad internacional, abarcando por ejemplo a Rusia y China? ¿Hubiera habido alguna reacción en las FANB ante semejante desplante popular? Igualmente, preguntémonos o imaginémonos otra situación: ¿Qué hubiera pasado si en vez de quedarse en su casa, el pueblo hubiera salido a votar, en las proporciones en que lo hizo en diciembre de 2015 o en las proporciones en que firmó el 16 de julio de 2017? ¿Hubiera ganado la oposición? Y si hubiera sido así, ¿Habría “cantado” el CNE ese resultado?, ¿Habría la dictadura aceptado su derrota? ¿O habría sacado sus tropas y milicias a la calle a desconocer ese triunfo?

Esas elucubraciones y preguntas se quedarán sin respuesta; al menos yo no tengo interés en imaginar cómo responderlas. Pero allí quedan, para los ejercicios de imaginación de cada quien. Ahora me interesa más bajar a la realidad post 20M.

Cuando la oposición decidió “no participar” y otro sector hizo por enésima vez el llamado a la abstención, se produjo un vacío político que ni los “no participacionistas” ni los “abstencionarios” ─repito, como a ellos les gusta llamarse─ pudieron llenar o supieron llenar; era un cambio de estrategia y de discurso para el que no nos preparamos y con un liderazgo atacado y disminuido por sus adversarios y propios partidarios. Obviamente el vacío tampoco lo llenaron los opositores que llamaron a votar, porque de haberlo hecho el resultado tendría que haber sido otro.

Toca ver ahora cómo estos dos grupos, que cuentan ─según las cifras del CNE─ con un caudal de más de 10 millones de “no votantes”, van a llenar ese vacío, para que el resultado sea el que aspiramos todas las fuerzas democráticas del país: el quiebre de la dictadura, liberarnos de este oprobio. Todo un país está a la espera de cómo cada uno de estos grupos va a llenar ese concepto de unidad. Desde luego que esa es una tarea de todos los que creemos en la democracia y queremos recuperarla para nuestro país, pero la iniciativa ─por el momento─ debe partir de esos grupos opositores. De hecho, es el primer paso para consolidar la unidad opositora. El tiempo apremia. No caben más errores ni demoras, pues la tarea es larga.

Esa unidad, Edo, el extraordinario dibujante, la describe y representa de una manera magistral en una caricatura del 27 de mayo en El Nacional web: Una mujer vestida de Venezuela, con frustrada actitud y mal humorada cara, apunta a una cartilla en la que se lee en diferentes tamaños la palabra “unidad”; un grupo de personas, de espaldas al lector, pero de frente a la cartilla, dan cada uno su respuesta o interpretación: intervención militar, elecciones, vete ya, abstención, calle. ¡Ojalá no sea premonitoria la excelente y aguda caricatura!

@Ismael_Perez

 

Las Cifras del 20M

La dictadura pretende celebrar como un triunfo lo ocurrido el 20M, veamos algunas cifras para determinar si tienen motivos para festejar; obviamente con las cifras del CNE, no hay otras que permitan hacer comparaciones y no implica un juicio de valor sobre su veracidad o credibilidad.

La dictadura esta de aparente festejo. Según ellos, Nicolás Maduro ha obtenido el 67% de los votos emitidos. Pero esa es la única cifra que luce favorable, al profundizar, las demás no los ayudan. Incluso esa cifra, aparentemente tan favorable, hay que matizarla o filtrarla, pues el número de posibles votantes se incrementó entre 2013 y 2018 en un 9% y sin embargo la votación del oficialismo, que decreció en términos absolutos y relativos, apenas representa el 30% de ese Registro Electoral, el porcentaje más bajo desde 1999. Peor aún, en 2012, Chávez Frías obtuvo el 43% de los votos de los posibles votantes del país; Nicolás Maduro en 2018, aun con el incremento en el Registro ya señalado, ha disminuido en 13 puntos esa cifra y apenas ha obtenido el apoyo del 30% de los electores. Menos de un tercio del país lo apoya; vale decir, el 70% del país o no voto por él o voto en su contra.

Las cifras negativas para la dictadura son todavía más dramáticas si tomamos en cuenta que entre 2013 ─cuando Nicolás Maduro obtuvo un dudoso triunfo─ y 2018, en términos absolutos, el oficialismo perdió un total de 1 millón 341 mil votos; es decir, un 18% de sus votantes de 2013 desaparecieron, se fueron, se evaporaron. Y si lo comparamos con los votos a favor de Chávez Frías en 2012, Nicolás Maduro en 2018 perdió casi dos millones de votos (1 millón 945 mil); es decir, la votación obtenida por el oficialismo en 2018 es una cuarta parte (25%) inferior a la que obtuvo Chávez Frías en 2012.

O si lo queremos ver de otra manera, la participación ─según el CNE─ fue solo del 46% el 20M, otros dicen que fue solo del 42% y otros que mucho menos. Lo cierto es que aun la que dice el CNE, fue la participación más baja de todas las elecciones presidenciales en Venezuela de los últimos 60 años, desde 1958. Es más, ha sido una de las participaciones más bajas de los casi 40 procesos electorales y referendarios que hemos tenido en Venezuela desde 1998, si exceptuamos el Referendo Constitucional de 1999, que ha sido la participación más baja (37,65%), y la farsa de la elección de la ANC de 2017, cuya participación fue tan baja que las cifras ni siquiera las han publicado. De manera que la dictadura no creo que tiene mucho que festejar tras los resultados del 20M y sí mucho de qué preocuparse.

El 20M, no participó la mayoría de la oposición, pero tampoco una buena parte del chavismo, y sobre todo del pueblo a quienes el “madurismo” ni inspira, ni moviliza, ni atemoriza; a pesar de las cajas clap, puntos rojos, del carnet de la patria, de las amenazas y el chantaje, del ventajismo gubernamental a todos los niveles, la gente no temió quedarse en su casa y no ir a votar, desmintiendo eso de que la dictadura “sabe” cómo vota la gente; y a pesar de que el número de posibles votantes crece en el Registro Electoral, la abstención también aumenta y, como ya dije, la votación absoluta y relativa del oficialismo, disminuye; la dictadura sigue perdiendo, consistentemente, caudal electoral ─a pesar de “ganar” elecciones─ y crece su caudal de rechazo.

Cabe la pregunta, ¿Cómo es que teniendo “bajo control” el sistema electoral, es decir, lo que ocurre en las urnas, a la dictadura le pasa semejante debacle?

Lo ocurrido el 20M derriba además otro mito y demuestra que no es cierto que el régimen y el CNE tengan todo “controlado” y que pueden “inflar” resultados y sacar votos de la manga para manipular a su antojo. No se vieron por ninguna parte los 8 millones de votos de la dictadura, de los cuales se ufanaban tras la farsa montada para designar la ANC. Como ya dijimos hace una semana (en La Víspera … y Después,  https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2018/05/19/la-vispera-y-despues/ ): “… sí la dictadura logra movilizar a todos sus votantes, los votos que obtendrá estarán entre 5 millones 700 mil o la cifra máxima ya señalada de 6 millones 400.”

Una palabra (¿provocación?) sobre la abstención. El 20M la abstención fue el resultado de varios actores: indiferentes, que nunca votan; venezolanos en el exterior a quienes el CNE les impide inscribirse y votar; abstencionistas radicales, que siempre llaman a la abstención; y partidarios de participar, pero que en esta ocasión decidimos proteger el voto, no votando. ¿Cuál fue el predominante para determinar el nivel de abstención? La abstención tiene muchos hijos, pero también muchos rostros y muchos padres; por eso nunca funciona como política, a menos que sea el producto de una política de frente opositor amplio, acompañada de movilización.

Cinco y medio millones y seis y medio millones de votantes son, respectivamente, el piso y techo de la dictadura, sobre un universo creciente, de más de 20 millones de electores al día de hoy, lo que abre infinitas posibilidades.

A estas alturas del partido no sé sí tras una victoria electoral opositora la dictadura entregaría el poder, o sí eso va a ser lo que nos libre de ella, pero sí sé que puede ser la llave que nos ponga en ese camino, si dejamos de lado la mojigatería con respecto a la vía electoral y empezamos a considerarla como un instrumento serio, para crear las posibilidades de desequilibrar a la dictadura.

@Ismael_Perez

La víspera… y después

Escribo esto un par de días antes del proceso electoral programado para el 20M, consciente de que la mayoría de quienes lo lean lo harán después de concluido el acto de votación, con los resultados ya publicados, por lo que les solicito que según convenga a la idea en desarrollo, se desplacen al tiempo pasado correspondiente. En todo caso, se trata de mi apreciación personal, mi especulación con base en los resultados de procesos electorales anteriores, la información de encuestas realizadas hasta la primera semana de mayo, la opinión de muchos expertos, comentaristas y analistas y, sobre todo, en la gran cantidad de conversaciones con ciudadanos comunes y corrientes. No pretendo ser ningún oráculo y mi margen de error es infinito, como toda opinión política.

Lo primero es dilucidar esa angustiosa pregunta que se ha hecho el ciudadano común infinidad de veces en los últimos meses: ¿Votar o no votar?; y la respuesta que recibió, en la mayoría de los casos, es que se trata de un “falso dilema”, que ese no es “el problema de fondo” y siguen entonces los argumentos y descripciones de cuál es, según quien responde, el problema de fondo.

Pero, esa afirmación es una verdad a medias, en algunos casos retórica, porque para el ciudadano común, para el opositor común, votar o no votar si es un dilema; y un dilema angustiante. Yo tampoco lo voy a resolver, pues recurriré al manido recurso de que se trata de mi posición, personal, la que yo asumiré ─ o asumí, para los que lean después del 20M─, sin que ello signifique que deba ser la respuesta colectiva. Mi respuesta se sintetiza así: yo no voy a votar.

Las razones abundan; todas las que en estos meses se han señalado, desde lo ilegítimo del proceso al ser convocado bajo exhorto de la también ilegítima ANC, pasando por las irregularidades que hacen que el proceso no reúna las mínimas condiciones democráticas o de equidad que tan siquiera permitan competir, hasta llegar a que la decisión mayoritaria de la oposición fue la de no participar.

Por lo tanto, y visto que esto será leído probablemente después de concluido el acto de votación del 20M, desarrollo brevemente solo dos de las razones que explican mi posición y que me permiten abordar la segunda parte del artículo, asumiendo, ahora sí, que quienes leen ya conocen los resultados:

Primero, aunque no compartí la decisión de no participar y la consideré errada, fue la política decidida por la unidad y creo que la unidad es una pre condición política estratégica y nuestra fortaleza de base para salir de la dictadura y está por encima de cualquier objetivo personal o particular. En ese sentido, cualquier candidatura de oposición y su participación en el proceso del 20M era una ruptura de la unidad y debilitamiento de la mayoría.

Segundo, fragmentada la oposición con la decisión de “no participar” de un importante sector opositor, con el alto porcentaje de abstencionismo que arrastramos de los procesos electorales anteriores y además con el caso particular de una candidatura opositora disidente, creo que la oportunidad de sacar del poder por la vía electoral a la dictadura estaba perdida y en estas condiciones ninguna opción opositora tenía oportunidad de ganar. Simplemente, los números no daban. Con el comprobado 32% de piso electoral que tiene la dictadura y la abstención que como mínimo se calculaba en el 45%, quedaba un 23% a repartir entre los demás candidatos; nadie tenía oportunidad de ganar, de sacar más votos que el candidato oficialista; y si bien en un proceso electoral se puede asumir la postura quijotesca de competir aunque no se tenga posibilidad de triunfo, en estos momentos la oposición no estaba para recibir más derrotas electorales compitiendo en un proceso que no era equitativo ni democrático, como si en efecto lo fuera, de allí que tenía algo de sentido no participar.

Solo supongo un escenario para el lunes 21 de mayo: el CNE proclamará la victoria de Nicolás Maduro, para un nuevo periodo de seis años, a partir de enero de 2019. Pero si la cifra que se anuncia de los votos obtenidos por el presidente electo es superior a 6 millones 400 mil, estamos ante una manipulación de cifras.

En el mejor de los casos ─por simpatía, bajo amenaza, chantaje u ofrecimientos populistas─ y sí la dictadura logra movilizar a todos sus votantes, los votos que obtendrá estarán entre 5 millones 700 mil o la cifra máxima ya señalada de 6 millones 400. Cualquier número superior a estos será producto de la manipulación o traslado de votos en aquellas mesas, que serán muchas, en las que sus opositores no tuvieron testigos. La fantasía de una victoria por 8 millones que se manejó durante la campaña, era eso, una fantasía; no digamos lo de 10 millones. Eso supondría un incremento de más del 10% en la votación por el oficialismo y una disminución de la abstención en igual proporción, cosa que es de dudar. La votación oficialista puede disminuir, pero difícilmente crecer. Esa cifra de 8 o más millones de votos solo es posible en una situación como la del 30 de julio de 2017, cuando la dictadura concurrió sin opositores, sola, a designar su ilegítima ANC, en un proceso cuyos resultados al detalle aún no han sido publicados. Apenas conocemos una cifra global que vergonzosamente dio el CNE, para una votación que era nominal y por tanto se debió conocer y publicar los votos obtenidos de cada integrante de dicha ANC.

El resultado del 20M estaba cantado, era el esperado. La campaña ya pasó, se confirmaron todos los malos augurios, los errores que se cometieron ─de no participar con un candidato, o de participar parcialmente con uno fuera de la unidad─ ya están cometidos, el dilema de votar o no votar se habrá resuelto, la fragmentación opositora ya se consumó, ahora es tiempo de pasar la página, restañar heridas, reagrupar a la oposición, organizarnos y prepararnos para nuevas confrontaciones, que serán muchas.

La dictadura no tiene condiciones económicas, sociales o políticas para consolidarse en el poder; pero a las dictaduras se las enfrenta, con votos, en la calle, con denuncias y sanciones internacionales, pero sobre todo con unidad, ejerciendo una mayoría que no desiste, que resiste, que lucha y no se resigna; las dictaduras no se van solas, hay que sacarlas.

@Ismael_Perez