La Relegitimación de los Partidos

Han transcurrido cuatro semanas desde que se inicio el llamado proceso de relegitimación o validación de partidos políticos; conviene hacer un resumen de hechos e ideas en torno a este proceso.

Aunque el CNE es el organismo al que por ley le compete la función de registrar a los partidos políticos, recordemos que el actual proceso se lleva a cabo por una decisión del TSJ, que le establece condiciones al CNE para que lleve adelante el proceso de renovación de los partidos políticos, bajo pena de que quien no cumpla con “…el proceso de renovación de su inscripción ante el órgano rector electoral, no podrá participar en ningún proceso electoral sea éste interno de carácter municipal, estadal y nacional”.

Tras la decisión del TSJ, el CNE establece entonces las leoninas condiciones que todos conocemos, contrarias a lo que había sido la costumbre en estos procesos en años anteriores y contrario a los principios de participación ciudadana, transparencia y celeridad en todos sus actos y decisiones, que son parte de los principios que deben regir al CNE, de acuerdo con la Ley Orgánica del Poder Electoral (LOPE). Según uno de sus propios rectores, Luis Emilio Rondón,  “el CNE limita el derecho a la Participación al aprobar un proceso de renovación de partidos en condiciones de casi imposible cumplimiento”

A partir de estas disposiciones del CNE, contrarias a la Ley que lo rige y a la lógica más elemental, se dio inicio al proceso de relegitimación. Resultaba obvio para cualquier observador que las condiciones impuestas dificultarían el proceso y parecían, en efecto, destinadas a impedir que los partidos se legitimen, con lo cual se sazona el caldo que muchos afirman, de que la intención es dificultar e impedir los procesos electorales o que la oposición pueda participar en ellos.

Además de las críticas al proceso en sí, hemos escuchado críticas y defensas a quienes se han presentado al mismo. Personalmente no simpatizo con la idea de que los partidos aceptaran las condiciones impuestas y se presentaran al proceso de legitimación, pero no por razones abstractas de principios “morales” o efectistas sobre la “justicia”, “legalidad” o la “constitucionalidad” del proceso, sino por la razón práctica de que no creo que forme parte de la esencia, de la “eticidad”, de un partido el que sea reconocido o no por el Gobierno de turno, mucho menos por uno como el régimen que nos gobierna.

Un partido político, para decirlo de manera simple y obviamente incompleta, es una agrupación de individuos con ideas afines, que se organizan para disputar, alcanzar y mantener el poder. Los partidos políticos en Venezuela, como en cualquier país del mundo, surgieron, se organizaron y comenzaron a competir por el poder sin que fuera necesario que nadie los “reconociera” –excepto el ciudadano que se afiliaba o votaba por ellos– y menos aun con las reglas que ahora les impusieron, a todas luces para entorpecer la participación política de los ciudadanos.

Mucho menos me gusto la idea de que no hubiera una estrategia conjunta de los partidos opositores, a través de la MUD, frente al proceso de relegitimación. Se dejo poco menos que a la decisión individual de cada partido el acudir o no a buscar las firmas; la MUD únicamente fijo una posición crítica en cuanto al proceso como tal y sus condiciones y acordó aceptar a todos los partidos en el seno de la unidad, bien sea que se legitimaran o no. Creo que se desaprovechó una oportunidad para alcanzar un consenso y se contribuyo a sembrar más incertidumbre en cuanto al proceso, especialmente hacia los que decidieron participar, que fueron calificados por los críticos opositores de siempre, los “mudicidas” como los bautizara Jean Maninat recientemente, de poco menos que “vendidos” y “traidores”.

Han transcurrido cuatro semanas de relegitimación y han pasado tan solo cuatro partidos de la MUD por el proceso (Avanzada Progresista, Movimiento Progresista de Venezuela, Voluntad Popular y Primero Justicia; al momento de salir esta nota, en la cuarta semana, acude a validar Acción Democrática) y es preciso constatar y resaltar que se han recogido casi medio millón de firmas a favor de estos partidos, lo que es una cantidad no despreciable de simpatizantes de partidos, sobre todo si tomamos en cuenta las pésimas condiciones en las que se desarrolló el proceso y a las que fueron sometidos quienes acudieron a firmar, bajo todo tipo de asechanzas, presiones y amenazas.

No es descabellado suponer que al final del proceso nos pudiéramos encontrar con casi un millón de personas respaldando con su firma, huella y CI a los partidos políticos opositores, lo que no deja de ser una cifra muy importante si partimos de la base de la decepción política sufrida por la oposición en el año 2016, tras la suspensión del RR y el aplazamiento indefinido de las elecciones de Gobernadores, además de la cerrada campaña anti política, anti partidos y anti MUD a la que hemos estado sometidos en las redes sociales y en los escasos espacios de opinión de prensa y TV a la que tiene acceso la oposición.

Esta cifra es también significativa si tomamos en cuenta que quienes acudieron y acuden a firmar lo hacen sabiendo que su nombre queda asociado a una determinada opción partidista y obviamente anti gubernamental, lo que no deja de ser llamativo si nos acordamos de las infaustas listas “Tascón” y “Maisanta”.

Sin entrar muy a fondo en el tema, por todo lo que antecede y a pesar de mi resistencia inicial, ahora comparto el planteamiento de que acudir al proceso en términos de sus resultados en números ha sido positivo. También comparto la idea expresada por algunos de que ha sido positiva por la movilización y organización de la población en una actividad política y obviamente anti Gobierno y tan solo por estas razones, ya es una ganancia política para la oposición.

Como algunos analistas señalan, creo que lo ocurrido demuestra que la oposición se mueve cuando hay metas claramente definidas –votar, firmar por el RR, firmar en apoyo a los partidos– es decir, actividades que signifiquen avanzar en la vía democrática y electoral.

Pero que no se equivoquen los partidos que se logren relegitimar, no se trata de un cheque en blanco las firmas que recibieron. El apoyo dependerá de cuál sea la posición y estrategia, por ejemplo, frente al tema de la unidad y frente al tema de mantener o no la tarjeta única –la de la MUD– para presentar los candidatos; frente al tema de impulsar la lucha por tener los procesos electorales pendientes, elecciones regionales –gobernadores y alcaldes– en este año y las presidenciales en 2018; frente al tema de la selección de candidatos a través de elecciones primarias cuando se tenga más de un aspirante en alguna circunscripción. Estos y otros temas determinaran el ánimo de los electores y cuales partidos continuaran contando con el apoyo de la sociedad civil.

@Ismael_Perez

Reflexiones tras 18 años -Sociedad Civil en los Partidos

En la medida que avanza el llamado proceso de relegitimación de los partidos políticos, tres partidos de la alianza opositora, congregada en la MUD, han asistido al proceso y al momento de salir esta nota, deben estar acudiendo al mismo los partidarios de Primero Justicia; poco sabemos, de manera “oficial”, vale decir, de parte del CNE, de lo ocurrido hasta ahora en cuanto a firmas recolectadas por los que han participado, aunque Avanzada Progresista (AP) y Voluntad Popular (VP) aseguran haber alcanzado la meta, y más, del 0,5% en por lo menos 12 estados; y sabemos que algunos de los partidos de la mencionada alianza opositora, como Alianza Bravo Pueblo, Bandera Roja, Copei, Causa R y Vente Venezuela, han anunciado que no acudirán al mismo.

Con respecto, estrictamente, al llamado proceso de validación, la MUD no fijo una posición unitaria en torno a si se debe o debió acudir o no; dejó esa decisión en manos de cada uno de los partidos, aunque sí hizo una declaración general en cuanto a las fallas del mismo y sus condiciones “injustas y sin sentido” y se comprometió a “Reconocer y mantener como integrantes de pleno derecho, bajo las mismas condiciones actuales, a los partidos que actualmente forman parte de la Mesa de la Unidad Democrática, independientemente de su reconocimiento o no por parte del Consejo Nacional Electoral tras el actual proceso de validación…”, que es una manera indirecta de reconocer el proceso.

Pero, es poco lo que se ha reflexionado a fondo sobre el tema. ¿Se debió acudir al proceso, o no? Sobre eso hemos escuchado y oído diversas opiniones y declaraciones generales sobre “dejar o no espacios vacios”, “aprovechar toda coyuntura que se presente para movilizar a la población”, “aprender de la lección dejada por la abstención en el 2005”, etc.  sobre todo en momentos en que hay un decaimiento del ánimo opositor tras los sucesos políticos de 2016 en torno al RR y la suspensión de la elección de gobernadores. Esa argumentación apunta a que se debió hacer lo que algunos están haciendo, acudir a validar su militancia. También apunta a eso lo ocurrido hasta ahora con el proceso aparentemente exitoso concluido por AP y VP y lo que algunos han asomado de que la jugada le ha salido mal al régimen chavista-madurista, pues esto ha sido una oportunidad para movilizar a los partidos opositores y organizar la participación de la oposición.

Pero, no deja también de ser cierto que al validarse como partidos, bajo un procedimiento a todas luces violatorio de la Ley de Partidos, se está también validando decisiones de dudosa constitucionalidad tomadas por el TSJ e implementadas por el CNE de manera irregular, arbitraria y abusiva, en contra de los principios de transparencia y participación que el CNE debe respetar. Más importante aún, quedan aun flotando algunas preguntas, entre ellas la de si los partidos opositores necesitan ser “reconocidos formalmente” por los factores del régimen que están combatiendo.

Esta última pregunta quedara aun sin responder y todo este proceso quedara como una más de las reflexiones del proceso vivido durante los últimos 18 años, pues qué duda cabe de que a pesar de las negativas circunstancias en las que vivimos, estos son tiempos de reflexión.

Hemos vivido una situación y experiencia política de la que se debe sacar importantes conclusiones y el momento –mientras ocurre o no una eventual relegitimación de partidos políticos– es propicio para la reflexión acerca de cómo deben ser los partidos en los cuales encaje una sociedad civil politizada.

Durante estos años presenciamos el fin de una concepción de los partidos tradicionales –que a pesar de todo, es una ganancia– en donde se habían enquistado algunas elites que, habiendo renunciado a sus ideales doctrinarios, se habían adueñado de esas organizaciones; mediatizado y corrompido sus ideales de lucha. Eran la nata sobre la leche, siempre a flote, siempre allí, y como a la nata, la única solución era sacarla. No vayamos a creer que solo AD y Copei y los partidos tradicionales quedaron heridos de muerte desde finales de los años 90 del pasado siglo, todos, hasta la vieja Izquierda insurreccional, fueron víctimas de esa debacle.

Presenciamos a la vez el surgimiento de un nuevo tipo de organización de corte cívico militar (MBR200 y MVR, primero y ahora PSUV) basados en un liderazgo de tipo caudillista, con una pretendida ideología de “eficiencia militarista” y que heredaron las consignas y estrategias de los partidos de masas de principios del siglo XX, fuertemente apoyados en practicas populistas. Se nutrieron de lo que fue la “clientela política” de AD y Copei, de la cual un día se nutrieron el MEP y Convergencia; y llenaron el espacio político dejado por estos partidos, que alternativamente los había llevado al poder. Pero, ni son una “novedad” valiosa, ni representan una alternativa para quienes creemos en la democracia como forma de vida y de organizar el poder en la sociedad.

Han surgido recientemente, en los últimos años, algunas opciones –casi todas basadas en una difusa ideología Social Demócrata y algunos, los menos, en la Demócrata Cristiana– que prefiero no nombrar para no dejar por fuera a alguno; y le tocará ahora a los grupos sanos y jóvenes de esas organizaciones y de los tradicionales partidos, renovar sus doctrinas y darles nuevo contenido para que, remozados y reconvertidos algunos y nuevos otros, pervivan como elemento indispensable, que lo son, de la vida democrática.

Nuestro problema es, en cuál de estos esquemas organizativos encajamos nosotros, los que nos identificamos como Sociedad Civil, que a partir de experiencias como la elección de la Asamblea Nacional Constituyente en 1999, la opción por el “NO” a la Constitución de 1999 y el Referendo Revocatorio Presidencial de 2004, crecimos como la “verdolaga” –según expresión de Teodoro Petkoff (TP) – o como un “espíritu silvestre”, del que se quejaba Claudio Fermín (CF) hace ya varios años. Entiendo que para hombres como TP y CF, formados toda la vida en organizaciones políticas de férrea disciplina, es difícil prescindir de ella a la hora de imaginarse nuevas formas de organización para la lucha política. Y ciertamente, comparto con CF que “… si ese 30% no se organiza bajo un nuevo formato político estará siendo irresponsable con las ideas que representa, porque nunca las podrá realmente difundir”.

Pero el problema no es solo organizarse bajo algún nuevo formato, el problema es también cuándo y cómo hacerlo. No debemos sucumbir a la tentación de crear una organización que se parezca a los partidos tradicionales y que sea fácilmente identificable y desmontable. No renunciemos, por ahora, a ese espíritu de la “verdolaga”, a ese crecer “silvestremente” del que hablaba Petkoff y atormentaba a Fermín.

No pensemos que las únicas formas de organizarse políticamente son las que hemos conocido hasta ahora, basadas en los grandes partidos policlasistas y de masas, organizados bajo el centralismo democrático, y bajo la concepción de “correas de transmisión”, “cuadros de vanguardia”,  siguiendo la jerga leninista que se nos ha pretendido imponer o un partido de corte militar, como los que surgieron en Venezuela, expresiones organizativas de una conciencia y una ideología elaboradas por intelectuales del siglo XIX y principios del XX, que nos pueden conducir a un nuevo fracaso. No aceptemos fácilmente el chantaje de la “coordinación” o “evitar la duplicación”; seamos consecuentes con otros principios en los que también creemos, como por ejemplo, el de la libre competencia. Que surjan todas las iniciativas posibles, que se organicen de la forma en que puedan y quieran, que utilicen las formas modernas, cibernéticas de comunicación, que se lancen a la lucha política y a la captación de adeptos, y que triunfe el que mejor sea capaz de expresar los interés e ideales de los grupos sociales a los que aspire representar.

Cuando hemos discutido el tema de la organización política de los tiempos que corren (Partidos políticos y ciudadanos, ND, 4 de septiembre 2015; El declive de los partidos políticos, ND, 12 de septiembre de 2015), hemos hablado de que a esa nueva organización la concebimos como un núcleo central de políticos profesionales, con una amplia periferia, que se activa y desactiva de acuerdo con circunstancias especificas. Hemos visto que así funcionan ahora algunas empresas,  y que si este esquema funciona para el mundo de los negocios, ¿Por qué no habría de hacerlo para el de la política?

Esta es una invitación a organizarse o a integrar las organizaciones políticas existentes desde ahora, sin esperar más, –más allá del éxito o fracaso del llamado proceso de relegitimación– con la clara conciencia y el objetivo político a largo plazo de llegar al poder, pero con la precaución de no sucumbir al inmediatismo y creer que la única forma posible de organizarse políticamente es la que ya hemos conocido.

@Ismael_Perez

Danny Glover nos visita, otra vez

Me aparto, relativamente, de los temas políticos, para incursionar en el mundo de la “cinematografía”, aunque no me voy a referir a la entrega de los Oscars ni haré de crítico de cine; pero no puedo pasar por alto sin hacer algún comentario a la visita a Venezuela del actor Danny Glover. De las anteriores visitas sacó 18 millones de dólares, para filmar una película que nunca realizó y sin rendirle cuentas a nadie, ¿Qué habrá obtenido esta vez?

Con motivo de esta nueva visita a Venezuela, si tuviera la oportunidad, le diría al Sr. Danny Glover  –y al resto de personas que lo acompañaron en el encuentro de la “Red de Intelectuales”, con los gastos pagados por el Gobierno– que si bien en sus pasados viajes ya descubrió que en Venezuela también hay “afro descendientes” (ahora es mala educación ­–no polite– decir minorías negras o simplemente, negros) hoy en día estos están en peores condiciones que la última vez que nos visitó y que en efecto, como en la mayoría de los países del mundo, la pobreza en Venezuela también afecta de manera proporcionalmente más elevada a negros y mestizos.

De allí pasaría a describirle, con lujo de detalles, algunas estadísticas e indicadores y de cómo estos han empeorado con el desempeño gubernamental durante los últimos años del Gobierno de Nicolás Maduro. Por ejemplo, que el desempleo ha llegado a ser el porcentaje más alto de toda la historia de Venezuela –aunque el INE disfrace las cifras y el BCV no las dé a conocer–; que se ha incrementando el sub-empleo y la buhonería, que llega al 75% de la población económicamente activa; que tenemos una inflación estratosférica que ni siquiera sabemos con exactitud su magnitud, pues no hay cifras oficiales, pero que las extraoficiales la sitúan alrededor del 900% en 2016; que se ha incrementando el porcentaje de personas que viven en pobreza y aumentado el número de familias en pobreza extrema; que los niveles de corrupción en el país, registrados por agencias internacionales, en todos los sectores llegan a extremos inusitados con evidencias todos los días de que hay total impunidad frente a la corrupción pública, pues el poder ejecutivo controla el resto de los poderes del estado y a los que no controla, como al Legislativo, los desconoce.

Pero estoy seguro que el Sr. Glover y sus acompañantes ya saben todas estas cosas y si no lo saben, son felices ignorándolas. Su viaje tenía otro propósito, seguramente es lo que nosotros llamamos propaganda y ellos “publicity”. Así que, no me voy a hacer mala sangre y me dedicaré a comentar las películas del Sr. Glover, que es mucho más entretenido.

Ya sabemos que Danny Glover, es un artista de Hollywood, co-protagonista de las películas Arma Mortal (Lethal Weapon), con Mel Gibson y que son la clase de películas que no se puede perder alguien que, como yo, ve películas fundamentalmente para di-vertirse o escapar de la realidad y no para sufrir, pues con la realidad cotidiana ya tenemos suficiente. Tampoco soy capaz de ir a verlas a una sala de cine, por causa de la inseguridad, solo por cable. Estas, como Arma Mortal, son la clase de acción inverosímil y entretenida que me encanta, miles de disparos y golpes, en la que uno jamás se explica como puede quedar nadie vivo; además los “malos” disparan con ametralladoras y nunca aciertan, mientras que los “buenos” solo tienen unas pistolitas mágicas a las que no se les acaban nunca las balas o los cargadores, excepto en el momento critico en que el “malo” los apunta con su arma y dispara; pero no importa, porque en ese momento alguien, la en su momento bellísima Rene Russo por ejemplo, le mete una bala al malo, o recibe ella la destinada al protagonista. En fin, son el tipo de cosas que uno espera de una película de acción.

Lo que no sabía era que el Sr. Glover al momento de filmar esas películas –no se ahora, ni pienso averiguarlo– era militante de un grupo denominado Transafrica Forum, que defienden a las minorías, afro americanas. Jamás lo hubiera sospechado por el papel de “negro tonto” que hace junto a Mel Gibson, cuyo personaje se burla constantemente de él y le gasta todo tipo de bromas pesadas. Uno hubiera supuesto que la militancia política del Sr. Glover haría que rechazara ese tipo de papel. Pero… business is business.

Sin embargo, recuerdo al Sr. Glover en otra película anterior a esta serie, en Testigo en Peligro (Witness), de 1985. Allí el Sr. Glover es el anti héroe y la película trata de un niño Amish que es testigo de un asesinato, cometido por el personaje que representaba Danny Glover, un corrupto detective de la División de Narcóticos. El personaje que representa Harrison Ford, es el detective “bueno”, que protege al niño Amish.

La trama va más allá de la tradicional lucha del bien y el mal, donde al final el bien triunfa; es un suspenso detectivesco bien montado y que tiene como atractivo adicional que nos presenta escenas de la vida de los Amish, secta religiosa Menonita, de origen holandés que viven en varios estados de los Estados Unidos y Canadá. Uno de los grupos más famosos de los Amish, en este caso de origen alemán, esta muy cerca de Pennsylvania, en donde se desarrolla la trama, y se caracterizan porque aun conservan muchos de los usos y costumbres del siglo XIX, pues parte de sus creencias religiosas es el aislamiento y separación del mundo moderno.

En esta película, obviamente el Sr. Glover no era aun tan famoso como lo es hoy, y esa debe ser la razón por la que aceptó este modesto papel, de asesino, contrafigura de Ford. Lo digo porque no deja de ser significativo que lo haya aceptado, si es que en esa época ya era militante del grupo “afro americano” mencionado, pues es uno de los pocos personajes “afro americanos” de la película y además, el villano; al otro agente “afro americano”, el “bueno”, compañero de Ford, lo matan. Claro que al ver el argumento uno se da cuenta de que el Sr. Glover no hubiera cuadrado en el papel de héroe, pues no hubiera sido fácil ocultarlo entre los Amish, rubios descendientes de alemanes, para que pasara desapercibido, como Harrison Ford, mientras protegía al testigo y atrapaba al criminal.

La película tiene una escena particularmente bizarra, que la recuerdo de manera muy particular. El “bueno”, Ford, desarmado, se enfrenta a los “malos” en un granero, entre vacas e implementos de labranza; de pronto el personaje de Glover se descuida y –escopeta en mano– pisa una bosta de vaca, exclamando de inmediato el apropiado nombre de la misma: ¡shit!, que naturalmente en inglés, resulta más elegante y menos ofensivo a los oídos hispanos. La verdad es que es un detalle muy extraño dentro de una escena tan dramática, que espero no haya sido premonitorio. ¿Por qué no la pudo pisar el otro personaje, igualmente “malo” y cómplice, pero “catirito”? Bueno, cosas del Director australiano, Peter Weir, que hay que soportarle a cambio de que nos obsequie con películas como esa, como Gallipoli, como El Año en que Vivimos en Peligro, The Truman Show o La Sociedad de los Poetas Muertos, entre otras.

Pero, no puedo dejar de hacer una reflexión final y como se que el Sr. Glover nunca va a leer este artículo –que pretensión la mía– si alguien tiene la oportunidad, díganle lo siguiente:

Yes, Mr. Glover, there are Afro American people in Venezuela, and many and too much of them are very, very poor people, with no hope, not able neither in dreams to travel in first class, like you did. It seems to me that the Chavez Frias/Maduro government is fighting against this situation, with very peculiars results: because poor people are suffering starvation, no medical assistance and nonstop personal violence… and without discrimination. Thanks for your help and patronage.

Diálogo, Unidad y MUD

Lo vivido con relación al frustrado dialogo nos debe dejar varias enseñanzas importantes. Lo primero es que, a pesar del fracaso, se hizo evidente para el país –según dicen las encuestas y dejo saber la comunidad internacional–, el valor del dialogo y la negociación como algo esencial a la política.

En algún momento, no me cabe duda, se abrirá un nuevo proceso de diálogo y –tal como ahora– no faltarán las voces agoreras de siempre, las de los que escarban cada palabra para buscar la “intención oculta” del grave “delito” de “negociar”, de “entregar”; los que ven trampas y traiciones detrás de cada puerta, a la vuelta de cada recodo, en el interior de la propia casa, en la que sembrarán dudas y desconfianza, como siempre con especulaciones y sin pruebas, producto de viejas facturas, venganzas pendientes o meras posturas políticas. Debemos entender que para algunos esa es la única manera de mantenerse en la palestra política. Llegará el día en que se esté juramentando un nuevo Presidente, surgido de un proceso verdaderamente democrático, y algunos todavía gritaran que eso no es verdad, porque “dictador no se cuenta”.

Pero para el ciudadano normal la política es negociación y ya ha comprendido que llegar a una salida de este régimen en condiciones aceptables significará algún proceso de diálogo y negociación, seguramente diferente al último que vivimos, pero diálogo y negociación al fin; al efecto se me ocurre recordar lo que me contaba un buen amigo, experto y exitoso negociador internacional, hace algunos años y citando de memoria: “En una ocasión –decía mi amigo– me tocó acompañar a un veterano negociador de la Comunidad Europea, quien en una reunión, cuando conocía a su homólogo de Estados Unidos le decía: Yo sigo el consejo que me dio un veterano negociador norteamericano. Yo negocio con los principios por delante, soy un negociador de principios, y el primer principio que aplico es: la flexibilidad”. La enseñanza de esta anécdota la considero invalorable para definir la actitud que debemos tener ante cualquier proceso de negociación o dialogo que se nos presente.

Pero eso no es lo único que hemos aprendido, en este proceso de 18 años de lucha contra el oprobioso régimen que nos rige, otro elemento o característica que me parece importante destacar del momento que vive el país, es la forma en que ahora se lleva a cabo la discusión política. La discusión es pública y abierta, acerca de todos los temas que están o deben estar en la negociación. Esta es una nueva práctica, una nueva característica de la política venezolana que ha llegado para quedarse, por la que nos debemos felicitar todos los venezolanos y a la que nos debemos habituar. Terminó la época de la discusión en cenáculos, en cúpulas cerradas. Donde solo contaban los votos y las influencias. Comienzan a contar los argumentos.

Hoy es común en cualquier parte en la que uno esté, encontrarse con que se discute abiertamente y a viva voz: En reuniones sociales, fiestas, en la calle, en restaurantes, en asambleas de ciudadanos, reuniones partidistas, en la televisión –eventualmente–, por la prensa escrita, en redes sociales, en grupos y foros de discusión en Internet, en programas de radio, etc.; hasta de los temas más delicados del acontecer político nacional se habla con toda franqueza y sin temor. En todos esos lugares, en todos los foros, se da una discusión intensa y se ventilan sin ambages todas las posiciones, desde las más radicales, hasta las más anodinas. Todo es un hervidero y no hay tema ni ángulo que escape a la opinión de cualquiera. Es algo extraño, no ortodoxo, para la forma habitual de hacer discusión política y de contribuir al proceso de toma de decisiones, pero representa un signo importante de los tiempos en que vivimos –el de la incursión activa de la sociedad civil en política– y de lo único que debemos tener cuidado es que la falta de temor y respeto al Gobierno, nos haga caer ingenuamente en alguna trampa y que nos distraigan en escaramuzas, que dejemos de lado los aspectos relevantes.

Desde luego, a nadie se le ocurre pensar que la decisión final será tomada en esas discusiones, como si se tratara de una asamblea permanente y abierta, la mítica “calle” tomando decisiones políticas; pero creo que a la mayoría de los ciudadanos no les importa eso, no les importa si están en el momento o lugar en donde se toma la decisión, lo que les importa es que está discutiendo, que se consideren esas opiniones como un aporte sustantivo para quienes deban tomar la decisión. Que estos últimos lo hagan en la tranquilidad que les permita considerar todas las opciones y sopesar la que tiene mayor consenso. Lo que importa es que nadie se sustraiga de este ambiente de reflexión y que nadie pueda dejar de “registrar”, de tomar en cuenta cual es el consenso que se va imponiendo y que va susurrando o gritando su sabiduría a los actores políticos;  si no se toma en cuenta la opinión o se hace a espaldas de la gente, la opción que se adopte será irremediablemente rechazada y la gente buscará la forma de pasar su factura. No olvidemos los cientos de líderes políticos, que famosos en otro tiempo, hoy no cuentan para nada en la política opositora.

Por supuesto, la “unidad” es uno de los temas. Su búsqueda y su concreción, es uno de los temas de discusión abierta y para la gran mayoría de los ciudadanos es el objetivo al cual deben sacrificarse todos los intereses. Es más, ya ni siquiera es un tema de discusión, es una precondición política. Quien lo olvide, como ha ocurrido, pagará un alto precio.

Y también, se quiera o no, con imperfecciones, criticas y errores, la MUD es la encarnación de la unidad de la oposición venezolana. La MUD es como esa totalidad –de la que nos hablaban los estructuralistas– que es más que la suma de las partes. A pesar de algunos errores y carencias, tiene en su haber que se ha enfrentado, desde una posición muy negativa y de desventaja, durante un período muy largo y en un proceso extremadamente abrasivo y agobiante, a un Gobierno todopoderoso y sin escrúpulos y ha sido exitosa, ha sabido derrotarlo en elecciones regionales y parlamentarias, por ineficiente e incapaz; va contra la representación de un Gobierno que ha dilapidado miles de millones de dólares, sin resolver ninguno de los acuciantes problemas de la población. Contra un mandatario que se entretiene en banalidades fantasiosas, prédicas de violencia, que lucha contra “oligarcas” y contra el “pasado”, en una supuesta “guerra económica”, mientras el desempleo y la pobreza aumentan, la comida y las medicinas escasean y están caras, la inseguridad se incrementa, etc. La MUD es el futuro, mientras que Nicolás Maduro, en el presente, es la encarnación de todos los vicios del pasado.

Otro elemento que debe ser analizado es que la MUD es una especie de monstruo informe, pero no amorfo. No tiene forma definida, por eso es informe, pero sabe adoptar la que necesita, por eso no es amorfo. Cuando hablan sus voceros, por lo general no complacen a muchos, porque todos nos situamos frente a ella desde una perspectiva particular, ajena y alienada: ella por allá, y cada uno de nosotros, personas, partidos u ONG, cada uno en su mundo, su facción o fracción, sus intereses particulares. Pero en el momento crítico, cuando se requiere asumir un criterio de pertenencia, cuando hace falta coordinar una acción, cuando hace falta una identidad, surge como una presencia inmanente, un sentimiento, una sensación de que la MUD es lo que representa la Unidad; es la llave, la condición que nos llevará a salir de este hueco de la historia en donde nos quieren enterrar.

Nadie dice saber muy bien cómo opera el mecanismo de toma de decisiones en su interior y tampoco cuando se toman, aunque participe en él proceso; nadie la va a defender nunca ante los ataques y críticas despiadadas de terceros, de propios o ajenos; nadie asumirá de manera corpórea su representación; es –en síntesis– una especie de perfecta Fuenteovejuna, y opera en ella –para adoptar sus decisiones– una especie de fantasmagórico “centralismo democrático”, sin que ese proceso tenga nada que ver con el leninismo, es solo una mecánica de toma de decisiones. Ante la pregunta que a todos nos interroga: ¿Qué dice la MUD?… y ante la respuesta balbuceante, la que sea, la gente sentencia lapidariamente, a veces sin palabras, pero de manera inmediata: ¡Pues eso es lo que hay que hacer! ¡Y ay de aquel que se atreva a negarlo!, a retarlo, a anteponer sus intereses, a contradecirlo, le pasará por encima una especie de aplanadora telúrica, que le colgará al cuello alguna rueda de bíblico molino y el infractor o trasgresor de esa ley no escrita, pero implacable, sea líder político, de la sociedad civil, experto, asesor, comunicador social o lo que sea, tardará en levantar cabeza, si logra hacerlo.

Esa fuerza arrolladora, que a veces se manifiesta con el silencio, no respeta “pertenencias”, no vale que seas miembro o no de la MUD, o que pongas eso como excusa, de nada sirve, porque nada te impide serlo; no vale que hayas participado o no en la discusión, simplemente se asume que si no lo hiciste fue porque no quisiste hacerlo, porque se dieron todas las oportunidades para ello.

Ojalá que los partidos, las ONG, los políticos, los líderes de la sociedad civil, los empresarios y dueños de medios no se engañen en la evaluación de este fenómeno y su significado y pretendan menospreciarlo o dejarlo de lado, las consecuencias pueden ser demoledoras para las aspiraciones de todos, en general, pero sobre todo para las de cada uno en particular.

@Ismael_Perez

Claves para la Reorganización de los Partidos

El CNE “abrió” un oscuro y tortuoso proceso para que los partidos políticos relegitimen a sus militantes. No sé cuántos y cuáles de los partidos participarán en el proceso, ni entraré en la discusión de si deben hacerlo o no, pero sí creo que es una buena oportunidad para reflexionar acerca de cuáles deben ser los parámetros para una reorganización profunda de los partidos políticos.

Comencemos por el tema de la moral. Si bien la política no tiene una “moral”, pues ésta es del ámbito de la persona, hay la moral del político que actúa en representación de los ciudadanos. Siguiendo algunos criterios esbozados por Fernando Savater Ética, Política y Ciudadanía, Grijalbo, 1998 hay obligaciones que pueden ser propias de la actividad política, y como tal tenemos derecho a reclamar su cumplimiento. Estas pueden constituir un programa, mínimo, de postulados que deben estar presentes en cualquier organización política en las que estemos dispuestos a participar; por ejemplo, la transparencia en el actuar y en las funciones de gestión pública; la correcta separación entre los legítimos fines privados del político, los fines del partido y los fines del Estado; la conciencia en el político de su función pública, como una función educativa o de modelaje hacia la sociedad.

Establecidos estos puntos –éticos– fundamentales, es válido que nos plateemos otros principios: ¿Cómo hacemos para que nuestro mensaje le llegue a las grandes mayorías del país? ¿Cómo hacemos para que el pueblo entienda que nuestro mensaje es el suyo y que el desarrollo capitalista que queremos para el país, es lo mejor para él, y no solo para nosotros? Ese es nuestro verdadero reto, que todos nos sintamos incluidos, convocados, y compartiendo el mensaje como propio.

Para ello es preciso construir una organización moderna, popular, policlasista e incluyente y que se plantee claramente la toma del poder sobre la base de un programa explícito, y un compromiso personal y colectivo con ese programa que represente las aspiraciones de todos. Y aunque surge entonces la pregunta de muchos: ¿Cuál programa?, por favor no caigamos en esa trampa; el programa, al menos sus metas globales están claras desde hace mucho tiempo y explicitado por varios de los candidatos presidenciales que hemos tenido en la oposición para oponernos a este régimen. (Ver: La oposición no tiene una propuesta. ND. 01 agosto 2015). El problema siempre ha sido cómo hacemos que llegue a todos los venezolanos; cómo lo convertimos en postulados compartidos y en ideales de lucha común.

En eso tiene que ver mucho la organización que propongamos y en eso coincido con muchos analistas políticos y dirigentes de partido que desde 1999 han venido hablando sobre el tema y que podríamos resumir en los siguientes lineamientos generales o principios iluminadores para la acción:

  • Deben ser absoluta y radicalmente democráticos, en sus formas de organización y tomas de decisión. Que no saquen al ciudadano de su medio, de su entorno y comunidad concreta, en donde se desempeña su trabajo, su vida y su actividad.
  • Que utilicen los modernos medios de difusión y discusión, en donde podemos jugar un gran papel nosotros, intelectuales y profesionales, conocedores de técnicas gerenciales y expertos en la utilización de modernos medios de difusión y procesamiento de la información.
  • Deben ser policlasistas, y entonces es crucial el concepto de clase que tengamos, y este es un punto que todavía no hemos discutido a fondo.
  • Deben partir de un proyecto o programa concreto, explícito y compartido de modificación y transformación de la sociedad venezolana, pues como bien decía el “viejo Marx” –por citar un autor de moda hoy día– en sus tesis sobre Feurbach, “…de lo que se trata no es de comprender ni explicar el mundo, sino de transformarlo”.
  • Deben estar imbuidos de una clara concepción y aceptación de que la acción y participación concreta de los ciudadanos en los procesos, es imprescindible; de allí la importancia de que la llamada sociedad civil se decida finalmente a participar en la política activa de manera más organizada.

Esto implica una organización diferente a la de partidos de masas, policlasistas, como ahora los conocemos y con los que contamos; lo cual no significa que nos planteemos una organización parecida a los “partidos de cuadros”, siguiendo la jerga leninista. Ya en otros artículos me he referido al tema y he esbozado ejemplos de lo que podría ser una moderna organización política, más acorde con los tiempos que vivimos y que es ya adoptada por los partidos modernos en muchos países. (Partidos Políticos y Ciudadanos, ND, 4 de septiembre 2015; Organizando al Ciudadano, ND, 03 de octubre de 2015)

Lo complicado y complejo es de qué manera concreta se logra esto. En esta materia, escuche hace años de una buena amiga –Carlota Pérez– un ejemplo que lo explica de una manera contundente. Algunos lo pueden interpretar como una postura pragmática, si nos quedamos únicamente en el análisis del ejemplo. Pero para mí no es una postura pragmática, para mí es profundamente “liberal” y competitiva. La descripción compara la situación actual con un inmenso charco, lleno de restos de objetos que flotan, latas, envases plásticos, pedazos de cartón y papel, etc.; alrededor del charco estamos todos, incapaces de ponernos de acuerdo y armados de un insignificante palito para tratar de recoger todos los objetos que flotan; dado que no nos ponemos de acuerdo para actuar juntos, de lo que se trata es de apelar a la acción individual –pero acción al fin– y que cada uno meta el palito en el charco y comience a hacer remolinos, para que el agua se mueva y así atraer los objetos que flotan. En el ejemplo no se teme a la competencia o a caer en el error de no hacer nada, por el chantaje de “evitar la duplicidad de esfuerzos”. Nos dice: hagámoslo, actuemos, movamos el charco, lo más pronto y mejor que podamos, porque al final, el que le dé más duro, mas veces y con mayor constancia, hacia él irán la mayoría de los objetos que flotan, y los demás actores se irán plegando al más exitoso o se irán retirando de la escena.

La unidad es un valor muy importante y hemos comprobado su eficacia, pero si no estamos dispuestos a compartir, recursos, liderazgos, victorias o glorias –aunque sean efímeras–, popularidad, acceso a medios, ideas, no quedara otra alternativa que enfrentarnos al “charco”, cada uno con su palito, como la única opción posible y la certeza de que no hemos aprendido o recibido aun los golpes suficientes.

@Ismael_Perez

Experiencias Políticas de la Sociedad Civil

He venido insistiendo en el papel que le toca jugar a la sociedad civil y sus “oeneges” en el proceso de construcción de paradigmas del nuevo país que todos los venezolanos como nación deseamos, merecemos y defenderemos, rescatando el valor de ciudadanía.

Entre muchas actividades y tareas, he señalado cuatro en las que nos debemos involucrar: (Ver “Resistencia Ciudadana.” Noticiero Digital, 10 de febrero de 2017): Ayudar a desenmascarar y denunciar la estrategia de intimidación del Gobierno en todos los ambientes en los que actuamos; participar activamente en apoyar a las organizaciones políticas en su proceso de validación ante el CNE; ayudar en el proceso de reorganización de la MUD y en la contraloría social de los partidos, para que surjan estructuras verdaderamente democráticas y se consolide la renovación de la dirigencia política; y participar activamente en las acciones de movilización de calle para el rescate y la defensa del voto, exigiendo la fijación de las fechas para elegir gobernadores y alcaldes.

En ese sentido, es bueno reflexionar sobre algunas experiencias previas del accionar de la sociedad civil en el campo de la política, particularmente en materia electoral.

En julio de 1999 se realizaron las elecciones para elegir los representantes populares de aquella infausta Asamblea Constituyente, que inventó Hugo Chávez Frías para conformar el marco jurídico de lo que sería su régimen de oprobio que ahora continua Nicolás Maduro y que ya dura 18 años. Fue también la primera incursión electoral, al menos desde que se instauró la democracia en 1958, de lo que desde esa época se comenzó a conocer como sociedad civil.

No se logró ningún cargo y los resultados fueron modestos, pero las cifras de participación y resultados obtenidos, para una primera vez resultaron importantes, sobre todo si pensamos que fueron el producto de un inmenso esfuerzo individual, y de pequeños grupos de personas que creyeron en esa incipiente sociedad civil que se involucraba en política, en sus ideas democráticas y en su forma de encarar la actividad política. Además, había un merito adicional y es que es sabido que esa sociedad civil que irrumpió en la actividad electoral de 1999 no contó con el apoyo de nadie, ni de los partidos, ni de los empresarios, y mucho menos del Gobierno. Pero no defraudó. La sociedad civil entró en la escena política para nunca más salir de ella.  Con los años han cambiado los nombres y los actores concretos, pero no el estilo, las ideas, los principios y la forma de conducir las luchas cívicas.

De este proceso, los que lo vivimos, los que conocimos de cerca a algunos de sus actores, es una experiencia que vale la pena dar a conocer y reflexionar sobre ella, pues aprendimos muchas cosas sobre la política como es realmente y no como se estudia en los libros o se contemplamos desde lejos, sino como actores, como protagonistas comprometidos con el país y su destino.  Esa experiencia servirá de mucho para la tarea que viene ahora: construir una verdadera opción política, democrática, transparente y plural, que tenga como centro el respeto a la persona humana. Esa es la enseñanza práctica que se sacó de ese proceso y a lo que muchos han dedicado buenos esfuerzos.

Probablemente se tuvo poca capacidad de comprensión del momento político que vivíamos, pero ahora estamos conscientes de que se estaba enterrando todo un ciclo de la vida política venezolana; se encaraba una realidad que se imponía y una historia, un pasado, del cual no denigramos, ni desconocemos, pero tampoco lo damos por completamente bueno, asumiendo y diseñando país, mirando al futuro.  Quizás debamos sorprendernos de la ingenuidad y de la poca visión que en ese momento se tuvo, pero no es para estar decepcionados ni frustrados; podemos decir que se hicieron las cosas en las que se creía, y aunque también algunos persiguieron objetivos individuales, no fueron oportunistas, dieron su mejor esfuerzo y creo que demostraron a los que los acompañaron en esta aventura, a sus hijos, amigos, al país en general, que si es posible hacer política de otra manera; o mejor dicho, que esa es la manera de hacer política, a la que aspiramos.

Ahora nos toca continuar, con menos inocencia e ingenuidad, con muchas lecciones aprendidas, con un largo recorrido lleno de obstáculos pero con la misma tenacidad, el mismo estilo y los mismos ideales y principios, para contribuir como protagonistas a construir la impostergable y urgente opción política que el país necesita y demanda, aquella que mantenga los 7 millones y pico de votos que se obtuvieron en diciembre de 2015, que los incremente con los descontentos y hastiados que provienen de las filas del chavismo-madurismo y que mueva de sus casas a votar con entusiasmo, esperanza y confianza por un nuevo país, a los millones de venezolanos que no lo hicieron en la última oportunidad. El país así lo exige y demanda.

@Ismael_Perez

 

Resistencia Ciudadana

Debemos volver una y otra vez sobre el papel de la sociedad civil y el ciudadano en la resistencia al régimen de Chávez Frías, que ha sido una constante durante estos casi dieciocho años. Pero es también importante concentrarse en lo que pueda ser el apoyo ciudadano a la respuesta de los partidos políticos a la situación que ahora vivimos.

Para nadie es un secreto el desconcierto que vive la mayoría de los venezolanos de oposición, ante la falta de respuesta política inmediata por parte de los partidos, los políticos o la MUD.

Durante octubre y noviembre del año 2016, los venezolanos fuimos víctimas de un fraude; nos robaron el referendo revocatorio y suspendieron las elecciones de gobernadores, posponiéndolas para una fecha indeterminada de 2017; independientemente de cualquier otra consideración o de asignación de responsabilidades por la falta de una respuesta más contundente, lo cierto es que los votantes de la oposición sentimos un vacío de liderazgo y dirección política del que todavía no nos hemos repuesto.

Amanecimos el 2017 azotados por una gran resaca, un gran ratón, y confrontando además una gran y dilemática paradoja: Sí habíamos ganado abrumadoramente la Asamblea Nacional en 2015 y somos la mayoría abrumadora del país, ¿Cómo es que no pudimos defender ese triunfo electoral de 2015 en el 2016? ¿Cómo fue que nos apalearon, contra todos los pronósticos y después del trabajo intenso de movilización ciudadana, de la sociedad civil?

Estaba a la vista un “ciudadano movilizado” tras años de lucha, el último muy intenso, pero concluimos frustrados en nuestras aspiraciones y sin una guía o ruta clara de acción o un proyecto político inmediato. Y con la sospecha de que los partidos de oposición no nos ofrecen una estructura ni alternativa aceptable.

Constituye un reto, para los partidos y los líderes del momento, descifrar este crucigrama, armar este rompecabezas y volver a integrar y convocar a ese ciudadano con esperanza y propósito, motivado, movilizado y en resistencia que ha demostrado que no quiere alejarse de la política, de lo público, pero que no se le puede seguir atrayendo con viejas consignas y gastadas estrategias de movilización, que ya han fracasado en el pasado y varias veces. Se pide más imaginación. Ese ciudadano políticamente consciente exige de partidos y lideres estrategias novedosas y efectivas, donde se sienta incluido y acompañado. Son necesarios nuevos esquemas de organización política, más cónsonos con la compleja realidad que vivimos, menos centralizados, más interactivos. Sabemos que esto no es fácil, pero hay algunos ensayos importantes y exitosos, de los que hemos hablado en artículos anteriores y no viene al caso repetir. (Partidos políticos y ciudadanos, Noticiero Digital, 4 de septiembre de 2015)

En el artículo citado nos preguntábamos también “…sí no ha llegado el momento de que convirtamos a tantas ONG dedicadas en la práctica a la política, en verdaderas organizaciones políticas… Que establezcan alianzas políticas y electorales con otras organizaciones similares, incluso partidistas, para tener acceso a otras áreas a las que no tengan acceso.”

Convertir el actuar de las organizaciones de la sociedad civil u oneges en un actuar político no significa entrar en la confrontación de la lucha por el poder, de manera directa, en competencia con los partidos; pero significa, primero, estar consciente de que la lucha actual es una lucha política y tiene como fin último la conquista del poder del estado, que va mas allá de ganar unas elecciones parlamentarias; y segundo, significa involucrarse en las acciones políticas del momento, involucrarse en los procesos de denuncia y movilización que realicen los partidos, en las áreas que conciernen a su actividad específica.

En cuanto al ciudadano, hay un conjunto de tareas y actividades que el momento político demanda y que podríamos resumir en cuatro tareas inmediatas:

  • Estar conscientes de cuál es la estrategia actual del Gobierno –expuesta magistralmente por Angel Oropeza en días pasados (Estamos en 2003. Otra vez. El Nacional, 07 de febrero de 2017)– y ayudar a desenmascararla y denunciarla en todos los ambientes en los que actuamos, entre todos nuestros allegados y conocidos
  • Participar activamente en apoyar a las organizaciones políticas en su proceso de validación –tramposamente definido por el CNE en condiciones muy difíciles de lograr– para inhabilitarlos e impedirles participar en los próximos procesos electorales, en un nuevo y abierto abuso de poder para blindar al gobierno en el poder.
  • Ayudar en el proceso de reorganización de la MUD y de los partidos, exigiendo que los procesos internos de selección de autoridades de los partidos sean controlados por los ciudadanos; que se ejerza una verdadera contraloría social en esos procesos internos de los partidos, para que surjan estructuras verdaderamente democráticas y consolidar la renovación de la dirigencia política
  • Participar activamente en las acciones de movilización de calle para el rescate y la defensa del voto, por todo el país, ante el CNE, cada día, en cada plaza de cada pueblo exigiendo fijación de las fechas para elegir gobernadores, asambleas legislativas, alcaldes y concejos municipales hasta lograr el objetivo central de nuestra estrategia: elecciones, ejercicio del voto, nuestra única y verdadera arma para el cambio.

Son acciones de calentamiento de calle, simples, entre miles de otras que se pueden dar, que no implican grandes movilizaciones de masas, pero que serian una inyección vital que estimularía la movilización ciudadana, poco a poco, y que le daría a la política y a los partidos, un gran estimulo para su supervivencia y para el rescate de la democracia.

@Ismael_Perez

 

 

“En Venezuela no habrá mas elecciones”

 

No deja de sorprenderme esta afirmación que hacen muchas personas de que “en Venezuela ya no habrá más elecciones”, frase que –digámoslo de una vez– es la aspiración máxima de este régimen y a quien, supongo que sin quererlo, le hacemos el juego repitiéndola.

En efecto, he escuchado como sin el menor desparpajo, pestañear o temblor en la voz, sale esta afirmación de labios de líderes políticos, comentaristas de radio y televisión, periodistas, analistas políticos y hasta amigos y gente de la calle. Lo más sorprendente es que lo dicen sin pesar, sin preocupación, como resignados. Algunos incluso como si estuvieran descubriendo o diciendo algo original, genial, algo que se les acaba de ocurrir, una especie de revelación divina.

Asumo que la frase es la forma en que muchos resumen la desazón y frustración que los venezolanos sentimos ante la situación política por la que estamos atravesando tras las derrotas políticas que sufrimos en el 2016.

Es cierto, en el 2016 fuimos brutalmente apaleados por el régimen. Primero con la suspensión del Referendo Revocatorio, que no supimos defender y luego con el infausto proceso de diálogo, que manejamos mal desde el principio y al que no supimos sacar todo el partido que se le podía sacar. Pagamos caro el costo político de la suspensión de ambos procesos que han debido ser en su totalidad un alto costo para el gobierno, que quedo al margen de la constitución y se quitó la careta ante la comunidad internacional. Pero salimos menguados en vez de fortalecidos. Ambos sucesos los manejamos mal, todos, los que se oponían al RR y al diálogo y los que lo apoyábamos; no fue que unos no tuvimos razón y los otros sí, y en todo caso, nos cansamos de esperar las alternativas que los críticos de ambos nunca nos supieron dar o explicar, a lo mejor porque en el fondo no tenían una mejor alternativa, excepto la manida frase de “la calle”, que hasta donde hemos podido ver tampoco es una alternativa que haya arrancado o que nos haya conducido –pienso en 2014– a alguna parte que no haya sido el vil encarcelamiento de líderes y opositores y el inaceptable, lamentable e irrecuperable costo en vidas y heridos.

Pero volviendo a la frase, ¿Y si no hay más elecciones, entonces qué? ¿El último en salir que apague la luz? ¿O la insurrección armada? ¿Con que armas? ¿O nos vamos todos a Miraflores, pero con las manos en alto para entregarnos y que nos metan presos? De los traumas políticos –como la cancelación del RR y el diálogo frustrado– se aprende y se sale de ellos con más política, no renunciando a ella o alistándose en la “moda” de la anti política, por la que ya los venezolanos hemos pasado y que fue precisamente lo que condujo al país a esta debacle al elegir presidente a Hugo Chávez Frías en 1998 y cuyas consecuencias estamos sufriendo todos desde hace ya 18 años.

No me cabe la menor duda de que eso de “que en Venezuela no haya más elecciones”, es la aspiración del Gobierno y seguramente hará todo lo posible por retrasar, entorpecer o impedir los procesos electorales que están en camino, constitucionalmente hablando: las elecciones de gobernadores y legisladores estadales, ilegalmente suspendidas por el CNE en 2016; las de alcaldes y concejales municipales, que corresponde realizarlas este año; y las elecciones presidenciales que se deben realizar en 2018.

Para esta tarea –inconstitucional y anti democrática– cuenta el Gobierno con la complicidad del CNE y del TSJ, el silencio e indiferencia de buena parte de la comunidad internacional y el apoyo de los organismos represivos del Estado y de sus propios grupos violentos y armados; pero con lo que no puede contar es con nuestra complicidad e indiferencia o nuestra “resignación” con frases como esa de que “en el país no habrá más elecciones”. No hay que ser ingenuos como para no pasearse por ese escenario, pero una cosa es decirlo como una posibilidad que hay que considerar, como parte del análisis de la estrategia del Gobierno y nuestras acciones para vencerla y otra muy distinta es repetirla como si se tratara de algo inevitable, que no tiene remedio y a lo que estamos fatalmente condenados.

La lucha política que hay que dar es precisamente esa, que haya procesos electorales, que se respete el derecho al voto, que es un derecho político según nuestra constitución y tradición democrática y es también un derecho humano fundamental, debemos actuar como ciudadanos políticos, esta tarea es de todos, asumir nuestra responsabilidad política en el rescate del país y la democracia. No será una lucha fácil, pero en ella contaremos, sin duda alguna, con el apoyo de la comunidad internacional que vaya despertando, a la que debemos alertar, todos los días, sin descanso ni sosiego, todos los partidos, todas las organizaciones sociales, pero no con la “resignación” de la frase ya comentada, asumida como una especie de sentencia o una maldición milenaria, sino con la denuncia y reclamo permanente de la aberración que está tratando de cometer el actual régimen de Nicolás Maduro, una de cuyas modalidades sería no realizar elecciones o convocar un proceso electoral sin la participación de la oposición, como hizo Ortega, el dictadorzuelo de Nicaragua y que muchos también comentan como posibilidad, dándole argumentos al Gobierno, que no necesita de nuestro que le demos ideas o razones para seguir violando la Constitución y nuestros derechos.

No sé de qué forma se puede concretar esta lucha por salir del régimen que nos agobia y quien me esté leyendo que no espere que al final del artículo yo exponga una fórmula mágica para lograr la movilización de la sociedad venezolana en contra de esta neo dictadura. Pero seguro que la alternativa no es rendirse o dejar todo y sumirse en la desesperanza y la indiferencia como si fuese este un destino ineludible. La lucha comienza por desterrar frases e ideas, que se repiten como mantras y que sumen en la indiferencia, la resignación y la desesperanza al pueblo venezolano.

En el camino de salir de esta crisis de la oposición, soy de los que afirma que es necesario voltear ahora hacia la sociedad civil, pero no denigrando de la política y de los partidos, todo lo contrario, para lograr que la sociedad civil le imprima un carácter crítico a la necesaria renovación de los partidos, su mayor democratización y su mayor involucramiento en la lucha popular contra nuestros problemas de cada día: el hambre, la inseguridad, el desabastecimiento, la carestía de la vida, el desempleo, la pérdida del derecho al voto, la destrucción de la democracia y todos los demás males que nos maltratan, degradan y golpean a todos y que son la consecuencia de pésimas políticas públicas y el peor gobierno de nuestra historia, que se “eterniza” ya desde 1998. Esos son los problemas reales, profundos, vitales, de fondo, no si el Presidente “abandonó” el cargo, o si tiene tal o cual nacionalidad.

La sociedad civil y sus organizaciones no son por misión, vocación ni diseño, movimientos políticos de masas, con capacidad de involucrarse en la lucha por el poder; tienen cada una su propia especificidad y objetivos que debe cumplir a cabalidad, pero sí se pueden involucrar con líderes sociales y políticos y con los partidos, en la movilización y construcción de alternativas que sirvan para crear conciencia en la población de quienes son los culpables de los males que nos aquejan, a todos como país y que no son otros que quienes nos gobiernan, a nivel nacional y en cada estado y alcaldía y por tanto la lucha debe ser por librarnos de ellos en todas las instancias, por la vía democrática, con elecciones, que es la única vía permanente y de la que no hay regreso.

La lucha por la elección de gobernadores, ilegalmente pospuesta por el Gobierno, con sus cómplices del CNE, es el camino más inmediato que tenemos en este momento en el país y a él debemos sumarnos sin descanso y sin reserva para volver a teñir de azul el mapa de Venezuela.

@Ismael_Perez

Liderazgo Regional y Descentralización

Durante los últimos 40 años, desde finales de los años 70 del pasado siglo, hemos denigrado sistemáticamente de los partidos y de los políticos. Esa posición que algunos llaman anti política, ha tenido un resurgir en estos días a raíz de la aparición de los movimientos de “indignados” en Europa y probablemente explica en buena medida el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos, aunque allí actuaron también otros factores, que no viene al caso analizar ahora.

En nuestro país, esas posiciones se manifestaron de manera muy aguda, hasta  que en 1993 y luego más claramente en 1998 triunfaron las opciones anti partido; primero con Rafael Caldera, en 1993 –paradójicamente uno de los padres del Pacto de Punto Fijo, que fue un hito importante del desarrollo de nuestra democracia– y luego con el triunfo de Hugo Chávez, en 1998. Este último prácticamente acabo con los partidos, derrotándolos sistemáticamente en procesos electorales y elecciones amañadas –no necesariamente fraudulentas– dejándolos sin recursos, denigrando de ellos, persiguiendo y encarcelando sus líderes. Aún hoy los partidos políticos no se han podido reponer.

Hoy tenemos un liderazgo político que es muy similar al sistema político que desarrollamos desde finales de los años 50 del pasado siglo, “presidencialista”, se caracteriza por liderazgos fuertes, del tipo carismático, que en muchos casos se convierten en “mesiánicos”. Nos gustan los líderes que dicen cual es el camino, que tienen todas las respuestas, que marcan la ruta, aun cuando para crecer, hacia una sociedad moderna, hace falta otro tipo de líderazgo, más organizacional, más institucional, que nos acompañe en el camino, que corra “riesgos” con nosotros; pero lamentablemente, el otro es el que tenemos, con ese hay que lidiar por el momento.

Así, hoy tenemos –no nos extrañe– una oposición a la que le cuesta unirse y mantenerse unida, dividida en opciones ideológicas, poco profundizadas por sus militantes, y fragmentada en liderazgos individuales. Solo nos ha mantenido unidos un propósito, salir de este régimen; y algunas ideas, casi míticas, que podríamos llamar “ideas fuerza”, como lo es la idea de la “unidad”.

Claramente, en las elecciones parlamentarias de 2015, los candidatos que se salieron de la “unidad” fueron barridos y en algunos casos, con grave deterioro para sus liderazgos locales y regionales. En 2016, una de esas “ideas fuerza” fue el “RR”; idea o propósito que una vez “cancelado” inconstitucional e ilegalmente, no hemos logrado aun reponernos y reemplazarlo, afectando liderazgos nacionales y en algunos casos hasta la unidad.

Otra característica del liderazgo de hoy es la tendencia a ser “mediático”. Los líderes y los medios se buscan, unos tras la noticia, otros tras el espacio y la notoriedad; probablemente para ahorrarse el trabajo político de recorrer calles, campos, fábricas, liceos y universidades, para buscar a la gente en sus ambientes de estudio, de trabajo, donde viven, en la cotidianidad que nos ahoga a todos. Este tipo de liderazgo enfrenta hoy una dificultad inmensa y fundamental para la oposición, dado el control de los medios de comunicación que tiene el régimen.

Quienes nos oponemos al Gobierno contamos con espacios cada vez más limitados, en escasos dos o tres periódicos nacionales, sin papel suficiente para mantener ediciones diarias, con censura velada, cuya lectura alcanza a duras penas al 3% de la población; unas pocas emisoras de radio, que no pasan de unas quince en todo el país y contados minutos en tímidos noticieros de TV que escasamente informan acerca de lo que hace o propone la oposición al régimen y con una audiencia cada vez menor, que prefiere los canales internacionales. La alternativa de las “redes sociales”, que muchos sobre estiman, no tiene aún una penetración importante, sobre todo en la población de menores recursos e ingresos, por lo que es muy difícil que pueda compensar el abrumador despliegue que tiene el estado régimen con sus redes de medios impresos, circuitos de radio nacionales y locales y canales televisivos, toda una red de desinformación y manipulación de la opinión pública; sin contar con las múltiples y continuas cadenas presidenciales y de publicidad del gobierno.

Pero otra característica que tiene el liderazgo político hoy en día, muy importante para la meta electoral que es preciso desarrollar en 2017, es que es también un liderazgo “regional”.

Lo “regional” tiene hoy un espacio; anteriormente, al inicio del desarrollo de nuestro sistema de partidos y sistema político, había que venir a Caracas para “triunfar” políticamente, para darse a conocer como opción; hoy es cosa del pasado. La oposición, por ejemplo, ha tenido varios candidatos regionales con proyección nacional, aun cuando su característica era que eran líderes regionales; son ejemplos de esto: Oswaldo Álvarez Paz y Andrés Velásquez en 1993, Salas Romer, en 1998 y Manuel Rosales en 2006. Hoy en la oposición, nos gusten o no, hay candidatos presidenciales o lideres cuya característica es lo regional; Henry Falcón es uno y –nuevamente– Manuel Rosales, es otro que reaparece en escena.

Eso es posible gracias a otra “idea fuerza” que comenzó a desarrollarse a final de los años 80 del pasado siglo y que debemos mantener, la idea de la “descentralización”. Contra esa idea el régimen ha dirigido buena parte de sus baterías, tratando de impedir el desarrollo de los líderes regionales, propios y sobre todo ajenos, persiguiendo y apresando gobernadores y alcaldes por todo el país, despojándolos de facultades y dejando a las regiones sin recursos económicos y bajo su control.

Por eso es tan importante que madure y adquiera mayor fuerza el tema de las elecciones de Gobernadores. Se trata, no solamente de defender el derecho al voto, hoy vulnerado por el CNE, organismo constitucionalmente encargado de defenderlo, sino también para proteger, desarrollar esa “idea fuerza” de nuestro sistema democrático, la descentralización y contribuir también al desarrollo, fuerte, indispensable, del liderazgo regional. Las elecciones regionales es, sin lugar a dudas, una oportunidad de “pintar de azul” los 23 estados del país y fortalecer y consolidar definitivamente nuestra mayoría electoral, nuestra verdadera fuerza: el voto ciudadano.

@Ismael_Perez

 

 

2017 y Sociedad Civil (SC)

 

Desde la óptica de la oposición, comenzamos unidos el año 2016, tras un triunfo indudable y aplastante en las elecciones parlamentarias del 2015. Comenzamos el año 2017 desunidos, con una relación entre los partidos bastante distante y fragmentada y un importante alejamiento entre varios líderes opositores. Negar esto sería absurdo.

En 2016 no pudimos avanzar nada con relación al Refrendo Revocatorio, que asumimos desde principio de año como la gran opción y esperanza para resolver los problemas del país, desalojando del poder al Gobierno de Nicolás Maduro.

Comenzamos el 2017, con una vaga e imprecisa opción de la oposición con el “abandono del cargo” de Nicolás Maduro, que solo en sueños desquiciados es posible que se dé. Afortunadamente, debemos reconocerlo, esa aspiración onírica, es solo eso, un sueño utópico y lejano que la gran mayoría del país no creé, por lo cual es de esperar que se disipe el fantasma de una nueva y mayor frustración política.

El Gobierno ya ha fijado su estrategia: endurecer el proceso político, persiguiendo a la oposición y atemorizando el país, con amenazas de violencia y de “armar” al pueblo en inconfesable propósito; desconocer y negar la AN, buscando destruirla de manera definitiva; perpetuarse en el poder, desconociendo los mecanismos democráticos del voto y la consulta popular. Mientras, la oposición está en peligrosa mora en definir su estrategia.

No podemos seguir en el reconcomio de buscar los culpables de lo ocurrido y la oportunidad desperdiciada de 2016; sin duda se cometieron errores y errores graves que nos tienen en un estado de postración, del cual debemos salir. Es tiempo de lamerse las heridas y continuar, de “sacudir las sandalias del polvo del camino” y emprender cuanto antes la reconstrucción de la aspiración política de encontrar la salida que el país espera, en conocimiento de que el régimen está fuera de la constitución y no dudará en continuar desconociéndola. Esta es una condición que debemos enfrentar.

Hace ya más de un mes en otro artículo, (¿Y ahora, qué?: Acción de la Sociedad Civil, ND, 9 de diciembre de 2016), me referí a que ha llegado el momento de la Sociedad Civil de incorporase más activamente y de manera eficaz a la lucha política.

En aquel momento, como ahora, es preciso matizar esta afirmación. No quiero que se confunda mi planteamiento con algunas de las voces agoreras que denigran de la política y de los partidos políticos. Nada más lejano en mi ánimo, que considero a los partidos políticos como el elemento esencial de la lucha política para conseguir el poder y producir las transformaciones que la sociedad venezolana necesita. Pero son también un elemento esencial, imprescindible e insustituible en este proceso, los ciudadanos, la gran fuerza social, el país cívico, todos los que no somos gobierno ni fuerza pública.

Nuestra tarea, con nuestras organizaciones no gubernamentales, las defensoras de los derechos civiles, sociales, de los derechos humanos, los gremios técnicos y profesionales –médicos, maestros, abogados, ingenieros, trabajadores de la salud y la educación– y demás profesiones liberales, las organizaciones de transportistas, los sindicatos de todo tipo, las organizaciones estudiantiles,  etc., tenemos que movilizarnos, mostrando nuestra realidad, haciendo propuestas y buscando la toma de conciencia de nuestros allegados y del pueblo en general, acerca de los graves problemas del país y quienes son los responsable de los mismos: el Gobierno nacional, con todos sus órganos y sus cómplices del PSUV.

Decía también en el artículo mencionado, que esa incorporación activa de la SC  a la actividad política debe abarcar también la lucha por la restitución del derecho al voto en Venezuela, lograr del irresponsable CNE un cronograma electoral para la elección de Gobernadores de Estado y los Diputados de las Asambleas Legislativas, pospuestas sin ninguna razón ni justificación en 2016, y también de la elección los Alcaldes y Concejos Municipales, previstas para este año, de acuerdo con la ley.

Pero debemos ser claros, los ciudadanos, la SC, en nuestra organizaciones, no estamos llamados a remplazar a los partidos en la lucha por el poder. Podemos movilizarnos, hasta masivamente, como se ha demostrado, pero no nos engañemos, nuestras organizaciones no tienen la capacidad de convocatoria y de coordinación para esas tareas, que sí tienen los líderes políticos y los partidos. A los partidos y sus líderes hay que ayudarlos a que sean verdaderamente democráticos, a que los partidos tengan procesos internos transparentes y que no teman al control ciudadano. Pero sin coadyuvar a la tarea de destruirlos que inicio Hugo Chávez Frías en 1998 y que ha continuado Nicolás Maduro.

Una cosa es la crítica, necesaria y responsable que debe existir siempre, que puede ser dura y hasta implacable, pero no confundamos papeles ni conductas, no le hagamos el juego a la antipolítica, tan de moda en el mundo contemporáneo y que la mayoría de las veces solo contribuye a agravar y perpetuar los males que pretende erradicar.

La SC, junto a los partidos políticos y sus líderes, tiene una responsabilidad importante en sembrar la semilla de la agitación social que el país necesita para sacudirnos de este adormecimiento, esta modorra que nos quita la esperanza de que es efectivamente posible un país distinto y mejor.

La estrategia diseñada por el régimen en abierto abuso de su poder y falta de escrúpulos, es para generar desesperanza, desconfianza en nuestros líderes, miedo a ser acosados y perseguidos, para que nos sintamos secuestrados, sin salidas, para que abandonemos nuestra justa y cívica lucha ciudadana para el rescate de nuestra democracia, nuestra forma de vida y de relacionarnos; aparentemente les está dando resultados, pero solo aparentemente, pues la realidad es que el país está en situación de caos y debemos crecernos, unirnos y seguir luchando juntos porque somos muchos más, muchísimos más y con la fuerza de la razón, la verdad y la justicia.

Hay una realidad a la que el régimen teme mucho: la fuerza del pueblo, de todo un país reclamando sus derechos y es a lo que el régimen trata por todos los medios de acallar, doblegar, descalificar y desconocer. Rendirse no es una opción.