La Renuncia de Falcón

La conseja política de los últimos días y el deseo de todos con cuantos se converse en la calle, ha girado en torno a la renuncia de Henry Falcón a la candidatura presidencial. Analicemos esta posibilidad.

Los objetivos de la candidatura de Falcón deben ser múltiples y solo él los conoce realmente. Pero, simplificando las cosas y alejándonos de suposiciones o ficciones, se puede asumir que Falcón persigue uno de dos objetivos: Ganar las elecciones y convertirse en presidente, pues desde luego esa es la finalidad de todo político; o bien, perdiendo en un honroso segundo lugar, convertirse en una referencia de la oposición venezolana.

Que Falcón se alce con el triunfo electoral el 20M, para cumplir el primer objetivo señalado, es una quimera. Primero, porque no es cierto lo que él señala que está compitiendo en condiciones similares de oportunidades anteriores y que es posible su triunfo contando con la ventaja del alto nivel de rechazo que tiene el actual gobierno.

Algo muy significativo ha cambiado que elimina eso de las condiciones electorales similares. El fraude electoral siempre ha estado presente –quizás con la excepción del fraude electrónico, del que no hay pruebas sólidas–, pero desde lo ocurrido con la elección del Gobernador del Estado Bolívar en 2017, cuando se alteraron manualmente las actas de votación para arrebatar el triunfo a Andrés Velásquez, la dictadura demostró que está dispuesta a todo con tal de mantenerse en el poder.

Aunque no se llegara al extremo de la alteración de actas, porque una supuesta avalancha de votos por Falcón cerraría esta posibilidad, tal avalancha no va a ocurrir. Ciertamente el rechazo al actual gobierno es muy alto, más del 70% conservadoramente hablando, pero ese factor está presente desde hace tiempo y nada indica que ese rechazo se haya convertido en voto opositor. Lo que históricamente sí ha aumentado el voto opositor ha sido la disminución de la abstención y todos los estudios de opinión indican que la falta de participación electoral el 20M va a ser considerable, más del 45%, si es que no es mayor, y ya el 45% es suficiente para que la dictadura imponga su solido 32% de electores que aun en las peores condiciones ha obtenido, como se evidencia en los tres últimos procesos electorales.

Ese 32% de votos por la dictadura significan mas de 6 millones de votos; sí a los 20 millones de votantes le restamos ese número y le restamos el 45%, como mínimo, de no participación, quedan menos de 5 millones para repartir entre Falcón y los demás candidatos. Pero además algunos ya hablan incluso de una “sorpresa” electoral el 20M, que no sería la avalancha de votos que Falcón espera, sino su probable desplazamiento al tercer lugar, por la “magia” electoral de la dictadura en aquellas mesas y centros sin la debida vigilancia, con lo que asestarían de paso otro importante golpe a la oposición democrática.

Después de las parlamentarias del 2015 la dictadura hizo su juego: designó inconstitucionalmente el TSJ; anuló la AN con ese TSJ; impidió la realización del Revocatorio; estableció una ilegal y fraudulenta ANC; sacó del juego a los partidos políticos más importantes; inhabilitó, apresó o envió al exilio a los líderes opositores más significativos; adelantó las fechas de las elecciones y desplegó todos sus recursos populistas para eliminar los votos nulos del 2015 y recuperar su votación en las elecciones de 2017. Todas acciones ilegales e inconstitucionales, por algo es una dictadura, a las que se suma la represión, la violencia, la persecución y el uso de la fuerza. Desplazar, ahora, electoralmente a la oposición a un tercer lugar, no es un objetivo descartable de la dictadura.

La oposición por su parte se condujo erráticamente con las acciones de la AN, no supo explicar adecuadamente ni dar contenido a los frustrantes intentos de diálogo en República Dominicana, no supo aprovechar las movilizaciones populares de 2016 y la masiva recolección de firmas de 2017, ni pudo cuidar adecuadamente su triunfo electoral de 2015, preparándose mejor para los procesos electorales de 2017, llegando a la debacle de no participar en las elecciones de alcaldes, en donde su participación electoral cayo al 12% desde el 40% que había obtenido en las parlamentarias de 2015; y no hace falta insistir en los análisis que se han hecho sobre lo negativo que ha sido para la oposición y el país los procesos de abstención electoral en 2017.

Con el cuadro anterior, es evidente que se impone un proceso de reconstrucción de la fuerza mayoritaria opositora si queremos salir de esta dictadura. Para ese proceso de reconstrucción, convertirse en la referencia de la oposición, como pienso es uno de los objetivos de Falcón, tiene sus aristas. Supongo que Falcón no quiere ser la referencia opositora de la dictadura; pero si lo que quiere es ser referencia para la oposición y jugar un papel importante en la reconstrucción de ésta, después del 20M, mantenerse en la “carrera” presidencial es un obstáculo.

No solo porque rompe con la estrategia de la unidad, errada o no, de no participar en un proceso que no reúne las mínimas condiciones democráticas, señalado incluso por muchos países; sino porque está recibiendo el rechazo de un considerable grupo de opositores, partidos, organizaciones y dirigentes que consideran a la unidad como una pre condición política para enfrentarse a la dictadura.

La renuncia de Falcón a la candidatura, denunciando un proceso electoral que no reúne las condiciones democráticas mínimas, ni siquiera las que él acepto y pactó, convertiría a Falcón de villano en héroe, en referencia para toda la oposición, y el país, no solo de los que lo apoyan, sino que reduciría el rechazo de los que plantean no participar. Sería además un golpe muy duro para la dictadura, la dejaría con poco margen de maniobra ypodría incluso obligarla a suspender las elecciones y negociar una salida política con la oposición.

Los números no dan para Henry Falcón; su renuncia seria cambiar un posible tercer lugar, en el proceso electoral del 20M, para convertirse en una referencia opositora innegable, nacional e internacionalmente; como lo fue Alejandro Toledo en Perú, en mayo del año 2000, cuando renunció a la segunda vuelta electoral y sumió en el caos a la dictadura de Alberto Fujimori, quien seis meses más tarde pidió asilo en Japón y desde allí renuncio a la presidencia.

@Ismael_Perez

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Falcón y la Unidad

Como afirmé en mi artículo de hace una semana –El Callejón Ciego, https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2018/04/28/el-callejon-ciego/los argumentos de los que plantean la “no participación” electoral y los que apoyan la candidatura de Falcón son igualmente contundentes y sólidos, no los voy a repetir, los doy por conocidos.

Aclaro que, aunque no tengo ningún interés en atacar o defender a Henry Falcón de nada de lo que se le pueda acusar, tampoco me gustan ni participo de los “linchamientos morales” y eso es lo que algunos hacen con Falcón sin siquiera pestañear y al mejor estilo “oficialista”, sobre todo esos que llaman “la canalla anónima o seudónima” de las redes sociales.

Pero hay un planteamiento que algunos han elaborado recientemente y es sobre el que deseo contra argumentar, pues se va por las ramas del problema y la arista emotiva o sentimental; me refiero a eso de que no se puede obligar a nadie a seguir una línea política que se considera errada: participar en el proceso electoral de 2018.

Ciertamente, Falcón no dividió a la MUD, si no estoy equivocado, aparte de su propio partido, ningún partido representativo que estuviera en la MUD, está apoyando la candidatura de Falcón. Lo grave es que Falcón dividió a la oposición, se apartó de la decisión de consenso, no participó en las discusiones para la toma de esa decisión y desoyó todos los llamados que se le hicieron –y se continúan haciendo– a reconsiderar su posición. Esta división debilita la mayoría que representa la oposición y Falcón se ha convertido así en una amenaza.

Mas allá de lo acertada o no de la política de “no participación electoral”, o de las críticas que se pudieran hacer a la forma en que se tomó la decisión y se ha venido implementando, lo cierto es que es una decisión política unitaria, con un objetivo concreto, y en momentos de “reflujo” como el que vivimos, preservar la fortaleza y el valor de la “unidad” tiene enorme importancia, estratégica y comunicacional y es eso lo que Falcón no ha sabido preservar y sobre lo que se sustentan algunas de las críticas que se le formulan. Al menos, la mía.

La búsqueda y concreción de la unidad y su peso y fuerza es uno de los temas de discusión abiertos, invocada por los ciudadanos como el objetivo al cual deben sacrificarse todos los intereses personales y particulares. Es más, ya ni siquiera es un tema de discusión, es una precondición política. Quien lo olvide, pagará un alto precio.

En su fuero interno Henry Falcón sabrá la motivación última de su candidatura. En lo aparente, no es muy difícil suponer que busca posicionarse como opción política opositora. Pero tampoco es difícil concluir que su retiro en este momento, denunciando el ventajismo oficial y el no haberse logrado mejores condiciones para que la contienda sea democrática, le daría muchos más beneficios políticos que mantener una candidatura llamada a ser derrotada, y cuidado si no llevada a un tercer lugar, con lo cual los dividendos políticos serían muy magros: haber dividido a la oposición y ser aplastantemente derrotado.

Hay poco que ganar, políticamente hablando. Todo apunta a que la abstención favorecerá nuevamente a la dictadura y aunque el resultado final sea “estrecho”, el ambiente político está servido para decir que hubo algún “arreglo”. Como ya lo comenté, quien se olvide de la unidad, pagará un alto precio.

La unidad y la recuperación del espacio político perdido en 2016 y 2017 –tema para desarrollar en otro momento–, son los dos objetivos estratégicos fundamentales de la oposición democrática para desplazar esta ignominiosa y oprobiosa dictadura. La unidad es entonces un imperativo para evitar que se repita lo que fueron meses de error tras error, tras las elecciones parlamentarias de 2015, donde la dirigencia política opositora no presentó una propuesta y ruta clara de acción, ni demostró garra ni cohesión –casi que ni “voceros” tuvieron y con deficiencias comunicacionales de mensaje y estrategia muy importantes– con lo que se pudiera llevar adelante un programa y una política, que debo suponer que existe. Con este contexto, una candidatura, cuando la posición mayoritaria es no participar, no ayuda en el proceso de recuperación.

Así, la dictadura, con escasos 6 millones de votos de un universo de casi 20 millones, se alzó con casi todas las gobernaciones y alcaldías en 2017 y volvió sal y agua el triunfo opositor de diciembre de 2015 y la inmensa movilización popular, nacional e internacional del 16 de julio de 2017.

Ese escenario descrito en el párrafo anterior, se repetirá el 20 de mayo, quizás con una votación menor –y aunque sea más alta no será creíble–, pero la realidad es que, pasado el tiempo, lamentablemente las cifras volverán a decir que la dictadura gana, cuando la oposición se abstiene.

@Ismael_Perez

 

El Callejón Ciego

Abro un paréntesis en mi reflexión sobre “totalitarismo y educación”, para ejercer el inalienable derecho al pataleo, a la catarsis personal.

Es absolutamente contundente la argumentación de parte y parte, de los que plantean la no participación y de los que llaman a votar por Henry Falcón –nótese que a los abstencionistas ni siquiera los menciono– que nos lleva a un empate técnico, que aparenta no tener solución ni salida.

Quienes abogan por la no participación alegan que no hay condiciones electorales democráticas; eso es indiscutible: candidatos presidenciales opositores inhabilitados, exilados o presos, partidos opositores ilegalizados o no reconocidos, millones de votantes en el exterior sin posibilidad de ejercer su derecho, adelanto de la fecha a conveniencia de la dictadura que imposibilita que la oposición pueda organizarse, lapso ilegal y corto –de menos de tres meses–  entre convocatoria y fecha de elección, “árbitro” descaradamente parcializado,  coacción de electores con amenazas de despidos y quitarles subsidios, compra de votos con el carnet de la patria y la cruel manipulación del hambre, la descarada afirmación del gobierno de que no entregará el poder, etc. ¿Se pretende que en estas condiciones participemos en estas “limpias” elecciones legitimando todas estas irregularidades?

Por otra parte, dicen quienes llaman a votar, que bien vistas las cosas, ¿Cuándo, desde 1999, ha habido condiciones electorales limpias? Agregan que ante la aguda crisis económica y humanitaria, el régimen está en su más bajo nivel de popularidad, que todas las encuestas indican un alto porcentaje de venezolanos dispuestos a participar para derrotar a la dictadura, que la abstención nunca ha conducido a nada y quiérase o no, quienes la apoyan no plantean ninguna vía alternativa, ninguna acción, nada; alegan, con toda razón que solo la vía electoral es un remedio definitivo, por suponer que la participación y el apoyo popular, es la base para comenzar a construir sólidamente un nuevo país o reconstruir éste que se nos está deshilachando en caída libre.

En efecto, de parte de la oposición que llama a no participar, solo hay vagas y esporádicas convocatorias a eventos y protestas, que no concitan respuestas masivas, no presentan una alternativa de poder y un proyecto de país que inspire y movilice; solo hay una efímera actividad de búsqueda de apoyo internacional, necesario, del cual no se puede prescindir, pero que no va a solucionar nada, porque históricamente nunca ha solucionado nada.

Cuesta trabajo reconocerlo, pero solo quienes apoyan el llamado a participar están proponiendo una vía positiva de acción: votar, que es por lo menos hacer algo, más allá de cruzarse de brazos y permanecer en la inercia, la frustración y la desesperanza en la que estamos sumidos.

Esto por el momento pareciera que no tiene salida. Es un juego trancado, un callejón ciego, que parece conducirnos a la “victoria” de la dictadura el 20 de mayo. Cuidado si a su consolidación. La abstención y la no participación no sacarán a la dictadura y tampoco lo harán los que voten por Henry Falcón, eso es un resultado cantado, que no es secreto para nadie. Al no haber un triunfo opositor, masivo, que le sea arrebatado a las mayorías, que impulse una “revuelta popular” para restituir el despojo y que provoque una represión masiva del régimen, no hay ni siquiera justificación para una intervención militar, interna, –de una FANB que por otra parte está cómodamente adormecida sobre los millones de dólares que recibe del régimen– mucho menos para una intervención internacional, armada, de unos supuestos “marines” que esperarían en Panamá un chasquido de dedos que los lance a “liberar” el país.

A pesar del hambre y la ausencia de medicinas, de servicios de todo tipo y con una hiperinflación galopante, acompañada de carencia de efectivo –no hay que comprar, pero tampoco con que hacerlo– el país esta sospechosamente tranquilo. Al parecer por mucho menos, Nicaragua ardió durante varios días; y por menos igualmente de lo que aquí ha ocurrido han volado por los aires de la revuelta popular dictaduras de todo signo alrededor del mundo. Habrá que reconocer al chavismo que algo sí ha sabido hacer: reprimir eficientemente, adormecer conciencias, eliminar valores, judicializar la política, controlar al país para que no se mueva ni una hoja.

Las probabilidades de presiones internas que lleven a la dictadura a “recapacitar” o renunciar son nulas. Sus seguidores tienen demasiado que perder, el costo de dejar el poder es demasiado alto; se trata de fortunas mal habidas, sí, de proporciones grotescas y cada vez les quedan menos lugares en el mundo donde disfrutarlas; por lo tanto, la opción es disfrutarlas aquí, con descaro, sin disimulo. Creando una burbuja para ellos. Se aferrarán al poder con manos y dientes, pero sobre todo con represión y chantajes. Solo la violencia del malandraje, que no repara en “color” de simpatías políticas, puede perturbar algo esa posibilidad; pero de nuevo, para eso si funcionará la represión, para proteger esas “fortunas”; y si no, en última instancia, esas “fortunas” sabrán comprarle el espacio de coexistencia al malandraje que han creado.

¿Qué hacer, entonces, que viene ahora? He aquí una propuesta de “Agenda mínima”, para iniciar la discusión y la reflexión: Lo primero es asimilar las derrotas sufridas en 2017 y pasar la página; pero tener conciencia de que con eso no resolvemos el problema de sacar a esta oprobiosa dictadura de manera inmediata; para ello es preciso organizar la resistencia frente a la escalada de la dictadura, con partidos políticos y dirigentes modernos y renovados y construyendo un movimiento ciudadano, militante, contra la dictadura.

Concluida la catarsis, cierro el paréntesis y volveré la próxima semana con el cierre pendiente y el “Qué Hacer” sobre “Totalitarismo y Educación”.

@Ismael_Perez

Totalitarismo y Educación: la Atraccion del Mito

En la situación que vivimos –que pretende ser de “auge de masas”, para utilizar una jerga supuestamente revolucionaria, aunque ya en decadencia– las enseñanzas de J.A.C . Brown, a quien cité la semana pasada (https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2018/03/10/nuevo-repunte-de-la-sociedad-civil/), son particularmente aleccionadoras, tanto, que me permito resumirlas libremente.

Señala este autor que las ideologías totalitarias, sean marxistas, fascistas o nazis, aunque opuestas en contenidos intelectuales, son muy similares en cuanto a que ejercen un atractivo emocional y tienen un discurso muy poderoso en todos aquellos que se conectan con el mensaje y se sumergen encantados en los movimientos de masas, sometiéndose fácilmente y sin resistencia a una autoridad superior que sienten que les guía y representa. Todos los movimientos de masas reclutan sus seguidores en los mismos grupos humanos y atraen personalidades similares; por eso, cuando uno de ellos crece, por lo general lo hace en detrimento, a expensas, del decrecimiento de los otros, sonsacándoles sus miembros y es por eso que sus militantes son intercambiables y suelen transformarse en seguidores de otro cualquiera de estos grupos.

Un movimiento de masas de carácter fanático religioso, fácilmente se convierte en uno social o nacionalista y todo movimiento social se puede transformar fácilmente en un movimiento nacionalista o de carácter religioso. Las experiencias históricas abundan y en países culturalmente disímiles; desde Turquía, hasta Inglaterra, las revoluciones sociales se convirtieron en nacionalistas o movimientos religiosos.

Por esta razón, cuando un movimiento político de masas o un partido tiene en sus raíces, en su génesis, la semilla totalitaria, como necesariamente tiene que competir con otros movimientos y sus exigencias de lealtad para captar adeptos, termina oponiéndose a la religión y a la familia y tratando de manipular la educación, pues esas son las agrupaciones u organismos sociales que tienen las emociones más profundamente enraizadas.

Los nazis, los fascistas, los nacionalistas turcos, los revolucionarios franceses, los comunistas rusos, los maoístas, son o fueron anti religiosos e intentaron substituir la religión con su propia ideología. Paradójicamente tienen éxito no en donde hay más pobres, pues si así fuera, toda Asia, África y gran parte de América Latina estarían bajo uno de estos regímenes; su éxito no es proporcional a la miseria y al descontento, sino que triunfan en donde hay más resentidos, repudiados, frustrados, grupos minoritarios o socialmente inadaptados o excluidos y suelen seleccionar sus líderes, no entre los que están teóricamente más preparados, sino entre aquellos que mejor reflejen y encarnen sus sentimientos de reclamo, denuncia y condena.

La dictadura se sostiene en el poder en Venezuela por el arbitrario uso y control de los recursos del estado, la expoliación a los derechos de propiedad y la irracional amenaza de las armas; pero lo ideológico que hemos venido analizando puede explicar la importante y representativa permanencia del “mito de Chávez” en algunos sectores populares, estimulado de manera consciente y permanente por el aparato publicitario de la dictadura, para mantener, acríticamente, irracionalmente, la pasión y lealtad por el líder fallecido con vistas a mantener un supuesto apoyo electoral.

La atracción del mito, del caudillo fallecido, se ha ido deteriorando, pues el “carisma” –a menos que sea profundamente espiritual o religioso– difícilmente sobrevive a la desaparición física del líder; la estrategia entonces, además del uso de la violencia, se refuerza –como vimos en las pasadas elecciones de gobernadores– con la “manipulación” de los resultados electorales y las trampas desembozadas para mantenerse en el poder a toda costa.

@Ismael_Perez

 

Totalitarismo y Educacion (1) – Lo Revoucionario

Descartada temporalmente la vía electoral para salir de la dictadura, está no tendrá mayor dificultad en imponerse en unas elecciones amañadas el 20 de mayo y seguramente tratará de imponer después un proceso de adoctrinamiento y “educación” entre otras acciones que ya aplican a una población muy disminuida y debilitada para seguir en el poder; proceso que debemos entender cabalmente para dar las respuestas adecuadas.

No cabe duda que el país ha venido sufriendo un cambio político importante y muy traumático, que algunos califican de revolucionario; pero el término “revolucionario” es muy vago y se presta a muchas interpretaciones. El concepto abarca desde la ruptura violenta de un orden social determinado y su forma de gobierno, como por ejemplo las revoluciones francesa y rusa; hasta una situación más profunda que se caracteriza por un cambio en el orden social, en las instituciones fundamentales, en las relaciones económicas, en las clases sociales y en las formas de organización de la sociedad, como ocurrió con la Revolución Industrial y como posiblemente está ocurriendo con la revolución informática. Eso significa que, a la larga, toda revolución, para que sea tal, debe producir, mediante el adoctrinamiento y la “educación”, una modificación en el conjunto de actitudes, valores y costumbres de la sociedad.

Pero no estoy seguro de que eso es lo que nos está pasando a nosotros y por eso adelanto una reflexión o hipótesis en el sentido de que lo que nos ha ocurrido a nosotros es una dilución debilitamiento y pérdida de algunas instituciones de la sociedad y el estado de derecho como son: los partidos políticos, el Parlamento o Congreso, pérdida de credibilidad en la justicia y en el Poder Judicial, pérdida de autonomía del poder ciudadano, de los poderes locales, etc. Y no por la presencia de nuevos valores sino mas bien por la ausencia de ellos.

Sin duda ha cambiado o está cambiando la élite dirigente, los grupos en el poder, algo de la forma en que los actores económicos se relacionan con el poder, ha cambiado también la forma de algunas instituciones, los nombres y los personajes que las conducen. Pero no ha habido un cambio de algunos de los valores, ni de las actitudes, ni de las formas como la gente se relaciona con los demás, con la sociedad, con la economía, con el Estado.

Por ejemplo, la gente sigue esperando un milagro, un Mesías, ganarse la lotería, un aumento mágico de los precios del petróleo para que un estado generoso – ¿demagogo, populista? — continúe dispensando dinero a manos llenas, etc. Y como eso no ocurre, comenzamos a ponernos nerviosos porque sabemos que, como decía J.A.C.  Brown[1], allá por los lejanos años 60 del pasado siglo, cuando un pueblo está dispuesto a hacer un movimiento o acción política colectiva, de masas, lo puede hacer en cualquier dirección que considere eficaz y no necesariamente en la dirección que desee o le indique una determinada ideología, doctrina o programa.

Continuaremos con el tema y las enseñanzas de Brown, que vienen muy al caso para analizar las pretensiones totalitarias de toda dictadura de cambiar los valores de esta sociedad.

@Ismael_Perez

[1]  Técnicas de Persuasión (1963). Editorial Alianza, 1978

Partidos Políticos y Sociedad Civil (y 3)

Hemos venido hablando de ciudadanos, ciudadania y sociedad civil —que son términos inseparables— y su relación con los partidos polítihos.  

El trato de ciudadano ha estado siempre presente en las 26 constituciones que ha tenido el país, pero solo en la de 1999 dejó de ser solo una fórmula de cortesía o protocolo, para convertirse en una manera de relacionarse con la política y el Estado. En cuanto a la sociedad civil, como sus fronteras siempre son muy difusas, por sociedad civil también vamos a entender ese espacio “organizacional” en el que se mueve el ciudadano que no tiene partido, que aunque siga una “línea” o directriz determinada, no está comprometido, atado, con la organización que la emite; hablamos de ese “reino del ciudadano” que ya hemos llamado ONG y cuya tarea es el ejercicio de la ciudadanía. Y por ciudadanía —que sin duda es la palabra que mejor resume la tarea política del momento— vamos a entender una forma de participación política y social basada en el reconocimiento de que el vínculo que nos une a los demás es compartir los mismos derechos.

Hablamos, entonces, de ese individuo que durante años se fue separando cada vez más del estado, de lo público; a quien le fueron socavando sus mecanismos de participación y representación, que dejo de sentirse expresado por los partidos, sindicatos y organizaciones gremiales y que ha ido encontrando nuevas maneras de expresarse y está cambiando su forma de relacionarse con todo; con el Estado, con los partidos, con sindicatos, gremios y hasta con las propias organizaciones de las que forma parte y a las que dio vida. 

Hasta las ONG más formales, se han visto sobrepasadas por nuevas formas de organización, descentralizadas,  semiespontáneas y neoanarquistas, que sustituyen a las organizaciones permanentes, estructuradas y formales y que apoyadas en pequeñas redes y en los medios de comunicación tienen un gran impacto publicitario y son capaces de grandes movilizaciones, manifestaciones y demostraciones, a las que no se les puede categorizar como vulgares procesos de masificación histérica o populista, porque ni siquiera son un mero efecto del proceso de globalización. 

Sin embargo, ha habido varias desviaciones, importantes de analizar. Todo aquel que “disiente” bien sea por un problema de fondo, bien sea por una diferencia personal, forma “tienda aparte”, constituye una ONG o Asociación Civil, monta una página Web ingeniosa y dinámica y gracias a la maravilla  de las redes sociales e Internet, difunde sus mensajes e ideas y tiene la ilusión de que es visto y leído por millones de personas, cuando en realidad la estadística lo que nos indica es que es un bajo porcentaje de la población venezolana el que tienen acceso directo a redes sociales e Internet. (Sabrá Dios, además, cuantas personas realmente leen los miles de mensajes que circulan a diario). 

Sin contar con esas desviaciones, persiste además un problema adicional, un grave problema. Estos “movimientos” masivos, espontáneos, eficaces hasta cierto punto para promover ideas, discusiones y debates, son movimientos básicamente de ideas, no destinados a tomar el poder —me refiero al poder político, el poder del Estado— y de allí la frustración, el fracaso, esa incapacidad de producir una alternativa coherente, a pesar del gran poder de movilización que algunas ONG tienen. Estos movimientos así generados, aunque muy concientizados, producto de intensos y largos debates políticos, de una muy activa participación y resistencia contra el poder del Estado, muy claros en sus aspiraciones y en lo que rechazan, pero que no pueden entrar en negociación porque nadie está en capacidad plena de negociar en nombre de ellos. No cabe duda que estas dinámicas ONG “expresan” una realidad de nuestra época, pero habría que ver cuánto de la población representan realmente o son capaces de movilizar. 

Sin que sea un termino peyorativo, son lo que algunos autores califican de movimientos pre-políticos. Son como olas que nacen en lo más profundo del océano, que asustan, que baten fuertemente las rocas, pero que al final llegan a la playa a deshacerse o morir.

@Ismael_Perez

Partidos Politicos y Sociedad Civil (2)

Para algunos los partidos políticos también son parte de la sociedad civil; pero en Venezuela son instancias bien separadas, legalmente, y hay varias decisiones del TSJ que así lo determinan y que excluyen a los partidos como parte de la sociedad civil.

Pero además, partidos y grupos de la sociedad civil, actúan de manera muy diferente, aun cuando en la práctica ambos ejercen o se dedican a la política. Naturalmente que hay semejanzas también, pero son sobre todo las diferencias, que definen pautas y áreas de acción de cada uno, las que me interesa analizar.

Siempre se ha dicho que la diferencia fundamental entre partidos y sociedad civil es el objetivo que ambos persiguen. Para los partidos es el poder, lograrlo, alcanzarlo y la posibilidad de ejercerlo para llevar adelante sus programas, sus ideas, las metas del sector al cual representan. Mientras que para los grupos de la sociedad civil —vamos a llamarlos Organizaciones No Gubernamentales (ONG) — los objetivos son diferentes y variados dependiendo de cada uno de ellos. El primordial no es el político, aunque se ven lanzados a él por diversas circunstancias y por una muy particular, el ejercicio de la ciudadanía; es este —la ciudadanía— el elemento distintivo. Por lo tanto, en materia política, el objetivo de las ONG, en mi opinión, es en todo caso controlar la gestión pública y la de los partidos. Tema sobre el que volveré en otro momento.

Con respecto al tema del poder, es necesario evaluarlo más allá de un objetivo externo. Es preciso también considerar la forma de ejercerlo de manera interna y en la manera de relacionarse sus miembros, pues hay allí otras diferencias importantes. Unos, los partidos, por lo general, aunque no siempre y no solo, lo ejercen por autoridad, por estatutos, legitimados en una elección; los otros —las ONG— por “auctoritas”, por el llamado “poder espiritual”, ese “algo” que aceptamos de algunas personas que no se nos imponen porque un estatuto diga que ellas son la “autoridad” o que ejerce un determinado cargo, sino que se nos imponen por su saber, su ejemplo, su acción, su dedicación, por lo que ellas “son”.

Esa forma de ejercer el poder determina también formas de liderazgo y la forma en que sus líderes luchan por las posiciones internas en sus organizaciones. En los partidos la lucha por el poder puede revestir situaciones muy agudas y muy intensas, divisiones, rompimientos; porque el poder interno significa acceso al gobierno, acceso a un cargo legislativo, acceso a recursos, prestigio. Por lo general esa lucha esta normada o estatuida, aunque se acepte que, por tratarse de política, todo vale.

En las ONG, el liderazgo suele estar —o debería estarlo— relacionado con mayor trabajo, mayor dedicación a la causa de la organización. Sin embargo, no están exentos de esos rompimientos, que en las ONG también son frecuentes, sobre todo en las de carácter y acción política. En las ONG los problemas personales entre sus miembros y las disputas con relación a la utilización de recursos escasos o el celo por la mayor proyección que alcancen unos u otros, se terminan convirtiendo en problemas organizativos. Se anteponen las lealtades personales a las lealtades a la organización, las ideas y los objetivos.

Hay otro tema o diferencia importante: la representación; las ONG , no concurren a procesos electorales que los lleven a representar a alguien, salvo a si mismos o a unos pocos. Por lo general las ONG son la expresión de algo, pero expresión de la unión de voluntades individuales y su legitimidad viene dada, reconocida, por esa “auctoritas” — ya mencionada—, como organización, su prestigio, su trabajo, la calidad de sus lideres, la claridad de sus ideas. Ese es uno de los problemas graves de las ONG, que usualmente no representan a nadie, por más que muchos se presenten como sus representantes, voceros autorizados, aunque las organizaciones cuenten con muchos miembros; y eso se nota especialmente a la hora de asumir triunfos y fracasos. Todos hablamos por la sociedad civil cuando se trata de logros y meritos, pero nadie asume los errores objetivos que ha cometido la “sociedad civil”, que en esas circunstancias se vuelve más abstracta que nunca.

Seguiremos evaluando algunos detalles de estos dos sectores, que se nos presentan como diferentes y que en realidad no lo son tanto, sobre todo ahora que parece resurgir la “sociedad civil”, ante el evidente “reflujo” de los partidos.

@Ismael_Perez

Partidos y Sociedad Civil (1)

Cuando la llamada sociedad civil irrumpe nuevamente en la política, a llenar el vacío dejado por la MUD y los partidos, una serie de temas surgen a la discusión; la unidad es uno de ellos.

Pero la unidad no significa uniformidad y la oposición no debe unirse simplemente por un “principio” abstracto, o peor aun, para satisfacer los gustos, la incomprensión o la ignorancia de lo que sin duda es muy importante, pero no deja de ser una entelequia, la llamada “comunidad internacional”.

De lo que se trata, contrariamente a lo que nos impulsan algunos, es lograr la unidad a partir de una muy amplia discusión, donde se hagan patentes la riqueza y variedad de las posiciones en juego. No puede ser de otra forma, pues en cuanto a los partidos políticos, en la oposición tenemos toda la gama imaginable, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, con todos los matices, pasando por socialistas, liberales, conservadores, demócrata cristianos, socialdemócratas, tecnócratas, y a cada momento vemos surgir nuevos partidos o variantes de partidos liberales o social demócratas. Por lo tanto, no se trata de que sea una idea, un líder, un programa, sino de que son muchas ideas, muchos líderes, muchos programas que al final confluyan en un solo mensaje, común, de cambio, de nueva sociedad y futuro, que le llegue a las mayorías del país.

No cabe duda que hemos llegado al punto en que el evidente deterioro de la dictadura y el desastre económico y social en el que está sumido el país, la única forma de solventarlo es unir esfuerzos para detener y revertir su curso. Y allí entran partidos y ciudadanos, lo que llamamos “sociedad civil”, que es ese sector de la sociedad venezolana, más cercano a lo que podemos llamar el fenómeno de la globalización mundial. En él vivimos los atisbos del nuevo modelo de relaciones sociales: conectados en red, pero seguimos profundamente individualistas o centrados en el individualismo. Individualismo en red.

Pero la sociedad civil, el ciudadano, es ya un actor que no podemos seguir dejando de lado o descartando. Realmente estamos en presencia de un fenómeno que tenemos que incorporar en nuestros análisis políticos para manejarlo adecuadamente.

En próximos artículos, mientras se decide si vuelven a cambiar la fecha del simulacro electoral, en búsqueda de participantes, nos proponemos desarrollar algunos temas relacionados con la sociedad civil.

@Ismael_Perez

 

El “frente” es ahora el frente

El “frente” es el nuevo campo de batalla a lo interno de la oposición. Hoy se dedica más tiempo a analizar y discutir posiciones de personas u organizaciones con las que se supone que coincidimos, que en oponernos a la dictadura, criticarla u ofrecer alternativas para enfrentarla.

La dictadura posiblemente se deshace por dentro, pero presenta una sola cara; y si hay “otra cara”, la meten presa. Pero la oposición se desgrana en varias opciones. Dos fácilmente reconocibles; un sector, que ha decidido participar en este proceso electoral con un candidato, Henry Falcon; y otro, aparentemente mayoritario, que rechaza en este momento la opción electoral que se presenta para el 20 de mayo. No me referiré al primero, que significa una grave fisura en la unidad, me concentrare en el sector que ha decidido absteners o no participar.

Desde luego en este segundo grupo hay matices y diferencias, en ocasiones muy profundas, por razones ya conocidas y que no repetiremos este momento. Hay un grupo que denominaremos “abstencionista” y que ha hecho de esta opción su leitmotiv; y otro grupo, que ha venido participando continuamente en los procesos electorales, al menos desde 2005, fecha en la cual la opción opositora fue, como ahora, la de No Participar.

Además de abstenerse o no participar, que no es lo mismo, este gran grupo también coincide en un objetivo más amplio: la necesidad de la unidad para derrotar a la dictadura; pero hasta aquí el consenso armónico, pues de allí en adelante hay opciones concretas, que ellos llaman “estrategias”, que difieren en nombre y en contenido. Por ejemplo, ya se habla de varios “frentes”, en uno participan los partidos de la MUD, en otro no; otros hablan de “alianzas”; lo del nombre o su amplitud o estrechez, es lo de menos; donde comienzan las dificultades es cuando se “llena de contenido”, cuando se le definen objetivos específicos o se comienzan a interpretar estos. Mi temor es que nos pase como con los resultados de la exitosísima jornada del plebiscito del 16 de julio del año pasado, que en lugar de celebrar que participaran más de siete millones de personas en Venezuela y en el exterior y dedicarnos a organizarlos en resistencia y para los procesos electorales que se avecinaban, comenzamos con las disputas para interpretar el significado del resultado.

Algunos pretendieron “afilar” el lápiz o “sacarle punta” a la tercera pregunta del plebiscito pretendiendo que se renovaran los poderes públicos y que la AN tenía que hacerlo de inmediato –¡Ya!–, pero no de acuerdo a lo establecido en la constitución, como decía la pregunta, o sin que estuviera entre sus atribuciones y sin medir posibilidades o dificultades para que semejante acción tuviera éxito. Sin embargo, nada de particular y concreto hicieron para que esa predica ocurriera, además de denunciar a la MUD por redes sociales o medios de comunicación en general. Por denuncias nunca nos quedamos cortos y la critica a los demás aflora con facilidad y la culpa nunca es no saber, no poder o no tener un mensaje y una propuesta convincente; la culpa siempre será de otros, usualmente de la MUD o de los partidos y los políticos que son unos “traidores”, como ya han empezado a decirlo, desde el jueves 8 de marzo que se constituyó el “Frente Amplio: Venezuela Libre” en Chacao.
Por supuesto que se impone un proceso crítico y auto crítico sobre muchos temas, pero debemos tener cuidado en no hacerle el juego a la dictadura o seleccionar un blanco fácil que, como siempre, es la MUD y los partidos o políticos en general. Esa historia también la conocemos.

Toca ahora hacer lo que no hicimos, organizar de manera seria la resistencia civil a una dictadura que se alza cada vez con más poder. Y digo que toca ahora hacerlo pues es evidente que no se hizo, a juzgar por la incapacidad de movilizar a la población de manera eficaz frente a lo que está ocurriendo. El problema siempre es organizar las cosas de manera efectiva.

@Ismael_Perez

Nuevo Repunte de la Sociedad Civil

El evento en el Aula Magna del 6 de marzo es una muestra de la fuerza y vigor de la “sociedad civil”, formada por organizaciones y ciudadanos, algunos dedicados a la actividad política, pero que no integran los partidos. Esto no es la primera vez que ocurre; hagamos un poco de historia.

Los partidos políticos tradicionales, que desde 1958 venían copando el espectro político, alternándose o compartiendo el poder, no lograron sobreponerse a la inclemente campaña antipolítica de más de 30 años protagonizada por intelectuales, medios de comunicación, escritores, periodistas, empresarios, etc., ni a la derrota que les propinara Rafael Caldera en 1993 con el “Chiripero” y a que fueran barridos desde 1998 por Hugo Chávez Frías y el régimen que él creo, hoy devenido en dictadura. La eliminación de los partidos cristalizó de facto en la Constitución Bolivariana, la cual ni siquiera los nombra y expresamente prohíbe que sean financiados por el Estado.

Derrotados sistemáticamente desde 1998, los partidos y todos los venezolanos, vimos sin embargo como simultáneamente con la llegada al poder de la “revolución”, comenzó un proceso de resistencia al régimen. Resistencia con la que nadie contaba y que ha sido muy difícil de manejar y doblegar, cuyos protagonistas son los ciudadanos, la sociedad civil, oponiéndose y resistiendo a una “revolución” que resultó ser un fraude para el progreso y bienestar del país.

En 1999 esa sociedad civil irrumpió en la vida electoral, con poco éxito, en las elecciones para la Asamblea Constituyente, logrando cinco cargos como constituyentistas; no obstante entre 2001 y 2004, con acciones de calle, manifestaciones gigantescas, recolección de firmas, los ciudadanos fuimos los protagonistas políticos fundamentales de los eventos que sin embargo concluyeron en otra derrota en el referéndum revocatorio de 2004 y en una derrota política aun mayor, compartida con los partidos, con la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005, de cuya Asamblea resultante surgió la consolidación legal del régimen de Chávez Frías que aún nos agobia hoy día.

Tras la elección presidencial de 2006 −en la cual Rosales obtiene el 37% de los votos−, la creación de la MUD, y los resultados electorales en las elecciones disputadas entre 2008 y 2013, los partidos políticos se van reponiendo, conjuntamente con el deterioro del régimen, y llegan a la rutilante victoria opositora en las elecciones parlamentarias de 2015, que no supimos capitalizar por razones que ya están suficientemente analizadas, aunque quizás no completamente asimiladas. En 2017 la oposición venezolana, representada principalmente en los partidos políticos de la MUD, recibió una fuerte derrota política y electoral de la que aún no se repone. Como vimos, tampoco es la primera vez que eso ocurre.

En todos estos años aprendimos una lección que espero que tomemos ahora en cuenta −cuando se pretende un resurgir de la sociedad civil− y es que los ciudadanos, la sociedad civil, las ONG, son buenas y efectivas en sus áreas específicas y tienen −apoyadas en la “red” y en los medios de comunicación− un gran impacto y son capaces de grandes movilizaciones, manifestaciones y demostraciones; pero, no están diseñadas para el accionar político efectivo y sus buenas intenciones, acciones y eficacia como ONG, como sociedad civil, no se traducen en votos ni poder político. No olvidemos esa lección de 1999 y 2004, no vayamos a caer nuevamente en la anti política y anti partidos, a la que siempre nos empujan los interesados en destruir la democracia.

@Ismael_Perez