Reflexiones tras 18 años -Sociedad Civil en los Partidos

En la medida que avanza el llamado proceso de relegitimación de los partidos políticos, tres partidos de la alianza opositora, congregada en la MUD, han asistido al proceso y al momento de salir esta nota, deben estar acudiendo al mismo los partidarios de Primero Justicia; poco sabemos, de manera “oficial”, vale decir, de parte del CNE, de lo ocurrido hasta ahora en cuanto a firmas recolectadas por los que han participado, aunque Avanzada Progresista (AP) y Voluntad Popular (VP) aseguran haber alcanzado la meta, y más, del 0,5% en por lo menos 12 estados; y sabemos que algunos de los partidos de la mencionada alianza opositora, como Alianza Bravo Pueblo, Bandera Roja, Copei, Causa R y Vente Venezuela, han anunciado que no acudirán al mismo.

Con respecto, estrictamente, al llamado proceso de validación, la MUD no fijo una posición unitaria en torno a si se debe o debió acudir o no; dejó esa decisión en manos de cada uno de los partidos, aunque sí hizo una declaración general en cuanto a las fallas del mismo y sus condiciones “injustas y sin sentido” y se comprometió a “Reconocer y mantener como integrantes de pleno derecho, bajo las mismas condiciones actuales, a los partidos que actualmente forman parte de la Mesa de la Unidad Democrática, independientemente de su reconocimiento o no por parte del Consejo Nacional Electoral tras el actual proceso de validación…”, que es una manera indirecta de reconocer el proceso.

Pero, es poco lo que se ha reflexionado a fondo sobre el tema. ¿Se debió acudir al proceso, o no? Sobre eso hemos escuchado y oído diversas opiniones y declaraciones generales sobre “dejar o no espacios vacios”, “aprovechar toda coyuntura que se presente para movilizar a la población”, “aprender de la lección dejada por la abstención en el 2005”, etc.  sobre todo en momentos en que hay un decaimiento del ánimo opositor tras los sucesos políticos de 2016 en torno al RR y la suspensión de la elección de gobernadores. Esa argumentación apunta a que se debió hacer lo que algunos están haciendo, acudir a validar su militancia. También apunta a eso lo ocurrido hasta ahora con el proceso aparentemente exitoso concluido por AP y VP y lo que algunos han asomado de que la jugada le ha salido mal al régimen chavista-madurista, pues esto ha sido una oportunidad para movilizar a los partidos opositores y organizar la participación de la oposición.

Pero, no deja también de ser cierto que al validarse como partidos, bajo un procedimiento a todas luces violatorio de la Ley de Partidos, se está también validando decisiones de dudosa constitucionalidad tomadas por el TSJ e implementadas por el CNE de manera irregular, arbitraria y abusiva, en contra de los principios de transparencia y participación que el CNE debe respetar. Más importante aún, quedan aun flotando algunas preguntas, entre ellas la de si los partidos opositores necesitan ser “reconocidos formalmente” por los factores del régimen que están combatiendo.

Esta última pregunta quedara aun sin responder y todo este proceso quedara como una más de las reflexiones del proceso vivido durante los últimos 18 años, pues qué duda cabe de que a pesar de las negativas circunstancias en las que vivimos, estos son tiempos de reflexión.

Hemos vivido una situación y experiencia política de la que se debe sacar importantes conclusiones y el momento –mientras ocurre o no una eventual relegitimación de partidos políticos– es propicio para la reflexión acerca de cómo deben ser los partidos en los cuales encaje una sociedad civil politizada.

Durante estos años presenciamos el fin de una concepción de los partidos tradicionales –que a pesar de todo, es una ganancia– en donde se habían enquistado algunas elites que, habiendo renunciado a sus ideales doctrinarios, se habían adueñado de esas organizaciones; mediatizado y corrompido sus ideales de lucha. Eran la nata sobre la leche, siempre a flote, siempre allí, y como a la nata, la única solución era sacarla. No vayamos a creer que solo AD y Copei y los partidos tradicionales quedaron heridos de muerte desde finales de los años 90 del pasado siglo, todos, hasta la vieja Izquierda insurreccional, fueron víctimas de esa debacle.

Presenciamos a la vez el surgimiento de un nuevo tipo de organización de corte cívico militar (MBR200 y MVR, primero y ahora PSUV) basados en un liderazgo de tipo caudillista, con una pretendida ideología de “eficiencia militarista” y que heredaron las consignas y estrategias de los partidos de masas de principios del siglo XX, fuertemente apoyados en practicas populistas. Se nutrieron de lo que fue la “clientela política” de AD y Copei, de la cual un día se nutrieron el MEP y Convergencia; y llenaron el espacio político dejado por estos partidos, que alternativamente los había llevado al poder. Pero, ni son una “novedad” valiosa, ni representan una alternativa para quienes creemos en la democracia como forma de vida y de organizar el poder en la sociedad.

Han surgido recientemente, en los últimos años, algunas opciones –casi todas basadas en una difusa ideología Social Demócrata y algunos, los menos, en la Demócrata Cristiana– que prefiero no nombrar para no dejar por fuera a alguno; y le tocará ahora a los grupos sanos y jóvenes de esas organizaciones y de los tradicionales partidos, renovar sus doctrinas y darles nuevo contenido para que, remozados y reconvertidos algunos y nuevos otros, pervivan como elemento indispensable, que lo son, de la vida democrática.

Nuestro problema es, en cuál de estos esquemas organizativos encajamos nosotros, los que nos identificamos como Sociedad Civil, que a partir de experiencias como la elección de la Asamblea Nacional Constituyente en 1999, la opción por el “NO” a la Constitución de 1999 y el Referendo Revocatorio Presidencial de 2004, crecimos como la “verdolaga” –según expresión de Teodoro Petkoff (TP) – o como un “espíritu silvestre”, del que se quejaba Claudio Fermín (CF) hace ya varios años. Entiendo que para hombres como TP y CF, formados toda la vida en organizaciones políticas de férrea disciplina, es difícil prescindir de ella a la hora de imaginarse nuevas formas de organización para la lucha política. Y ciertamente, comparto con CF que “… si ese 30% no se organiza bajo un nuevo formato político estará siendo irresponsable con las ideas que representa, porque nunca las podrá realmente difundir”.

Pero el problema no es solo organizarse bajo algún nuevo formato, el problema es también cuándo y cómo hacerlo. No debemos sucumbir a la tentación de crear una organización que se parezca a los partidos tradicionales y que sea fácilmente identificable y desmontable. No renunciemos, por ahora, a ese espíritu de la “verdolaga”, a ese crecer “silvestremente” del que hablaba Petkoff y atormentaba a Fermín.

No pensemos que las únicas formas de organizarse políticamente son las que hemos conocido hasta ahora, basadas en los grandes partidos policlasistas y de masas, organizados bajo el centralismo democrático, y bajo la concepción de “correas de transmisión”, “cuadros de vanguardia”,  siguiendo la jerga leninista que se nos ha pretendido imponer o un partido de corte militar, como los que surgieron en Venezuela, expresiones organizativas de una conciencia y una ideología elaboradas por intelectuales del siglo XIX y principios del XX, que nos pueden conducir a un nuevo fracaso. No aceptemos fácilmente el chantaje de la “coordinación” o “evitar la duplicación”; seamos consecuentes con otros principios en los que también creemos, como por ejemplo, el de la libre competencia. Que surjan todas las iniciativas posibles, que se organicen de la forma en que puedan y quieran, que utilicen las formas modernas, cibernéticas de comunicación, que se lancen a la lucha política y a la captación de adeptos, y que triunfe el que mejor sea capaz de expresar los interés e ideales de los grupos sociales a los que aspire representar.

Cuando hemos discutido el tema de la organización política de los tiempos que corren (Partidos políticos y ciudadanos, ND, 4 de septiembre 2015; El declive de los partidos políticos, ND, 12 de septiembre de 2015), hemos hablado de que a esa nueva organización la concebimos como un núcleo central de políticos profesionales, con una amplia periferia, que se activa y desactiva de acuerdo con circunstancias especificas. Hemos visto que así funcionan ahora algunas empresas,  y que si este esquema funciona para el mundo de los negocios, ¿Por qué no habría de hacerlo para el de la política?

Esta es una invitación a organizarse o a integrar las organizaciones políticas existentes desde ahora, sin esperar más, –más allá del éxito o fracaso del llamado proceso de relegitimación– con la clara conciencia y el objetivo político a largo plazo de llegar al poder, pero con la precaución de no sucumbir al inmediatismo y creer que la única forma posible de organizarse políticamente es la que ya hemos conocido.

@Ismael_Perez

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