¿Cerrada laVía Democrática?

¿Estamos al borde de que se cierre la vía electoral para resolver el grave conflicto político en Venezuela y con ello la posibilidad de una salida pacífica y democrática? Eso parece. Al menos tras las últimas sentencias del TSJ, la 155 y la 156, tan inconstitucionales como muchas anteriores y en las que se desconoce sin ambages el estado de derecho, se insiste en el desconocimiento de la Asamblea Nacional, le otorga poderes omnímodos al Presidente, lo insta a iniciar eventuales juicios penales a los diputados opositores y diluye en la practica la Asamblea Nacional asumiendo sus funciones a través de la Sala Constitucional.

Por otra parte, surge nuevamente la vana “esperanza” de una posible decisión de la OEA –suspender a Venezuela en ese organismo–  que traiga como consecuencia alguna solución inminente a nuestro conflicto político, económico y social. Sin desestimar la influencia que tiene que más de 20 países constaten y se pronuncien sobre la crítica situación venezolana e insistan en una vía electoral para salir de ella, no olvidemos que las intervenciones de la OEA en esta materia –casos recientes de Honduras y Paraguay– no conducen a ninguna solución inmediata.

Sin embargo, para algunos otra salida constitucional siempre es posible, sobre todo con una constitución tan absurda como la venezolana que lleva dentro de sí, cual Caballo de Troya, el germen de su autodestrucción, el artículo 350 que declara constitucional rebelarse contra la propia constitución.

Pero son la intransigencia, arbitrariedad, los actos inconstitucionales y el autoritarismo del Gobierno los únicos responsables del caos jurídico en el que nos encontramos y de este pensamiento pesimista en cuanto a las salidas democráticas. El Gobierno/TSJ/CNE ha hecho todo tipo de trampas, argucias jurídicas e irregularidades para desconocer a varios millones de venezolanos que elegimos una Asamblea Nacional y solicitábamos una consulta popular, un referendo, sobre la continuación o no de Nicolás Maduro en el poder.

Pero en la oposición tampoco somos un rebaño de mansos corderos. Desde hace varios meses hemos venido “satanizando” a la MUD y al liderazgo opositor en general, acusándolos poco menos que de “traidores”, “vendidos”, “colaboracionistas”, etc. En todos los medios de las llamadas “redes sociales” han tenido cabida y han sido alentadas posiciones radicales contra la oposición, los partidos y sus líderes, estimulando la conseja de que se estaba y está “negociando” con el chavismo-madurismo y planteando como alternativa una suerte de insurrección popular, callejera, que en verdad nunca termina de surgir y nadie de liderar.

Lo grave del asunto, en lo electoral, es que tras cerrar el RR, también se cerró la vía de las elecciones regionales. Cerrar la vía al RR, de la manera fraudulenta como se hizo, para muchos trae como consecuencia que en lo adelante cualquier intento electoral del Gobierno/CNE tendrá poca o ninguna credibilidad, ¿Con qué legitimidad –argumentan– se llevaría adelante un eventual proceso de elecciones regionales que sea confiable? Por eso toman fuerza las tesis de algunos de que la oposición debe abandonar la estrategia de insistir en la convocatoria de las elecciones regionales –en realidad cualquier vía electoral, pues “dictadura no sale con votos”, dicen– y con ello se alejan las posibilidades de una solución pacífica al conflicto social y político en el que nos consumimos.

“Ya no se puede seguir hablando con eufemismos” dicen, “al pueblo hay que hablarle claro”; solo que ellos tampoco lo hacen, porque decir que no se van a realizar más procesos electorales porque estamos bajo una flagrante dictadura y por lo tanto hay que organizar la “resistencia” en la calle, suena muy romántico, pero es decir solo la mitad de la verdad. La verdad completa es que la oposición no tiene fuerza para tratar de imponer ninguna opción distinta a la electoral y el Gobierno –que si tiene la fuerza y no tiene escrúpulos para usarla– solo está esperando que se desate en la protesta el primer acto de violencia para tener un pretexto para reprimir y acabar por la fuerza con la resistencia que quede, de parte de la sociedad civil y los partidos políticos. Y ahora las mencionadas sentencias del TSJ pretenden que el régimen disponga de más instrumentos para ello.

Les guste o no a los amigos de las salidas militares, de fuerza, violentas o insurreccionales, la oposición no tiene armas con que enfrentarse al ejército que está de parte del Gobierno y que éste tiene el absoluto y total monopolio del uso de la fuerza y ha demostrado hasta la saciedad que está dispuesto a usarla. Cacerolas, banderas, pitos, marchas o decisiones de la OEA, ayudan, motivan y organizan, pero no tumban gobiernos, menos si son dictaduras, eso nos lo dicen hasta el aburrimiento muchas experiencias históricas y algunos analistas políticos.

A pesar de que pueda sonar a destiempo, dada la gravedad de las sentencias recientes del TSJ, que eliminan la democracia y el Estado de Derecho en Venezuela, debo insistir en que, paradójicamente, la solución es pedir más elecciones, más democracia, pedir que se respete el derecho al voto y luchar organizadamente porque se realicen las elecciones regionales y locales en este año. Las elecciones regionales y locales permiten movilizar y organizar a la población en todos los Estados y hasta en los municipios y pueblos más recónditos.

Seguir la vía electoral es lo que ha funcionado, es lo que nos ha traído hasta aquí. La insistencia en lo electoral es lo que ha puesto siempre al Gobierno contra la pared, a lo que más teme y lo ha obligado a quitarse la máscara y descubrirse como un Gobierno autoritario, dictatorial y violador de los derechos humanos; es la vía que el Gobierno está demostrando que no sabe manejar, porque no le permite el uso de la fuerza de manera indiscriminada, solo puede hacer, como lo hace, trampas, engaños, violar el estado de derecho, intimidar, corromper, comprar, etc. pero ese es un pantano que cuanto mas chapotee en él, más se hunde.

Repito, a pesar de la gravedad de la situación que vivimos tras la actuación del TSJ –que por momentos pareciera que es el que le dicta la pauta al Gobierno, y no al revés– son varias las razones que permiten a la oposición, a mi entender, continuar pensando y luchando por la vía electoral e institucional:

  • Primero porque a pesar de lo que muchos piensen, las instituciones democráticas en Venezuela han demostrado ser más sólidas de lo que suponíamos –veamos sino el proceso de relegitimación de partidos políticos–; de igual manera, más sólido de lo que suponíamos es el pensamiento democrático del venezolano y la esperanza de que hay que rescatar y mantener un mínimo estado de derecho.
  • Segundo, porque la resistencia al autoritarismo del régimen debe comenzar a alcanzar niveles organizativos que no se tenían antes, cuando los partidos estaban diezmados y teníamos una sociedad civil más dispersa, menos consciente de su papel y de sus capacidades políticas, más centrada en sus temas específicos y aislada del contexto, del resto del país, más prejuiciada hacia la actividad de los políticos y los partidos. Hoy la oposición tiene claro que puede trascender sus diferencias y posponer sus objetivos particulares con tal de lograr el objetivo inmediato, salir de este régimen autoritario.
  • Tercero, porque esa sociedad civil, ese ciudadano movilizado, si bien puede ser ingenuo o inexperto políticamente hablando, no es suicida y tiene exacta conciencia de la dimensión de sus fuerzas y las de su enemigo; sabe perfectamente que los políticos suelen poner los discursos, los militares los “teatros de operación” y las armas, el Gobierno la violencia y las estrategias de represión, pero son los ciudadanos los que ponen las víctimas y desde 1999, para pesar de todos los venezolanos llevamos muchos, demasiados muertos, encarcelados y perseguidos por la acción directa de la represión del “Gobierno de los pobres” que presidió Chávez Frías y ahora Nicolás Maduro.
  • Cuarto, porque hay una parte importante de la población, que no se ubica de manera decidida o militante en una opción a favor o contra del Gobierno; pero que no sabemos tampoco cual pueda ser su reacción cuando se dé cuenta de que se le están cerrando todas las salidas democráticas y pacíficas a sus múltiples problemas y eso produzca algún tipo de reacción violenta que, quiéralo o no, participe activamente en ella o no, terminará afectándolo.
  • Quinto, porque a pesar de todo, la “nueva” situación política –en la que nos pone el régimen con las sentencias 155 y 156 del TSJ– implica, además de la vía electoral e institucional, asumir una tarea política de organización de la resistencia, aunque ésta obviamente no se puede discutir por este medio, en el cual solo podemos hablar de lo electoral.
  • Y sexto, porque podemos pensar que se pueden continuar dando otras disidencias importantes –además de la Fiscal Luisa Ortega Díaz, independientemente de cuál sea su motivación– que vayan minando y debilitando el régimen que deja ya de lucir monolítico.

Hay fatiga, hay cansancio, hartazgo, desanimo, pérdida de paciencia por parte de una ciudadanía que ha resistido desde hace 18 años los desmanes, abusos, agresiones e insultos de un gobierno despótico, que amenaza y destruye sin límite ni compasión el futuro y el progreso de nuestra nación, manteniéndonos como rehenes, secuestrando nuestras libertades democráticas e imponiendo un régimen que se sustenta solo en la fuerza. Ahora el régimen pretende cerrar definitivamente la vía pacífica y ha abierto una Caja de Pandora. Quedan temas por analizar ante la gran incertidumbre hacia el futuro y queda abierto el punto de la realización o no de las elecciones regionales y locales de este año, que pasan ahora a ser un tema más álgido y más difícil de evaluar de manera serena.

@Ismael_Perez

La Relegitimación de los Partidos

Han transcurrido cuatro semanas desde que se inicio el llamado proceso de relegitimación o validación de partidos políticos; conviene hacer un resumen de hechos e ideas en torno a este proceso.

Aunque el CNE es el organismo al que por ley le compete la función de registrar a los partidos políticos, recordemos que el actual proceso se lleva a cabo por una decisión del TSJ, que le establece condiciones al CNE para que lleve adelante el proceso de renovación de los partidos políticos, bajo pena de que quien no cumpla con “…el proceso de renovación de su inscripción ante el órgano rector electoral, no podrá participar en ningún proceso electoral sea éste interno de carácter municipal, estadal y nacional”.

Tras la decisión del TSJ, el CNE establece entonces las leoninas condiciones que todos conocemos, contrarias a lo que había sido la costumbre en estos procesos en años anteriores y contrario a los principios de participación ciudadana, transparencia y celeridad en todos sus actos y decisiones, que son parte de los principios que deben regir al CNE, de acuerdo con la Ley Orgánica del Poder Electoral (LOPE). Según uno de sus propios rectores, Luis Emilio Rondón,  “el CNE limita el derecho a la Participación al aprobar un proceso de renovación de partidos en condiciones de casi imposible cumplimiento”

A partir de estas disposiciones del CNE, contrarias a la Ley que lo rige y a la lógica más elemental, se dio inicio al proceso de relegitimación. Resultaba obvio para cualquier observador que las condiciones impuestas dificultarían el proceso y parecían, en efecto, destinadas a impedir que los partidos se legitimen, con lo cual se sazona el caldo que muchos afirman, de que la intención es dificultar e impedir los procesos electorales o que la oposición pueda participar en ellos.

Además de las críticas al proceso en sí, hemos escuchado críticas y defensas a quienes se han presentado al mismo. Personalmente no simpatizo con la idea de que los partidos aceptaran las condiciones impuestas y se presentaran al proceso de legitimación, pero no por razones abstractas de principios “morales” o efectistas sobre la “justicia”, “legalidad” o la “constitucionalidad” del proceso, sino por la razón práctica de que no creo que forme parte de la esencia, de la “eticidad”, de un partido el que sea reconocido o no por el Gobierno de turno, mucho menos por uno como el régimen que nos gobierna.

Un partido político, para decirlo de manera simple y obviamente incompleta, es una agrupación de individuos con ideas afines, que se organizan para disputar, alcanzar y mantener el poder. Los partidos políticos en Venezuela, como en cualquier país del mundo, surgieron, se organizaron y comenzaron a competir por el poder sin que fuera necesario que nadie los “reconociera” –excepto el ciudadano que se afiliaba o votaba por ellos– y menos aun con las reglas que ahora les impusieron, a todas luces para entorpecer la participación política de los ciudadanos.

Mucho menos me gusto la idea de que no hubiera una estrategia conjunta de los partidos opositores, a través de la MUD, frente al proceso de relegitimación. Se dejo poco menos que a la decisión individual de cada partido el acudir o no a buscar las firmas; la MUD únicamente fijo una posición crítica en cuanto al proceso como tal y sus condiciones y acordó aceptar a todos los partidos en el seno de la unidad, bien sea que se legitimaran o no. Creo que se desaprovechó una oportunidad para alcanzar un consenso y se contribuyo a sembrar más incertidumbre en cuanto al proceso, especialmente hacia los que decidieron participar, que fueron calificados por los críticos opositores de siempre, los “mudicidas” como los bautizara Jean Maninat recientemente, de poco menos que “vendidos” y “traidores”.

Han transcurrido cuatro semanas de relegitimación y han pasado tan solo cuatro partidos de la MUD por el proceso (Avanzada Progresista, Movimiento Progresista de Venezuela, Voluntad Popular y Primero Justicia; al momento de salir esta nota, en la cuarta semana, acude a validar Acción Democrática) y es preciso constatar y resaltar que se han recogido casi medio millón de firmas a favor de estos partidos, lo que es una cantidad no despreciable de simpatizantes de partidos, sobre todo si tomamos en cuenta las pésimas condiciones en las que se desarrolló el proceso y a las que fueron sometidos quienes acudieron a firmar, bajo todo tipo de asechanzas, presiones y amenazas.

No es descabellado suponer que al final del proceso nos pudiéramos encontrar con casi un millón de personas respaldando con su firma, huella y CI a los partidos políticos opositores, lo que no deja de ser una cifra muy importante si partimos de la base de la decepción política sufrida por la oposición en el año 2016, tras la suspensión del RR y el aplazamiento indefinido de las elecciones de Gobernadores, además de la cerrada campaña anti política, anti partidos y anti MUD a la que hemos estado sometidos en las redes sociales y en los escasos espacios de opinión de prensa y TV a la que tiene acceso la oposición.

Esta cifra es también significativa si tomamos en cuenta que quienes acudieron y acuden a firmar lo hacen sabiendo que su nombre queda asociado a una determinada opción partidista y obviamente anti gubernamental, lo que no deja de ser llamativo si nos acordamos de las infaustas listas “Tascón” y “Maisanta”.

Sin entrar muy a fondo en el tema, por todo lo que antecede y a pesar de mi resistencia inicial, ahora comparto el planteamiento de que acudir al proceso en términos de sus resultados en números ha sido positivo. También comparto la idea expresada por algunos de que ha sido positiva por la movilización y organización de la población en una actividad política y obviamente anti Gobierno y tan solo por estas razones, ya es una ganancia política para la oposición.

Como algunos analistas señalan, creo que lo ocurrido demuestra que la oposición se mueve cuando hay metas claramente definidas –votar, firmar por el RR, firmar en apoyo a los partidos– es decir, actividades que signifiquen avanzar en la vía democrática y electoral.

Pero que no se equivoquen los partidos que se logren relegitimar, no se trata de un cheque en blanco las firmas que recibieron. El apoyo dependerá de cuál sea la posición y estrategia, por ejemplo, frente al tema de la unidad y frente al tema de mantener o no la tarjeta única –la de la MUD– para presentar los candidatos; frente al tema de impulsar la lucha por tener los procesos electorales pendientes, elecciones regionales –gobernadores y alcaldes– en este año y las presidenciales en 2018; frente al tema de la selección de candidatos a través de elecciones primarias cuando se tenga más de un aspirante en alguna circunscripción. Estos y otros temas determinaran el ánimo de los electores y cuales partidos continuaran contando con el apoyo de la sociedad civil.

@Ismael_Perez

Reflexiones tras 18 años -Sociedad Civil en los Partidos

En la medida que avanza el llamado proceso de relegitimación de los partidos políticos, tres partidos de la alianza opositora, congregada en la MUD, han asistido al proceso y al momento de salir esta nota, deben estar acudiendo al mismo los partidarios de Primero Justicia; poco sabemos, de manera “oficial”, vale decir, de parte del CNE, de lo ocurrido hasta ahora en cuanto a firmas recolectadas por los que han participado, aunque Avanzada Progresista (AP) y Voluntad Popular (VP) aseguran haber alcanzado la meta, y más, del 0,5% en por lo menos 12 estados; y sabemos que algunos de los partidos de la mencionada alianza opositora, como Alianza Bravo Pueblo, Bandera Roja, Copei, Causa R y Vente Venezuela, han anunciado que no acudirán al mismo.

Con respecto, estrictamente, al llamado proceso de validación, la MUD no fijo una posición unitaria en torno a si se debe o debió acudir o no; dejó esa decisión en manos de cada uno de los partidos, aunque sí hizo una declaración general en cuanto a las fallas del mismo y sus condiciones “injustas y sin sentido” y se comprometió a “Reconocer y mantener como integrantes de pleno derecho, bajo las mismas condiciones actuales, a los partidos que actualmente forman parte de la Mesa de la Unidad Democrática, independientemente de su reconocimiento o no por parte del Consejo Nacional Electoral tras el actual proceso de validación…”, que es una manera indirecta de reconocer el proceso.

Pero, es poco lo que se ha reflexionado a fondo sobre el tema. ¿Se debió acudir al proceso, o no? Sobre eso hemos escuchado y oído diversas opiniones y declaraciones generales sobre “dejar o no espacios vacios”, “aprovechar toda coyuntura que se presente para movilizar a la población”, “aprender de la lección dejada por la abstención en el 2005”, etc.  sobre todo en momentos en que hay un decaimiento del ánimo opositor tras los sucesos políticos de 2016 en torno al RR y la suspensión de la elección de gobernadores. Esa argumentación apunta a que se debió hacer lo que algunos están haciendo, acudir a validar su militancia. También apunta a eso lo ocurrido hasta ahora con el proceso aparentemente exitoso concluido por AP y VP y lo que algunos han asomado de que la jugada le ha salido mal al régimen chavista-madurista, pues esto ha sido una oportunidad para movilizar a los partidos opositores y organizar la participación de la oposición.

Pero, no deja también de ser cierto que al validarse como partidos, bajo un procedimiento a todas luces violatorio de la Ley de Partidos, se está también validando decisiones de dudosa constitucionalidad tomadas por el TSJ e implementadas por el CNE de manera irregular, arbitraria y abusiva, en contra de los principios de transparencia y participación que el CNE debe respetar. Más importante aún, quedan aun flotando algunas preguntas, entre ellas la de si los partidos opositores necesitan ser “reconocidos formalmente” por los factores del régimen que están combatiendo.

Esta última pregunta quedara aun sin responder y todo este proceso quedara como una más de las reflexiones del proceso vivido durante los últimos 18 años, pues qué duda cabe de que a pesar de las negativas circunstancias en las que vivimos, estos son tiempos de reflexión.

Hemos vivido una situación y experiencia política de la que se debe sacar importantes conclusiones y el momento –mientras ocurre o no una eventual relegitimación de partidos políticos– es propicio para la reflexión acerca de cómo deben ser los partidos en los cuales encaje una sociedad civil politizada.

Durante estos años presenciamos el fin de una concepción de los partidos tradicionales –que a pesar de todo, es una ganancia– en donde se habían enquistado algunas elites que, habiendo renunciado a sus ideales doctrinarios, se habían adueñado de esas organizaciones; mediatizado y corrompido sus ideales de lucha. Eran la nata sobre la leche, siempre a flote, siempre allí, y como a la nata, la única solución era sacarla. No vayamos a creer que solo AD y Copei y los partidos tradicionales quedaron heridos de muerte desde finales de los años 90 del pasado siglo, todos, hasta la vieja Izquierda insurreccional, fueron víctimas de esa debacle.

Presenciamos a la vez el surgimiento de un nuevo tipo de organización de corte cívico militar (MBR200 y MVR, primero y ahora PSUV) basados en un liderazgo de tipo caudillista, con una pretendida ideología de “eficiencia militarista” y que heredaron las consignas y estrategias de los partidos de masas de principios del siglo XX, fuertemente apoyados en practicas populistas. Se nutrieron de lo que fue la “clientela política” de AD y Copei, de la cual un día se nutrieron el MEP y Convergencia; y llenaron el espacio político dejado por estos partidos, que alternativamente los había llevado al poder. Pero, ni son una “novedad” valiosa, ni representan una alternativa para quienes creemos en la democracia como forma de vida y de organizar el poder en la sociedad.

Han surgido recientemente, en los últimos años, algunas opciones –casi todas basadas en una difusa ideología Social Demócrata y algunos, los menos, en la Demócrata Cristiana– que prefiero no nombrar para no dejar por fuera a alguno; y le tocará ahora a los grupos sanos y jóvenes de esas organizaciones y de los tradicionales partidos, renovar sus doctrinas y darles nuevo contenido para que, remozados y reconvertidos algunos y nuevos otros, pervivan como elemento indispensable, que lo son, de la vida democrática.

Nuestro problema es, en cuál de estos esquemas organizativos encajamos nosotros, los que nos identificamos como Sociedad Civil, que a partir de experiencias como la elección de la Asamblea Nacional Constituyente en 1999, la opción por el “NO” a la Constitución de 1999 y el Referendo Revocatorio Presidencial de 2004, crecimos como la “verdolaga” –según expresión de Teodoro Petkoff (TP) – o como un “espíritu silvestre”, del que se quejaba Claudio Fermín (CF) hace ya varios años. Entiendo que para hombres como TP y CF, formados toda la vida en organizaciones políticas de férrea disciplina, es difícil prescindir de ella a la hora de imaginarse nuevas formas de organización para la lucha política. Y ciertamente, comparto con CF que “… si ese 30% no se organiza bajo un nuevo formato político estará siendo irresponsable con las ideas que representa, porque nunca las podrá realmente difundir”.

Pero el problema no es solo organizarse bajo algún nuevo formato, el problema es también cuándo y cómo hacerlo. No debemos sucumbir a la tentación de crear una organización que se parezca a los partidos tradicionales y que sea fácilmente identificable y desmontable. No renunciemos, por ahora, a ese espíritu de la “verdolaga”, a ese crecer “silvestremente” del que hablaba Petkoff y atormentaba a Fermín.

No pensemos que las únicas formas de organizarse políticamente son las que hemos conocido hasta ahora, basadas en los grandes partidos policlasistas y de masas, organizados bajo el centralismo democrático, y bajo la concepción de “correas de transmisión”, “cuadros de vanguardia”,  siguiendo la jerga leninista que se nos ha pretendido imponer o un partido de corte militar, como los que surgieron en Venezuela, expresiones organizativas de una conciencia y una ideología elaboradas por intelectuales del siglo XIX y principios del XX, que nos pueden conducir a un nuevo fracaso. No aceptemos fácilmente el chantaje de la “coordinación” o “evitar la duplicación”; seamos consecuentes con otros principios en los que también creemos, como por ejemplo, el de la libre competencia. Que surjan todas las iniciativas posibles, que se organicen de la forma en que puedan y quieran, que utilicen las formas modernas, cibernéticas de comunicación, que se lancen a la lucha política y a la captación de adeptos, y que triunfe el que mejor sea capaz de expresar los interés e ideales de los grupos sociales a los que aspire representar.

Cuando hemos discutido el tema de la organización política de los tiempos que corren (Partidos políticos y ciudadanos, ND, 4 de septiembre 2015; El declive de los partidos políticos, ND, 12 de septiembre de 2015), hemos hablado de que a esa nueva organización la concebimos como un núcleo central de políticos profesionales, con una amplia periferia, que se activa y desactiva de acuerdo con circunstancias especificas. Hemos visto que así funcionan ahora algunas empresas,  y que si este esquema funciona para el mundo de los negocios, ¿Por qué no habría de hacerlo para el de la política?

Esta es una invitación a organizarse o a integrar las organizaciones políticas existentes desde ahora, sin esperar más, –más allá del éxito o fracaso del llamado proceso de relegitimación– con la clara conciencia y el objetivo político a largo plazo de llegar al poder, pero con la precaución de no sucumbir al inmediatismo y creer que la única forma posible de organizarse políticamente es la que ya hemos conocido.

@Ismael_Perez

Danny Glover nos visita, otra vez

Me aparto, relativamente, de los temas políticos, para incursionar en el mundo de la “cinematografía”, aunque no me voy a referir a la entrega de los Oscars ni haré de crítico de cine; pero no puedo pasar por alto sin hacer algún comentario a la visita a Venezuela del actor Danny Glover. De las anteriores visitas sacó 18 millones de dólares, para filmar una película que nunca realizó y sin rendirle cuentas a nadie, ¿Qué habrá obtenido esta vez?

Con motivo de esta nueva visita a Venezuela, si tuviera la oportunidad, le diría al Sr. Danny Glover  –y al resto de personas que lo acompañaron en el encuentro de la “Red de Intelectuales”, con los gastos pagados por el Gobierno– que si bien en sus pasados viajes ya descubrió que en Venezuela también hay “afro descendientes” (ahora es mala educación ­–no polite– decir minorías negras o simplemente, negros) hoy en día estos están en peores condiciones que la última vez que nos visitó y que en efecto, como en la mayoría de los países del mundo, la pobreza en Venezuela también afecta de manera proporcionalmente más elevada a negros y mestizos.

De allí pasaría a describirle, con lujo de detalles, algunas estadísticas e indicadores y de cómo estos han empeorado con el desempeño gubernamental durante los últimos años del Gobierno de Nicolás Maduro. Por ejemplo, que el desempleo ha llegado a ser el porcentaje más alto de toda la historia de Venezuela –aunque el INE disfrace las cifras y el BCV no las dé a conocer–; que se ha incrementando el sub-empleo y la buhonería, que llega al 75% de la población económicamente activa; que tenemos una inflación estratosférica que ni siquiera sabemos con exactitud su magnitud, pues no hay cifras oficiales, pero que las extraoficiales la sitúan alrededor del 900% en 2016; que se ha incrementando el porcentaje de personas que viven en pobreza y aumentado el número de familias en pobreza extrema; que los niveles de corrupción en el país, registrados por agencias internacionales, en todos los sectores llegan a extremos inusitados con evidencias todos los días de que hay total impunidad frente a la corrupción pública, pues el poder ejecutivo controla el resto de los poderes del estado y a los que no controla, como al Legislativo, los desconoce.

Pero estoy seguro que el Sr. Glover y sus acompañantes ya saben todas estas cosas y si no lo saben, son felices ignorándolas. Su viaje tenía otro propósito, seguramente es lo que nosotros llamamos propaganda y ellos “publicity”. Así que, no me voy a hacer mala sangre y me dedicaré a comentar las películas del Sr. Glover, que es mucho más entretenido.

Ya sabemos que Danny Glover, es un artista de Hollywood, co-protagonista de las películas Arma Mortal (Lethal Weapon), con Mel Gibson y que son la clase de películas que no se puede perder alguien que, como yo, ve películas fundamentalmente para di-vertirse o escapar de la realidad y no para sufrir, pues con la realidad cotidiana ya tenemos suficiente. Tampoco soy capaz de ir a verlas a una sala de cine, por causa de la inseguridad, solo por cable. Estas, como Arma Mortal, son la clase de acción inverosímil y entretenida que me encanta, miles de disparos y golpes, en la que uno jamás se explica como puede quedar nadie vivo; además los “malos” disparan con ametralladoras y nunca aciertan, mientras que los “buenos” solo tienen unas pistolitas mágicas a las que no se les acaban nunca las balas o los cargadores, excepto en el momento critico en que el “malo” los apunta con su arma y dispara; pero no importa, porque en ese momento alguien, la en su momento bellísima Rene Russo por ejemplo, le mete una bala al malo, o recibe ella la destinada al protagonista. En fin, son el tipo de cosas que uno espera de una película de acción.

Lo que no sabía era que el Sr. Glover al momento de filmar esas películas –no se ahora, ni pienso averiguarlo– era militante de un grupo denominado Transafrica Forum, que defienden a las minorías, afro americanas. Jamás lo hubiera sospechado por el papel de “negro tonto” que hace junto a Mel Gibson, cuyo personaje se burla constantemente de él y le gasta todo tipo de bromas pesadas. Uno hubiera supuesto que la militancia política del Sr. Glover haría que rechazara ese tipo de papel. Pero… business is business.

Sin embargo, recuerdo al Sr. Glover en otra película anterior a esta serie, en Testigo en Peligro (Witness), de 1985. Allí el Sr. Glover es el anti héroe y la película trata de un niño Amish que es testigo de un asesinato, cometido por el personaje que representaba Danny Glover, un corrupto detective de la División de Narcóticos. El personaje que representa Harrison Ford, es el detective “bueno”, que protege al niño Amish.

La trama va más allá de la tradicional lucha del bien y el mal, donde al final el bien triunfa; es un suspenso detectivesco bien montado y que tiene como atractivo adicional que nos presenta escenas de la vida de los Amish, secta religiosa Menonita, de origen holandés que viven en varios estados de los Estados Unidos y Canadá. Uno de los grupos más famosos de los Amish, en este caso de origen alemán, esta muy cerca de Pennsylvania, en donde se desarrolla la trama, y se caracterizan porque aun conservan muchos de los usos y costumbres del siglo XIX, pues parte de sus creencias religiosas es el aislamiento y separación del mundo moderno.

En esta película, obviamente el Sr. Glover no era aun tan famoso como lo es hoy, y esa debe ser la razón por la que aceptó este modesto papel, de asesino, contrafigura de Ford. Lo digo porque no deja de ser significativo que lo haya aceptado, si es que en esa época ya era militante del grupo “afro americano” mencionado, pues es uno de los pocos personajes “afro americanos” de la película y además, el villano; al otro agente “afro americano”, el “bueno”, compañero de Ford, lo matan. Claro que al ver el argumento uno se da cuenta de que el Sr. Glover no hubiera cuadrado en el papel de héroe, pues no hubiera sido fácil ocultarlo entre los Amish, rubios descendientes de alemanes, para que pasara desapercibido, como Harrison Ford, mientras protegía al testigo y atrapaba al criminal.

La película tiene una escena particularmente bizarra, que la recuerdo de manera muy particular. El “bueno”, Ford, desarmado, se enfrenta a los “malos” en un granero, entre vacas e implementos de labranza; de pronto el personaje de Glover se descuida y –escopeta en mano– pisa una bosta de vaca, exclamando de inmediato el apropiado nombre de la misma: ¡shit!, que naturalmente en inglés, resulta más elegante y menos ofensivo a los oídos hispanos. La verdad es que es un detalle muy extraño dentro de una escena tan dramática, que espero no haya sido premonitorio. ¿Por qué no la pudo pisar el otro personaje, igualmente “malo” y cómplice, pero “catirito”? Bueno, cosas del Director australiano, Peter Weir, que hay que soportarle a cambio de que nos obsequie con películas como esa, como Gallipoli, como El Año en que Vivimos en Peligro, The Truman Show o La Sociedad de los Poetas Muertos, entre otras.

Pero, no puedo dejar de hacer una reflexión final y como se que el Sr. Glover nunca va a leer este artículo –que pretensión la mía– si alguien tiene la oportunidad, díganle lo siguiente:

Yes, Mr. Glover, there are Afro American people in Venezuela, and many and too much of them are very, very poor people, with no hope, not able neither in dreams to travel in first class, like you did. It seems to me that the Chavez Frias/Maduro government is fighting against this situation, with very peculiars results: because poor people are suffering starvation, no medical assistance and nonstop personal violence… and without discrimination. Thanks for your help and patronage.

Diálogo, Unidad y MUD

Lo vivido con relación al frustrado dialogo nos debe dejar varias enseñanzas importantes. Lo primero es que, a pesar del fracaso, se hizo evidente para el país –según dicen las encuestas y dejo saber la comunidad internacional–, el valor del dialogo y la negociación como algo esencial a la política.

En algún momento, no me cabe duda, se abrirá un nuevo proceso de diálogo y –tal como ahora– no faltarán las voces agoreras de siempre, las de los que escarban cada palabra para buscar la “intención oculta” del grave “delito” de “negociar”, de “entregar”; los que ven trampas y traiciones detrás de cada puerta, a la vuelta de cada recodo, en el interior de la propia casa, en la que sembrarán dudas y desconfianza, como siempre con especulaciones y sin pruebas, producto de viejas facturas, venganzas pendientes o meras posturas políticas. Debemos entender que para algunos esa es la única manera de mantenerse en la palestra política. Llegará el día en que se esté juramentando un nuevo Presidente, surgido de un proceso verdaderamente democrático, y algunos todavía gritaran que eso no es verdad, porque “dictador no se cuenta”.

Pero para el ciudadano normal la política es negociación y ya ha comprendido que llegar a una salida de este régimen en condiciones aceptables significará algún proceso de diálogo y negociación, seguramente diferente al último que vivimos, pero diálogo y negociación al fin; al efecto se me ocurre recordar lo que me contaba un buen amigo, experto y exitoso negociador internacional, hace algunos años y citando de memoria: “En una ocasión –decía mi amigo– me tocó acompañar a un veterano negociador de la Comunidad Europea, quien en una reunión, cuando conocía a su homólogo de Estados Unidos le decía: Yo sigo el consejo que me dio un veterano negociador norteamericano. Yo negocio con los principios por delante, soy un negociador de principios, y el primer principio que aplico es: la flexibilidad”. La enseñanza de esta anécdota la considero invalorable para definir la actitud que debemos tener ante cualquier proceso de negociación o dialogo que se nos presente.

Pero eso no es lo único que hemos aprendido, en este proceso de 18 años de lucha contra el oprobioso régimen que nos rige, otro elemento o característica que me parece importante destacar del momento que vive el país, es la forma en que ahora se lleva a cabo la discusión política. La discusión es pública y abierta, acerca de todos los temas que están o deben estar en la negociación. Esta es una nueva práctica, una nueva característica de la política venezolana que ha llegado para quedarse, por la que nos debemos felicitar todos los venezolanos y a la que nos debemos habituar. Terminó la época de la discusión en cenáculos, en cúpulas cerradas. Donde solo contaban los votos y las influencias. Comienzan a contar los argumentos.

Hoy es común en cualquier parte en la que uno esté, encontrarse con que se discute abiertamente y a viva voz: En reuniones sociales, fiestas, en la calle, en restaurantes, en asambleas de ciudadanos, reuniones partidistas, en la televisión –eventualmente–, por la prensa escrita, en redes sociales, en grupos y foros de discusión en Internet, en programas de radio, etc.; hasta de los temas más delicados del acontecer político nacional se habla con toda franqueza y sin temor. En todos esos lugares, en todos los foros, se da una discusión intensa y se ventilan sin ambages todas las posiciones, desde las más radicales, hasta las más anodinas. Todo es un hervidero y no hay tema ni ángulo que escape a la opinión de cualquiera. Es algo extraño, no ortodoxo, para la forma habitual de hacer discusión política y de contribuir al proceso de toma de decisiones, pero representa un signo importante de los tiempos en que vivimos –el de la incursión activa de la sociedad civil en política– y de lo único que debemos tener cuidado es que la falta de temor y respeto al Gobierno, nos haga caer ingenuamente en alguna trampa y que nos distraigan en escaramuzas, que dejemos de lado los aspectos relevantes.

Desde luego, a nadie se le ocurre pensar que la decisión final será tomada en esas discusiones, como si se tratara de una asamblea permanente y abierta, la mítica “calle” tomando decisiones políticas; pero creo que a la mayoría de los ciudadanos no les importa eso, no les importa si están en el momento o lugar en donde se toma la decisión, lo que les importa es que está discutiendo, que se consideren esas opiniones como un aporte sustantivo para quienes deban tomar la decisión. Que estos últimos lo hagan en la tranquilidad que les permita considerar todas las opciones y sopesar la que tiene mayor consenso. Lo que importa es que nadie se sustraiga de este ambiente de reflexión y que nadie pueda dejar de “registrar”, de tomar en cuenta cual es el consenso que se va imponiendo y que va susurrando o gritando su sabiduría a los actores políticos;  si no se toma en cuenta la opinión o se hace a espaldas de la gente, la opción que se adopte será irremediablemente rechazada y la gente buscará la forma de pasar su factura. No olvidemos los cientos de líderes políticos, que famosos en otro tiempo, hoy no cuentan para nada en la política opositora.

Por supuesto, la “unidad” es uno de los temas. Su búsqueda y su concreción, es uno de los temas de discusión abierta y para la gran mayoría de los ciudadanos es el objetivo al cual deben sacrificarse todos los intereses. Es más, ya ni siquiera es un tema de discusión, es una precondición política. Quien lo olvide, como ha ocurrido, pagará un alto precio.

Y también, se quiera o no, con imperfecciones, criticas y errores, la MUD es la encarnación de la unidad de la oposición venezolana. La MUD es como esa totalidad –de la que nos hablaban los estructuralistas– que es más que la suma de las partes. A pesar de algunos errores y carencias, tiene en su haber que se ha enfrentado, desde una posición muy negativa y de desventaja, durante un período muy largo y en un proceso extremadamente abrasivo y agobiante, a un Gobierno todopoderoso y sin escrúpulos y ha sido exitosa, ha sabido derrotarlo en elecciones regionales y parlamentarias, por ineficiente e incapaz; va contra la representación de un Gobierno que ha dilapidado miles de millones de dólares, sin resolver ninguno de los acuciantes problemas de la población. Contra un mandatario que se entretiene en banalidades fantasiosas, prédicas de violencia, que lucha contra “oligarcas” y contra el “pasado”, en una supuesta “guerra económica”, mientras el desempleo y la pobreza aumentan, la comida y las medicinas escasean y están caras, la inseguridad se incrementa, etc. La MUD es el futuro, mientras que Nicolás Maduro, en el presente, es la encarnación de todos los vicios del pasado.

Otro elemento que debe ser analizado es que la MUD es una especie de monstruo informe, pero no amorfo. No tiene forma definida, por eso es informe, pero sabe adoptar la que necesita, por eso no es amorfo. Cuando hablan sus voceros, por lo general no complacen a muchos, porque todos nos situamos frente a ella desde una perspectiva particular, ajena y alienada: ella por allá, y cada uno de nosotros, personas, partidos u ONG, cada uno en su mundo, su facción o fracción, sus intereses particulares. Pero en el momento crítico, cuando se requiere asumir un criterio de pertenencia, cuando hace falta coordinar una acción, cuando hace falta una identidad, surge como una presencia inmanente, un sentimiento, una sensación de que la MUD es lo que representa la Unidad; es la llave, la condición que nos llevará a salir de este hueco de la historia en donde nos quieren enterrar.

Nadie dice saber muy bien cómo opera el mecanismo de toma de decisiones en su interior y tampoco cuando se toman, aunque participe en él proceso; nadie la va a defender nunca ante los ataques y críticas despiadadas de terceros, de propios o ajenos; nadie asumirá de manera corpórea su representación; es –en síntesis– una especie de perfecta Fuenteovejuna, y opera en ella –para adoptar sus decisiones– una especie de fantasmagórico “centralismo democrático”, sin que ese proceso tenga nada que ver con el leninismo, es solo una mecánica de toma de decisiones. Ante la pregunta que a todos nos interroga: ¿Qué dice la MUD?… y ante la respuesta balbuceante, la que sea, la gente sentencia lapidariamente, a veces sin palabras, pero de manera inmediata: ¡Pues eso es lo que hay que hacer! ¡Y ay de aquel que se atreva a negarlo!, a retarlo, a anteponer sus intereses, a contradecirlo, le pasará por encima una especie de aplanadora telúrica, que le colgará al cuello alguna rueda de bíblico molino y el infractor o trasgresor de esa ley no escrita, pero implacable, sea líder político, de la sociedad civil, experto, asesor, comunicador social o lo que sea, tardará en levantar cabeza, si logra hacerlo.

Esa fuerza arrolladora, que a veces se manifiesta con el silencio, no respeta “pertenencias”, no vale que seas miembro o no de la MUD, o que pongas eso como excusa, de nada sirve, porque nada te impide serlo; no vale que hayas participado o no en la discusión, simplemente se asume que si no lo hiciste fue porque no quisiste hacerlo, porque se dieron todas las oportunidades para ello.

Ojalá que los partidos, las ONG, los políticos, los líderes de la sociedad civil, los empresarios y dueños de medios no se engañen en la evaluación de este fenómeno y su significado y pretendan menospreciarlo o dejarlo de lado, las consecuencias pueden ser demoledoras para las aspiraciones de todos, en general, pero sobre todo para las de cada uno en particular.

@Ismael_Perez