Claves para la Reorganización de los Partidos

El CNE “abrió” un oscuro y tortuoso proceso para que los partidos políticos relegitimen a sus militantes. No sé cuántos y cuáles de los partidos participarán en el proceso, ni entraré en la discusión de si deben hacerlo o no, pero sí creo que es una buena oportunidad para reflexionar acerca de cuáles deben ser los parámetros para una reorganización profunda de los partidos políticos.

Comencemos por el tema de la moral. Si bien la política no tiene una “moral”, pues ésta es del ámbito de la persona, hay la moral del político que actúa en representación de los ciudadanos. Siguiendo algunos criterios esbozados por Fernando Savater Ética, Política y Ciudadanía, Grijalbo, 1998 hay obligaciones que pueden ser propias de la actividad política, y como tal tenemos derecho a reclamar su cumplimiento. Estas pueden constituir un programa, mínimo, de postulados que deben estar presentes en cualquier organización política en las que estemos dispuestos a participar; por ejemplo, la transparencia en el actuar y en las funciones de gestión pública; la correcta separación entre los legítimos fines privados del político, los fines del partido y los fines del Estado; la conciencia en el político de su función pública, como una función educativa o de modelaje hacia la sociedad.

Establecidos estos puntos –éticos– fundamentales, es válido que nos plateemos otros principios: ¿Cómo hacemos para que nuestro mensaje le llegue a las grandes mayorías del país? ¿Cómo hacemos para que el pueblo entienda que nuestro mensaje es el suyo y que el desarrollo capitalista que queremos para el país, es lo mejor para él, y no solo para nosotros? Ese es nuestro verdadero reto, que todos nos sintamos incluidos, convocados, y compartiendo el mensaje como propio.

Para ello es preciso construir una organización moderna, popular, policlasista e incluyente y que se plantee claramente la toma del poder sobre la base de un programa explícito, y un compromiso personal y colectivo con ese programa que represente las aspiraciones de todos. Y aunque surge entonces la pregunta de muchos: ¿Cuál programa?, por favor no caigamos en esa trampa; el programa, al menos sus metas globales están claras desde hace mucho tiempo y explicitado por varios de los candidatos presidenciales que hemos tenido en la oposición para oponernos a este régimen. (Ver: La oposición no tiene una propuesta. ND. 01 agosto 2015). El problema siempre ha sido cómo hacemos que llegue a todos los venezolanos; cómo lo convertimos en postulados compartidos y en ideales de lucha común.

En eso tiene que ver mucho la organización que propongamos y en eso coincido con muchos analistas políticos y dirigentes de partido que desde 1999 han venido hablando sobre el tema y que podríamos resumir en los siguientes lineamientos generales o principios iluminadores para la acción:

  • Deben ser absoluta y radicalmente democráticos, en sus formas de organización y tomas de decisión. Que no saquen al ciudadano de su medio, de su entorno y comunidad concreta, en donde se desempeña su trabajo, su vida y su actividad.
  • Que utilicen los modernos medios de difusión y discusión, en donde podemos jugar un gran papel nosotros, intelectuales y profesionales, conocedores de técnicas gerenciales y expertos en la utilización de modernos medios de difusión y procesamiento de la información.
  • Deben ser policlasistas, y entonces es crucial el concepto de clase que tengamos, y este es un punto que todavía no hemos discutido a fondo.
  • Deben partir de un proyecto o programa concreto, explícito y compartido de modificación y transformación de la sociedad venezolana, pues como bien decía el “viejo Marx” –por citar un autor de moda hoy día– en sus tesis sobre Feurbach, “…de lo que se trata no es de comprender ni explicar el mundo, sino de transformarlo”.
  • Deben estar imbuidos de una clara concepción y aceptación de que la acción y participación concreta de los ciudadanos en los procesos, es imprescindible; de allí la importancia de que la llamada sociedad civil se decida finalmente a participar en la política activa de manera más organizada.

Esto implica una organización diferente a la de partidos de masas, policlasistas, como ahora los conocemos y con los que contamos; lo cual no significa que nos planteemos una organización parecida a los “partidos de cuadros”, siguiendo la jerga leninista. Ya en otros artículos me he referido al tema y he esbozado ejemplos de lo que podría ser una moderna organización política, más acorde con los tiempos que vivimos y que es ya adoptada por los partidos modernos en muchos países. (Partidos Políticos y Ciudadanos, ND, 4 de septiembre 2015; Organizando al Ciudadano, ND, 03 de octubre de 2015)

Lo complicado y complejo es de qué manera concreta se logra esto. En esta materia, escuche hace años de una buena amiga –Carlota Pérez– un ejemplo que lo explica de una manera contundente. Algunos lo pueden interpretar como una postura pragmática, si nos quedamos únicamente en el análisis del ejemplo. Pero para mí no es una postura pragmática, para mí es profundamente “liberal” y competitiva. La descripción compara la situación actual con un inmenso charco, lleno de restos de objetos que flotan, latas, envases plásticos, pedazos de cartón y papel, etc.; alrededor del charco estamos todos, incapaces de ponernos de acuerdo y armados de un insignificante palito para tratar de recoger todos los objetos que flotan; dado que no nos ponemos de acuerdo para actuar juntos, de lo que se trata es de apelar a la acción individual –pero acción al fin– y que cada uno meta el palito en el charco y comience a hacer remolinos, para que el agua se mueva y así atraer los objetos que flotan. En el ejemplo no se teme a la competencia o a caer en el error de no hacer nada, por el chantaje de “evitar la duplicidad de esfuerzos”. Nos dice: hagámoslo, actuemos, movamos el charco, lo más pronto y mejor que podamos, porque al final, el que le dé más duro, mas veces y con mayor constancia, hacia él irán la mayoría de los objetos que flotan, y los demás actores se irán plegando al más exitoso o se irán retirando de la escena.

La unidad es un valor muy importante y hemos comprobado su eficacia, pero si no estamos dispuestos a compartir, recursos, liderazgos, victorias o glorias –aunque sean efímeras–, popularidad, acceso a medios, ideas, no quedara otra alternativa que enfrentarnos al “charco”, cada uno con su palito, como la única opción posible y la certeza de que no hemos aprendido o recibido aun los golpes suficientes.

@Ismael_Perez

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Experiencias Políticas de la Sociedad Civil

He venido insistiendo en el papel que le toca jugar a la sociedad civil y sus “oeneges” en el proceso de construcción de paradigmas del nuevo país que todos los venezolanos como nación deseamos, merecemos y defenderemos, rescatando el valor de ciudadanía.

Entre muchas actividades y tareas, he señalado cuatro en las que nos debemos involucrar: (Ver “Resistencia Ciudadana.” Noticiero Digital, 10 de febrero de 2017): Ayudar a desenmascarar y denunciar la estrategia de intimidación del Gobierno en todos los ambientes en los que actuamos; participar activamente en apoyar a las organizaciones políticas en su proceso de validación ante el CNE; ayudar en el proceso de reorganización de la MUD y en la contraloría social de los partidos, para que surjan estructuras verdaderamente democráticas y se consolide la renovación de la dirigencia política; y participar activamente en las acciones de movilización de calle para el rescate y la defensa del voto, exigiendo la fijación de las fechas para elegir gobernadores y alcaldes.

En ese sentido, es bueno reflexionar sobre algunas experiencias previas del accionar de la sociedad civil en el campo de la política, particularmente en materia electoral.

En julio de 1999 se realizaron las elecciones para elegir los representantes populares de aquella infausta Asamblea Constituyente, que inventó Hugo Chávez Frías para conformar el marco jurídico de lo que sería su régimen de oprobio que ahora continua Nicolás Maduro y que ya dura 18 años. Fue también la primera incursión electoral, al menos desde que se instauró la democracia en 1958, de lo que desde esa época se comenzó a conocer como sociedad civil.

No se logró ningún cargo y los resultados fueron modestos, pero las cifras de participación y resultados obtenidos, para una primera vez resultaron importantes, sobre todo si pensamos que fueron el producto de un inmenso esfuerzo individual, y de pequeños grupos de personas que creyeron en esa incipiente sociedad civil que se involucraba en política, en sus ideas democráticas y en su forma de encarar la actividad política. Además, había un merito adicional y es que es sabido que esa sociedad civil que irrumpió en la actividad electoral de 1999 no contó con el apoyo de nadie, ni de los partidos, ni de los empresarios, y mucho menos del Gobierno. Pero no defraudó. La sociedad civil entró en la escena política para nunca más salir de ella.  Con los años han cambiado los nombres y los actores concretos, pero no el estilo, las ideas, los principios y la forma de conducir las luchas cívicas.

De este proceso, los que lo vivimos, los que conocimos de cerca a algunos de sus actores, es una experiencia que vale la pena dar a conocer y reflexionar sobre ella, pues aprendimos muchas cosas sobre la política como es realmente y no como se estudia en los libros o se contemplamos desde lejos, sino como actores, como protagonistas comprometidos con el país y su destino.  Esa experiencia servirá de mucho para la tarea que viene ahora: construir una verdadera opción política, democrática, transparente y plural, que tenga como centro el respeto a la persona humana. Esa es la enseñanza práctica que se sacó de ese proceso y a lo que muchos han dedicado buenos esfuerzos.

Probablemente se tuvo poca capacidad de comprensión del momento político que vivíamos, pero ahora estamos conscientes de que se estaba enterrando todo un ciclo de la vida política venezolana; se encaraba una realidad que se imponía y una historia, un pasado, del cual no denigramos, ni desconocemos, pero tampoco lo damos por completamente bueno, asumiendo y diseñando país, mirando al futuro.  Quizás debamos sorprendernos de la ingenuidad y de la poca visión que en ese momento se tuvo, pero no es para estar decepcionados ni frustrados; podemos decir que se hicieron las cosas en las que se creía, y aunque también algunos persiguieron objetivos individuales, no fueron oportunistas, dieron su mejor esfuerzo y creo que demostraron a los que los acompañaron en esta aventura, a sus hijos, amigos, al país en general, que si es posible hacer política de otra manera; o mejor dicho, que esa es la manera de hacer política, a la que aspiramos.

Ahora nos toca continuar, con menos inocencia e ingenuidad, con muchas lecciones aprendidas, con un largo recorrido lleno de obstáculos pero con la misma tenacidad, el mismo estilo y los mismos ideales y principios, para contribuir como protagonistas a construir la impostergable y urgente opción política que el país necesita y demanda, aquella que mantenga los 7 millones y pico de votos que se obtuvieron en diciembre de 2015, que los incremente con los descontentos y hastiados que provienen de las filas del chavismo-madurismo y que mueva de sus casas a votar con entusiasmo, esperanza y confianza por un nuevo país, a los millones de venezolanos que no lo hicieron en la última oportunidad. El país así lo exige y demanda.

@Ismael_Perez

 

Resistencia Ciudadana

Debemos volver una y otra vez sobre el papel de la sociedad civil y el ciudadano en la resistencia al régimen de Chávez Frías, que ha sido una constante durante estos casi dieciocho años. Pero es también importante concentrarse en lo que pueda ser el apoyo ciudadano a la respuesta de los partidos políticos a la situación que ahora vivimos.

Para nadie es un secreto el desconcierto que vive la mayoría de los venezolanos de oposición, ante la falta de respuesta política inmediata por parte de los partidos, los políticos o la MUD.

Durante octubre y noviembre del año 2016, los venezolanos fuimos víctimas de un fraude; nos robaron el referendo revocatorio y suspendieron las elecciones de gobernadores, posponiéndolas para una fecha indeterminada de 2017; independientemente de cualquier otra consideración o de asignación de responsabilidades por la falta de una respuesta más contundente, lo cierto es que los votantes de la oposición sentimos un vacío de liderazgo y dirección política del que todavía no nos hemos repuesto.

Amanecimos el 2017 azotados por una gran resaca, un gran ratón, y confrontando además una gran y dilemática paradoja: Sí habíamos ganado abrumadoramente la Asamblea Nacional en 2015 y somos la mayoría abrumadora del país, ¿Cómo es que no pudimos defender ese triunfo electoral de 2015 en el 2016? ¿Cómo fue que nos apalearon, contra todos los pronósticos y después del trabajo intenso de movilización ciudadana, de la sociedad civil?

Estaba a la vista un “ciudadano movilizado” tras años de lucha, el último muy intenso, pero concluimos frustrados en nuestras aspiraciones y sin una guía o ruta clara de acción o un proyecto político inmediato. Y con la sospecha de que los partidos de oposición no nos ofrecen una estructura ni alternativa aceptable.

Constituye un reto, para los partidos y los líderes del momento, descifrar este crucigrama, armar este rompecabezas y volver a integrar y convocar a ese ciudadano con esperanza y propósito, motivado, movilizado y en resistencia que ha demostrado que no quiere alejarse de la política, de lo público, pero que no se le puede seguir atrayendo con viejas consignas y gastadas estrategias de movilización, que ya han fracasado en el pasado y varias veces. Se pide más imaginación. Ese ciudadano políticamente consciente exige de partidos y lideres estrategias novedosas y efectivas, donde se sienta incluido y acompañado. Son necesarios nuevos esquemas de organización política, más cónsonos con la compleja realidad que vivimos, menos centralizados, más interactivos. Sabemos que esto no es fácil, pero hay algunos ensayos importantes y exitosos, de los que hemos hablado en artículos anteriores y no viene al caso repetir. (Partidos políticos y ciudadanos, Noticiero Digital, 4 de septiembre de 2015)

En el artículo citado nos preguntábamos también “…sí no ha llegado el momento de que convirtamos a tantas ONG dedicadas en la práctica a la política, en verdaderas organizaciones políticas… Que establezcan alianzas políticas y electorales con otras organizaciones similares, incluso partidistas, para tener acceso a otras áreas a las que no tengan acceso.”

Convertir el actuar de las organizaciones de la sociedad civil u oneges en un actuar político no significa entrar en la confrontación de la lucha por el poder, de manera directa, en competencia con los partidos; pero significa, primero, estar consciente de que la lucha actual es una lucha política y tiene como fin último la conquista del poder del estado, que va mas allá de ganar unas elecciones parlamentarias; y segundo, significa involucrarse en las acciones políticas del momento, involucrarse en los procesos de denuncia y movilización que realicen los partidos, en las áreas que conciernen a su actividad específica.

En cuanto al ciudadano, hay un conjunto de tareas y actividades que el momento político demanda y que podríamos resumir en cuatro tareas inmediatas:

  • Estar conscientes de cuál es la estrategia actual del Gobierno –expuesta magistralmente por Angel Oropeza en días pasados (Estamos en 2003. Otra vez. El Nacional, 07 de febrero de 2017)– y ayudar a desenmascararla y denunciarla en todos los ambientes en los que actuamos, entre todos nuestros allegados y conocidos
  • Participar activamente en apoyar a las organizaciones políticas en su proceso de validación –tramposamente definido por el CNE en condiciones muy difíciles de lograr– para inhabilitarlos e impedirles participar en los próximos procesos electorales, en un nuevo y abierto abuso de poder para blindar al gobierno en el poder.
  • Ayudar en el proceso de reorganización de la MUD y de los partidos, exigiendo que los procesos internos de selección de autoridades de los partidos sean controlados por los ciudadanos; que se ejerza una verdadera contraloría social en esos procesos internos de los partidos, para que surjan estructuras verdaderamente democráticas y consolidar la renovación de la dirigencia política
  • Participar activamente en las acciones de movilización de calle para el rescate y la defensa del voto, por todo el país, ante el CNE, cada día, en cada plaza de cada pueblo exigiendo fijación de las fechas para elegir gobernadores, asambleas legislativas, alcaldes y concejos municipales hasta lograr el objetivo central de nuestra estrategia: elecciones, ejercicio del voto, nuestra única y verdadera arma para el cambio.

Son acciones de calentamiento de calle, simples, entre miles de otras que se pueden dar, que no implican grandes movilizaciones de masas, pero que serian una inyección vital que estimularía la movilización ciudadana, poco a poco, y que le daría a la política y a los partidos, un gran estimulo para su supervivencia y para el rescate de la democracia.

@Ismael_Perez

 

 

“En Venezuela no habrá mas elecciones”

 

No deja de sorprenderme esta afirmación que hacen muchas personas de que “en Venezuela ya no habrá más elecciones”, frase que –digámoslo de una vez– es la aspiración máxima de este régimen y a quien, supongo que sin quererlo, le hacemos el juego repitiéndola.

En efecto, he escuchado como sin el menor desparpajo, pestañear o temblor en la voz, sale esta afirmación de labios de líderes políticos, comentaristas de radio y televisión, periodistas, analistas políticos y hasta amigos y gente de la calle. Lo más sorprendente es que lo dicen sin pesar, sin preocupación, como resignados. Algunos incluso como si estuvieran descubriendo o diciendo algo original, genial, algo que se les acaba de ocurrir, una especie de revelación divina.

Asumo que la frase es la forma en que muchos resumen la desazón y frustración que los venezolanos sentimos ante la situación política por la que estamos atravesando tras las derrotas políticas que sufrimos en el 2016.

Es cierto, en el 2016 fuimos brutalmente apaleados por el régimen. Primero con la suspensión del Referendo Revocatorio, que no supimos defender y luego con el infausto proceso de diálogo, que manejamos mal desde el principio y al que no supimos sacar todo el partido que se le podía sacar. Pagamos caro el costo político de la suspensión de ambos procesos que han debido ser en su totalidad un alto costo para el gobierno, que quedo al margen de la constitución y se quitó la careta ante la comunidad internacional. Pero salimos menguados en vez de fortalecidos. Ambos sucesos los manejamos mal, todos, los que se oponían al RR y al diálogo y los que lo apoyábamos; no fue que unos no tuvimos razón y los otros sí, y en todo caso, nos cansamos de esperar las alternativas que los críticos de ambos nunca nos supieron dar o explicar, a lo mejor porque en el fondo no tenían una mejor alternativa, excepto la manida frase de “la calle”, que hasta donde hemos podido ver tampoco es una alternativa que haya arrancado o que nos haya conducido –pienso en 2014– a alguna parte que no haya sido el vil encarcelamiento de líderes y opositores y el inaceptable, lamentable e irrecuperable costo en vidas y heridos.

Pero volviendo a la frase, ¿Y si no hay más elecciones, entonces qué? ¿El último en salir que apague la luz? ¿O la insurrección armada? ¿Con que armas? ¿O nos vamos todos a Miraflores, pero con las manos en alto para entregarnos y que nos metan presos? De los traumas políticos –como la cancelación del RR y el diálogo frustrado– se aprende y se sale de ellos con más política, no renunciando a ella o alistándose en la “moda” de la anti política, por la que ya los venezolanos hemos pasado y que fue precisamente lo que condujo al país a esta debacle al elegir presidente a Hugo Chávez Frías en 1998 y cuyas consecuencias estamos sufriendo todos desde hace ya 18 años.

No me cabe la menor duda de que eso de “que en Venezuela no haya más elecciones”, es la aspiración del Gobierno y seguramente hará todo lo posible por retrasar, entorpecer o impedir los procesos electorales que están en camino, constitucionalmente hablando: las elecciones de gobernadores y legisladores estadales, ilegalmente suspendidas por el CNE en 2016; las de alcaldes y concejales municipales, que corresponde realizarlas este año; y las elecciones presidenciales que se deben realizar en 2018.

Para esta tarea –inconstitucional y anti democrática– cuenta el Gobierno con la complicidad del CNE y del TSJ, el silencio e indiferencia de buena parte de la comunidad internacional y el apoyo de los organismos represivos del Estado y de sus propios grupos violentos y armados; pero con lo que no puede contar es con nuestra complicidad e indiferencia o nuestra “resignación” con frases como esa de que “en el país no habrá más elecciones”. No hay que ser ingenuos como para no pasearse por ese escenario, pero una cosa es decirlo como una posibilidad que hay que considerar, como parte del análisis de la estrategia del Gobierno y nuestras acciones para vencerla y otra muy distinta es repetirla como si se tratara de algo inevitable, que no tiene remedio y a lo que estamos fatalmente condenados.

La lucha política que hay que dar es precisamente esa, que haya procesos electorales, que se respete el derecho al voto, que es un derecho político según nuestra constitución y tradición democrática y es también un derecho humano fundamental, debemos actuar como ciudadanos políticos, esta tarea es de todos, asumir nuestra responsabilidad política en el rescate del país y la democracia. No será una lucha fácil, pero en ella contaremos, sin duda alguna, con el apoyo de la comunidad internacional que vaya despertando, a la que debemos alertar, todos los días, sin descanso ni sosiego, todos los partidos, todas las organizaciones sociales, pero no con la “resignación” de la frase ya comentada, asumida como una especie de sentencia o una maldición milenaria, sino con la denuncia y reclamo permanente de la aberración que está tratando de cometer el actual régimen de Nicolás Maduro, una de cuyas modalidades sería no realizar elecciones o convocar un proceso electoral sin la participación de la oposición, como hizo Ortega, el dictadorzuelo de Nicaragua y que muchos también comentan como posibilidad, dándole argumentos al Gobierno, que no necesita de nuestro que le demos ideas o razones para seguir violando la Constitución y nuestros derechos.

No sé de qué forma se puede concretar esta lucha por salir del régimen que nos agobia y quien me esté leyendo que no espere que al final del artículo yo exponga una fórmula mágica para lograr la movilización de la sociedad venezolana en contra de esta neo dictadura. Pero seguro que la alternativa no es rendirse o dejar todo y sumirse en la desesperanza y la indiferencia como si fuese este un destino ineludible. La lucha comienza por desterrar frases e ideas, que se repiten como mantras y que sumen en la indiferencia, la resignación y la desesperanza al pueblo venezolano.

En el camino de salir de esta crisis de la oposición, soy de los que afirma que es necesario voltear ahora hacia la sociedad civil, pero no denigrando de la política y de los partidos, todo lo contrario, para lograr que la sociedad civil le imprima un carácter crítico a la necesaria renovación de los partidos, su mayor democratización y su mayor involucramiento en la lucha popular contra nuestros problemas de cada día: el hambre, la inseguridad, el desabastecimiento, la carestía de la vida, el desempleo, la pérdida del derecho al voto, la destrucción de la democracia y todos los demás males que nos maltratan, degradan y golpean a todos y que son la consecuencia de pésimas políticas públicas y el peor gobierno de nuestra historia, que se “eterniza” ya desde 1998. Esos son los problemas reales, profundos, vitales, de fondo, no si el Presidente “abandonó” el cargo, o si tiene tal o cual nacionalidad.

La sociedad civil y sus organizaciones no son por misión, vocación ni diseño, movimientos políticos de masas, con capacidad de involucrarse en la lucha por el poder; tienen cada una su propia especificidad y objetivos que debe cumplir a cabalidad, pero sí se pueden involucrar con líderes sociales y políticos y con los partidos, en la movilización y construcción de alternativas que sirvan para crear conciencia en la población de quienes son los culpables de los males que nos aquejan, a todos como país y que no son otros que quienes nos gobiernan, a nivel nacional y en cada estado y alcaldía y por tanto la lucha debe ser por librarnos de ellos en todas las instancias, por la vía democrática, con elecciones, que es la única vía permanente y de la que no hay regreso.

La lucha por la elección de gobernadores, ilegalmente pospuesta por el Gobierno, con sus cómplices del CNE, es el camino más inmediato que tenemos en este momento en el país y a él debemos sumarnos sin descanso y sin reserva para volver a teñir de azul el mapa de Venezuela.

@Ismael_Perez