Un Balance del Año

Al hacer un balance político del año transcurrido, resulta difícil escapar de lo obvio, por lo tanto es probable que esto sea un ejercicio de reflexión sobre algo que todos conocemos; no obstante es preciso realizarlo para poner las cosas en contexto con vistas a 2017, que se vislumbra como un año tan o más complejo que éste que está a punto de concluir.

Desde el punto de vista de la oposición, comenzamos unidos el año 2016, tras un triunfo rutilante en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre del año 2015, donde la oposición obtuvo 112 diputados, para contar de esta manera con dos terceras partes de la Asamblea Nacional (AN), lo que permitía hacer todo tipo de planes y proyectos en cuanto a las transformaciones legales y políticas que el país necesita. Algunos líderes políticos opositores y algunos partidos políticos interpretaron que esa votación representaba un claro mandato popular para el cambio político que el país necesita.

Probablemente esta visión era demasiado optimista, pues no sé hasta qué punto los votantes opositores estaban conscientes de que ese era el significado de su voto. Según muchos, se trataba simplemente de un “voto castigo” para un gobierno oprobioso e ineficaz; para otros se trataba de infringirle una derrota al Gobierno, que demostrara que en el país había una nueva mayoría. Sin duda alguna, al menos esto, se logró demostrar.

La reacción del Régimen a la contundente derrota no tardó mucho. En el mismo mes de diciembre la AN saliente removió y nombró nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), dejando así establecida una clara conducta, que durante todo el año 2016 se manifestaría claramente autoritaria y dictatorial.

En efecto, durante todo el año, los Poderes Electoral y Judicial, claramente favorables al Gobierno, procedieron a decidir y tomar medidas a favor del Gobierno de Nicolás Maduro. El TSJ en contra de la Asamblea Nacional, anulando todas sus acciones legislativas, declarándola en “desacato” y entorpeciendo totalmente su labor legislativa; y el Poder Electoral, a través del CNE entorpeciendo todos los esfuerzos de la MUD por lograr el Referendo Revocatorio (RR), hasta concluir el 20 de octubre con el golpe definitivo, aplazando o suspendiendo de manera indefinida la recolección de firmas para solicitar dicho referendo.

En este contexto, se llego al polémico “proceso de diálogo”, con mediadores y acompañamiento internacional, incluyendo al Vaticano. En mi opinión, lo que el Gobierno claramente perseguía, con el “proceso de diálogo”, era adormecer la protesta opositora y mejorar su imagen internacional; pues para “ganar tiempo”, –de lo que muchos hablan– y mantenerse en el poder el Gobierno no necesita del “diálogo”, con el dominio institucional que tiene –el control sobre los demás poderes, particularmente el Electoral y el Judicial– más el control de la violencia y la fuerza armada es más que suficiente para mantenerse y consolidarse en el poder.

Para la oposición sin embargo, el proceso de diálogo representaba acorralar al Gobierno y ponerlo a discutir, –frente al país y la comunidad internacional–, algunos temas que de otra manera el Gobierno no confrontaría: La reanudación del RR, que el Gobierno ha eliminado; la liberación de los presos políticos, que el Gobierno no reconoce como tales; la existencia de una crisis de carácter humanitario, que el Gobierno no admite que existe; la restitución de la democracia, comenzando por el reconocimiento de la Asamblea Nacional, cuya legitimidad el Gobierno ha negado y desconocido y asegurar la realización de las elecciones de Gobernadores, que el Gobierno ha pospuesto ilegalmente.

No cabe duda que en el contexto de los objetivos que las partes perseguían en el diálogo, en un análisis superficial, el Gobierno aparentemente ha estado más cerca de lograrlo. No obstante, analizando más profundamente, no creo que sea así. Según encuesta reciente de Datánalisis, la mitad de los venezolanos era partidaria del diálogo y de esos, la mayoría –51%–  responsabiliza al Gobierno por el incumplimiento de los acuerdos alcanzados y la frustración del “proceso de diálogo”; solamente el 16,5% responsabiliza a la MUD por el fracaso. Sobre el contexto internacional no tenemos una encuesta, pero de acuerdo a los análisis que hemos visto, no luce que el Gobierno de Nicolás Maduro haya mejorado su imagen internacional con el proceso, todo lo contrario, sobre todo después de la carta del Vaticano, la cual se considera un fracaso para el Gobierno y una victoria para la oposición.

Por otra parte, desde el punto de vista de los objetivos que se propuso la oposición, se ha puesto en evidencia la existencia de presos políticos y algunos han sido liberados y está por verse en los próximos días si el Gobierno admitirá que necesita la ayuda humanitaria. De lo que no cabe duda es que durante el proceso no se avanzó nada en cuanto a la reanudación del RR y la restitución de la democracia o tan siquiera el reconocimiento de la AN –todo lo contrario, de acuerdo con la última decisión del TSJ de designar los rectores del CNE– o la fijación de una fecha para la elección de Gobernadores, que continua en el “limbo” del primer semestre del año 2017.

Como síntesis de lo ocurrido durante el año, el Gobierno apenas cuenta con cierto apoyo popular, que solo es capaz de movilizar bajo presión o chantaje, está prácticamente aislado internacionalmente y con muy poca credibilidad; pero su fortaleza es de otra naturaleza, domina 4 de los 5 poderes del Estado y tiene la fuerza institucional y real (el poder de fuego); lo digo más claro, tiene la capacidad de reprimir, con las diferentes policías, nacional y estatales, la GNB, el SEBIN, con sus grupos civiles armados e impunes, e incluso el ejército en última instancia, como vimos en diferentes manifestaciones y sucesos durante el año que está concluyendo.

Tampoco es poca cosa contar con el sistema judicial, que le permite desconocer o encarcelar a quien sea y tiene las fuerzas represivas para ejecutarlo; y por si fuera poco, cuenta con todos los medios de comunicación, propios y ajenos –a través de cadenas– y con los recursos económicos del estado, para hacer demagogia y cuando estos no le alcanzan, dispone de los ajenos a través aumentos salariales por decreto, expropiaciones, decomisos de mercancía, guías de movilización de alimentos, etc.

Del otro lado, a la luz del “ruido” que generan las redes sociales, especialmente tras los últimos acontecimientos en la AN –la falta de quórum para designar un rector del CNE, sin entrar en consideraciones “éticas” que expliquen este grave suceso– se hace evidente que la oposición termina el año desunida, la relación entre los partidos aparentemente fragmentada, alejamiento entre varios líderes importantes, divididos los “analistas y creadores de opinión” en cuanto a las causas y consecuencias de esta situación y sin una sociedad civil dispuesta aun a participar más activamente en la política.

Creo que el problema fundamental de la MUD no fue sentarse a la mesa de diálogo, sino paralizar las movilizaciones de calle y el resto de su agenda; sobre todo haber tenido una “apuesta muy alta” en la opción del RR 2016, sin tener otras alternativas, como por ejemplo realizarlo en el 2017 –aunque no fuera tan eficaz desde el punto de vista de cambiar el régimen– o asegurar la elección de los gobernadores en 2016, que hubiera significado “teñir” de azul el mapa del país, con el impacto que eso podía haber tenido para el ánimo de la oposición y para consolidar la visión internacional de que el régimen chavista-madurista está realmente fracturado y en vías de extinción

De manera que lo del “dialogo” no fue, caso de que lo sea, el único error que cometimos; también nos equivocamos, por ejemplo, al generar la expectativa en enero de 2016 de que tan pronto como en seis meses tendríamos una vía para salir de este Gobierno; al poner todas las cartas o esperanzas en el RR 2016; al no continuar con las movilizaciones de calle, aunque no fueran multitudinarias; al no tener una agenda legislativa más agresiva enfrentando los otros poderes; al descuidar las elecciones regionales. Y paremos ya de contar.

No tengo duda –y desde hace meses lo he venido sosteniendo– que estamos ya en la época de transición, pero nadie sabe la duración de ese proceso, el cómo desarrollarlo y corremos el peligro de no saber tampoco hacía donde. Sí, no hay duda, el país está en una grave crisis, pero no es una crisis de gobernabilidad. Lo que hay es una gran ineficiencia, ineptitud e incapacidad, corrupción, pésimas y equivocadas políticas públicas, un mal gobierno en síntesis; pero, sí de eso no hacemos consciente a la población, el camino de salida puede ser muy largo y tortuoso.

Sí no desarrollamos una estrategia creíble para el país, luce que lo que tenemos es apenas una amalgama informe de tácticas: Seguir con el RR, calle, declarar el abandono del cargo del Presidente –tras haberlo enjuiciado y declarado responsable político de la situación que vive el país–, centrarse en la elección de los gobernadores, promover un proceso constituyente y algunos hasta ya hablan de lo inevitable de una salida militar.

El error más grave que todos hemos cometido es haber convertido la política y las opciones del país en un juego suma cero, en donde no se ofrece una salida para todas las partes del conflicto en el que todos estamos sumidos. Mientras tengamos, todos, ese concepto de que la salida a la situación que vive el país es un juego suma cero, quien pierde somos todos los venezolanos, es Venezuela.

Con esta entrega me despido hasta la segunda quincena de Enero, no sin antes desear a todos unas felices navidades y verdaderamente, un venturoso año 2017 pleno de unión, logros y buena voluntad.

@Ismael_Perez

 

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¿Y ahora, qué?… Acción de la Sociedad Civil

¿Qué hacer?, ¿Cómo reaccionar? ¿Qué curso se le da a la frustración? ¿Cómo salimos de este atolladero? ¿De esta especie de “limbo” político en el que nos encontramos, tras la eliminación de un derecho constitucional como lo es el Referendo Revocatorio (RR)?

Desde principios de este año seguimos la vía de solicitar un RR, que se nos presentaba como la opción válida, constitucional, pacífica y democrática alcanzable para salir de este régimen, hasta que el 20 de octubre una decisión inconstitucional del CNE, basado en una actuación de tribunales que no tienen competencia en la materia, canceló esa alternativa y hasta el momento, la oposición, en su conjunto o alguna de sus “individualidades”, no han tenido la fuerza para mantener la opción del RR ni han planteado una alternativa, viable, para restituirlo.

Durante un par de meses se abrió la posibilidad de un “diálogo” con el Gobierno, que trajo no pocas discusiones y diatribas y evidenció un resquebrajamiento de la unidad opositora, que es inocultable, hasta el punto de que en la MUD se está discutiendo “la optimización de su estructura”; pero además, a la tercera sesión de diálogo, tras la liberación –siempre importante– de algunos presos políticos y haber puesto en evidencia una vez más al Gobierno maula que día a día refuerza su carácter totalitario frente a la comunidad internacional, el “diálogo” parece haber llegado también a su fin y los venezolanos de oposición no hemos visto mayores logros o propuesto una vía alternativa. ¿Y ahora qué?

Al momento de escribir esta nota, viernes 9 de diciembre, es poco lo que se conoce del análisis de la MUD con respecto a las propuestas que hicieran los facilitadores y el Gobierno en la frustrada tercera reunión del diálogo, salvo que no regresará a la Mesa de Dialogo hasta que el Gobierno cumpla con lo ofrecido y que se dispone a reanudar las acciones de calle.

Es decir, la solución a los problemas del país, que pasa por la salida de este Gobierno y el cambio del sistema económico, político y social que ha generado el llamado socialismo del siglo XXI, luce compleja y difícil y dos de los caminos, el RR y cualquier acuerdo por vía del diálogo, parecen cerrados de manera definitiva y no vemos que nadie plantee una opción viable para lograr una salida. Para que eso ocurriera, sería necesario que hubiera en el país una crisis de gobernabilidad, que no pareciera el caso.

Al tema de la gobernabilidad ya me he referido en una nota anterior (¿Crisis de Gobernabilidad?, Noticiero Digital, 08 de abril de 2016) y en ese momento señalaba que no había duda que la actual crisis económica y social y el conflicto que se venía presentando entre el Poder Ejecutivo y la Asamblea Nacional podría devenir en una crisis de gobernabilidad y una deslegitimación del Gobierno de Nicolás Maduro; pero eso no ha ocurrido. No estaba tan “caído” el Gobierno como pensábamos. Se requerían algunas condiciones y supuestos que no se han dado.

No basta con que el Gobierno no sea eficaz y no logre sus objetivos –y este Gobierno ni es eficaz, ni logra sus objetivos, ni los tiene, como no sea mantenerse en el poder–, sino que es imprescindible que las decisiones que toma sean cuestionadas, resistidas o rechazadas por la mayoría del pueblo, para que se produzca la pérdida de legitimidad y eso conduzca a una situación de ingobernabilidad o de pérdida de la capacidad de gobernar. Y esto no es un proceso automático.

Se requiere de la toma de conciencia por parte de la población de la ineficacia del actual modelo de Gobierno para resolver los problemas del país y esto es un problema de expectativas y de percepción subjetiva de cuál es la causa y raíz de los problemas. Si no hay una conexión contundente entre la grave situación y la responsabilidad única y directa del Gobierno en ella, no se producirá un cuestionamiento que lleve a deslegitimar al gobierno en los sectores populares que aun lo apoyan.

Por eso la tarea política que la oposición al régimen debe emprender y continuar de forma persistente y sin dilación, es la de lograr que los sectores populares que aun lo apoyan hagan la conexión entre los problemas que nos aquejan y su único responsable, el Gobierno Nacional. De esta tarea nos debemos ocupar todos y con “todos” me refiero no solo a los partidos políticos, sino sobre todo a los ciudadanos más conscientes, a los integrantes de las llamadas organizaciones de la sociedad civil (SC), que debemos sumarnos a esta tarea, de una manera más eficaz que la que estamos realizando ahora.

Ese es un camino: la incorporación de la SC al proceso político, que en la situación que vive el país significa la denuncia de la crisis en la que vivimos y la concientización del pueblo acerca de la innegable, ineludible y única responsabilidad del Gobierno en esa situación y sus consecuencias, que día a día agravan las penurias y el sufrimiento de todos, secuestrando nuestro futuro como venezolanos, como país.

Esa incorporación de la SC a la actividad política debe abarcar también la lucha por la restitución del derecho al voto en Venezuela, que en este momento implica la concreción de un cronograma electoral para designar los diputados del Estado Amazonas y sobre todo para elegir los Gobernadores de Estado y los Diputados de las Asambleas Legislativas de los Estados.

La SC a través de las organizaciones no gubernamentales, defensores de derechos civiles, sociales, derechos humanos, gremios técnicos y profesionales: de médicos, maestros, abogados, ingenieros, trabajadores de la salud y la educación, y demás profesiones liberales, transportistas, sindicatos, etc., debemos movilizarnos por el país, mostrando nuestras respectivas realidades y propuestas para que se tome conciencia de nuestras carencias y posibilidades. No son necesarias manifestaciones multitudinarias, ni muchedumbres, basta con unos pocos ciudadanos con actividades y demostraciones pacíficas y bien dirigidas, a los organismos públicos que cada quien bien conoce, responsables de la situación con la que cada organización confronta y con la que interactúa, para que se vaya sembrando en el pueblo esa semilla de la agitación social que el país necesita para sacudirse del adormecimiento que le quita la esperanza de que es efectivamente posible un país distinto, mejor, con un futuro de justicia, paz y progreso para todos.

Más allá de cualquier definición, la SC, en esencia, es tener conciencia de que  somos ciudadanos que desarrollamos una actividad política, sin pretensiones de poder y sin participar en disputas por cargos o en procesos electorales. Para eso están los partidos; hay que ayudar, sí, a que estos sean verdaderamente democráticos, con procesos internos transparentes, que no teman al control ciudadano. Pero por nuestra parte, mantengamos nuestras organizaciones de la SC fuertes, unidas, libres de disputas insignificantes, de personalismos intrascendentes, de rivalidades huecas, hay demasiadas cosas que hacer como para perdernos en disputas internas de poca monta, cabemos todos y podemos ayudarnos.

Tenemos que romper con la práctica mezquina de que en Venezuela los espacios políticos se construyen desplazando a los que están en ellos. Se deben construir sobre la base de llenar los vacíos, buscando ampliar el terreno hacia donde no está ocupado, buscando conquistar nuevos espacios políticos.

El papel de la SC es ayudar a la sociedad y a las organizaciones políticas a dar el salto modernizador hacia la plena democratización, que se produce solo por el auge y el fortalecimiento de las instituciones.

@Ismael_Perez

 

 

El Agua Derramada

En el momento en que la MUD se dispone, probablemente, a levantarse de la Mesa de Diálogo, ¿Cómo se recoge el agua derramada? Esa es la pregunta política, sí, política, más difícil de responder. Una demostración de ello lo tenemos en nuestro país, a raíz de lo ocurrido tras la segunda ronda del diálogo entre el Gobierno y la Oposición.

No dudo de la buena intención de muchas de las críticas que se hicieron y hacen a los negociadores de la MUD, por parte de particulares, dirigentes de partidos políticos, periodistas o formadores de opinión en general. Quien está en la función pública, está expuesto a cometer errores y a ser criticado por ello, y estar en una organización política como la MUD o ser representante de la oposición en la Mesa de Diálogo, es una función pública.

Sí, en efecto se cometieron errores objetivos, que debieron ser señalados. La debilidad en la comunicación, fue uno de ellos y otros –sin hacer una lista exhaustiva ni definitiva– fueron: El no asegurarse de que los objetivos a alcanzar en la negociación habían sido entendidos, previamente, por todo el país. Los términos utilizados para referirse a algunas realidades del país y la política y la adopción de lo que algunos han llamado el neo lenguaje del oficialismo. El no percatarse de las diferencias entre los documentos que se leyeron, o no advertirlo de manera clara. Y pudiéramos seguir señalando fallas en el proceso, que dejaron una sensación de improvisación, inexperiencia o falta de preparación del proceso negociador.

Pero, así como quienes criticaron exigen que no se dude de sus intenciones y buena fe, los negociadores y quienes los apoyamos podemos exigir también que no se dude de la nuestra. Pero ese no es el problema.

El problema que debemos evaluar es si se le hizo daño o no, a lo que considero es el activo más importante de la oposición, el que nos garantizó haber llegado hasta aquí y que nos puede garantizar que finalmente salgamos de este régimen: la unidad de la oposición.

No resulta fácil afirmar que la unidad salió incólume de este proceso, tras las diatribas y calificativos, muchos de ellos, sobre todo en las redes sociales, excesivos y despiadados, contra los negociadores y contra la MUD. 140 caracteres pueden ser muy eficaces para comunicarse, para comunicar una idea, pero sobre todo para denigrar, insultar, descalificar; rara vez lo son para argumentar a fondo y el problema es que ya muchos no solo escriben en 140 caracteres, sino que ya solo piensan en 140 caracteres y algunos ya ni siquiera escriben, simplemente retuitean.

Afortunadamente el daño provocado desde las redes sociales es relativo; las críticas allí son muy “ruidosas”, realmente duras y resultan muy irritantes, pero su poder de penetración en la población general es muy escaso. Esto no suele gustar a quienes han hecho de las redes sociales su principal medio de discusión y comunicación, pero es así. Y hasta da pena reconocerlo, pero la verdad es que en ellas, solo nos cocinamos en nuestra propia salsa.

Esos mensajes, de poca trascendencia hacia el público en general, a quienes le hacen daño es a nosotros mismos, que los recirculamos, nos respondemos y engarzamos en discusiones y contra-argumentaciones y nos desgastamos en una pelea, que no trasciende más allá de unos pocos cientos de personas.

Pero hay un impacto que sí debemos medir y prever: las críticas por algunos medios –mediante artículos de prensa, radio y TV y en algunas reuniones y foros–, al sector dirigente de la oposición y los que nos movemos en ambientes cercanos a ese medio y el llamado sector de la sociedad civil, intelectual, profesional y universitario. Es allí donde el daño puede que haya resultado algo más considerable.

Por la rapidez con que surgieron algunas críticas, su virulencia, daba la impresión de que algo se le estaba “cobrando” a los negociadores y sobre todo a la MUD. Daba la impresión de que el objetivo final u oculto –y en algunos casos explícito– de algunas críticas era o es “desmontar” a la MUD o por lo menos su organización directiva, el G4 (AD, PJ, UNT y VP).

Hay quienes parece que están siempre a la búsqueda de un espacio propio en la oposición, que les permita ejercer algún papel directivo del que se sienten relegados por los partidos tradicionales de la MUD. Algunos piensan que es más fácil arrebatar un espacio –a partir del tremendismo y radicalismo, que tanto gusta a algunos medios noticiosos– que construirlo y ganarlo a pulso con el trabajo político.

La lucha política, a pesar de las alianzas circunstanciales –por un fin compartido, como lo es recuperar la democracia y salir de esta dictadura– no debe cesar. La discusión de ideas debe ser permanente y el más asertivo, el que mejor exprese el sentir y deseos del pueblo, ese debe obtener los mejores dividendos políticos y electorales y no tiene porque hacer falsas concesiones.

Es también posible y legítimo que el escenario de disputa política y por el liderazgo entre las organizaciones políticas, todas ellas, que “hacen vida” en la MUD, se traslade a cualquier actividad o acción que emprenda la oposición, –como paso con el diálogo– pero no sin medir las consecuencias que eso podría traer. En este momento hay un objetivo que está por encima de las diferencias y la lucha política, al menos entre las fuerzas democráticas, que es restituir la democracia en nuestro país y salir de este régimen dictatorial.

No hay duda de que el sector del país que sacó mayor partido a esta discusión y diatriba, tratando de pescar en río revuelto, fue el Gobierno, que sabiendo muy bien cómo nos cocinamos en nuestra propia salsa fue el primero en estimular la “discusión” y crítica a los negociadores y la MUD, haciendo correr rumores, información falsa, haciéndose eco de algunos análisis y fomentando la división de la oposición, que es su objetivo fundamental.

En muchos casos, de las críticas, me refiero, nos quedamos esperando la propuesta constructiva; nos quedamos esperando las alternativas coherentes, más allá del lugar común de criticar el diálogo como única arma de lucha, o de criticar que no se haya obtenido una fecha para el RR.

Cuando aun no es definitivo el desenlace del diálogo, ¿Dónde está, claramente señalado, el camino alternativo –viable– que algunos proponen? ¿En qué se concreta, en qué acciones, que sean más eficaces que las que se están llevando adelante, sobre todo si se ha dicho hasta el cansancio, que el diálogo no excluye otras alternativas? Efectivamente hay muchas acciones que pueden y deben acompañar al diálogo para fortalecerlo, y que se han planteado para hacer valer nuestra mayoría en la ruta democrática y electoral, pero no es precisamente mermando la unidad y demoliendo a sus líderes como vamos a lograrlo.

El que esas alternativas no aparezcan es lo que me autoriza a decir que el precio pagado por la discusión en estas tres semanas puede estar resultando  demasiado alto, en el ánimo y disposición hacia la unidad, necesaria e indispensable, para salir de este régimen de oprobio.

No podemos hacer como en el oficialismo donde toda disidencia es acallada, “asimilada” o purgada, – ¿resabios del estalinismo o del centralismo democrático?– pero debemos estar conscientes de que nos estamos jugando mucho, nos lo estamos jugando todo. Eso sí lo ha entendido bien el oficialismo.