Dificultades del Diálogo

En la dinámica política venezolana los temas cambian y se suceden cada día; la agenda varía constantemente, sin embargo hay un punto que, aunque cambia de matices y urgencia, permanece todo el tiempo, es el tema del “dialogo.

A la agenda política esta semana habría que agregar la “Toma de Venezuela”, su rutilante éxito, significación y consecuencias; el debate en la Asamblea Nacional, acosado por las hordas salvajes y tarifadas del oficialismo, con el consentimiento de la GNB; el plan de actividades propuestas por la MUD, particularmente el Paro Cívico General, que creo se desarrolló exitosamente, habida cuenta de que entre indiferentes y oficialistas hay suficiente gente para llenar las calles con “normalidad” y aun así no pudieron evitar calles y avenidas vacías y ciudades desoladas; el juicio político al Presidente, aun cuando él no vaya a acudir a la citación de la Asamblea; la marcha a Miraflores, convocada para el jueves 3 de noviembre, a la cual me opongo, abiertamente, sin duda alguna, pero no expondré públicamente mis razones, pues no estoy dispuesto a abonar la argumentación del oficialismo. En fin, de una intensa agenda política de múltiples frentes, dictada por la oposición, escojo el del “dialogo”, para analizar algunas de sus dificultades.

Hace varias semanas ya dediqué uno de mis artículos semanales a este tema, concretamente el 16 de septiembre (http://www.noticierodigital.com/2016/09/dialogo-4/ ), en el cual entre otras cosas afirmaba: “Todo régimen autoritario, toda dictadura que acabe en un proceso democrático, forzado por la acción y voluntad popular, implica un profundo proceso de diálogo que permita cerrar heridas y continuar el camino construyendo un futuro para todos.”

En efecto, toda crisis política, que no concluya en una guerra civil, donde uno de los bandos someta al otro, concluye en un proceso de diálogo y negociación entre las partes. Aun después de una guerra civil en que uno de los bandos es sometido –como en el caso de España– y que después se instaure una dictadura, el proceso de regreso a la democracia es el producto de intensas negociaciones y procesos de diálogo.

El diálogo, por tanto, no creo que sea el problema. El problema suele ser:

  • Que quienes se sienten en la mesa a negociar, sean reconocidos por las partes, internamente, es decir, por sus propios partidarios;
  • En presencia o con mediación de quién, que tenga la autoridad y la aceptación por las partes;
  • Y sobre todo, lo más importante, cuál es la agenda de negociación, cuáles son los temas que se pondrán sobre la mesa, principales y secundarios.

En el caso de Venezuela, las partes son obviamente el Gobierno y la oposición. Del lado del Gobierno, no hay mucho problema; monolítico –como toda dictadura– y de partido prácticamente único, el PSUV, pues los demás integrantes del llamado Polo Patriótico, no cuentan. Con la oposición democrática la cosa ya no es tan sencilla, pues si bien está la MUD, no es un solo partido, hay por lo menos cuatro importantes, numéricamente hablando –AD, PJ, UNT y VP– y varios más, algunos históricos, otros más recientes; y un montón de grupúsculos, personalidades y ambiciones, que reclaman un espacio, que opinan y sobre todo critican. Pero digamos, que tras muchas discusiones internas, la MUD es la representación de todos y lo hace bien.

Los mediadores es otro tema. Traídos de la mano del Gobierno están: UNASUR, con Ernesto Samper a la cabeza y los expresidentes Omar Torrijos de Panamá, Lionel Fernández de Republica Dominicana y Rodríguez Zapatero de España; a este grupo inicial se incorpora recientemente el Vaticano, propuesto por la MUD y aceptado por el Gobierno. UNASUR es un organismo poco estructurado, sin mayor relevancia y prácticamente impuesto para tener allí a Ernesto Samper. En cuanto a los expresidentes, creo que todos buscan un segundo aire, que les permita reposicionarse de cara a una reelección en sus países de origen o recobrar cierta notoriedad internacional perdida. En cuanto al Vaticano, me luce que su único interés es que las partes se sienten y comiencen a dialogar y eso puede conducir a errores ¿ingenuos?, como el del comunicado de la semana pasada que proponía un “inicio del diálogo el 30 de octubre, en Margarita”, que ni siquiera la Conferencia Episcopal Venezolana avaló y mucho menos la MUD. Mal comienzo para un mediador.

Pero la agenda siempre es el problema de fondo, en este y en todo los diálogos y negociaciones; también va a ser lo más difícil en este proceso donde, por el momento, hay poca disposición entre las partes de ceder.

Para el Gobierno, lo importante es mantenerse en el poder a toda costa, pero que se vea que ellos están dispuestos a dialogar, pues con el agua al cuello, el diálogo es una forma de ganar tiempo y saben que lo planteado no es algo que se resolverá en 15 días. El último proceso de diálogo en Venezuela entre Gobierno y oposición, con mediación de la OEA –presidida por Cesar Gaviria– y el Centro Carter, se desarrolló durante más de un año y concluyó con el Referendo Revocatorio de Hugo Chávez Frías en 2004, después de que él se había recuperado políticamente tras gastar miles de millones de dólares a través de las misiones. A algo similar a eso aspira el Gobierno de Nicolás Maduro, pero no tiene hoy la popularidad que tenía el del año 2004 y mucho menos los recursos en dólares, aun cuando aún tiene muchos.

En la oposición hay muchas afrentas por cobrar y con toda razón. Sin contar con las cosas que nos afectan a todos: como la inflación, la escasez y la inseguridad, producto de infames políticas que han arruinado al país, hay personas que han perdido sus fortunas, sus empresas, sus trabajos o medios de subsistencia; que han perdido familiares a manos de la violencia y la inseguridad sin que nadie haya hecho nada, o que tienen sus familias divididas y dispersas por el mundo. Hay detenidos y presos políticos, sin juicios o con juicios amañados, que languidecen en las cárceles o se han visto obligados a irse al exilio. No es fácil colocar todo eso en una agenda de negociación y hacer que coincida con la del Gobierno.

Pero además, mientras la oposición tiene todo por ganar en este proceso, el Gobierno se juega mucho más que la oposición. Se juega su salida y posiblemente sin retorno, con posibles juicios, encarcelamientos y exilio y debe, por tanto, asegurarse que tendrá una “salida” aceptable y para ello cuenta con su posición de fuerza actual. No cuenta con popularidad, más bien con un profundo e inmenso rechazo, pero cuenta con los mermados recursos del estado –que no alcanzan para resolver los problemas del país, pero si los del Gobierno y sus amigos–, con las instituciones y sobre todo con la capacidad de fuego y represión de sus grupos paramilitares armados, policías y fuerzas armadas.

Si en la oposición no comprendemos esto y no estamos dispuestos a ceder en las aspiraciones máximas, para que se abra la mesa de negociación y se instaure el diálogo, cada vez nos alejaremos más –en el tiempo– de una solución favorable a todos.

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