El Mito de la Sociedad Civil

Una reciente reunión de ONGs vinculadas a la actividad política me hizo recordar algunos de los mitos políticos que nos pueblan la mente a los venezolanos. La mitología política del venezolano es muy variada. Buena parte de ella la heredamos de eso que llamamos la cultura occidental en la que vivimos, pero hay mitos autóctonos, producto de nuestra propia experiencia e idiosincrasia.

Algunos de estos mitos son viejos; se remontan al origen de nuestra maltrecha democracia, pero hay mitos nuevos y entre ambos no solo desfiguran la realidad y le dan una apariencia que no es, sino que además, en política, son especialmente dañinos, porque pueden inhibir la acción e impedir la correcta interpretación de lo que ocurre.

Uno de esos mitos, del que mucho se ha hablado en los últimos años, concretamente desde el inicio de los años 90 del pasado siglo, es el de lo prescindible o imprescindible de los partidos políticos. (Sobre el tema ya he escrito recientemente: Partidos políticos y ciudadanos 04.09.2015 y El declive de los partidos políticos 12.09.2015)

En los últimos años en Venezuela, ese mito va aparejado a otro, el de la sociedad civil; el de la fuerza telúrica, inmanente, de la sociedad civil. Ese mito, o mejor dicho, el mito de que la sociedad civil es la que va a resolver los problemas políticos del país, comenzó a desmoronarse en el mismo momento en que comenzó a surgir con inusitada fuerza, tan temprano como en 1999; aunque muchos aún no se han dado cuenta o no lo han aceptado.

Ya en 1999, cuando se abrió la primera oportunidad y los partidos políticos estaban desmoronados, en la sociedad civil no fuimos capaces de ponernos de acuerdo sino hasta última hora, cuando ya era demasiado tarde, para llevar una lista común de candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente. Sin embargo, nuestro comportamiento, durante las negociaciones de esa frustrada lista, no tuvo nada que “envidiarle” a las prácticas de los partidos que durante años criticamos. No fuimos capaces de dejar de lado nuestras diferencias y apetencias personales, no fuimos capaces de posponer o al menos mostrar claramente nuestras agendas particulares. No teníamos el “dedo” del Secretario General para escoger a los candidatos, pero el dedo del presidente de la Asociación tal, del asesor de imagen cual, del dueño de medios X, del financista Y, del monseñor Z, del doctor cual o de la conocida personalidad tal, surtieron el mismo efecto.

Y así, nuestras peleas y disputas internas, que terminaron por fracturarnos, no se diferenciaron en nada de las que durante años presenciamos en los partidos. Allí aprendimos, o debimos aprender, dos cosas: primero, que las organizaciones de la sociedad civil actuamos políticamente. Cuando los ciudadanos se organizan para Observar el proceso electoral y garantizar un juego limpio, están actuando políticamente. Cuando integrantes de la sociedad civil se reúnen con los partidos políticos para discutir propuestas sobre la forma de conducir más eficazmente un proceso de primarias, están actuando políticamente. Cuando los representantes de la sociedad civil hacen propuestas acerca de la Constitución, el sistema jurídico, la política económica, la forma de organizar la sociedad, están actuando políticamente.

Y segunda cosa aprendida, que aunque actuemos políticamente, nuestras organizaciones de la sociedad civil, tan eficientes en áreas específicas, no están ni remotamente diseñadas para tomar el poder, sino a duras penas para influir algo en la mente de los demás ciudadanos o de las organizaciones políticas a las que si corresponde, por diseño específico, la disputa por el poder.

Soy militante y defensor de la sociedad civil, pero forzoso es reconocer que esos “movimientos” masivos, espontáneos, eficaces en movilizar, que vimos durante los primeros años de este siglo, hasta cierto punto, son movimientos básicamente de ideas, no destinados a tomar el poder, el poder político, el poder del Estado. De allí la frustración, el fracaso, esa incapacidad de producir una alternativa coherente, a pesar del gran poder de movilización. Estos movimientos, aunque muy concientizados, producto de intensos y largos debates políticos, de una muy activa participación y resistencia contra el poder del Estado, están muy claros en sus aspiraciones y en lo que rechazan, pero no pueden entrar en negociación porque a nadie se le acepta que esté en posibilidad o capacidad de negociar en nombre de otros.

El mito de la sociedad civil va asociado al de la política como algo éticamente despreciable y tuvo una variante peligrosa en los últimos anos, que afortunadamente ya va cediendo: prescindamos de los políticos, de los partidos, no dejemos que saquen sus banderas y sus consignas en las marchas y las manifestaciones, no queremos volver al pasado, etc. Esa conclusión era y es tan equivocada como la de los partidos de creer que ellos son imprescindibles, que por lo tanto no deben cambiar, no deben democratizarse, no debe superar ciertas prácticas autoritarias o por lo menos poco democráticas.

Ambos extremos, la negativa a los partidos y la afirmación, acrítica, de la sociedad civil, están errados. Se impone entonces un nuevo pacto político entre ciudadanos y partidos, que parta de aceptar las especificidades de cada uno. Hemos venido posponiendo eso durante años y ya va siendo hora de que asumamos la tarea seriamente.

@Ismael_Perez

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