Radicales vs. Inconsecuentes

Cedo a la tentación de comentar lo ocurrido en la instalación de la Asamblea, para volver sobre la tolerancia y la amnistía. De cualquier forma sobre lo ocurrido el pasado 5 de enero llueven análisis y comentarios de colegas politólogos, comentaristas y periodistas. Me parece más pertinente a estas alturas del “inicio del partido” dedicar algunas reflexiones a la actitud de fondo o comportamiento que deben tener nuestros parlamentarios de oposición y el “ambiente” que debe reinar en la Asamblea Nacional.

En las discusiones acerca de cuál debe ser la actitud y conducta en la Asamblea surgen, como era de esperarse, las posiciones radicales, de esos que disparan desde la cintura, que viven —la mayoría— en el exterior y cuyo radicalismo con respecto a la situación de Venezuela es igual al cuadrado de la distancia que los separa del país.

Debo decir que algunos de sus argumentos acerca de pedir cabezas y que nuestros parlamentarios asuman una actitud revanchista o conducta similar a la que el oficialismo tuvo con la oposición en el pasado periodo legislativo parecen coherentes, razonados y justos. “Suenan” bien. Pero es eso, solo “suenan” bien; sobre todo si los razonamientos los preceden de insultos al régimen, de desafíos al “poder” del mismo o de una comparación de lo que pasa en Venezuela con la Alemania nazi y Hitler, con la Italia de Mussolini o si igualan al chavismo-madurismo con el régimen de Lenin-Stalin o el de Kim Il Sung y su parentela en Korea, o la China Maoista, o con el franquismo, o el pinochetismo, o cualquiera de las mencionadas aberraciones humanoides, sin querer decir que no tengamos aquí algo o bastante de ellas.

Pero ese no es, para mí, el problema; el problema es que estos lejanos y buenos señores –y algunos no tan lejanos– hablen de que la Asamblea no puede dejar de lado los terribles entuertos cometidos en estos 16 años y que debe apartarse de su misión legislativa y de ser el foro natural del dialogo nacional, para buscar por el contrario una “justicia” inmisericorde sobre los desafueros de los últimos años “para castigar actos criminales” o imitar las frecuentes cacerías de brujas a las que nos tienen acostumbrados los pro hombres del régimen actual que pretenden juzgar. Me pregunto yo ¿Quiénes decidirán los que serán los jueces y quienes los criminales?, (aunque los segundos parece ser más obvios); seguramente muchos de estos savonarolas del siglo XXI querrán estar entre los jueces o, al menos, los fiscales acusadores.

Nunca he estado de acuerdo con el régimen actual, ni con Hugo Chávez Frías y no solo desde que lo oí hablar como presidente electo en 1998 en el Ateneo de Caracas; no me gustó desde antes, desde que pronunció aquel famoso “por ahora” en 1992; por eso tengo mi conciencia tranquila y no me da ninguna vergüenza pararme frente al espejo después de pedir consideración, dialogo y tolerancia hacía sus seguidores. Después de todo, además de venezolanos, son una parte considerable del país, no olvidemos eso nunca.

Tampoco soy admirador de algunos connotados conversos, aunque concedo a cada ser humano el derecho a rectificar; y desde luego, tampoco me gustan los supuestos “intelectuales u hombres cultos” que se mantienen en la otra acera. Mucho menos comparto con los que estuvieron −en vida del prócer de Sabaneta− a su lado y que hoy siguen sus pasos y obras como sus herederos. Pero eso de que algunos de estos radicales −que he descrito al principio del artículo− piensen que no se pueda “cohabitar” en el país con los seguidores de Chávez Frías, de manera pacífica, me parece una exageración. No se trata de “cohabitar” con ninguno, en el sentido muy estricto de la palabra, pero tampoco que la solución sea irse o desconocerlos.

Desde luego que habrá procesos en los que se imparta justicia, pues lo que se llama el “imperio de la ley”, es lo que debe regresar a Venezuela y hay delitos que se cometieron que no pueden ser obviados; pero desde ahora afirmo la necesidad de iniciar un dialogo de tolerancia con todos los sectores del país, que nos permita reconstruirlo, contando con el concurso de todos los que tengan la buena fe de admitir errores y estén dispuestos a enmendarlos. Y esa debe ser una tarea fundamental de la mayoría democrática de la nueva Asamblea Nacional.

Prefiero vivir en la “inconsecuencia”, aquella de que hablaba Leszek Kolakovski, el filósofo polaco, en “El Elogio a la Inconsecuencia” (El hombre sin alternativa, Alianza Editorial, Madrid, 1970) y como él me considero perteneciente a:

“…La raza de los irresolutos y de los débiles, la raza de los inconsecuentes, es decir, precisamente aquellos a quienes les gusta comer filetes al mediodía, pero a los que les resulta imposible degollar un pollo… en una palabra, la raza de los inconsecuentes continua siendo una de las fuentes principales de esperanza de que el género humano siga viviendo… Digámoslo de otro modo: la consecuencia total se identifica en la praxis con el fanatismo; la inconsecuencia es, en cambio, la fuente de la tolerancia… la inconsecuencia es sencillamente la conciencia secreta de la contradicción que existe en el mundo… el sentimiento permanente del propio error; y si no del propio error, sí de la posibilidad de que el contrario tenga razón.”

Por supuesto que parto de la base de que en la Venezuela de hoy sobrevivimos en un error histórico y que nada de lo que ocurre tiene sentido y cuanto más rápido acabe, mejor. Pero esa tolerancia, ese respeto que nos impone la “inconsecuencia” de la que hablaba Kolakovski, que es ni más ni menos lo que siempre pedimos para nosotros mismos, ¿Se lo vamos a negar a los demás, por el “ojo por ojo”, que según Gandhi nos dejará ciegos a todos?

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