Militares…¿cómo para qué?

Tras el triunfo opositor habría muchos temas que discutir, de algunos, como el de la amnistía ya hemos hablado (Tolerancia y Amnistia, ND, 27/11/2015)) y sobre otros es preferible, por ahora, dejar que los perros ladren a la caravana y esperar que decanten todas esas ideas sobre comunas, asambleas paralelas, etc. antes de ocuparse de ella.

Pero hay uno que se abre paso debido a que el Presidente Maduro ha ordenado el regreso de los militares a sus cuarteles –de donde nunca debieron salir– después de la aparatosa derrota que sufrió su política económica el pasado 6D, en cuyo fracaso, no olvidemos, estuvo involucrado su gabinete, constituido en más de la mitad por militares activos. Por lo tanto, en el contexto de prepararse para una transición política, a partir de los resultados del 6D, el tema militar es uno de los más complejos de abordar.

En el mes de octubre, un articulo de Luis Ugalde (¿Y los militares que?, El Nacional, 22/10/15) y un comentario en las Verdades de Miguel, ponían el dedo en la llaga con relación al tema. El analítico comentario de Ugalde lo podemos reducir a su énfasis en no rechazar a los militares y que deben volver a su papel del monopolio del uso de las armas, para salvaguardar el bien común. El comentario de Miguel Salazar, sin embargo, tenía otro giro; se refería a que los militares no estarían dispuestos, por razones de Estado, a aceptar un triunfo de la oposición el 6D. Lo que implicaría, obviamente, un golpe de estado. Al final, este comentario de Salazar, quedo en uno de los tantos chismes y rumores de la campaña, de esos que buscan notoriedad y que no conducen a nada.

El tema militar siempre ha sido un tema delicado y por eso siempre se aborda de manera indirecta. De allí que se traiga a colación el tema discutiendo sobre la guerra económica, o de una posibilidad de invasión de los estados Unidos, o una confrontación armada con algún vecino, por ejemplo, Colombia.

No le doy ningún crédito a la guerra económica, como no se la dio ningún venezolano serio, tal y como quedo demostrado el pasado 6D. Tampoco doy crédito a la posibilidad de ninguna guerra con nadie, mucho menos con los Estados Unidos o Colombia, ni convencional, ni asimétrica. Y esa posibilidad de ser invadidos por los Estados Unidos solo me recuerda aquella película inglesa de 1959, llamada El Rugido del Ratón, que es la historia de un pequeño país europeo, en serias dificultades económicas, que decide declararle la guerra a los Estados Unidos, para ser obviamente derrotados y que la “potencia imperial” tras ganar tan desigual contienda, emprenda algún Plan Marshall para reconstruir al derrotado.

Por eso, para mí, la gravedad por ejemplo de que Venezuela gaste dinero en armas, no está en que vaya a agredir a otro país, o ser agredidos o invadidos por otro país, el del norte, por ejemplo, sino en que se gaste dinero en cosas tan inútiles como las armas, en vez de hacerlo en cualquier otra cosa. Alguien decía en estos días de campaña electoral: ¿Cuántas escuelas nos cuesta un Sukhoi?, a propósito de la reciente compra de estos aviones a Rusia, tras la lamentable caída de uno de ellos.

La verdad es que los pasados dieciséis años me han convencido de la inutilidad de tener una fuerza armada; y estos dos últimos, tras la caterva de ministros y altos funcionarios militares que hemos tenido como ministros y que no han resuelto ningún problema, me lo han confirmado por completo. Solo cuando pasan a retiro, dejan los cuarteles y se dedican a actividades privadas, es que los militares comienzan a existir para mí y es cuando he aprendido a apreciarlos y a considerar que sí tienen algo que aportarle al país. Es decir, cuando ya no son militares. Visto lo que hemos visto, no tengo dudas de que sobre la Fuerza Armada hay que trabajar desde el principio con la idea de eliminarla, por poco útil, por consumir recursos, sin aportar nada o muy poco al país.

Ni siquiera por razones históricas, pues me resulta difícil pensar que este ejército que hoy tenemos sea el mismo de los libertadores; nada parece tener que ver con aquel, ni en ideas, ni en tradición, ni en historia. Este parece no ser más que los residuos de las “montoneras”, con las que acabaron Cipriano Castro y su compadre Juan Vicente Gómez y que al acabar con ellas, mataron también lo que quedaba del espíritu y alma del ejercito independentista y libertador y crearon un ejército centralizado, no sin alma, sino con una a su imagen y semejanza, es decir a la de un tirano dictador; luego lo modernizaron —a partir de López Contreras— y finalmente lo sometieron al control civil y del estado civil —a partir de 1958— pero, ha resurgido en estos años, con la misma alma tiránica que les infundió Gómez. La “modernidad” que le insuflaron y el control del poder civil, lo obligaron a someterse a los designios y caprichos del gobernante de turno; al crecer la corrupción, nos dejo lo que hoy tenemos y hemos visto en estos dieciséis años en todo su esplendor: ineficacia, denuncias de corrupción, pensar solo en sus intereses inmediatos y en nada más.

Me pregunto, ¿Para qué queremos algo así?, ¿De qué nos defiende, si la guerrilla y el narcotráfico –junto con el hampa común– fuertemente armados, entran, salen y recorren a sus anchas por el país?, ¿De qué nos sirven sí dependiendo de bajo que ordenes estén reprimen o no reprimen a la población, sin mirar principios o atender derechos o razones?

Por otro lado, la amenaza de la revolución bolivariana, para mí, no está en su capacidad guerrera o de ir a confrontaciones militares, que considero nula, sino que reside en su capacidad de difundirse, de esparcirse, de que la infección se propague, no por lo peligrosa que pueda ser, sino por su capacidad destructiva, de arruinar a los pueblos, de generar más pobres y más expectativas, que solo harán mas difícil y duro salir de la miseria espantosa que crean.

En cuanto al tema de la guerra asimétrica, tan de moda en vida de Hugo Chávez Frías, se demostró que tenía otro propósito; era una bravata que daba espacio de prensa, que todavía hoy hablar de guerra permite justificar la compra de armas y equipos para reprimir a la disidencia y eventualmente para que algunas de esas armas o las viejas, vayan a parar, intencionalmente, por descuido o desorden, a manos “inapropiadas”.

Esas posiciones, guerreristas, también han permitido o justificado que se constituya una llamada “reserva” de no sé cuantos miles de hombres, que estarían listos para entrar a “actuar” en caso de agresión externa y que hasta ahora solo han servido para custodiar Mercales y Bicentenarios.

No me imagino a ningún venezolano empuñando un arma para defendernos de una supuesta invasión externa de cualquier tipo; mucho menos empuñar el arma para ser un agresor, sobre todo después de que algunos de los aguerridos ex militares que nos piden que enseñemos los dientes y odiemos un supuesto enemigo, de la manera más palmaria admiten que en caso de cualquier conflicto nuestra fuerza armada regular no aguantaría ni dos días.

Los “reservistas” me preocupan más, pero por el hecho de que sirvan de pretexto para armar de verdad, como una milicia, a algunos de los “colectivos” más agresivos, simpatizantes del régimen, que sí han demostrado que son capaces de abrir fuego y matar, pero no soldados enemigos, sino opositores al régimen, pues para ellos –y para el régimen que los ampara y alienta– los opositores son los verdaderos enemigos que no merecen vivir.

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