Pesadilla Gubernamental el 6D

Hasta ahora, la verdad fría, objetiva, es que el 6D el pueblo dijo NO al proyecto socialista autoritario que nos rige. Y se lo dijo de tres maneras: votando por la oposición, votando por otras opciones o quedándose en su casa. Y no se trata de una victoria “pírrica” de la oposición, —como una vez la calificó, mas escatológicamente, Hugo Chávez Frías, cuando fue derrotado su proyecto de modificar la Constitución en 2007—, sino de una derrota epopéyica, monumental, del Gobierno, pues perdieron dos millones de votos. Podemos comprender, porque venimos de allí — ¡y vaya si los opositores sabemos lo que es sufrir derrotas electorales!— que eso no es fácil de asimilar y por lo tanto nada de raro tienen todos los rumores que se esparcen en situaciones de tanta incertidumbre y tensión como las que vivimos la noche del 6 y la madrugada del 7 de diciembre, las que vivimos ahora y las que viviremos los próximos días.

Podemos entender que del lado Gobierno quieran desmerecer la victoria opositora, relativizar su derrota y no reconocer que fueron apaleados por la “derecha maltrecha” y “escuálida” que tanto desprecian, por los “apátridas” y “pelucones”, que traten de restar méritos e importancia a lo que es, sin duda, un triunfo muy importante, vital, sobre todo, de cara al futuro.

No faltarán los que desde nuestro lado hablen de “arrasar” con base en los resultados, porque estos les parecieron lo suficientemente holgados a favor de la oposición. ¡Cuidado!.

Antes de montarnos en el Carro de la Victoria, detengámonos a hacer dos o tres reflexiones. El 6D, la oposición creció al ritmo al que venía creciendo, ni más, ni menos, solo eso; incrementó en trescientos mil y pico su votación, que es un capital político importante, sólido y en constante crecimiento. Lo más importante es que nos consolidamos donde éramos fuertes y crecimos en zonas donde éramos débiles. ¡Gran trabajo! Pero estemos conscientes de que salimos favorecidos o sobre representados en el número de diputados por el artilugio que inventó el oficialismo para perjudicarnos la vez pasada, la manipulación de los circuitos, ¡paradojas de la vida!

El Gobierno, por otro lado fue derrotado, por su propia gente; perdieron 2 millones de votos que se quedaron en su casa; si ellos no quieren aprender la lección que les deja su derrota, mejor para nosotros. Además de los dos millones que no fueron a votar por el Gobierno hay casi un millón de votos por otras opciones, nulos o blancos; votantes que no fueron a hacerlo por Gobierno, pero tampoco lo hicieron por la oposición. Esos tres millones de votos “flotando” por allí son los que debemos tener en cuenta al pensar en referendos, constituyentes o adelantos de elecciones.

La oposición ganó y ganó con todo en contra. En contra de la “mayoría usual” de 4 a 1 en el CNE, abiertamente parcializada a favor del Gobierno. Con un REP viciado. Con centros y mesas nuevas, aparecidas fantasmagóricamente en zonas presumiblemente chavistas. Con miembros de mesa que no fueron informados ni formados. Con testigos de oposición a los que se les escatimó credenciales y se trató de que no pudieran trabajar en sus centros. Con máquinas que se trancaron y sin material electoral para pasar a elección manual. Con material electoral faltante. Con todo tipo de tramoyas, como las inútiles capta huellas que solo sirvieron, una vez más, para retrasar el proceso e informar al Gobierno acerca del flujo de votantes. Con un Gobierno abusivo que utilizó, como siempre, todos los recursos del Estado a su favor. Con motorizados acosando y atemorizando a los votantes, sin que las autoridades hicieran nada. Con unos poderes públicos alineados y bailando la música que sonó desde Miraflores. Y un sinfín de irregularidades más, las usuales de todos los procesos electorales, que nadie niega ni desconoce.

Pero con todo y eso, la oposición ganó. Se demostró más allá de toda duda y escepticismo lo que ya se ha demostrado en otros países, que es posible derrotar y sacar del poder, electoralmente, estos regímenes autoritarios. El pueblo, en una muestra de gran madurez, le dijo que NO al proyecto político del socialismo del siglo XXI, que no es más que un trasnochado comunismo castrista del siglo XX.

El pueblo le dijo NO a un proceso que pretendía eternizar en el poder a los herederos políticos de Hugo Chávez Frías. Que pretendían cambiar el orden político y territorial del país. Que querían acabar con la descentralización y someter al poder central a alcaldes y gobernadores. Que proponían severas limitaciones al ejercicio de las libertades económicas, la libre iniciativa y los derechos de propiedad. Que eliminaban la propiedad intelectual. Que se inmiscuían en la autonomía universitaria. Que restringían los derechos humanos y las libertades ciudadanas con estados de excepción. Que eliminaban la autonomía del Banco Central y le daban licencia al Jefe del Estado de disponer de nuestro dinero como él quisiera. Y un sinfín más de restricciones autoritarias, largas de enumerar y que se pretendían imponer y que ahora quedan así, en pasado imperfecto.

Pero el pueblo también le dijo que NO al desabastecimiento, a la inflación, a la inseguridad; a la falta de viviendas, al deterioro de las escuelas públicas y hospitales; a la ineficacia en la gestión pública; a las pésimas políticas económicas que han arruinado a las industrias y no han detenido el deterioro de la economía, ni la fuga de divisas; a que el Gobierno esté regalando nuestros recursos petroleros a otros países, sin resolver los problemas de aquí; al despilfarro, al enriquecimiento y la corrupción evidente de los allegados al Gobierno, del entorno gubernamental.

Este régimen entrará ahora en un largo y desesperante tobogán, indetenible, que lo llevará inexorablemente a la salida del poder, para no poder volver a él, por vías democráticas. Ahora deberá dejar de hacer lo único que sabe hacer: calentar la calle con frases soeces, rimbombantes, insultos y amenazas en permanentes campañas políticas y tratara —para salvar algo— de dedicarse a hacer lo que no sabe hacer, aquello en lo que ha demostrado ser completamente inútil: gobernar. Con el agravante, de que lo que haga ya no será en su beneficio político, sino por el contrario, redundará en la progresiva merma de su poder y la mengua de la abundante riqueza petrolera que se encargó de destruir y dilapidar a manos llenas.

Lo peor, es que sin ser Alejandro Magno, metafóricamente hablando, a este régimen sus generales le darán funerales sangrientos.

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