Poder, política, publicidad y pobreza

Iniciada de hecho y oficialmente la campaña electoral, cuatro temas se ponen en primer plano: Poder, política, publicidad y pobreza; cuatro temas espinosos, sobre todo porque en los sistemas democráticos —en países en desarrollo— se dan dos circunstancias, que en el pasado no eran tan relevantes. La primera es que los votos para llegar al poder están relacionados con la pobreza; y la segunda, porque en el mundo de la política contemporánea, llegar a las grandes masas, solo es posible con la publicidad.

En los países en desarrollo se piensa que la política la hacen aquellos que tienen dotes de “liderazgo”, es decir, que son carismáticos, donde carisma lo que significa es que son simpáticos o que de alguna forma le agradan al pueblo, le “llegan” al pueblo y entonces, quienes tienen estas cualidades o características —además del ansia o voluntad de poder de que hablaba Nietzsche— se hacen políticos y se dedican a esa actividad y la publicidad debe encargarse de “moldear” al candidato y su mensaje, para que ambos “lleguen”, preferiblemente juntos, a todos los votantes

Cosa bien complicada, eso de “moldear” un candidato, porque en verdad solo aquellos que expresan el sentir del pueblo en un determinado momento son los verdaderos políticos, los que deberían lograr los votos para representarlo; pero de eso —dicen ambos, políticos y publicistas— se encargan la publicidad y los medios con su poder de penetración en todos los sectores de la población.

Para algunos hacer política, se limita estrictamente a eso, a partir de un criterio publicitario y encontrar cual es el mensaje que más le va a llegar a la gente. Para este tipo de políticos, hacer política no es, como afirmamos, ser la expresión de las más profundas aspiraciones del pueblo y ver cómo, a través de las políticas públicas, se les va a conducir, a llevar hacia eso; para quienes así piensan, hacer política es solo conocer que es lo que está pensando el pueblo, ver como se les “llega” con la publicidad para lograr atraer el voto y hacerse con el poder.

Por eso la pobreza tiene una curiosa y peculiar paradoja en todo esto y es que entre los pobres es donde están la mayoría de los votos; pero es, a la vez, donde el porcentaje de abstención es el más alto, donde menos se vota. Por ello desde, el punto de vista electoral, la pobreza dejo de ser un importante y complejo tema de estudio, con algunas honrosas excepciones, para convertirse en algo sensiblero, de moda, en: ¿Cómo mover a esa población para que vayan a votar por mi o deje de votar?

Algunos piensan –y lo practican– que se logra comprándolos, dándoles prebendas, para lograr que vayan a votar por ellos. Por eso, para conquistar los votos en esta relación políticos y poder, políticos y publicidad, políticos y pobreza, suele entrar en juego otra palabra con P: populismo, que se puede ejercer por igual desde el ámbito de la política y de la publicidad, sin el menor escrúpulo

Esa política de la dadiva, claramente, es lo que ha venido practicando el actual Gobierno y de allí todas esas jornadas de populismo ramplón, con sus campañas de reparto de viviendas, automóviles, electrodomésticos, pocetas, comida, útiles escolares; repartir dinero y poner paños calientes, en vez de afrontar el fondo del problema social. Ahora —que se dificulta algo más esa política, por el descenso del ingreso petrolero— se disponen a utilizar algunos recursos (¡los que no destine a comprar armamento!) para incrementar sueldos, aguinaldos y pensiones e importar comida y distribuirla convenientemente, de acuerdo con el momento político, en fechas cercanas al proceso electoral del 6D, pensando que eso le arrojara dividendos electorales; pero como saben que no necesariamente los “captados” de esa manera van a votar por quien trató de comprar su voto, acudirán también y cada vez más, a la represión, la atemorización y violencia en contra de sus “enemigos”.

De manera que el Gobierno está frente a un tema clásico: el mantenimiento utilitario, clientelar, de la pobreza; no se trata de ver como superamos esa condición, ni de generar riqueza para que se detenga la creación de la masa de pobres y se revierta la tendencia. Se trata de mantenerla allí donde está, porque resulta “funcional” para la perspectiva de la preservación del poder.

Del lado de la oposición, no podemos caer en la tentación populista. En este caso, sin recursos para repartir, ni para una publicidad que lleve la “oferta electoral” al pueblo, no se puede caer en la tentación demagógica de repetir ofertas sin sentido.

Debemos, más bien, comenzar con lo que será la tarea del periodo de transición al que nos aproximamos, decirle y demostrarle al país que este Gobierno, estos dieciséis años, nos han empobrecido más, que el camino de la solución comienza por salir de este Gobierno oprobioso y manirroto, pero que el problema de la pobreza no se va a resolver, ni mucho menos, de manera inmediata y que en todo caso se buscara detener la caída y comenzar una ardua y larga ruta de ascenso.

Debemos aprovechar la campaña para trasmitir el mensaje de que buena parte de los próximos años se nos van a ir en restablecer el Estado, recuperar el camino de la justicia, reconstruir las instituciones, rescatarlas, eliminar la impunidad, despojar a la sociedad del miedo que le han sembrado, recuperar la economía y la productividad y, mientras tanto, habrá que tomar o seguir con medidas asistenciales. Se trata de enseñar que se procurara resolver los problemas urgentes e inmediatos, mientras el país toma el camino de la generación de riqueza para todos, de incrementar la producción y el empleo, de la prosperidad, se profundice la descentralización, se cree confianza para que las personas y empresas inviertan, generen empleo y esto sea lo que supere a la larga y de manera permanente y sostenible el problema del desempleo y la pobreza. El tema de fondo es, cómo decirlo, porque el cuándo ya es ahora.

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