Tolerancia y Amnistía

En la medida en que se acerca el 6D y se acrecienta la violencia, se hace necesario tocar términos espinosos. Por ejemplo: tolerancia y amnistía, que son temas claves de todo proceso de transición de un régimen autoritario a uno democrático y una transición es lo que esperamos inaugurar en el país a partir del 6D, cuando el régimen instaurado por Hugo Chávez Frías hace 16 años, reciba una contundente derrota en las elecciones parlamentarias.

Sería la segunda y más importante derrota masiva, pues la primera fue en el año 2007, cuando fue rechazada por el pueblo su propuesta de modificación constitucional. En aquella oportunidad el propio Chávez Frías dio pocas muestras de tolerancia; primero, el 5 de diciembre de 2007, a tan solo tres días del referendo, califico de “victoria de mierda” por parte de la oposición, a la victoria obtenida en el referéndum constitucional. Después, no se quedó en las palabras y procedió en los meses siguientes a “pasar” por vía de ley habilitante y decretos todas las reformas que habían sido rechazadas en diciembre de 2007 y convocar para el 15 de febrero de 2009 la reforma de la Constitución que permite la elección inmediata e indefinida de todos los cargos de elección popular.

Por su parte, el Gobierno actual insistió al CNE, a través del PSUV y el propio Presidente de la Republica, para que la oposición firmase un acuerdo de reconocimiento de los resultados electorales del 6D. Y aunque el Gobierno lo firmó, el Presidente no ha dicho que el Gobierno reconocerá la voluntad popular y respetara la Asamblea Nacional que resultará electa ese día y que no harán como otras veces, que desconocen el triunfo quitándole atribuciones, presupuesto o persiguiendo a los protagonistas de la jornada en donde los resultados no le son favorables al régimen. Más bien ha dicho el Presidente –también en clara demostración de poca tolerancia–, que se disponen a ganar “como sea” la contienda electoral y que de ganar la oposición “no entregaría la revolución”, “nos vamos pa’ la calle”, dijo también y gobernaría con el “pueblo”, en “unión cívico-militar”.

La actitud que asuma el Gobierno en ese momento y después del 6D, será clave para la tolerancia que debe haber en el país en los meses y años subsiguientes, cuando el país inicie un giro de 180 grados hacia el restablecimiento de la democracia que se instauro en el país en 1958 y que cincuenta y siete años más tarde, debido al régimen chavista, deja mucho que desear.

Sera difícil iniciar ese proceso de transición. La dirigencia política, de ambos bandos, que emerja en el país tras el proceso electoral del 6D tendrá que sentarse a negociar, al menos, dos procesos o leyes de amnistía. Una, que posiblemente será la más fácil, la de los presos políticos actuales, para que queden libres y se borren sus ignominiosos expedientes. La otra será mucho más compleja, aunque no tan inmediata, pues se trata de ir negociando una ley de amnistía por la que se garantice que no serán perseguidos ni encarcelados algunos personajes del régimen actual, a cambio de que faciliten un proceso pacífico de transición hacia la democracia plena que emergerá de las urnas en los años próximos.

Para que eso sea posible, son muchas las cosas que se le pedirán al pueblo y a los afectados que dejen a un lado y olviden por el momento, cosas que no son para nada fáciles de olvidar.

Por ejemplo, habrá que posponer la aspiración de legitima justicia por parte de: los líderes políticos que pagaron inhabilitación, cárcel y exilio, tras procesos absurdos, injustos, corrompidos e ilegales; los líderes y dirigentes sindicales por la persecución sufrida, los encarcelamientos y los que fueron abaleados, sin que apareciera nunca un solo culpable; las victimas de procesos abusivos de expropiación de tierras, propiedades, empresas y otros derechos conculcados; los periodistas y dueños de medios de comunicación a quienes se les arrebato sus trabajos y propiedades o se les persiguió con tribunales, exilio y prisión; todos aquellos que vieron a sus familias desmembradas por tener que pedir asilo o irse al exterior en búsqueda de oportunidades que aquí se les cerraron; los que aspiran ver presos a los incursos en procesos de corrupción que fueron públicos y notorios y cuyos culpable, a pesar de estar señalados, nunca fueron castigados; los familiares de algunas personas que perdieron la salud e incluso la vida por entrar en disputas con un Estado todopoderoso y abusivo; todos los que fueron víctimas del hampa, de secuestros, de criminales que, aunque denunciados, nunca fueron debidamente perseguidos o castigados; todos los que vieron sus empresas y actividades económicas, en las que tenían invertida la fortuna de varias generaciones, arruinadas por políticas económicas equivocadas o acciones directas del Gobierno en contra de las empresas; y un larguísimo etcétera, que sería de nunca terminar.

No es posible olvidar todo eso, pero, ¿será posible por lo menos dejarlo un tiempo de lado? Ese dejar de lado, posponer la justicia, es el amargo precio que han pagado todas las democracias que se libraron de procesos autoritarios y dictatoriales que asolaron sus vidas por años: España después de Franco; Chile, después de Pinochet; Argentina, después del régimen de Videla, Galtieri, etc.; Brasil, después de la dictadura instaurada en 1964; Colombia tras la caída del Rojas Pinillismo; Portugal, tras la caída de Salazar; Grecia, tras la salida de los gobiernos militares instaurados en los años 60 del siglo pasado; El Salvador, después de la guerra civil; Nicaragua tras la salida de Somoza y luego tras la salida de los sandinistas; Rusia y los países comunistas, tras la caída del Muro de Berlín y las dictaduras comunistas de Europa del Este; incluso Venezuela, tras la salida de Pérez Jiménez, etc.

En algunos de los casos anteriores han tenido que pasar más de 30 años para que algunos de los prohombres de esos regímenes autoritarios pagaran por sus delitos y crímenes. En otros casos, aun se espera la justicia. Venezuela no será la excepción. Es duro decirlo, pero debemos ser realistas y estar preparados al respecto.

Probablemente nos deberemos conformar con que se logre que algunos de los delitos cometidos, los más notorios e inocultables, sobre todo los relacionados con la violación de DDHH, puedan ser castigados de inmediato; pero que nadie piense en justicia completa por los abusos cometidos y mucho menos pensar en el absurdo de que se desate una cacería de brujas después de la salida del régimen actual.
Después de todo, no olvidemos, que muchos de los delitos de los que hemos hablado no son fáciles de probar y sobre todo, no pasemos por alto el aspecto político de que el nuestro fue un régimen sustentado en procesos electorales y con amplio apoyo popular.

“Si las elecciones son limpias…”

Una frase de Vargas Llosa, de hace un par de semanas, me revolotea en la cabeza: “Si las elecciones son limpias, el chavismo será barrido…”; la frase la dijo en una entrevista en Houston, a donde asistió al Festival Internacional de Literatura y fue reseñada por la prensa venezolana (Tal Cual, 03 de noviembre de 2015). Pero hay que decirle a Vargas Llosa que las elecciones ya no son limpias.

El “arbitro”, el CNE, ya ha incurrido en una serie de anomalías y ventajismos a favor de los candidatos del Gobierno; mencionando solo lo más grueso: ha convocado tarde el proceso electoral, a conveniencia del Gobierno, creando toda una serie de incertidumbres, rumores y temores; ha creado numerosos nuevos centros electorales, acto del que se puede decir cualquier cosa, menos que fue “neutral”, al denominarlos utilizando nombres, consignas y símbolos pro oficialistas y pro proceso bolivariano; ha inhabilitado candidatos de oposición y ha impedido la inscripción de candidatos y partidos disidentes del oficialismo; ha permitido que candidatos del Gobierno adelanten la campaña electoral con vallas y cuñas de radio, en circuitos de la capital, bajo sus propias narices; ha permitido que el Gobierno y sus funcionarios –hasta el propio Presidente– hagan campaña proselitista junto con candidatos oficialistas entregando obras, viviendas y vehículos; se ha prestado para que el partido oficial, el PSUV, y el Gobierno montaran un sainete con la firma de un documento para “respetar” los resultados del 6D, después de que el propio Presidente de la Republica declarara que ellos van a ganar las elecciones “como sea” y “salir a la calle”, en el caso de que sean derrotados; en fin, el CNE ha incurrido en una serie de actos de los que no se puede decir que contribuyan a tener un proceso neutral o “limpio”, como señalara Vargas Llosa.

Sin embargo, la afirmación de Vargas Llosa nos pone a reflexionar: ¿Qué pasa entonces, si no es un proceso “limpio”? ¿Significa que no será “barrido” o que no perderá el Gobierno?

En ese supuesto negado, o en el caso de que los resultados sean muy ajustados para ambas opciones en cuanto al número de diputados, la oposición habrá incrementado su votación absoluta y obtendrá un número considerable de diputados, cosa que no es nada despreciable en el momento político que vivimos.

Los procesos políticos de derrotar a los regímenes autoritarios llevan años, no se definen en una determinada jornada electoral y si no se obtiene una mayoría calificada de la Asamblea, habrá que evaluar y preguntarse: ¿Qué hicimos mal o qué no hicimos?, para las rectificaciones correspondientes.

De la frase de Vargas Llosa, acerca de si el proceso no es limpio, surgen además dudas, concretamente sobre la probabilidad de un fraude; esa posibilidad la hemos negado para procesos anteriores en un artículo reciente; sin embargo, de surgir la duda en el proceso del 6D, es algo debemos corroborar o descartar de inmediato, porque esas dudas son más perjudiciales, incluso, que una derrota electoral.

De una derrota electoral es posible recuperarse, de la duda de un fraude, no; pues no solo debilita la autoestima, sino que nos condena de inmediato y de manera irremediable a una derrota permanente. ¿Cómo se sale de un enemigo, poderoso, con múltiples recursos, que es capaz de hacernos fraude, de arrebatarnos una victoria en las urnas y contra quien no podemos hacer nada? Eso no tiene salida. Por eso hay que descartar la conseja del fraude de inmediato y eso solo es posible con un caudal importante de votos, capaz de derrotar a ese enemigo poderoso y con recursos, porque lo pone a él en evidencia y lo debilita en sus bases.

Esa es una de las estrategias del Gobierno, –además de la de atemorizar– desarrollar la idea de que es capaz de hacernos fraude para estimular la abstención. Por eso hace eventos con el CNE; por eso sus candidatos adelantaron ilegalmente la campaña electoral; por eso el Gobierno realiza actos públicos de proselitismo electoral, porque cuenta con la impunidad y así estimula la idea de que el árbitro lo “favorecerá” incluso el día de las elecciones.

Frente a una amenaza de fraude, solo hay dos remedios; uno, tener testigos en todas las mesas y dos, obtener una victoria aplastante. Los testigos en todas las mesas es la única manera de impedir que se roben los votos de ausentes y fallecidos; con testigos en todas las mesas el fraude electrónico no es posible. Y una victoria aplastante no deja ninguna duda, debilita moralmente al oponente y nos va preparando el camino para una nueva victoria opositora, en alcaldías y gobernaciones próximamente y en la presidencia de la Republica, cuando se presente la primera ocasión.

Con o sin elecciones limpias, el chavismo-madurismo será barrido ,le podemos decir al amigo Vargas Llosa.

Poder, política, publicidad y pobreza

Iniciada de hecho y oficialmente la campaña electoral, cuatro temas se ponen en primer plano: Poder, política, publicidad y pobreza; cuatro temas espinosos, sobre todo porque en los sistemas democráticos —en países en desarrollo— se dan dos circunstancias, que en el pasado no eran tan relevantes. La primera es que los votos para llegar al poder están relacionados con la pobreza; y la segunda, porque en el mundo de la política contemporánea, llegar a las grandes masas, solo es posible con la publicidad.

En los países en desarrollo se piensa que la política la hacen aquellos que tienen dotes de “liderazgo”, es decir, que son carismáticos, donde carisma lo que significa es que son simpáticos o que de alguna forma le agradan al pueblo, le “llegan” al pueblo y entonces, quienes tienen estas cualidades o características —además del ansia o voluntad de poder de que hablaba Nietzsche— se hacen políticos y se dedican a esa actividad y la publicidad debe encargarse de “moldear” al candidato y su mensaje, para que ambos “lleguen”, preferiblemente juntos, a todos los votantes

Cosa bien complicada, eso de “moldear” un candidato, porque en verdad solo aquellos que expresan el sentir del pueblo en un determinado momento son los verdaderos políticos, los que deberían lograr los votos para representarlo; pero de eso —dicen ambos, políticos y publicistas— se encargan la publicidad y los medios con su poder de penetración en todos los sectores de la población.

Para algunos hacer política, se limita estrictamente a eso, a partir de un criterio publicitario y encontrar cual es el mensaje que más le va a llegar a la gente. Para este tipo de políticos, hacer política no es, como afirmamos, ser la expresión de las más profundas aspiraciones del pueblo y ver cómo, a través de las políticas públicas, se les va a conducir, a llevar hacia eso; para quienes así piensan, hacer política es solo conocer que es lo que está pensando el pueblo, ver como se les “llega” con la publicidad para lograr atraer el voto y hacerse con el poder.

Por eso la pobreza tiene una curiosa y peculiar paradoja en todo esto y es que entre los pobres es donde están la mayoría de los votos; pero es, a la vez, donde el porcentaje de abstención es el más alto, donde menos se vota. Por ello desde, el punto de vista electoral, la pobreza dejo de ser un importante y complejo tema de estudio, con algunas honrosas excepciones, para convertirse en algo sensiblero, de moda, en: ¿Cómo mover a esa población para que vayan a votar por mi o deje de votar?

Algunos piensan –y lo practican– que se logra comprándolos, dándoles prebendas, para lograr que vayan a votar por ellos. Por eso, para conquistar los votos en esta relación políticos y poder, políticos y publicidad, políticos y pobreza, suele entrar en juego otra palabra con P: populismo, que se puede ejercer por igual desde el ámbito de la política y de la publicidad, sin el menor escrúpulo

Esa política de la dadiva, claramente, es lo que ha venido practicando el actual Gobierno y de allí todas esas jornadas de populismo ramplón, con sus campañas de reparto de viviendas, automóviles, electrodomésticos, pocetas, comida, útiles escolares; repartir dinero y poner paños calientes, en vez de afrontar el fondo del problema social. Ahora —que se dificulta algo más esa política, por el descenso del ingreso petrolero— se disponen a utilizar algunos recursos (¡los que no destine a comprar armamento!) para incrementar sueldos, aguinaldos y pensiones e importar comida y distribuirla convenientemente, de acuerdo con el momento político, en fechas cercanas al proceso electoral del 6D, pensando que eso le arrojara dividendos electorales; pero como saben que no necesariamente los “captados” de esa manera van a votar por quien trató de comprar su voto, acudirán también y cada vez más, a la represión, la atemorización y violencia en contra de sus “enemigos”.

De manera que el Gobierno está frente a un tema clásico: el mantenimiento utilitario, clientelar, de la pobreza; no se trata de ver como superamos esa condición, ni de generar riqueza para que se detenga la creación de la masa de pobres y se revierta la tendencia. Se trata de mantenerla allí donde está, porque resulta “funcional” para la perspectiva de la preservación del poder.

Del lado de la oposición, no podemos caer en la tentación populista. En este caso, sin recursos para repartir, ni para una publicidad que lleve la “oferta electoral” al pueblo, no se puede caer en la tentación demagógica de repetir ofertas sin sentido.

Debemos, más bien, comenzar con lo que será la tarea del periodo de transición al que nos aproximamos, decirle y demostrarle al país que este Gobierno, estos dieciséis años, nos han empobrecido más, que el camino de la solución comienza por salir de este Gobierno oprobioso y manirroto, pero que el problema de la pobreza no se va a resolver, ni mucho menos, de manera inmediata y que en todo caso se buscara detener la caída y comenzar una ardua y larga ruta de ascenso.

Debemos aprovechar la campaña para trasmitir el mensaje de que buena parte de los próximos años se nos van a ir en restablecer el Estado, recuperar el camino de la justicia, reconstruir las instituciones, rescatarlas, eliminar la impunidad, despojar a la sociedad del miedo que le han sembrado, recuperar la economía y la productividad y, mientras tanto, habrá que tomar o seguir con medidas asistenciales. Se trata de enseñar que se procurara resolver los problemas urgentes e inmediatos, mientras el país toma el camino de la generación de riqueza para todos, de incrementar la producción y el empleo, de la prosperidad, se profundice la descentralización, se cree confianza para que las personas y empresas inviertan, generen empleo y esto sea lo que supere a la larga y de manera permanente y sostenible el problema del desempleo y la pobreza. El tema de fondo es, cómo decirlo, porque el cuándo ya es ahora.

Fraude Electrónico y Secreto del Voto

Hace poco analicé como la intimidación y el abuso de poder son los pivotes centrales de la estrategia gubernamental frente a las elecciones del 6D. La idea del fraude electrónico y lo de que el voto no es secreto, son dos factores que hay que desmentir pues constituyen tácticas favoritas del Gobierno, a la que algunos voceros de la oposición secundan muy bien y el CNE calla convenientemente.

Amenazas directas, rumores y abusos de la posición de poder en todo el país, son armas fundamentales del oficialismo para atemorizar, desalentar y propiciar la abstención opositora, sin hacer mucho énfasis en disminuir la propia. Pero no son sus únicas armas, desarrolla otras tácticas, que también cumplen su papel, por ejemplo:

1- El tema del fraude electrónico, que se maneja con rumores intensos acerca de todo tipo de triquiñuelas que el Gobierno hace y va a hacer y que las autoridades del CNE apenas desmienten tibiamente o callan: Manipulación de programas y maquinas de votación, cambio de resultados mediante artificios electrónicos, alteración de trasmisiones de los resultados, etc. Todos estos rumores y consejas sobre “fraudes electrónicos” son además secundadas por votantes y voceros de oposición, que se hacen eco de los mismos e ingenuamente son víctimas de los “laboratorios de guerra sucia” del Gobierno.

Hay que decir con todo énfasis: nadie-ha-podido-probar-el-fraude-electrónico, por más conjeturas y vueltas que se le ha dado a los resultados electorales. Digámoslo más claramente: hasta el momento no ha sido necesario un fraude, los votos han estado allí y han sido contados y en todas las ocasiones favorecieron a los que fueron declarados ganadores, sean del Gobierno o sean de la oposición, sean referendos revocatorios o constitucionales.

Otra cosa son los abusos del oficialismo al utilizar los recursos del Estado para hacer propaganda o movilizar votantes; al mover la hora de cierre de los centros electorales y mover votantes hacia los centros en horas nocturnas; al crear centros electorales en zonas que le son favorables y cerrar, dividir o mover otros en zonas que le son adversas; al mover votantes de unos circuitos a otros, sea para que sus votos se perdieran o para facilitar la votación de sus candidatos; al modificar la conformación de circuitos electorales para que se “pierdan” votos opositores; al cedular de manera “alegre” y sin el debido control a ciudadanos que presumiblemente le favorecerían con sus votos; al intimidar votantes con “bandas de motorizados” o “puntos rojos” de sus partidarios en zonas cercanas y no permitidas por las normas electorales; al impedir que testigos de la oposición ocuparan sus lugares en mesas electorales y centros electorales; al no dotar de credenciales a los testigos de la oposición, por parte del CNE; al inhabilitar candidatos de oposición, e incluso obligarlos a exilarse o encarcelarlos; al impedir una observación nacional e internacional imparcial y objetiva; y un largo etcétera de nunca terminar, para impedir o socavar el voto opositor.

Esos abusos en los elementos de carácter, llamémoslos más estrictamente electorales, se combinan y desarrollan en paralelo al uso y abuso de los recursos del Estado para la campaña de los candidatos del Gobierno, quienes aparecen, por ejemplo, con una profusión de costosas vallas y cuñas radiales en algunos circuitos –que además son ilegales, pues la campaña electoral no ha comenzado– o en campaña abierta y pública en distritos del país bajo estado de excepción, en donde a los candidatos opositores no se les permite hacer campaña, ni siquiera reunir a sus electores.

Todo lo anterior configura un cuadro de abuso y ventajismo por parte del Gobierno y sus candidatos y muchos podrán decir que se trata incluso de un verdadero “fraude” a las leyes electorales, y sin duda lo es, pero nada indica que se haya hecho un fraude electrónico para alterar el resultado de los comicios o la voluntad del elector depositada en las urnas. La triste realidad es que, a pesar de todos los abusos, no se puede culpar al Gobierno de que la oposición no logre poner testigos en todas las mesas del país para defender sus votos o no logre una votación mayor.

Por poner un caso concreto, Henrique Capriles obtuvo 1,5% menos votos que Nicolás Maduro en las pasadas elecciones, es decir, unos 300 mil votos menos; sin embargo, en esa elección se abstuvieron más del 20% de los electores, más de 3,5 millones de votantes; la mitad de esos tres millones y medio de votantes, que estadísticamente pudieron haber votado por la oposición, estaban fuera del país y por lo tanto no podían votar, o estaban en sus casas disfrutando de una parrilla dominguera, o en la playa, o no fueron a votar por la razón que sea, pero en todo caso, sus votos no fueron contados y pudieron haber sido la diferencia en esa elección para que ganara Capriles.

El mito del “cambio electrónico” de la voluntad del elector, producido en las maquinas de votación, es algo que no se ha podido probar nunca. Si hay algo que ha sido auditado por los técnicos de la oposición y los observadores nacionales e internacionales, son los programas de votación, encriptación y totalización del voto emitido por el elector y estos programas –y que no hayan sido alterados–, son chequeados antes de poner en funcionamiento cada maquina el día de la elección.

Que se sepa, salvo algunas excepciones públicamente conocidas, (la de Aristóbulo Isturiz y Tarek William Saab, –y vaya Ud. a saber si eso no fue un “truco” interesado por parte del oficialismo– que en una elección votaron dos veces, de manera ilegal, porque dijeron que su voto había sido diferente al que apareció en el comprobante que emite la maquina), no se han comprobado casos en que la maquina haya registrado una cosa diferente a la que marco el elector; y si cada votante verifica que su voto es correcto, porque le interesa hacerlo y lo hace, ¿Por que la suma de todos esos votos y comprobantes habría de ser diferente? Lo anterior, además, ha sido comprobado hasta la saciedad en todas las auditorías que se han hecho de las papeletas que están en las cajas de comprobantes, con respecto al llamado “chorizo”, con todos los votos, que emite la maquina.

La posibilidad de que se transmita antes del cierre de la votación o de que durante la transmisión se cambien los votos, también es refutable; primero, porque las maquinas no están conectadas durante el día, cosa muy fácil de verificar; solo se conectan en la noche para transmitir resultados y eso lo puede comprobar cualquier testigo de mesa u observador que este allí durante el día. Además, es muy fácil chequear que lo que sale de la maquina, que todo testigo electoral y observador puede ver, es lo mismo que llega al CNE; para eso están las actas de cada mesa, que se pueden verificar y que cada organización política debería tener. Otra cosa es que se tengan todas esas actas para comprobarlo y ese si es un problema, pero político, no electrónico: lograr tener testigos en todas las mesas para recoger esas actas y evitar cualquier distorsión de resultados.

2- Lo de que el voto no es secreto es el otro factor que se ha convertido en mito, propagado por el Gobierno, secundado lastimosamente por la oposición y no aclarado debidamente por el CNE. El Gobierno se ha encargado, en repetidas veces, desde Hugo Chávez Frías hasta hoy, de decirle al pueblo: “yo sé como votas”; por tanto, no votes contra mi o te quitare los efímeros beneficios y prebendas que te doy; y con ello le dice lo mismo a los opositores, para desmotivarlos y estimular el mito del fraude y la abstención opositora, frente a un hecho que se consideraría inevitable, la supuesta “victoria” del Gobierno.

La capta huella y la máquina de votación no están conectadas entre sí por ninguna vía, alámbrica o inalámbrica, y eso ha sido verificado. Por otro lado, la máquina de votación no identifica el elector, solo cuenta votos y los guarda, encriptados y al azar, mediante un programa que es debidamente revisado y auditado por técnicos de la oposición y observadores nacionales, de modo que no hay identificación posible entre el voto, el nombre, el numero de cedula de identidad o la huella del elector. Por eso, hay que decirle claramente al elector: no-hay-manera-de-que-se sepa-tu voto; salvo que tu lo digas o alguien te acompañe mientras estás en frente de la máquina de votación, votando.

Sobre este punto el CNE no ha insistido y no insistirá, por razones obvias. Corresponde al sector opositor iniciar una campaña intensa sobre el tema del secreto del voto; pero no basta con decir que eso está en la ley o repetirlo como si se tratara de una marca de jabón de la que se afirma que “es el mejor”, es necesario enfatizarlo y demostrarlo y los argumentos sobran para comprobarlo

El problema del “fraude” electoral en Venezuela, como ya hemos visto, es de carácter político y no electrónico, está en intimidar o conculcar la voluntad electoral durante la campaña y en la falta de control y testigos opositores en todas las mesas el día de la elección. Si los votos están en las urnas, se cuentan y no hay manera de cambiar la voluntad del pueblo venezolano; en resumen, sin miedo a los mitos, hay que votar masivamente por la oposición el 6D.