La Venezuela que Merecemos

Esta no es la Venezuela que merecemos. No es la que forjaron generaciones de Venezolanos desde hace siglos; la que nuestros padres y abuelos construyeron para nosotros y la que nosotros queremos dejarle a nuestros hijos y nietos.

Todos los venezolanos tenemos el derecho a pensar, a aspirar, a soñar, con una Venezuela distinta, que en nada se parece a esta ruinosa caricatura de país que ha ido dejando tras su paso por el Gobierno el grupo de personas que hoy, en realidad, nos desgobierna.

El venezolano común y corriente aspira y sueña con cosas muy simples. El sueño del venezolano es levantarse cada mañana y espantar la modorra del descanso con una ducha caliente, lo que significa que en su casa tiene agua y tiene luz. Sueña con desayunar una arepa, de carne desmechada, con un café con leche, porque tiene también harina de maíz, carne, café y leche. Salir de su casa para el trabajo, pues tiene un trabajo decente, que le permite mantener y alimentar adecuadamente a su familia, comprar los uniformes y los útiles escolares para sus hijos, pues por supuesto hay uniformes y útiles escolares que comprar y tienen una escuela o un liceo en donde educarse. Aspira también a que en su casa tengan detergente con que lavar ropa y productos para limpiar el hogar y para el aseo personal de todos y alimentos con que preparar la comida para él y sus hijos cuando regresen a la casa, sanos y salvos.

Sus muchachos también sueñan; sueñan con a ir a un parque, a un campo deportivo o simplemente a la esquina a encontrarse con sus amigos y que nadie los vaya a asaltar para quitarles un par de zapatos o el teléfono celular.

El venezolano común sueña con unas vacaciones familiares, ese paseo a la playa, a los Andes o a los Llanos, que tanto han planificado en familia, porque hay las facilidades para hacerlo y puede ahorrar para ello, sin que eso le desequilibre el presupuesto para el resto del año, pues el trabajo, duro, que desempeña todos los días lo remunera suficientemente para pasarse unos días de vacaciones con su familia. Pero su mejor sueño es que mientras los muchachos ven televisión o navegan por internet, él y su esposa pueden salir, al cine tal vez, o simplemente a dar un paseo en la noche fresca, por calles bien alumbradas, sin temor de que nadie los asalte o se les vaya a meter en la casa mientras ellos no están.

Esos son los sueños, las aspiraciones del venezolano. Simples, sencillas, para nada estrambóticas, no sueña con ser millonario. ¿Son sueños imposibles? Muchos dirán que sí, que estamos hablando de una Venezuela que no existe. Pero no, definitivamente no, pues todos los adultos de este país, que tengamos más de 30 años de edad, conocimos una Venezuela así. Donde todas estas cosas se podían hacer, con limitaciones, es verdad, con cierta inseguridad también, pero nunca con las limitaciones, la escasez y la inseguridad de ahora.

No es cierto eso de que “los pueblos tienen el Gobierno que se merecen”, pero tampoco es cierto que “el pueblo nunca se equivoca”. Ningún pueblo merece la serie de desgracias y tormentos en que está sumido el país y no cabe duda que nos equivocamos todos estos años eligiendo a los dos últimos presidentes que hemos tenido y a los gobernantes que ahora tenemos.

Menos cierto es que está situación no tenga remedio, que sea un “castigo divino” por algo que hicimos, una especie de maldición telúrica o enfermedad incurable. El próximo 6-D el pueblo venezolano tiene una nueva oportunidad para enmendar los errores cometidos en los procesos electorales de estos 16 años y comenzar a pasar la factura a los gobernantes actuales por los errores cometidos.

La Venezuela que merecemos —reitero— no es un sueño imposible, no es una mera utopía, los venezolanos la hemos conocido, sabemos que existió en los 40 años que discurrieron entre 1958 y 1998, con sus errores y equivocaciones, con procesos de corrupción, pero al menos existían autoridades a quien acudir en demanda de respuestas y algunos tribunales que impartían verdadera justicia. Tribunales que —sin hacer juicios de valor—enjuiciaron y sacaron del poder a un presidente, que encarcelaron altos funcionarios o que al menos en la prensa aparecían las denuncias de los casos de corrupción y los sospechosos de la misma, sin temor a que el medio fuera cerrado o el periodista perseguido.

Una Venezuela donde existió verdadero pleno empleo y no ese manejo “estadístico” del mismo que tenemos ahora. Donde creció un sector industrial que genero buenos empleos, se desarrollaron sindicatos —hoy casi desaparecidos— nos autoabastecíamos de la mayoría de los alimentos y hasta se exportaba café, arroz, cacao, algunos alimentos procesados y también se exportaba, además de petróleo, en mayor volumen que ahora, mineral de hierro, productos petroquímicos, acero, autopartes; se construyeron autopistas, el metro de Caracas, vías de penetración agrícola, represas y puentes, sobre el Lago de Maracaibo y cruzando el Orinoco, escuelas y liceos que se pueden nombrar y ver todavía hoy. Una Venezuela que construyó universidades que estuvieron entre las primeras de América Latina y en donde sus profesores no languidecen de mengua, pensando en irse a otro país.

Esa Venezuela, la de los sueños del venezolano común, existió y por eso hoy el venezolano puede y tiene derecho a soñar con ella, pues no se trata de una utopía, sino de un recuerdo de algo que tuvimos, de un potencial que está allí y solo requiere de ser reasumido a partir del voto del pueblo, que si tuvo el derecho a equivocarse y lo hizo, ahora tiene el derecho y la oportunidad de enmendar ese error.

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