La estrategia electoral oficialista

No estamos frente a nada nuevo, simplemente se afina la estrategia del Go-bierno de cara a las elecciones del 6D. Es la misma estrategia que desarrollaba Hugo Chávez Frías, en todas sus campañas, con una mezcla de soberbia y autosuficiencia: la intimidación del adversario. Solo que esta vez, los números y las encuestas no los favorecen, de allí que en el fondo se les nota un gran temor.

Esta estrategia es una “sabia” mezcla de los “laboratorios de guerra sucia” oficiales. El Gobierno adopta medidas de corte populista y efectista, se esparcen rumores que tenga signos de credibilidad, que se “recogen” en actos de campaña y oficiales, en los cuales se profieren todo tipo de amenazas al adversario y advertencias amedrentadoras a los seguidores dudosos o a los “indecisos”.

Veamos un desarrollo claro de esto, tomando como ejemplo lo ocurrido en los últimos días.

El Presidente de la República y algunos de los miembros de su gabinete, con posterioridad, anuncian medidas económicas. La más “efectista” de todas, el aumento del 30% del salario mínimo, a los maestros y otros empleados públi-cos, el incremento del “ticket de alimentación” y la regulación de los precios y ajustes en la tasa de ganancia de comercializadores e importadores. Todos sabemos, hasta el Gobierno, que la medida de incremento de sueldos es ape-nas un paliativo menor frente a la crisis que sufrimos los venezolanos; y la medida de ajustes de regulación de precios y regulación de los beneficios, sin otras medidas que propicien un incremento de la producción no harán más que incrementar la escasez, terminando de arruinar, de paso, a muchas pequeñas y medianas empresas que a duras penas sobreviven.

Simultáneamente se dejan correr rumores, como una pinza, para apretar por ambos lados. Por ejemplo, un supuesto “alzamiento” militar en Carabobo de algunos oficiales que desconocen una cierta “orden” de arremeter y reprimir al pueblo el 6D. Es el clásico rumor que nadie puede verificar nunca, pero que siembra temor en unos y falsas esperanzas en otros, que se desmoronan cuando se descubre la verdad –o la falsedad– del rumor. Igualmente se corre el rumor de la “grave enfermedad” de algún alto funcionario, en este caso la Presidenta del CNE, que debe ser internada en un hospital, incluso en el exterior del país. Se agudizan los temores en algunos de una posible suspensión del proceso electoral –conveniente globo de ensayo para el Gobierno– o se estimula la imaginación de otros que ya “ven” disputas internas para remplazar el cargo.

Para “recoger” los rumores, el Presidente, en una fecha que no tiene que ver con nada, aparece en una especie de desfile o acto militar “juramentando” comandos que deben proteger “aéreas de defensa integral” del país, amenazando y reafirmando así su absoluto control y dominio del tema militar. A los pocos días, en otro acto público, que luego es transmitido en cadena nacional, aparece en el CNE, con su Presidenta, muy sonreída está, dando un mensaje doble al país: que nada grave está ocurriendo con la alta funcionaria y que el CNE y el Ejecutivo siguen actuando, como siempre, al unísono.

Mientras discurren estos acontecimientos, se van desarrollando otros que no son nada simbólicos, sino muy concretos en el contenido de sus amenazas. La televisora del Estado y los programas de televisión afectos al régimen, difunden sutiles o abiertas amenazas de lo que pasaría en el país de perder el Gobierno las elecciones del 6D. Así en el canal oficial aparecen propagandas en las que se ven grupos de motorizados, en sus “caballos de hierro”, anunciando lo “bastantes” que ellos son o pueden ser y lo dispuestos que están a movilizar votantes el 6D, “como sea”. También se pueden ver en los programas afectos al Gobierno, en televisoras privadas, algunos personajes a los que tratan de revestir de autoridad académica o “científica”, explicando las estrategias de intimidación que utiliza ¡la oposición! o como en encuestas que solo ellos manejan se demuestra la inevitable derrota de la oposición y la nueva y aplastante victoria del Gobierno.

Por su parte, el Presidente emite mensajes, que son obviamente retransmiti-dos por cadena nacional, en supuestos “noticieros de paz” y que no son más que mensajes con violencia, insultos y amenazas a todos aquellos que difieran del pensamiento oficial. De diversas maneras se repite el mensaje de que un triunfo opositor será evitado “como sea”, porque “la derecha… –y todos los que se oponen al régimen, lo son– no se está preparando para unas elecciones sino para un golpe”, motivo suficiente para que la “revolución” se declare en emergencia anti golpista y advertía nuevamente que en el oficialismo están “resteados para garantizar la victoria como sea”. El Presidente no escatima en mensajes de intimidación, ¿Cómo puede ser interpretada sino lo de lograr una “victoria como sea”, proviniendo de tan alta figura oficial, que además dispone de las armas de la nación? Todos esos mensajes no son más que una variedad de aquellos “rodilla en tierra”, “los volveremos polvo cósmico” o “revolución pacífica, pero armada” de Hugo Chávez Frías.

En su intervención en el CNE, el Presidente deja anunciada una nueva “jugada”, un “acto de masas”: el documento firmado por el PSUV y el Gobierno, en presencia del CNE, será supuestamente expuesto en plazas públicas, para que “el pueblo también lo firme”. Ocurrirá, ya sabemos, lo mismo que ocurrió con las firmas que se recogieron contra el Presidente de los Estados Unidos: nadie las verá, nadie vera tampoco “largas colas” de firmantes en ninguna plaza –las únicas largas colas que seguiremos viendo serán las de los venezolanos en búsqueda infructuosa de comida–, pero al final, como por obra de magia, aparecerán millones de firmas “respaldando” ese documento.

Pero las medidas “económicas” adoptadas por el Gobierno, no nos engañemos, tendrán algunos efectos en la población favorables al Gobierno, porque qué duda cabe que un incremento salarial por efímero y volátil que sea y una regulación de precios que no tendrá ningún impacto real, para los venezolanos empobrecidos significara un cierto alivio ante el inmenso incremento de la inflación. De nada servirán, en el mediano y largo plazo, pues en poco tiempo serán absorbidas por la carestía de todo, pero mientras tanto van jugando su papel de sembrar dudas y una cierta esperanza.

Todas esto que está ocurriendo –las “medidas económicas”, las cadenas de rumores, las amenazas e intimidaciones, los “actos de masas” engañosos– tienen un doble fin; por una parte, huir hacia adelante y advertir a los propios, y entre ellos a los más radicales, que el Gobierno tiene el “control y dominio” de la situación, por lo que el triunfo está asegurado; por el otro lado, intimidar a los opositores e indecisos para que se desmoralicen y se “abstengan” de participar en el proceso electoral.

Como se puede ver, no es una estrategia simple, está bien armada y orquestada y ha sido eficiente en el pasado (ojalá el Gobierno fuera tan diligente y hábil para arreglar los problemas del país, pues recursos no le han faltado), ¿Qué tan eficiente vaya a ser la estrategia ahora?, está por verse y al tenor de las encuestas y la rabia popular que se manifiesta en las “sabrosas colas” de la Ministra J. Farías, parece que esta vez no será tan efectiva. Pero en mucho dependerá de lo que haga la oposición.

Esta estrategia y sus tácticas requieren de ser políticamente explicadas al pueblo por parte del sector opositor, para contrarrestar sus efectos y que sean debidamente comprendidos como actos desesperados de un régimen que, al no estar ya en capacidad de movilizar, recurre a la ficción. Contando el Gobierno con todos los medios de comunicación, unos por temor y otros porque los posee, ¿Quién, sino es la oposición, puede hacer el esfuerzo y el trabajo político de explicar y desenmascarar públicamente la estrategia oficialista?

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Facciones y Fracciones del PSUV

Cuando un movimiento político nace y crece a la sombra de un caudillo, de un líder fuerte, se va diluyendo poco a poco cuando desaparece el caudillo. Es el fin inexorable de los movimientos levantados a la sombre de un fuerte personalismo, como el de Hugo Chávez Frías. El teniente coronel no permitió que ningún liderazgo se desarrollara a su alrededor. Todo lo que fue surgiendo lo fue defenestrando. A su muerte, solo alguien directamente designado por él podía sucederlo; pero la suerte del sucesor estaba cantada, tendría poco aliento. Y así ocurrió.

Nicolás Maduro, el actual Presidente de la República, “líder designado” del PSUV y la revolución bolivariana, a duras penas pudo sacar una ventaja de 1,5%, 300 mil votos, a Henrique Capriles en abril de 2013, dilapidando una diferencia de más del 10%, es decir más de millón y medio de votos, que había dejado Hugo Chávez Frías en octubre de 2012, ante el mismo contrincante.

El deterioro del liderazgo de Maduro no se detuvo allí, ha continuado y hoy así lo revelan todas las encuestas, llegando algunas de ellas a índices de popularidad realmente lamentables, cercanas a escaso 18%, el porcentaje más bajo de popularidad de cualquier Presidente en ejercicio a dos años de mandato.

Pero este fracaso no solo se mide en encuestas, se mide también en las largas colas de gente frente a farmacias y mercados, tratando infructuosamente de comprar medicinas y alimentos. Se mide en altísima inflación, que el propio Presidente reconoce cercana al 80%, como si fuera una gracia o una cifra aceptable. Se mide en el nivel de deterioro de la moneda, cuando se compara al dólar en fluctuación libre. Pero más importante, el deterioro del liderazgo del Gobierno y la Revolución Bolivariana se mide también en lo que ocurre internamente en su propio movimiento político.

El PSUV es un movimiento básicamente electoral, como lo fue el Peronismo en su mejor época, antes de dividirse en pedazos. El liderazgo chavista es un liderazgo vertical, decidido desde la más alta instancia, el propio Hugo Chávez Frías, quien designaba líderes y candidatos, sí estos “espontáneamente” no surgían conforme a sus deseos. El liderazgo actual del PSUV es “designado”, no es producto de “arreglos” internos, de facciones ideológicas o intereses particulares en pugna por espacios, entre grupos de diferente pensamiento. Lo cual no significa que no haya diferencias e intereses en pugna.

Es más, saltan a la vista, por lo menos cuatro fracciones distintas, perfectamente diferenciables y que soterradamente luchan por el control del movimiento, porque saben que su control significa el control del Gobierno y esto arroja prebendas a las que nadie está dispuesto a renunciar.

Sin pretender hacer un análisis muy profundo de ninguna de ellas, apenas una somera descripción, tenemos una fracción Madurista-Cilista, seguidora de aquel ya lejano y difuminado legado que dejo Chávez cuando designó su sucesor. Es la fracción respaldada por Cuba y que lleva el peso del legado teórico, si hay alguno, de la revolución bolivariana. Esta fracción controla el Gobierno y sus recursos, una parte de los diputados de la Asamblea Nacional y buena parte del Estado, con la excepción de un buen número de alcaldías y gobernaciones; sin embargo, es la fracción que concita todo el rechazo popular que hoy día tiene el socialismo bolivariano.

Tenemos una fracción Militarista, liderada por el actual Presidente de la Asamblea Nacional, de escasa solidez ideológica, de formación más bien pragmática y militarista, cuya única finalidad es mantenerse en el poder, por lo que éste y sus recursos representan. Es la fracción que probablemente tenga menos seguidores, de aquellos que pudiera decirse que tienen un “ideal revolucionario” que mantener.

Hay una fracción “radical”, supuestamente revolucionaria, mas por su resentimiento social que por su basamento ideológico; es probable que sea la fracción con mayor sustento popular, lo cual no quiere decir que sus aspiraciones, metas y propósitos sean populares, desde un punto de vista general, de país. Es también la más numerosa, desde el punto de vista de militancia del PSUV y de movilización de calle, razón por la cual todas las demás le tienen que hacer el juego y desarrollar un discurso que la calme y la contenga.

Y hay por último, una fracción “ideológica”, no homogénea, conformada por varios grupos, para quienes la idea de un socialismo decimonónico y atrasado tiene todavía algún significado. Como todo grupo ideológico, es probablemente el menos numeroso y el de menor influencia real, pero son los más activos en redes, en prensa, en medios de comunicación, levantando alguna bandera ideológica detrás de la cual los otros grupos se amparan, aunque no compartan.

Esas, y probablemente otras menores, son las fracciones internas, las que cualquier observador ve a simple vista, las ligadas al PSUV y al desarrollo del Gobierno.

Pero hay una más. Una periferia, alrededor del movimiento político y del Gobierno, que no tiene ninguna ideología ni “ideal revolucionario”, que está allí simplemente por los buenos negocios que se desprenden de la actividad gubernamental, del desorden cambiario, del enorme negociado que se puede hacer de obras públicas sin licitación, compras gubernamentales, importaciones mil millonarias y negocios petroleros.

Esta amalgama de facciones y fracciones es la que está alrededor del actual Gobierno, la que lo empantana, le da pies de barro y que impactará, sin duda, los resultados del 6D en los que la oposición, si sabe mover bien sus piezas, tiene una gran oportunidad.

Facciones y Fracciones del PSUV

Cuando un movimiento político nace y crece a la sombra de un caudillo, de un líder fuerte, se va diluyendo poco a poco cuando desaparece el caudillo. Es el fin inexorable de los movimientos levantados a la sombre de un fuerte personalismo, como el de Hugo Chávez Frías. El teniente coronel no permitió que ningún liderazgo se desarrollara a su alrededor. Todo lo que fue surgiendo lo fue defenestrando. A su muerte, solo alguien directamente designado por él podía sucederlo; pero la suerte del sucesor estaba cantada, tendría poco aliento. Y así ocurrió.

Nicolás Maduro, el actual Presidente de la República, “líder designado” del PSUV y la revolución bolivariana, a duras penas pudo sacar una ventaja de 1,5%, 300 mil votos, a Henrique Capriles en abril de 2013, dilapidando una diferencia de más del 10%, es decir más de millón y medio de votos, que había dejado Hugo Chávez Frías en octubre de 2012, ante el mismo contrincante.

El deterioro del liderazgo de Maduro no se detuvo allí, ha continuado y hoy así lo revelan todas las encuestas, llegando algunas de ellas a índices de popularidad realmente lamentables, cercanas a escaso 18%, el porcentaje más bajo de popularidad de cualquier Presidente en ejercicio a dos años de mandato.

Pero este fracaso no solo se mide en encuestas, se mide también en las largas colas de gente frente a farmacias y mercados, tratando infructuosamente de comprar medicinas y alimentos. Se mide en altísima inflación, que el propio Presidente reconoce cercana al 80%, como si fuera una gracia o una cifra aceptable. Se mide en el nivel de deterioro de la moneda, cuando se compara al dólar en fluctuación libre. Pero más importante, el deterioro del liderazgo del Gobierno y la Revolución Bolivariana se mide también en lo que ocurre internamente en su propio movimiento político.

El PSUV es un movimiento básicamente electoral, como lo fue el Peronismo en su mejor época, antes de dividirse en pedazos. El liderazgo chavista es un liderazgo vertical, decidido desde la más alta instancia, el propio Hugo Chávez Frías, quien designaba líderes y candidatos, sí estos “espontáneamente” no surgían conforme a sus deseos. El liderazgo actual del PSUV es “designado”, no es producto de “arreglos” internos, de facciones ideológicas o intereses particulares en pugna por espacios, entre grupos de diferente pensamiento. Lo cual no significa que no haya diferencias e intereses en pugna.
Es más, saltan a la vista, por lo menos cuatro fracciones distintas, perfectamente diferenciables y que soterradamente luchan por el control del movimiento, porque saben que su control significa el control del Gobierno y esto arroja prebendas a las que nadie está dispuesto a renunciar.

Sin pretender hacer un análisis muy profundo de ninguna de ellas, apenas una somera descripción, tenemos una fracción Madurista-Cilista, seguidora de aquel ya lejano y difuminado legado que dejo Chávez cuando designó su sucesor. Es la fracción respaldada por Cuba y que lleva el peso del legado teórico, si hay alguno, de la revolución bolivariana. Esta fracción controla el Gobierno y sus recursos, una parte de los diputados de la Asamblea Nacional y buena parte del Estado, con la excepción de un buen número de alcaldías y gobernaciones; sin embargo, es la fracción que concita todo el rechazo popular que hoy día tiene el socialismo bolivariano.

Tenemos una fracción Militarista, liderada por el actual Presidente de la Asamblea Nacional, de escasa solidez ideológica, de formación más bien pragmática y militarista, cuya única finalidad es mantenerse en el poder, por lo que éste y sus recursos representan. Es la fracción que probablemente tenga menos seguidores, de aquellos que pudiera decirse que tienen un “ideal revolucionario” que mantener.

Hay una fracción “radical”, supuestamente revolucionaria, mas por su resentimiento social que por su basamento ideológico; es probable que sea la fracción con mayor sustento popular, lo cual no quiere decir que sus aspiraciones, metas y propósitos sean populares, desde un punto de vista general, de país. Es también la más numerosa, desde el punto de vista de militancia del PSUV y de movilización de calle, razón por la cual todas las demás le tienen que hacer el juego y desarrollar un discurso que la calme y la contenga.

Y hay por último, una fracción “ideológica”, no homogénea, conformada por varios grupos, para quienes la idea de un socialismo decimonónico y atrasado tiene todavía algún significado. Como todo grupo ideológico, es probablemente el menos numeroso y el de menor influencia real, pero son los más activos en redes, en prensa, en medios de comunicación, levantando alguna bandera ideológica detrás de la cual los otros grupos se amparan, aunque no compartan.

Esas, y probablemente otras menores, son las fracciones internas, las que cualquier observador ve a simple vista, las ligadas al PSUV y al desarrollo del Gobierno.

Pero hay una más. Una periferia, alrededor del movimiento político y del Gobierno, que no tiene ninguna ideología ni “ideal revolucionario”, que está allí simplemente por los buenos negocios que se desprenden de la actividad gubernamental, del desorden cambiario, del enorme negociado que se puede hacer de obras públicas sin licitación, compras gubernamentales, importaciones mil millonarias y negocios petroleros.
Esta amalgama de facciones y fracciones es la que está alrededor del actual Gobierno, la que lo empantana, le da pies de barro y que impactará, sin duda, los resultados del 6D en los que la oposición, si sabe mover bien sus piezas, tiene una gran oportunidad.

En tan solo doscientos años

En la búsqueda de alternativas al fallido y fracasado socialismo del siglo XXI, no es muy lejos donde tenemos que buscar. El único modelo histórico, preciso, que ha sido exitoso en desarrollar riqueza y sacar de la pobreza a millones de seres humanos ha sido la economía de mercado, el capitalismo.

Hace varios años nos visitó Xavier Sala i Martin, economista catalán, catedrático de la Universidad de Columbia, en New York, Asesor Jefe (“Chief Advisor”) del World Economic Forum y asesor de algunos gobiernos africanos y de América Latina. Su conferencia en el Congreso de Conindustria, en el año 2009, me despertó la curiosidad de investigar un poco más sus ideas, a través de sus libros. De uno de ellos: Economía Liberal, para no economistas y no liberales (Edit. DeBolsillo, 6ta. Edic. España, 2010), son las ideas que hoy traigo, de manera libre, a la discusión, pues me parecieron interesantes para entender mejor el tan vilipendiado capitalismo.

Doscientos años no son nada en la historia de la humanidad, o son —si se quiere— un corto periodo de tiempo. Hace solo doscientos años Venezuela era un país extremadamente pobre, destruido por el terremoto de 1812 y asolada por los estragos de la guerra de independencia, mientras que Europa estaba poblada de reyes, príncipes y demás nobles, que eran, en esa época, los que podían disfrutar de la vida o simplemente: tener una vida que valiera la pena, que se pareciera algo a lo que hoy tenemos.

En efecto, lo que hace 200 años solo disfrutaban los reyes y príncipes de Europa, lo disfruta hoy la familia media y la inmensa mayoría de las familias venezolanas: comer más de una vez al día, tener una alimentación variada, cocinar con especias, tener más de una muda de ropa, lavarse con jabón y perfumarse, viajar, escuchar música, disfrutar de la pintura, el arte, leer libros y tener acceso a la educación más alta que la sociedad podía brindar.

Más aun, hoy cualquier familia de clase media, media baja o baja, tenemos en nuestras casas algunas comodidades que ni los reyes o príncipes podían soñar hace 200 años: agua corriente en los baños, neveras para conservar alimentos, luz al pulsar un botón (¡cosa difícil en la Venezuela de hoy!), comunicación instantánea con todo el planeta, medicinas para curar o calmar el dolor, viajar de un continente a otro en pocas horas, tv y computadoras, muchos libros, poder visitar restaurantes y disfrutar de comidas “exóticas”… y un sinfín de cosas más que sería largo de enumerar.

La familia promedio hace 200 años, en todo el mundo y no digamos en Venezuela, tenía una miserable vida de subsistencia, trabajando todo el día y todos los días, sin acceso a la buena alimentación, ni a la cultura, ni al arte, ni al descanso, con riesgo de morir y desaparecer en cualquier momento por causa de guerras, enfermedades o una variación importante del clima u otros fenómenos de la naturaleza.

Pero hoy, como vimos, —y haciendo abstracción de la situación concreta por la que atravesamos en Venezuela— casi cualquier familia disfruta de cosas que hace 200 años eran lujos que solo los reyes y los príncipes podían disfrutar. ¿Qué ha pasado en 200 años, para que todo esto sea así? ¿Cómo pudo transformarse la vida de millones de seres humanos en el corto periodo de 200 años? En pocas palabras, el desarrollo tecnológico en un sistema económico, el capitalismo de libre mercado, fue lo que permitió que en tan solo dos siglos se haya conseguido que la mayoría de aquel pobre país que era Venezuela, vivamos hoy en unas condiciones que los reyes y príncipes de antaño ni siquiera soñaban.

Gracias al vilipendiado también, “afán de lucro” de empresas y empresarios —que los llevó a invertir cantidades de dinero, en algunos casos verdaderas fortunas, para desarrollar tecnología y vender productos— ha sido posible que la vida de toda la humanidad cambie y que hoy una inmensa mayoría de seres humanos podamos disfrutar de condiciones de vida que en el siglo XVIII solo las elites disfrutaban.

Diremos, como Sala i Martin, que no vamos a dejar de reconocer injusticias, diferencias y desigualdades de riqueza y renta, que hace que algunos vivan mejor que otros. Tampoco podemos dejar de reconocer que hay que seguir trabajando intensamente por crear las condiciones y mecanismos que permitan que todos tengan, al menos, las mismas oportunidades, aun cuando los resultados vayan a depender de otros factores, como las diferencias individuales, por ejemplo. Pero no cabe duda que el desarrollo económico y social que permitió el sistema capitalista, a través del desarrollo de la economía de mercado, la aparición de la empresa privada y la defensa de la propiedad, es lo que ha permitido que el mundo viva mejor, que exista movilidad social, desarrollo individual de los ciudadanos que aun proviniendo de una familia pobre, puedan llegar a progresar con su esfuerzo y elevar su nivel y calidad de vida personal y el de su entorno; de igual modo, que quien proviniendo de una familia rica y no haga el esfuerzo, puede llegar a arruinarse hasta la indigencia.

Esto, que solo es posible dentro del sistema capitalista o de libre mercado, no ocurre con otros sistemas, el feudal o el comunista, por citar solo dos ejemplos históricos bien documentados. Y si no que lo digan los millones de chinos y vietnamitas, por poner dos casos recientes bien conocidos y estudiados.

Esta explicación, verdaderamente sencilla, de los resultados y ventajas del sistema capitalista por sobre cualquier otro sistema económico, se la debemos agradecer a Xavier Sala i Martin, el economista de la llamativa vestimenta.

La Venezuela que Merecemos

Esta no es la Venezuela que merecemos. No es la que forjaron generaciones de Venezolanos desde hace siglos; la que nuestros padres y abuelos construyeron para nosotros y la que nosotros queremos dejarle a nuestros hijos y nietos.

Todos los venezolanos tenemos el derecho a pensar, a aspirar, a soñar, con una Venezuela distinta, que en nada se parece a esta ruinosa caricatura de país que ha ido dejando tras su paso por el Gobierno el grupo de personas que hoy, en realidad, nos desgobierna.

El venezolano común y corriente aspira y sueña con cosas muy simples. El sueño del venezolano es levantarse cada mañana y espantar la modorra del descanso con una ducha caliente, lo que significa que en su casa tiene agua y tiene luz. Sueña con desayunar una arepa, de carne desmechada, con un café con leche, porque tiene también harina de maíz, carne, café y leche. Salir de su casa para el trabajo, pues tiene un trabajo decente, que le permite mantener y alimentar adecuadamente a su familia, comprar los uniformes y los útiles escolares para sus hijos, pues por supuesto hay uniformes y útiles escolares que comprar y tienen una escuela o un liceo en donde educarse. Aspira también a que en su casa tengan detergente con que lavar ropa y productos para limpiar el hogar y para el aseo personal de todos y alimentos con que preparar la comida para él y sus hijos cuando regresen a la casa, sanos y salvos.

Sus muchachos también sueñan; sueñan con a ir a un parque, a un campo deportivo o simplemente a la esquina a encontrarse con sus amigos y que nadie los vaya a asaltar para quitarles un par de zapatos o el teléfono celular.

El venezolano común sueña con unas vacaciones familiares, ese paseo a la playa, a los Andes o a los Llanos, que tanto han planificado en familia, porque hay las facilidades para hacerlo y puede ahorrar para ello, sin que eso le desequilibre el presupuesto para el resto del año, pues el trabajo, duro, que desempeña todos los días lo remunera suficientemente para pasarse unos días de vacaciones con su familia. Pero su mejor sueño es que mientras los muchachos ven televisión o navegan por internet, él y su esposa pueden salir, al cine tal vez, o simplemente a dar un paseo en la noche fresca, por calles bien alumbradas, sin temor de que nadie los asalte o se les vaya a meter en la casa mientras ellos no están.

Esos son los sueños, las aspiraciones del venezolano. Simples, sencillas, para nada estrambóticas, no sueña con ser millonario. ¿Son sueños imposibles? Muchos dirán que sí, que estamos hablando de una Venezuela que no existe. Pero no, definitivamente no, pues todos los adultos de este país, que tengamos más de 30 años de edad, conocimos una Venezuela así. Donde todas estas cosas se podían hacer, con limitaciones, es verdad, con cierta inseguridad también, pero nunca con las limitaciones, la escasez y la inseguridad de ahora.

No es cierto eso de que “los pueblos tienen el Gobierno que se merecen”, pero tampoco es cierto que “el pueblo nunca se equivoca”. Ningún pueblo merece la serie de desgracias y tormentos en que está sumido el país y no cabe duda que nos equivocamos todos estos años eligiendo a los dos últimos presidentes que hemos tenido y a los gobernantes que ahora tenemos.

Menos cierto es que está situación no tenga remedio, que sea un “castigo divino” por algo que hicimos, una especie de maldición telúrica o enfermedad incurable. El próximo 6-D el pueblo venezolano tiene una nueva oportunidad para enmendar los errores cometidos en los procesos electorales de estos 16 años y comenzar a pasar la factura a los gobernantes actuales por los errores cometidos.

La Venezuela que merecemos —reitero— no es un sueño imposible, no es una mera utopía, los venezolanos la hemos conocido, sabemos que existió en los 40 años que discurrieron entre 1958 y 1998, con sus errores y equivocaciones, con procesos de corrupción, pero al menos existían autoridades a quien acudir en demanda de respuestas y algunos tribunales que impartían verdadera justicia. Tribunales que —sin hacer juicios de valor—enjuiciaron y sacaron del poder a un presidente, que encarcelaron altos funcionarios o que al menos en la prensa aparecían las denuncias de los casos de corrupción y los sospechosos de la misma, sin temor a que el medio fuera cerrado o el periodista perseguido.

Una Venezuela donde existió verdadero pleno empleo y no ese manejo “estadístico” del mismo que tenemos ahora. Donde creció un sector industrial que genero buenos empleos, se desarrollaron sindicatos —hoy casi desaparecidos— nos autoabastecíamos de la mayoría de los alimentos y hasta se exportaba café, arroz, cacao, algunos alimentos procesados y también se exportaba, además de petróleo, en mayor volumen que ahora, mineral de hierro, productos petroquímicos, acero, autopartes; se construyeron autopistas, el metro de Caracas, vías de penetración agrícola, represas y puentes, sobre el Lago de Maracaibo y cruzando el Orinoco, escuelas y liceos que se pueden nombrar y ver todavía hoy. Una Venezuela que construyó universidades que estuvieron entre las primeras de América Latina y en donde sus profesores no languidecen de mengua, pensando en irse a otro país.

Esa Venezuela, la de los sueños del venezolano común, existió y por eso hoy el venezolano puede y tiene derecho a soñar con ella, pues no se trata de una utopía, sino de un recuerdo de algo que tuvimos, de un potencial que está allí y solo requiere de ser reasumido a partir del voto del pueblo, que si tuvo el derecho a equivocarse y lo hizo, ahora tiene el derecho y la oportunidad de enmendar ese error.

Organizando al Ciudadano.

Hemos hablado de una nueva forma de organizar la actividad política del ciudadano, preservándolo en su medio ambiente natural, en el que se desenvuelve día a día, donde vive, estudia o trabaja, etc. No veo, sin embargo, la cosa fácil en la práctica por más que —como siempre— la tengamos clara en teoría, en la cabeza.

Tengo una preocupación fundamental y es la falta de espíritu gregario, comunitario o social, o como lo queramos llamar. Nadie discute, por ejemplo el valor y la importancia de Internet como agente para la comunicación y la transformación de la vida social y económica. Sin embargo, sin estudios que sean aun concluyentes, parece que en Venezuela, al menos, cada vez estamos más disgregados. Lamentablemente, la red, Internet, que debió servir para unificarnos, al podernos comunicar mejor, más velozmente, al poder llegar a más personas, al rescatar la palabra escrita como medio de comunicación, parece que en muchos casos lejos de acercarnos nos aleja más. El individualismo persiste, solo que ahora está en red.

Pero, ya hemos dicho que los estudios no son concluyentes —en una u otra dirección, unirnos o disgregarnos — y en Venezuela son inexistentes. Lo que si podemos constatar es que ante la ausencia de otros medio de expresión (prensa, radio, TV) al alcance del ciudadano, sobretodo del que se opone al actual régimen político, no cabe duda que Internet o lo que llamamos “redes sociales”, se han convertido en una poderosa y casi única vía de dar a conocer ideas, propuestas o simplemente comunicarnos, para encontrar una vía de consenso político para salir de este caos en el que nos encontramos inmersos.

Cada vez me convenzo más que la solución a los problemas políticos no puede estar fuera de la política y eso significa aspirar e ir a la disputa por el poder. De lo que se trata —además de comunicarnos rápido y fluidamente— es de reconstruir los lazos primigenios, elementales, el pacto fundamental, pero de abajo hacia arriba; desde la comunidad más inmediata de cada quien, desde la preocupación más básica de cada uno, aquella que se puede compartir y que nos llevara a la larga a plantearnos el tema del poder de manera inevitable. La pregunta es, ¿Cuándo llegue ese momento, estará dispuesto el ciudadano común a aceptar esa responsabilidad?

Me explico, puedo estar tuiteando todo el día, enviando cientos de mensajes por correo electrónico, enviando fotos a través de Instagram o poniendo todo tipo de propuestas en blogs y páginas Web, pero al final me debo reunir cara a cara con los vecinos de mi cuadra, de mi calle, mi vecindario inmediato, en el que tenemos, por ejemplo, un problema de seguridad o de urbanismo, y llegar a la conclusión que las decisiones que se toman en la parroquia o en la alcaldía nos afectan, y lo hacen porque nuestros representantes ante el Consejo Comunal no responden a nuestros intereses como vecinos, sino a los suyos o los de su partido.

Eso debe llevarme a plantear el problema, eminentemente político, de participar en ese Consejo Comunal y competir por un cargo, proponiendo candidatos con quienes se establecería un acuerdo, sobre la base de un compromiso mutuo, entre ciudadanos libres; vale decir, libremente admitido, un contrato, el famoso contrato social de Locke, para llevarlo a los términos más simples.

Eso lo puedo llevar a una escala superior, con mis Vecinos de Santa Paula, por ejemplo, que nos reunimos en Asambleas y tenemos contactos con otras urbanizaciones; nos puede llevar a plantearnos el tener representantes vecinales en el Concejo Municipal y a la necesidad de plantearnos el mismo problema, pero a nivel Municipal… mismo esquema, mismo acuerdo básico… y así puedo subir en escala: la Alcaldía, la Gobernación, la Asamblea Legislativa, la Asamblea Nacional, etc. Lo anterior, por hablar solo de un ámbito, el lugar donde vivo.

Podemos llevarlo a otro plano, al gremio o Colegio Profesional en el que participo; la asociación de profesores; los Jueces de Paz del circuito al que pertenezco, los órganos del Poder Ciudadano, en fin, repetir el esquema, apoyar organizativamente, o creando ONG’s que quieren seguir esta ruta. O puedo pensar lo mismo en el lugar donde estudio, el liceo o colegio, la escuela y facultad a nivel universitario o de colegio universitario.

En fin, los ejemplos pueden seguir hasta el infinito, pero siempre dependiendo de un acuerdo básico, comenzar de abajo hacia arriba, establecer como principio que la gente no salga de su medio inmediato, donde vive, trabaja, estudia y que todo se recoge en ese acuerdo básico que debe ser respetado y hecho respetar por todos, aun cuando sean organizaciones políticas o los ciudadanos decidan incorporarse a ellas o constituirse en partidos. En conclusión, se trata de Ejercer Ciudadanía