Estado y Ciudadanos

He venido escribiendo sobre el papel de los partidos, su declive, alternativas y el papel de los ciudadanos. En todos estos temas ha estado implícito el del poder, pues hablamos de política, pero lo ha estado menos el del Estado y sobre el Estado es conveniente iniciar una discusión a fondo.

Pero antes quiero cerrar el tema de los partidos con un par de comentarios.

En mi artículo anterior (El declive de los partidos, Noticiero Digital, 12/09/2015) no podía dar la razón a quienes despotrican permanentemente de los partidos y de los políticos; no creo que estos últimos sean los culpables de todos los problemas que tenemos y pienso que quienes los pusimos allí, nos desentendimos y no les pedimos cuentas, por tanto somos responsables como ellos de la situación en la que se encuentran, partidos y políticos. Tampoco comparto con los que creen que los partidos son el mal necesario e inevitable, que no hay más remedio que aceptarlos como son y continuar con ellos, ni estoy dispuesto a caer en el chantaje de que para cambiarlos se debe ingresar en alguno de los que existen.

No, ninguno de los dos extremos; mi posición a ese respecto es clara: los partidos son imprescindibles, pues necesitamos organizaciones políticas que agrupen a la gente por sus ideas, por sus intereses, que lleven adelante los fines de los distintos grupos y que hagan que —en negociación del estado y la sociedad— se preserven los intereses de las distintas partes, ya que todas tienen derechos. Para ello es imprescindible que los partidos y sus líderes estén en contacto con lo que en algún momento se llamó sus “bases”, los sectores y grupos que pretenden representar. Pero, también en esto mi posición ha sido clara, los partidos que están ahora tienen que demostrar que pueden hacer eso. A algunos no quedará más remedio que rehacerlos, porque sobre sus cenizas no se podrá hacer mayor cosa, pero de que son imprescindibles, lo son.

Vayamos ahora al tema del Estado. Cada día le doy menos importancia al papel del Estado sobre la sociedad y en mi mundo ideal el Estado debería estar reducido a su más exacta y mínima expresión; pero tampoco puedo escapar a la idea de que hoy por hoy, ante tanta desigualdad e injusticia, necesitamos un Estado que sea fuerte en determinadas áreas (la administración de justicia por ejemplo, el mantenimiento de la ley y el control del orden, la defensa de los derechos ciudadanos, incluyendo los de propiedad, y probablemente la educación básica), pero que se retraiga por completo en otras. Esa es una discusión que está sobre el tapete, a raíz de lo ocurrido con el llamado “Consenso de Washington” y el fracaso de algunas de sus recetas en esta materia.

Ese fracaso enseñó que no se traspasan instituciones, hábitos de trabajo, pensamientos, principios, de la misma manera que se traspasan recursos financieros, económicos o de otro tipo. Hoy también sabemos que Estados débiles, en países pobres, lo que hacen es multiplicar sus problemas y se constituyen en una amenaza para todos. (ver Francis Fukuyama, La Construcción del Estado, SQN, 2004).

Claro que la solución tampoco es la que nos pretenden vender regímenes pro totalitarios y autoritarios como el venezolano: Estatizar todo y repartirlo como dadiva, como limosna entre los más pobres —y los “funcionarios” del Gobierno— disfrazado de “socialismo del siglo XXI”, con ideas, programas y políticas que comprobadamente han fracasado en los últimos 100 años.

Sí algo se ha demostrado en estos dieciséis años, es que para resolver los problemas de la pobreza no bastan los recursos, también es imprescindible la capacidad institucional del Estado y tenemos frente a nuestros ojos la prueba más evidente —con lo que está ocurriendo en PDVSA y el país en general— de que esto es así: Venezuela ha tenido en los últimos dieciséis años el ingreso petrolero más cuantioso en la historia del país, más del doble que en los cuarenta años anteriores y lo que ha logrado es incrementar la pobreza, el empleo precario, el desabastecimiento, la inflación.

En Venezuela, además de dar a fondo la discusión sobre el “socialismo” y temas conexos para este Gobierno (desarrollo endógeno, comunas, cogestión, etc.) debemos profundizar una formula de Estado eficiente, sin que estorbe, que es volver a la idea de la descentralización.

En todo el mundo, desde de surgió el Estado moderno —hace más de cuatrocientos años— su capacidad para mantener el orden y las leyes, la seguridad de los ciudadanos y sobre todo los derechos de propiedad, fue lo que permitió el crecimiento de las sociedades modernas. Negar esto, es marchar a contrapelo de la historia. Pero es también hacerlo, no reconocer que el abuso de los poderes le permite también destruir a las sociedades, como vemos en la Venezuela de hoy. De allí la importancia de acometer a fondo la discusión acerca del papel del Estado en la Venezuela actual y del futuro inmediato.

La idea debe ser extremar la “federación” con un gran control ciudadano, que hoy no existe y que se debe construir. De esta forma, si no funciona en algunas partes, que al menos funcione en otras y no como hoy, que no funciona y no controla en ninguna. Donde queda algo de “la descentralización”, que fue una conquista fundamental de la sociedad civil desde hace más de 40 años, lo que tenemos —con honrosas y valiosas excepciones— son unos reyezuelos, que interpretan el poder a la pequeña escala de sus regiones, pero con la misma mentalidad “centralizadora” y “presidencialista”.

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