El declive de los partidos políticos.

El declive de los partidos políticos, su deterioro y la corrupción de la que muchos son acusados, es un proceso que se fue incubando por años. Derivado de manera inmediata de su actuación en la vida pública y el ejercicio del poder y gobierno desde su fundación, su pobre imagen de hoy en día en buena medida se debe a 30 años de predica indiscriminada contra ellos y los políticos. Esta predica, constante y demoledora, en mi opinión, se hace evidente en dos momentos específicos; el primero fue a partir de 1988, tras el triunfo de Carlos Andrés Pérez (CAP) y el segundo durante la segunda Presidencia de Rafael Caldera.

La crítica contra los partidos y los políticos, por parte de medios de comunicación social, personalidades públicas, actores sociales y hasta de los propios partidos y políticos, venía siendo sistemática y despiadada desde hace tiempo, pero el primer momento importante de este declive partidista debemos ubicarlo, como dije, en la segunda presidencia de CAP, quien desata tres fenómenos políticos, que afectaron de manera determinante el sustrato, la base, en la que se sustentaba le sistema de partidos en Venezuela:

1) a partir de 1989, CAP intentó dar un vuelco al sentido económico del país, abriéndolo a la economía mundial e insertándolo —de manera consciente y deliberada— en la corriente de la globalización, mediante una profunda reforma económica. Entre otras cosas se privatizaron importantes empresas públicas y como consecuencia, se redujo el poder político y económico de los funcionarios del Estado y consecuentemente de los partidos políticos.
2) Para ese intento modernizador, CAP, se rodeó de un Gabinete integrado fundamentalmente por jóvenes profesionales o “tecnócratas” y solo unos pocos miembros de su partido, Acción Democrática, de manera que el peso y el eje de las importantes decisiones de gobierno se desplazó de los partidos a otros actores de la sociedad civil.
3) Con la profundización de la descentralización administrativa y la elección directa de los Gobernadores —además de la de alcaldes, ya instituida— se regionalizó el liderazgo político y se creó la base para liderazgos regionales y locales, que retaron al poder nacional, base de los partidos hasta ese momento.

El país no estaba preparado políticamente para esta sacudida económica y administrativa de CAP; así lo demostraron, desde el mismo comienzo del Gobierno de CAP las revueltas populares de 1989, en protesta por la eliminación de algunos subsidios y —a partir de allí— la sorda resistencia de los grupos económicos que habían crecido a la sombra del Estado desde 1958, imbricados en la burocracia y empresas del Estado y que ahora veían reducida su influencia y entorpecido su acceso a los resortes del poder. Aunado a esto, el surgimiento de un liderazgo regional, fue sin duda un elemento decisivo en la explicación del declive de la influencia de los partidos.

En medio de este proceso irrumpió en la vida del país el Teniente Coronel, Hugo Chávez Frías, que fracasó en dos cruentos intentos de golpe de Estado en 1992, que sirvieron sin embargo para detener el proceso de reforma económica que empezaba a dar algunos resultados.

El desconcierto popular, la presión de sectores económicos y políticos conservadores, detuvo el intento modernizador económico de CAP y logró su enjuiciamiento y renuncia al poder, amparado en lo que para muchos fue un viciado proceso judicial.

El segundo momento o fenómeno político que termina de socavar la base de los partidos, ahora desde el punto de vista político, ideológico y social, fue el triunfo de Rafael Caldera, fundador del partido Social Cristiano COPEI, del cual ya se había alejado en 1988 cuando este partido no lo designó como su candidato presidencial por quinta vez. Caldera se alineó para las elecciones de 1993 con una coalición de partidos de derecha, centro e izquierda y engranó una maquinaria electoral y montado sobre la ola de crítica anti partidos, llegó a la Presidencia en ese proceso electoral, tras el cual:

1) desarrolló un Gobierno que mantuvo, en lo económico, y especialmente en la segunda mitad de su mandato, la mayoría de las reformas iniciadas por Pérez en 1989, pero sin profundizarlas ideológicamente, basando el ejercicio del poder en negociaciones con los partidos de oposición en el Congreso y sustentado por una precaria alianza; sin embargo
2) debilitó el intento de descentralización administrativa iniciada y profundizada en el periodo anterior de CAP, y
3) dio un golpe fundamental a los partidos tradicionales, al prescindir de ellos para constituir su Gobierno y apoyarse en otros, pero como meras maquinarias electorales y de alianzas parlamentarias.

Al abrigo de la frustración y desesperanza que creó el Gobierno de Caldera, que alentó todo tipo de expectativas populistas, anti partidos y de crítica al sistema político, se abrió paso la alternativa política del fracasado golpista Hugo Chávez Frías en 1998, al frente de una alianza electoral de izquierda y partidos populares, apoyado por muchos sectores medios y profesionales, muchos de ellos los mismos que por años criticaron fieramente a los partidos y a los políticos, otros frustrados por la falta de oportunidades y el deterioro de su sistema de vida que produjo la apertura de la economía iniciada en 1989 y con el apoyo de algunos grupos económicos que creyeron que también podrían controlar al Teniente Coronel, como habían controlado a los partidos políticos democráticos desde 1958.

Con relación a los partidos políticos y entre las cosas que los afectaron, sin duda fueron determinantes para sumirlos en la confusión en la que hoy están, algunas acciones de Chávez Frías que podemos resumir así:

1) las derrotas electorales, la primera sufrida en los comicios de 1998 y en los años subsiguientes;
2) la continuación de la prédica despiadada —en medios de comunicación, poderosamente alentada por el Presidente de la República— contra los partidos y contra los políticos;
3) el privarlos del financiamiento del estado que se les daba a través del CNE, excepto obviamente a los partidos que participan del Gobierno, que contaron con los recursos del Estado para actuar y crecer;
4) el retroceso del proceso de descentralización, que minó los liderazgos locales; y
5) el proceso de destrucción sistemática de las instituciones democráticas, donde los partidos fueron algunas de sus primeras víctimas.

Sin embargo, con relación a los partidos políticos, el régimen de Chávez no solo fue incapaz de proponer una organización alternativa —el PSUV es apenas un partido aluvional, de carácter electoral y clientelar— sino que afortunadamente no logró destruirlos completamente, gracias en parte al surgimiento de un actor inesperado, pero que fue decisivo en darle un segundo aire a los partidos y al sistema político democrático: el ciudadano y la sociedad civil, cuyo impacto hemos analizado en artículos anteriores. Solo esperamos que los partidos puedan recuperarse, sin caer en los vicios autoritarios y discriminatorios en los que siempre han caído, sobre todo en momentos electorales. No parece ser este el caso de esta última contienda, la del 6D, en donde han impuesto sus parciales, sin tomar en cuenta algunos liderazgos regionales importantes. Ojala que eso no tenga consecuencias que lamentar.

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