En tiempos de ignominia.

“En tiempos de ignominia, como ahora…” comienzan los versos de Goytisolo con los que el poeta se rebela en contra de los que le quieren arrebatar su patria.

Determinados hechos de la política cotidiana te sacan de cualquier línea de reflexión y te obligan moralmente a comentar determinados acontecimientos, más bien penosos y absurdos, como lo es el abuso del poder del Estado en contra de un ciudadano y exclamar la indignación y frustración que produce leer la carta de Conatel que se refiere a Cesar Miguel Rondón (CMR).

Hemos visto como en las emisoras del Estado —que en realidad son de todos y no del Gobierno… “como ahora”… — se insulta a venezolanos y se les acusa de cualquier falta o delito, sin que el locutor o el entrevistador exija que se “argumente las pruebas” de aquello que se está afirmando o haga alguna observación sobre las “graves ofensas” a esos venezolanos vilipendiados, usualmente opositores al régimen. Sin ir muy lejos se puede citar cualquier programa televisivo o radial de Mario Silva, o cualquiera de los programas “Con el mazo dando” del Presidente de la Asamblea Nacional.

¿Cuántas cartas ha enviado Conatel a dichos programas, del mismo tenor de la carta que le acaba de enviar a CMR? Por supuesto que ninguna, pues bien sabemos que Conatel actúa también —como otras instituciones u organismos—bajo mandato para someter a los medios de comunicación televisivos y radioeléctricos a los dictámenes del régimen.
Pero sí el hecho despierta indignación, algunos de los términos de la carta la exacerban.

Como es costumbre en las instituciones de un Gobierno autoritario —rayando ya en lo totalitario— la carta abunda en términos como “patria”, “fuerza armada”, “nación”, “concurso patriótico de todos”, “defensa de intereses nacionales”, en fin, todos los lugares o tópicos comunes de estos casos con los que ciertos grupos en el poder se refieren a sus “enemigos”.
Pero la carta sobre CMR da un paso más, sutil, aparentemente anodino, que probablemente habría pasado desapercibido, sino es porque el propio aludido lo resalta en su emotivo y valiente editorial de hoy: la carta es un prodigio en chauvinismo patriotero, que se le sale en una sola expresión, cuando se refiere a CMR como “el ciudadano mexicano-venezolano”.
Pudo haber sido colombiano-venezolano, o ítalo-venezolano, o portugués-venezolano, o español-venezolano, o cubano-venezolano, en fin, cualquiera que antepuesto a nuestro gentilicio, en la intención de Conatel, lo que pretende es descalificar o “desmejorar” al nuestro, como si anteponiendo otro gentilicio al venezolano se quitaran cualidades el uno o al otro.

¿Es menos miserable y repulsiva la Carta de Conatel por el hecho de que CMR hubiera sido mejicano, colombiano, español, italiano, portugués, cubano o de cualquier otra nacionalidad o doble nacionalidad? No, en absoluto, solo a los ojos patrioteros y chauvinistas de la Comisión de Responsabilidad Social que la redactó se desmejora la cualidad de un ciudadano, por tener otra nacionalidad o tener doble nacionalidad.

La respuesta de CMR fue atinada y contundente: “Yo soy venezolano por nacimiento. Lo garantizan la Constitución Bolivariana de Venezuela y mi vida misma”.

Pero no solo eso, le decimos ahora a CMR; no solo lo garantiza la Constitución actual, también lo hacia la Constitución de 1961, que nos garantizaba ser venezolanos por nacimiento a los que no habiendo nacido aquí, aunque fuéramos de padres extranjeros, hubiéramos llegado al país antes de cumplir los 7 años, establecido nuestra residencia en Venezuela y declarado la voluntad de nacionalizarnos antes de cumplir los 18 años.

A pesar del chauvinismo sectario de los que nos mal gobiernan, nacidos o no nacidos en el país, todos somos venezolanos.

Estado y Ciudadanos

He venido escribiendo sobre el papel de los partidos, su declive, alternativas y el papel de los ciudadanos. En todos estos temas ha estado implícito el del poder, pues hablamos de política, pero lo ha estado menos el del Estado y sobre el Estado es conveniente iniciar una discusión a fondo.

Pero antes quiero cerrar el tema de los partidos con un par de comentarios.

En mi artículo anterior (El declive de los partidos, Noticiero Digital, 12/09/2015) no podía dar la razón a quienes despotrican permanentemente de los partidos y de los políticos; no creo que estos últimos sean los culpables de todos los problemas que tenemos y pienso que quienes los pusimos allí, nos desentendimos y no les pedimos cuentas, por tanto somos responsables como ellos de la situación en la que se encuentran, partidos y políticos. Tampoco comparto con los que creen que los partidos son el mal necesario e inevitable, que no hay más remedio que aceptarlos como son y continuar con ellos, ni estoy dispuesto a caer en el chantaje de que para cambiarlos se debe ingresar en alguno de los que existen.

No, ninguno de los dos extremos; mi posición a ese respecto es clara: los partidos son imprescindibles, pues necesitamos organizaciones políticas que agrupen a la gente por sus ideas, por sus intereses, que lleven adelante los fines de los distintos grupos y que hagan que —en negociación del estado y la sociedad— se preserven los intereses de las distintas partes, ya que todas tienen derechos. Para ello es imprescindible que los partidos y sus líderes estén en contacto con lo que en algún momento se llamó sus “bases”, los sectores y grupos que pretenden representar. Pero, también en esto mi posición ha sido clara, los partidos que están ahora tienen que demostrar que pueden hacer eso. A algunos no quedará más remedio que rehacerlos, porque sobre sus cenizas no se podrá hacer mayor cosa, pero de que son imprescindibles, lo son.

Vayamos ahora al tema del Estado. Cada día le doy menos importancia al papel del Estado sobre la sociedad y en mi mundo ideal el Estado debería estar reducido a su más exacta y mínima expresión; pero tampoco puedo escapar a la idea de que hoy por hoy, ante tanta desigualdad e injusticia, necesitamos un Estado que sea fuerte en determinadas áreas (la administración de justicia por ejemplo, el mantenimiento de la ley y el control del orden, la defensa de los derechos ciudadanos, incluyendo los de propiedad, y probablemente la educación básica), pero que se retraiga por completo en otras. Esa es una discusión que está sobre el tapete, a raíz de lo ocurrido con el llamado “Consenso de Washington” y el fracaso de algunas de sus recetas en esta materia.

Ese fracaso enseñó que no se traspasan instituciones, hábitos de trabajo, pensamientos, principios, de la misma manera que se traspasan recursos financieros, económicos o de otro tipo. Hoy también sabemos que Estados débiles, en países pobres, lo que hacen es multiplicar sus problemas y se constituyen en una amenaza para todos. (ver Francis Fukuyama, La Construcción del Estado, SQN, 2004).

Claro que la solución tampoco es la que nos pretenden vender regímenes pro totalitarios y autoritarios como el venezolano: Estatizar todo y repartirlo como dadiva, como limosna entre los más pobres —y los “funcionarios” del Gobierno— disfrazado de “socialismo del siglo XXI”, con ideas, programas y políticas que comprobadamente han fracasado en los últimos 100 años.

Sí algo se ha demostrado en estos dieciséis años, es que para resolver los problemas de la pobreza no bastan los recursos, también es imprescindible la capacidad institucional del Estado y tenemos frente a nuestros ojos la prueba más evidente —con lo que está ocurriendo en PDVSA y el país en general— de que esto es así: Venezuela ha tenido en los últimos dieciséis años el ingreso petrolero más cuantioso en la historia del país, más del doble que en los cuarenta años anteriores y lo que ha logrado es incrementar la pobreza, el empleo precario, el desabastecimiento, la inflación.

En Venezuela, además de dar a fondo la discusión sobre el “socialismo” y temas conexos para este Gobierno (desarrollo endógeno, comunas, cogestión, etc.) debemos profundizar una formula de Estado eficiente, sin que estorbe, que es volver a la idea de la descentralización.

En todo el mundo, desde de surgió el Estado moderno —hace más de cuatrocientos años— su capacidad para mantener el orden y las leyes, la seguridad de los ciudadanos y sobre todo los derechos de propiedad, fue lo que permitió el crecimiento de las sociedades modernas. Negar esto, es marchar a contrapelo de la historia. Pero es también hacerlo, no reconocer que el abuso de los poderes le permite también destruir a las sociedades, como vemos en la Venezuela de hoy. De allí la importancia de acometer a fondo la discusión acerca del papel del Estado en la Venezuela actual y del futuro inmediato.

La idea debe ser extremar la “federación” con un gran control ciudadano, que hoy no existe y que se debe construir. De esta forma, si no funciona en algunas partes, que al menos funcione en otras y no como hoy, que no funciona y no controla en ninguna. Donde queda algo de “la descentralización”, que fue una conquista fundamental de la sociedad civil desde hace más de 40 años, lo que tenemos —con honrosas y valiosas excepciones— son unos reyezuelos, que interpretan el poder a la pequeña escala de sus regiones, pero con la misma mentalidad “centralizadora” y “presidencialista”.

El declive de los partidos políticos.

El declive de los partidos políticos, su deterioro y la corrupción de la que muchos son acusados, es un proceso que se fue incubando por años. Derivado de manera inmediata de su actuación en la vida pública y el ejercicio del poder y gobierno desde su fundación, su pobre imagen de hoy en día en buena medida se debe a 30 años de predica indiscriminada contra ellos y los políticos. Esta predica, constante y demoledora, en mi opinión, se hace evidente en dos momentos específicos; el primero fue a partir de 1988, tras el triunfo de Carlos Andrés Pérez (CAP) y el segundo durante la segunda Presidencia de Rafael Caldera.

La crítica contra los partidos y los políticos, por parte de medios de comunicación social, personalidades públicas, actores sociales y hasta de los propios partidos y políticos, venía siendo sistemática y despiadada desde hace tiempo, pero el primer momento importante de este declive partidista debemos ubicarlo, como dije, en la segunda presidencia de CAP, quien desata tres fenómenos políticos, que afectaron de manera determinante el sustrato, la base, en la que se sustentaba le sistema de partidos en Venezuela:

1) a partir de 1989, CAP intentó dar un vuelco al sentido económico del país, abriéndolo a la economía mundial e insertándolo —de manera consciente y deliberada— en la corriente de la globalización, mediante una profunda reforma económica. Entre otras cosas se privatizaron importantes empresas públicas y como consecuencia, se redujo el poder político y económico de los funcionarios del Estado y consecuentemente de los partidos políticos.
2) Para ese intento modernizador, CAP, se rodeó de un Gabinete integrado fundamentalmente por jóvenes profesionales o “tecnócratas” y solo unos pocos miembros de su partido, Acción Democrática, de manera que el peso y el eje de las importantes decisiones de gobierno se desplazó de los partidos a otros actores de la sociedad civil.
3) Con la profundización de la descentralización administrativa y la elección directa de los Gobernadores —además de la de alcaldes, ya instituida— se regionalizó el liderazgo político y se creó la base para liderazgos regionales y locales, que retaron al poder nacional, base de los partidos hasta ese momento.

El país no estaba preparado políticamente para esta sacudida económica y administrativa de CAP; así lo demostraron, desde el mismo comienzo del Gobierno de CAP las revueltas populares de 1989, en protesta por la eliminación de algunos subsidios y —a partir de allí— la sorda resistencia de los grupos económicos que habían crecido a la sombra del Estado desde 1958, imbricados en la burocracia y empresas del Estado y que ahora veían reducida su influencia y entorpecido su acceso a los resortes del poder. Aunado a esto, el surgimiento de un liderazgo regional, fue sin duda un elemento decisivo en la explicación del declive de la influencia de los partidos.

En medio de este proceso irrumpió en la vida del país el Teniente Coronel, Hugo Chávez Frías, que fracasó en dos cruentos intentos de golpe de Estado en 1992, que sirvieron sin embargo para detener el proceso de reforma económica que empezaba a dar algunos resultados.

El desconcierto popular, la presión de sectores económicos y políticos conservadores, detuvo el intento modernizador económico de CAP y logró su enjuiciamiento y renuncia al poder, amparado en lo que para muchos fue un viciado proceso judicial.

El segundo momento o fenómeno político que termina de socavar la base de los partidos, ahora desde el punto de vista político, ideológico y social, fue el triunfo de Rafael Caldera, fundador del partido Social Cristiano COPEI, del cual ya se había alejado en 1988 cuando este partido no lo designó como su candidato presidencial por quinta vez. Caldera se alineó para las elecciones de 1993 con una coalición de partidos de derecha, centro e izquierda y engranó una maquinaria electoral y montado sobre la ola de crítica anti partidos, llegó a la Presidencia en ese proceso electoral, tras el cual:

1) desarrolló un Gobierno que mantuvo, en lo económico, y especialmente en la segunda mitad de su mandato, la mayoría de las reformas iniciadas por Pérez en 1989, pero sin profundizarlas ideológicamente, basando el ejercicio del poder en negociaciones con los partidos de oposición en el Congreso y sustentado por una precaria alianza; sin embargo
2) debilitó el intento de descentralización administrativa iniciada y profundizada en el periodo anterior de CAP, y
3) dio un golpe fundamental a los partidos tradicionales, al prescindir de ellos para constituir su Gobierno y apoyarse en otros, pero como meras maquinarias electorales y de alianzas parlamentarias.

Al abrigo de la frustración y desesperanza que creó el Gobierno de Caldera, que alentó todo tipo de expectativas populistas, anti partidos y de crítica al sistema político, se abrió paso la alternativa política del fracasado golpista Hugo Chávez Frías en 1998, al frente de una alianza electoral de izquierda y partidos populares, apoyado por muchos sectores medios y profesionales, muchos de ellos los mismos que por años criticaron fieramente a los partidos y a los políticos, otros frustrados por la falta de oportunidades y el deterioro de su sistema de vida que produjo la apertura de la economía iniciada en 1989 y con el apoyo de algunos grupos económicos que creyeron que también podrían controlar al Teniente Coronel, como habían controlado a los partidos políticos democráticos desde 1958.

Con relación a los partidos políticos y entre las cosas que los afectaron, sin duda fueron determinantes para sumirlos en la confusión en la que hoy están, algunas acciones de Chávez Frías que podemos resumir así:

1) las derrotas electorales, la primera sufrida en los comicios de 1998 y en los años subsiguientes;
2) la continuación de la prédica despiadada —en medios de comunicación, poderosamente alentada por el Presidente de la República— contra los partidos y contra los políticos;
3) el privarlos del financiamiento del estado que se les daba a través del CNE, excepto obviamente a los partidos que participan del Gobierno, que contaron con los recursos del Estado para actuar y crecer;
4) el retroceso del proceso de descentralización, que minó los liderazgos locales; y
5) el proceso de destrucción sistemática de las instituciones democráticas, donde los partidos fueron algunas de sus primeras víctimas.

Sin embargo, con relación a los partidos políticos, el régimen de Chávez no solo fue incapaz de proponer una organización alternativa —el PSUV es apenas un partido aluvional, de carácter electoral y clientelar— sino que afortunadamente no logró destruirlos completamente, gracias en parte al surgimiento de un actor inesperado, pero que fue decisivo en darle un segundo aire a los partidos y al sistema político democrático: el ciudadano y la sociedad civil, cuyo impacto hemos analizado en artículos anteriores. Solo esperamos que los partidos puedan recuperarse, sin caer en los vicios autoritarios y discriminatorios en los que siempre han caído, sobre todo en momentos electorales. No parece ser este el caso de esta última contienda, la del 6D, en donde han impuesto sus parciales, sin tomar en cuenta algunos liderazgos regionales importantes. Ojala que eso no tenga consecuencias que lamentar.

Partidos Políticos y Ciudadanos

Aunque no lo parezca, la campaña electoral se inicio y los protagonistas innegables son los partidos políticos; sin embargo, la sociedad civil, el ciudadano movilizado y activo en política, han sido protagonistas innegables durante los últimos 16 años en la resistencia al régimen chavista, de allí que sea indispensable continuar evaluando el papel de los partidos en la integración a la política de ciudadanos y sociedad civil.

Más allá de las dificultades comunicacionales y la carencia de medios libres para llevar un mensaje político opositor, para nadie es un secreto el desconcierto que vive la mayoría de los venezolanos de oposición, ante lo que consideran una falta de respuesta política inmediata y eficaz al acontecer diario por parte de los partidos, los políticos o sus organizaciones coordinadoras, ahora la MUD, antes la Coordinadora Democrática.

Si buscamos un referente en cuanto a cierta ruptura ciudadanos/partidos, aunque no sea la única causa, debemos remontarnos once años, al 16 de agosto de 2004, y reconocer que la mayoría de la oposición amaneció ese día pensando que fuimos víctimas de un fraude el día anterior, en el escrutinio del refrendo revocatorio, que sin duda fue el hito más importante hasta ese momento en la resistencia al régimen chavista. Independientemente de que lo del fraude fuera cierto o no —soy de los que piensa que no— lo que sí es cierto es que muchos votantes de la oposición sintieron un vacío de liderazgo y de poder desde la noche del 15 de agosto, del que todavía no nos hemos repuesto completamente.

Amanecimos el 16 de agosto y los días subsiguientes, azotados por una gran resaca y confrontando además una gran y dilemática paradoja: Si las elecciones habían sido fraudulentas, ¿Cómo es que no pudimos defender otro resultado y qué sentido tiene continuar la vía electoral si de todas formas nos harán trampas? Si no hubo fraude, ¿Cómo fue que nos derrotaron contra todos los pronósticos y después del trabajo intenso de movilización de la sociedad civil? Esas eran las preguntas que probablemente se hacía y se hace un “ciudadano movilizado” tras casi cinco años de lucha, los tres últimos muy intensos, frustrado en sus aspiraciones y sin una guía clara de acción o un proyecto político inmediato. Y con la sospecha de que los partidos de oposición no le ofrecen ni una estructura ni alternativa aceptable.

A todo esto hay que sumar las acciones directas del régimen chavista en contra de ciudadanos, sociedad civil y partidos durante los 11 años subsiguientes: persecución de partidos, exilio y encarcelamiento de sus líderes, falta de financiamiento, eliminación de medios de expresión, amedrentamiento, intimidación, soborno de militantes y encarcelamiento de ciudadanos, abusos del poder, uso ilegal de los recursos del estado, impunemente, en los procesos electorales y un largo etcétera. Frente a esto, sin menospreciar esfuerzos, muchos venezolanos piensan que la respuesta de los partidos ha sido casi meramente mediática o de ese, tan de moda, hacer política por Internet o de acuerdo a lo que dictan las encuestas y los “opinadores” de medios de comunicación y redes sociales.

El voto nos une a sociedad civil y ciudadanos con partidos y políticos; pero al mismo tiempo nos separa. Para los partidos y políticos el voto es fuente de poder y legitimación; para los ciudadanos y la sociedad civil es fuente de representación y control. Como nunca en las próximas elecciones regionales esos dos objetivos se van a expresar y mostrar sus compatibilidades e incompatibilidades. Los partidos son los que tienen los candidatos y su libertad para decidir si continúan o no en el proceso. Saben que no participar es poner de lado uno de sus objetivos fundamentales: La conquista del poder mediante el voto. Para algunos candidatos, es incluso algo más, una buena parte de su razón de ser, de su modo de vida. Ellos tienen la maquinaria, tienen los candidatos, tienen el poder de negociación formal como actores del proceso, pero no tienen los votos. Los votos los tienen los ciudadanos; de manera dispersa, poco articulada, sin ninguna sincronización, pero allí están y al ciudadano se le debe convencer de acudir a un proceso en el que su voto tenga algún valor.

Constituye un reto, para los partidos y los líderes del momento, descifrar este crucigrama y armar el rompecabezas e integrar a un ciudadano, que no quiere alejarse más de la política, de lo público, pero que no se les puede seguir atrayendo con viejas consignas de partidos, llamémoslos históricos, de masas, inspirados en el centralismo democrático leninistas, o tratando de sacarlos de su ambiente inmediato de trabajo y de vida para intentar que “participen” en ambientes extraños a su cotidianeidad.

Para dar respuesta a este “ciudadano movilizado” eran y son necesarios nuevos esquemas de organización política, más cónsonos con la realidad globalizada que vivimos, menos centralizados, más interactivos. Sabemos que esto no es fácil, pero hay algunos ensayos importantes y exitosos.

Hay la tendencia en algunos países de apuntar hacia un esquema de partidos u organizaciones políticas, diferentes a los partidos históricos, de “cuadros”, que tenemos actualmente. Tendencias que apuntan a organizaciones que se basen en núcleos muy activos de militantes o dirigentes y una enorme periferia que se activa y desactiva de acuerdo con circunstancias concretas y en ambientes específicos. No sacan al ciudadano de su “ambiente” natural, cotidiano, de trabajo y vida en el cual se desenvuelve. De esta forma, los individuos, los ciudadanos, se mantienen activos y ligados al contexto general, pero desde su propio medio local, parcial y limitado, el cual conocen a la perfección.

Es la organización que corresponde a un mundo globalizado; donde la globalización es un hecho, un dato, una realidad tecnológica, la forma en que se organiza la producción a nivel mundial y no simplemente una opción económica. Se trata entonces de resolver la paradoja organizativa de los últimos años: antes se nos decía, piensa globalmente y actúa localmente; ahora el reto es pensar localmente y actuar globalmente. ¿Estarán nuestros partidos políticos en capacidad de darnos esa respuesta organizativa? ¿Estaremos los ciudadanos en capacidad de comprender esa convocatoria y ese papel? Hace unos meses, esa era la gran duda, ahora es todo un reto.

Tras lo que ocurra el 6D, el “ciudadano movilizado”, los más conscientes entre ellos, tienen que asumir el reto de integrarse a la vida política del país, desde una perspectiva organizada. Tienen que comprometerse a encarar formulas que disputen el poder y que comiencen a representar, de manera real, las distintas opciones que dicen encarnar. Tienen que pasar de la representación “técnica”, basada en el conocimiento y el “saber” o la capacidad gerencial, a una representación basada en el voto.

En otras palabras, debemos evaluar si no ha llegado el momento de que convirtamos a tantas ONG dedicadas en la practica a la política, en verdaderas organizaciones políticas y a sus directores y funcionarios, en lideres y dirigentes, que con sus estilos, modos de trabajo, sin apartarse de las comunidades educativas, laborales y vecinales a las que pertenecen, se lancen a la predica de sus ideas política y a la caza de adeptos para su causa. Que establezcan alianzas políticas y electorales con otras organizaciones similares, incluso partidistas, para tener acceso a otras áreas a las que no tengan acceso.

Esa inyección vital que se le daría a la política y a los partidos podría ser un gran estimulo para su supervivencia y para el rescate de la democracia, de lo contrario continuaremos viendo el declive de los partidos, tema del que me ocupare en un próximo articulo.