Abstención e indiferencia política

En Venezuela los temas políticos se reciclan, se repiten en “ritornello” incansable e infinito. Por eso es común volver sobre argumentos anteriores. Uno de esos temas es el de la abstención. ¿Por qué se abstienen los ciudadanos de votar o participar en procesos políticos y electorales? No es un tema simple, por más que lo hayamos discutido muchas veces y hoy lo tenemos nuevamente sobre la mesa.

Hay una máxima de los pensadores de principios del siglo pasado —gente como Bertrand Russell, por ejemplo— quienes decían que la política la practican las minorías porque la mayoría es indiferente a la política. Esa es la primera razón para la abstención en cualquier proceso electoral, la indiferencia. Y la abstención, cuando no se diferencia de la indiferencia, es el morbo de la política, el enemigo número uno del control ciudadano y el derecho al voto.

El tema de la abstención es, por cierto, uno de los fenómenos políticos que menos se ha estudiado a nivel mundial y particularmente en Venezuela, donde además, hasta el año 2000 no fue un evento significativo.

Donde se ha estudiado el fenómeno, se dice que una de las causas principales para la abstención son los problemas administrativos; es decir, las dificultades organizativas para votar. De allí que en todas partes se hagan considerables esfuerzos para aligerar el proceso.

Dado lo anterior como resuelto, comienzan a considerarse otras dos razones importantes para reducir la abstención. Primero, candidatos por los cuales valga la pena movilizarse; y segundo, confianza en que los votos van a ser asignados al candidato o la opción que cada quien decidió. Ambas, según se dice, son razones eminentemente subjetivas. Pero por muy subjetivos que sean ambos factores, tienen que tener basamentos empíricos, cosas objetivas que demuestren que vale la pena votar: un proceso organizado, transparente, en el que se tenga una mínima confianza. En ese sentido en Venezuela, debemos reconocerlo, estamos en el peor de los mundos.

Por eso, para algunos, a pesar de que existen sobradas razones teóricas y filosóficas para moverse a votar, al evaluar las consideraciones anteriores, hay muchas razones que —según los abstencionistas— aconsejan no hacerlo. Razones de tipo administrativo, como la alteración del registro, la desconfianza en el órgano electoral, la falta de candidatos por los que valga la pena movilizarse o candidatos surgidos en procesos poco democráticos o viciados, etc.; por lo que cualquier persona, con pocos elementos de análisis, sin mayores argumentos y un mínimo razonamiento puede llegar a la conclusión de que la abstención en el venidero proceso del 6D puede ser muy elevada y hasta aconsejable.

Desde otro punto de vista, a muchos les resulta convincente para abstenerse que ganar una elección parlamentaria no vale mucho la pena si no está en juego el núcleo del poder o los demás poderes. No les parece suficientemente válido como razones para votar mantener espacios u obtener algunos o muchos diputados; tener muchos diputados, alegan, sin que se toquen los demás poderes es tan ineficiente e inútil como lo que tenemos ahora; no vale realmente la pena, dicen, movilizarse y con ello legitimar un proceso que obviamente favorecería propagandisticamente al Gobierno.

Pero esos argumentos se debilitan y caen porque lo que no está en discusión es que en política es preciso hacer lo que sea más eficiente, sobre todo si se trata de contener el intento autoritario del presente régimen. Las razones más importantes para participar en un proceso electoral en Venezuela, aparte de las filosóficas y de principios —para mí las verdaderamente válidas— están en la necesidad de hacer frente a un proyecto autoritario y de aprovechar cualquier ocasión para organizarse, detenerlo y revertirlo.

Las posiciones abstencionistas, de poca o ninguna capacidad organizativa, usualmente no pasan de descargar insultos hacía aquellos que creemos en una cosa distinta y de sentarse a esperar que algo ocurra, que alguien —usualmente de uniforme— tome la iniciativa de cambiar las cosas.

Del otro lado, del lado de los que creemos en el voto como única vía válida para cambiar gobiernos, es innegable que los procesos electorales ofrecen una posibilidad única para organizarse, para comunicarse con la gente, para dar a conocer las ideas, para denunciar, para hacer propuestas. Por supuesto, eso supone que los ciudadanos y los partidos se organicen de manera adecuada y que juntos estén dispuestos a defender, de la manera que sea necesaria, las posiciones conseguidas.

Hay otra razón para participar en vez de abstenerse, que esta en la naturaleza misma de la abstención y que se refiere a lo que ya hemos denominado como indiferencia. La indiferencia de los ciudadanos hacía la política, es lo que en buena medida nos ha conducido a la situación que hoy vivimos y por eso es imperativo combatirla.

La indiferencia y la abstención se pueden matizar y analizar de diversas maneras. Por ejemplo, en países desarrollados se trata de justificarla diciendo que la gente se abstiene porque no hay nada verdaderamente importante en juego en los procesos electorales, nada por lo que valga la pena movilizarse; además, no hay mayores diferencias entre los candidatos, las opciones y sus políticas son tan similares que, gane uno o gane otro, no habrá mayores diferencias para la gente. Y alegan, para reforzar esta explicación, que cuando hay diferencias de fondo, la gente se moviliza verdaderamente a votar.

¿Es ése el caso de Venezuela? ¿No hay aquí razones de fondo, realmente importantes, por las cuales valga la pena votar? Desde luego que sí. Entre ellas la inédita posibilidad de ganar el proceso y con ello la Asamblea Nacional, que no es poca cosa, en el esfuerzo para detener y revertir este proceso autoritario. Ganar la Asamblea abre un nuevo espacio político, una situación cualitativamente diferente en el país. Pero eso ya es tema de otro comentario.

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