Estrategias Electorales

Frente al proceso electoral del 6D, Gobierno y oposición, afinan sus estrategias.

Es pedir peras al olmo pretender que el Gobierno de Maduro reconozca que el régimen ha fracasado en su gestión y que el BCV publique las cifras que así lo corroboran. Le resulta más fácil culpar de desatar una supuesta guerra económica —una de cuyas armas es el “bachaqueo”— al imperio norteamericano, al Gobierno de Colombia, a paramilitares de ese país o a los apátridas empresarios nacionales.

Y esa es la estrategia que viene siguiendo, combinada con represión y persecución a sus enemigos políticos, buscando la inmovilización de la oposición y la atemorización de los ciudadanos para que se alejen del proceso electoral. En otros momentos electorales contó con recursos para derrochar y comprar votos, pero mermado el ingreso petrolero, la intimidación es la mejor de sus armas, según aquella máxima de Maquiavelo que para el gobernante es mejor ser temido que ser amado.

Ahora bien, para algunos esta argumentación conduce a pensar que la estrategia final del Gobierno es jugar al caos, provocando a la población para que reaccione ante los abusos, se manifieste airadamente y así tener una excusa para decretar un estado de excepción nacional y suspender el proceso electoral, o atrasarlo hasta un momento que le resulte más conveniente. No creo que este sea el caso.

El régimen chavista, o el socialismo del siglo XXI, se ha legitimado con base en procesos electorales, en las grandes movilizaciones que estos procesos producen e incluso ha llegado a aceptar algunas derrotas totales o parciales —referendo constitucional, perdida de gobernaciones o alcaldías importantes— con tal de mantener esta fuente de legitimación, la electoral, en lo interno e internacionalmente y mantenerse en el poder y así utilizar a discreción todos sus recursos e ingresos.

Por supuesto que parte de esa estrategia, avalada y bendecida por el CNE, será la de impedir la observación electoral nacional e internacional, que les de mano libre para los abusos y el fraude que suelen cometer manteniendo los centros electorales abiertos fuera de la hora establecida en la ley y utilizando los recursos del estado para movilizar a sus votantes, mientras atemorizan a los votantes y testigos de la oposición.

Pero en cuanto a los resultados, no será la primera vez que el Gobierno salga derrotado en un proceso electoral o que no cuente con una amplia mayoría en la Asamblea Nacional; recordemos que el Congreso surgido de las elecciones de 1998 le fue numéricamente adverso al novel régimen y pudo neutralizarlo e incluso deshacerse de él, mediante la Asamblea Constituyente.

Sin embargo, hemos de reconocer que ahora el régimen se enfrenta a algunas “novedades” a las que nunca se enfrentó y que pueden alterar los resultados finales; la primera, la de no contar con un líder carismático como Hugo Chávez, para capear el temporal; la segunda, la posibilidad anticipada, antes de que ocurra, de ser derrotado en un proceso electoral; y la tercera, la de no contar con ingresos petroleros para tratar de aumentar su votación. El impacto de estos factores en el Gobierno se nota en la estrategia extremadamente sesgada de violencia verbal, intimidación y represión.

El capitulo actual con Colombia, el estado de excepción fronterizo, las deportaciones, etc. no creo que sean una equivocación estratégica de alguna de sus salas situacionales; más bien creo que es un movimiento bien pensado y calculado, es una especie de “brote” populista, que busca dos cosas: Una, amalgamar internamente frente a un “agresor” o enemigo externo —el “bachaqueo” de los ilegales colombianos, los paramilitares o el propio Gobierno de Colombia— que no resultó con Guyana, pues el “punto focal” del conflicto limítrofe era, popular y electoralmente hablando, menos sensible; y la segunda cosa que busca es generar “simpatía” popular que le dé votos, —“…finalmente el Gobierno hace algo con los ilegales que nos quitan trabajo, comida, medicinas, etc.…”— al responsabilizar del crítico desabastecimiento en la frontera a los “ilegales” colombianos, exacerbando de paso sentimientos xenofóbicos en la clase media y población de menores ingresos —que son su “blanco” electoral— y con un ingrediente adicional, acosar, controlar e intimidar en un espacio geográfico, numéricamente significativo y que le es —de acuerdo con todas las encuestas y datos— eminentemente hostil, desde el punto de vista electoral. ¿Resultará esta arriesgada “estrategia”? Eso es algo que aún está por verse.

Frente a todo esto, ¿Qué puede hacer la oposición?

Desde el punto de vista político, la mejor respuesta es la que hasta ahora ha brindado: La unidad, por más que se hayan presentado algunas disidencias, que no creo que afecten el resultado final, dada la alta polarización. Sería un error caer en la trampa del Gobierno y responder airadamente a los innegables abusos de poder y provocaciones. La opción de la oposición social o de la sociedad civil, la única que tiene, es no dejarse intimidar ni desmoralizar y acudir masivamente a las urnas, partiendo de la base de que la abstención no es una opción válida, nunca lo fue, y en todo caso debe procurar que sus números le favorezcan; es decir, que los que se abstengan, con sobradas razones, sean los partidarios descontentos del régimen y esos independientes pro régimen que siempre lo han beneficiado.

La opción de la oposición política o partidista es la misma que durante años uso el régimen: Ir rebanando el poder, poco a poco, pedazo a pedazo. Hoy la Asamblea, mañana alcaldías y gobernaciones y por último la presidencia. En lo inmediato, eso sí, debe ser más eficiente en la organización de los testigos del proceso electoral, el día de las votaciones y escrutinios, para evitar que los abusos que desplegara el Gobierno, con la complicidad del CNE, le resten votos. Pero en el largo o mediano plazo debe demostrar con esas cuotas de poder que se vayan tomando, que se está en capacidad de gobernar y llevar adelante acciones para salir del caos en el que nos ha sumido el socialismo del siglo XXI.

Desde el punto de vista económico, los sectores empresariales tienen que poner su cuota en esta resistencia, sorda, al régimen, demostrando y haciendo aquello que mejor saben hacer: producir y generar riqueza y empleo; y cuando se vean impedidos o dificultados de hacerlo, denunciando que su quehacer se ve entorpecido por las malas políticas del Gobierno, por las condiciones de inseguridad jurídica y personal y por la falta de recursos, que les niega el Gobierno, que son los factores que les impiden hacer las cosas de mejor manera.

Frente al proceso electoral del 6D, nadie se puede cruzar de brazos.

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Historia de la destrucción de la industria en Venezuela.

Abramos un ligero paréntesis en el tratamiento de temas políticos para analizar las causas de la situación del país que agobia al pueblo venezolano. Llega el momento de comenzar a contar la historia verdadera, de otra manera, simple y resumida, en contra de la “historia oficial”. Hora de mostrar y difundir la historia de cómo se fue destruyendo la industria del país hasta dejarla como esta hoy, incapaz de abastecer plenamente el mercado de productos esenciales

La inflación y el desabastecimiento son ya incontrolables. Resultado directo de años de pésimas políticas económicas de control y gasto: control de precios, control de cambios, control de la producción y distribución de productos, de tasas de interés, regulaciones económicas a diestra y siniestra. Gasto público creciente, superfluo e innecesario, que estimuló el consumo desenfrenado y una política de importaciones inimaginables, siderales, desleales a la industria nacional, que estimularon el empleo y la riqueza en otros países y las contuvieron en el nuestro, buscando acorralar y someter a la producción nacional. Ahora, tras la caída del ingreso petrolero se pretende la suspensión abrupta de esas importaciones y se habla de la política de “sustitución de importaciones”, ensayada ya en el país desde los años 60 del siglo pasado. Se restringen aun más las divisas, que no solo detienen la importación de bienes superfluos, sino también la de alimentos, medicinas, insumos y materias primas de todo tipo y esenciales para la industria venezolana. Resultado: más escasez, más desabastecimiento, más inflación… hambre en los sectores más empobrecidos.

Todo se resume en que el Gobierno que asumió en 1999, maestro como demostró ser en la propaganda y la manipulación de la verdad, ensayó en la industria la misma fórmula que ha fracasado siempre en Venezuela y en el mundo: estatismo desenfrenado; pero con un nuevo nombre, “Socialismo del Siglo XXI”.

Podemos decir que tres han sido las formas o etapas en las que el régimen chavista trato de implantar una “industria socialista nacional” y lo único que logró fue fortalecer una economía, llamada de puertos, insostenible sin altos ingresos en divisas e hizo al país más dependiente del ingreso petrolero:

– Al principio del régimen el estado, que no ha escarmentado de operar empresas arruinadas e ineficientes, abandonó la incipiente ruta “neoliberal” de la privatización y en los primeros tiempos del régimen chavista, trató de “rescatar” empresas que ya habían quebrado en manos del sector privado: una textilera, una convertidora de papel y una fábrica de válvulas. Fracaso total y rotundo, por una razón muy simple, el mercado no perdona a las empresas incompetentes, sea que estén en manos privadas, sean que estén en manos públicas.
– Tras este fracaso, ensayan otra “receta” del Socialismo del Siglo XXI, organizar en empresas, microempresas, cooperativas, o empresas de producción social (EPS) a quienes no pensaban ni actuaban con la lógica y racionalidad organizativa que da la producción y el mercado, bien porque nunca habían trabajado o bien porque nunca habían producido nada; ese experimento autogestionario solo podía conducir a un nuevo y estrepitoso fracaso, a un mero reparto de dinero y a un derroche de recursos innecesario, que solo logró a duras penas —y gracias a Dios, al menos— mitigar el hambre de algunos, pero sobretodo, incrementar la riqueza personal de los vivos de siempre, que aprovecharon para lucrarse, consumir, darse la gran vida, viajar, comprar camionetas y carros lujosos, aviones, apartamentos, casas de playa o simplemente fugar divisas.
– ¿Para qué seguir probando con empresas quebradas o tratando de organizar a quienes carecen de racionalidad para producir? —pareciera que se dijo a sí mismo el régimen— y emprendió otra estrategia: fue por las empresas que funcionaban. Comenzando por las que algún día fueron públicas y habían sido privatizadas, como la CANTV; o las que eran exitosas y bien gerenciadas, —la Electricidad de Caracas, cementeras y otras— y continuaron con una orgía de expropiaciones de empresas, fundos y haciendas.
En el caso de las empresas ahora “socialistas”, con una estrategia distinta a la fracasada cogestión, buscaron sentar a los trabajadores en sus directivas. Pero fracasan también, primero porque no fue el trabajador competente y experimentado al que llevaron a esas posiciones, —la selección no fue producto de elecciones libres, para que los trabajadores escogieran a sus representantes en esas directivas— sino que fueron seleccionados aquellos que eran “amigos del régimen”.

Mientras tanto, la empresa privada resistía al poderoso cerco tendido a su alrededor —leyes, normas, políticas, fiscalizaciones, intervenciones— con que el estado la agredía y que fueron desestimulando inversiones, propiciando el cierre de empresas y la pérdida de puestos de trabajo y haciendo que hoy tengamos 40% menos establecimientos industriales, es decir, 5.000 empresas y 140 mil empleos directos menos que los que teníamos en 1998.

Paralela a esta actividad “industrial” del estado socialista y la agresión contra el sector industrial privado, durante los últimos 15 años se fue modificando el marco jurídico del país —prácticamente todo el ordenamiento jurídico— con un solo propósito, limitar y restringir la iniciativa privada y el concepto de propiedad privada, creando múltiples formas, todas fracasadas, de propiedad social, común, colectiva, que no condujeron a nada, que no crearon riqueza, que no estimularon ni la inversión ni el empleo, sino el surgimiento a su alrededor de una capa de nuevos ricos, que usufructuaron los recursos, prestamos, y cometieron todo tipo de desmanes con propiedades arrebatadas a sus legítimos dueños.

Paralela a esa estrategia marchaba otra, la del miedo. La de “espantar burgueses”, con todo tipo de agresiones y desmanes en contra de las empresas y los empresarios, propalando todo tipo de rumores, cada uno más alarmista que el anterior, o proponiendo locuras, cosas que ya han fracasado en otros países. Si estas no funcionaban o si producían una resistencia no esperada, se retiraban de la discusión y en todo caso, servían como trapo rojo. El objetivo de atemorizar es claro, porque el régimen sabe que mientras exista en Venezuela un sector pensante, empresarios y emprendedores, industrias privadas que se resisten a la destrucción sistemática, una clase media participando, profesionales con capacidad, preparación e ideas, el Socialismo del Siglo XXI, lo que sea que eso signifique, peligra, porque habrá una alternativa racional.

Por eso hay persecución de disidentes y de empresarios, clausura de medios de comunicación —por vías “legales” o “paralegales”— amenazas a los periodistas, chantajes a las empresas, soborno a dirigentes empresariales ambiciosos o blandengues, cerco a la empresa privada, desestimulo a la inversión, amenazas con la absurda “guerra económica”. Gritos destemplados de militares en reuniones con empresarios, soldados con caras pintarrajeadas repitiendo en los desfiles la consigna de moda sobre el socialismo, la patria y la muerte; recordatorios recurrentes de unas milicias y de una “revolución” que es “pacífica” pero que esta armada.

Lo que está equivocado no son solo las estrategias, mal ejecutadas por ignorancia, ineficiencia y ambición. Lo equivocado es el modelo propuesto, el llamado Socialismo del Siglo XXI. Un modelo que fracasó en la Unión Soviética, en la Europa del Este, en China, Corea del Norte, Vietnam, en varios países africanos. Solo persiste en Cuba y un par de países más, pero a sangre y fuego.

Además, el régimen chavista se equivoca si piensa que la “riqueza” petrolera, hoy efímera, en manos de una incompetente “Nueva PDVSA Socialista”, es una especie de garantía, pues en muchos de los países en que se deshizo el socialismo comunista había estados más poderosos y con más riqueza que la petrolera nuestra, y sin embargo se derrumbaron tras años de someter a la miseria y represión a sus pueblos.

En el siglo XXI las ideas socialistas-comunistas muestran hoy un nuevo y rutilante fracaso, Venezuela.

Historia política de Venezuela (1968-2004), en grandes trazos. – Resumida crónica de la Sociedad Civil

“Que en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira;
todo es según el color del cristal con que se mira”
Campoamor
La relación entre partidos y sociedad civil no ha sido fácil; hay demasiada desconfianza mutua, cuentas o facturas pendientes. Quizás convenga examinar a grandes trazos nuestra historia política moderna, pero recordando la frase de Campoamor que esta en el epígrafe. No es este, ni mucho menos, un resumen histórico; que nadie espera un riguroso examen de hechos o de todos los hechos. Es una crónica elaborada desde la óptica de quien ha sido testigo —a veces desde afuera y las menos de las veces, desde adentro— y que lo que le interesa es dar su propia versión de lo ocurrido.

I.- 1968 – 1988: nace la democracia

Siempre me quise explicar y explicar a otros como dos de los partidos más grandes —Acción Democrática y COPEI— que se alternaron en el Gobierno, se fueron reconstruyendo desde sus fracasos y como se fueron relacionando con la sociedad civil.
El primer Gobierno de Rafael Caldera (1968-1973).

El primer acontecimiento “político” de importancia para nuestra historia tiene que ver con la llegada de Rafael Caldera a su primera presidencia en 1968. Caldera era un hombre de oposición, y resultaba difícil creer que Acción Democrática (AD), que había venido de años de clandestinidad, de enfrentar la subversión en los años sesenta, de soportar divisiones internas, fuera aceptar así como así una derrota, por escaso 30 mil votos. Sin embargo así fue.

Caldera llego al poder con un partido, COPEI, que era relativamente más joven que AD, por unos años apenas, y con ellos llega al poder una expresión diferente de la clase media, lo que pudiéramos llamar una primera generación de tecnócratas, que presentaba al país un cuadro de nuevas personalidades, jóvenes, para encargarse de un Gobierno que había desgastado a la vieja guardia de AD. A aquella dirigencia de AD que se había formado en la clandestinidad de las luchas contra los caudillismos y dictadores del siglo XIX, pero que siguieron pululando hasta bien entrado el siglo XX. Este partido, además, había soportado varias divisiones en los últimos 10 años, siendo la última la de Luís Beltrán Prieto Figueroa, con el MEP, que sin duda le dio un golpe mortal a las aspiraciones de AD de prolongarse en el poder.

La sociedad civil, actuando en política, aun no aparecía por todo esto; apenas se hablaba de algunos “independientes”, que al final eran tan del partido como cualquiera —pensemos nada más en una figura como el Canciller Arístides Calvani, como independiente, pues no fue sino hasta muy tarde en su vida que militó en COPEI— y los empresarios, salvo una que otra excepción que siempre han aparecido con algún candidato en cada elección, no se alineaban como bloque, sino que participaban en el poder con diversos partidos. Y las campañas tenían todavía el sabor de la gesta artesanal y los movimientos de masas; las candidaturas nacían en el Nuevo Circo y se consagraban en las concentraciones o mítines de El Silencio. Allí en el Nuevo Circo, con la fogosidad de los discursos de algunos jóvenes copeyanos, se lanzó al país la candidatura de Rafael Caldera, con una agresiva consigna —agresiva para el tiempo y el personaje— “¡El Cambio Va!”.

Rápido se desgastó COPEI; en solo tres años ya se había acabado el mito de los técnicos y el partido se consumía rápidamente en las disputas internas. Famoso fue el evento del cine Radio City, donde se realizo la convención Copeyana que eligió el candidato para suceder a Caldera y en donde un maletín lleno de “verdes razones”, no precisamente políticas, fue lo que hizo que la decisión se deslizara del líder natural y carismático del momento, Luís Herrera Campins, hacia el que lucia como favorito del Gobierno: Lorenzo Fernández, quien se presentó al electorado como lo que era, una persona mayor, respetable, afable, que inspiraba tranquilidad y confianza y cuyo símbolo —absolutamente anodino— era una rueda de colores o tiro al blanco, con poco o ningún significado. Fue una campaña bobalicona y la “esperanza” del Cambio de Caldera y COPEI quedo convertida en una dudosa continuidad

Mientras tanto, en la oposición, AD se reconstruía y la famosa conseja: “Los Adecos en el gobierno son malos, pero en la oposición son inaguantables” cobraba plena vida. Recuerdo un mitin en el Nuevo Circo —en el año 70 ó 71, quizás— en el cual logre colarme para ver lo que pasaba; era el primer mitin masivo de los adecos después de la derrota electoral de 1968, y allí estaban esos “cuadros” adecos completamente reconstruidos, restablecidos y listos para lanzar un candidato por el que nadie pensaría en apostar: Carlos Andrés Pérez (CAP), a quien se veía como el delfín de Betancourt, pero que se le asociaba con la represión y contra la lucha armada. Hasta “policía asesino” se le llamaba, recordando su paso por el Ministerio de Relaciones Interiores. El partido se había reconstruido a partir de sus propios recursos y ambición y recobrado gran parte de su militancia perdida, reincorporándola al partido o logrando alianzas con antiguos militantes que habían formado otras agrupaciones políticas.

El primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez —CAP— (1973-1978).

Con CAP nació otro estilo de campaña, unos toques en la ropa, otro en el pelo, unas fotos bien estudiadas, mezclas de colores, tecnócratas incorporados a la publicidad junto a asesores de imagen… y se obro el milagro. Una campaña agresiva, grandes caminatas, saltos de charcos, y concentraciones gigantescas bajo el lema de “Ese hombre si camina, va de frente y da la cara”. Esa mezcla mediática y el aumento del precio de la leche y las “caraotas”, más todos los demás factores que ya mencionamos en COPEI, le pasaron su factura a Caldera y llevaron a CAP a la Presidencia.

Se inauguraba la Gran Venezuela. La nacionalización del hierro y el petróleo, los grandes presupuestos, los grandes planes, las grandes construcciones, el Plan de Becas Mariscal de Ayacucho, que le abrió los ojos al mundo a una generación de venezolanos. Pero también, la era de los Doce Apóstoles, como símbolo del poder político asociado al poder económico y al surgimiento de nuevas elites económicas al amparo del poder del Estado. Siempre había sido así, pero nunca como en ese momento. Simultáneamente, lo que al final sería la ruina, desde el punto de vista político: el gobierno por decreto. El estado soy yo, la democracia soy yo.

Además, la procesión iba por dentro; esa riqueza del país no llegaba a todos por igual y el partido —que lucia “enchinchorrado” según la famosa expresión de Betancourt y peor aun, dividido y enfrentado al Gobierno, que gobernaba sin tomarlo muy en cuenta— elegía un candidato, Luís Piñerua Ordaz, que amenazaba a todos por igual y que por momentos lució como un candidato opositor. De su deslucida campaña, en comparación con la de CAP, solo recuerdo la cara malhumorada, que trataron de cambiar a última hora y el pitito aquel que decía: Pi-ñe-ru-aaa.

La llamada sociedad civil, que disputara el espacio público de los partidos políticos, apenas aparecía en algún movimiento vecinal que al final terminaba apoyando algún candidato; o bien en las incipientes asociaciones de residentes y vecinos que nacían para defender sus espacios vitales en las urbanizaciones residenciales.

El Gobierno de Luís Herrera Campins (1978-1983).

Esa debacle de CAP y AD la supo aprovechar Luís Herrera Campins, que había ganado la candidatura, frente a la “Gran Venezuela” de CAP, en un momento en que ninguna encuesta lo daba como favorito. Herrera Campins encabezaba un partido derrotado, dividido y con pocas esperanzas o ninguna de llegar al poder. Pero subrepticiamente algo había cambiado; en la calle COPEI se veía como una fuerza diferente y se desmoronaba el mito de que solo AD era el “partido del pueblo”. Carlota Flores y Aleida Josefina, madre e hija respectivamente, procedentes de un hogar muy humilde de Cancagüita —ciudad de deshechos, humanos y materiales, a donde iban a parar todos los afectados por los desastres naturales y atmosféricos de Caracas, símbolo de la ignominia de la pobreza, a donde no había llegado la opulencia de la Gran Venezuela— se convirtieron en el símbolo de la campaña de Herrera Campins y su frase “¿Donde están los reales?”, mientras la cámara se acercaba a su cara en un agresivo close up, le dieron el triunfo electoral.

Fue tal la orgía de triunfo que embriagó a Herrera Campins, que llegó a proponer en una reunión de su partido, que naturalmente se filtro a la prensa, que había llegado el momento histórico de acabar con AD. En efecto, AD pasaba por uno de sus peores momentos; derrotado nuevamente, confundido, sin saber muy bien porque había perdido el poder y aquella inmensa votación que había llevado a CAP al poder cinco años antes, con el ex Presidente Pérez enfrentado a un posible juicio por corrupción, acusado en buena medida por su propios compañeros de partido. Si ese no era el momento, pensó Herrera Campins, ¿Cuál podría ser?

Sin embargo, la reacción no tardo en aparecer; por una parte en la prensa todo era rasgarse vestiduras, ¿Como era posible que un Presidente demócrata dijera eso? —que lejos estábamos de las amenazas de freír las cabezas de sus enemigos en aceite que más tarde ofreciera Chávez Frías— pero, por la otra, por debajo, se acunaba la reacción más poderosa: AD acorralado, contra la pared, cuando nadie daba nada por su recuperación, sacude una de sus extremidades, la sindical, y se inicia su recuperación política y —paradójicamente— una nueva debacle.

El Buró Sindical reaccionó con toda su fuerza; puso al Gobierno de Herrera Campins al borde del colapso —con varias huelgas que fueron duramente reprimidas— y recuperó a AD. Fue tal la fuerza de su arremetida, que el sector sindical —máxima expresión, al momento, de una sociedad civil activa en política— pasó a dominar gran parte de la vida y decisiones del partido, hasta el punto de imponer Secretarios Generales y hasta el candidato: Jaime Lusinchi.

El gobierno de Jaime Lusinchi (1983-1988).

De ese pacto, surgió al final, por entre los vericuetos e intersticios de la organización: Luis Alfaro Ucero, “El Caudillo”, que rigió por muchos años la vida del partido y quien fue y es para muchos, el epitome de las decisiones “copulares”, las designaciones a dedo, el aprovechamiento del poder para fines personales, de grupo o de la organización. El “reinado” de Alfaro Ucero, dentro de AD, se prolongo por casi 15 años, trascendió a su partido —pues fue hasta factótum del segundo Gobierno de Caldera— y su sombra e influencia se proyecta mucho mas allá, pues representa la encarnación de un estilo de conducir la política que hoy se niega y rechaza, al menos formalmente, en todos los ámbitos políticos.

De esas dos derrotas iniciales, 1983 y 1988, y otras que vendrían después, más los escándalos de corrupción contra algunos de sus militantes durante el Gobierno de Herrera Campins, COPEI no logra recuperarse. Tres derrotas seguidas marcan el pasado inmediato y presente de este partido; primero en 1983 con su viejo líder y fundador, Caldera, que es derrotado aplastantemente por Lusinchi; después, el delfín, Eduardo Fernández, que aunque saco la mas alta votación que haya tenido nunca COPEI, es derrotado por CAP en 1988; finalmente, en 1993, su candidato, Alvarez Paz, es relegado a un tercer lugar y derrotado esta vez por su viejo líder y fundador —Rafael Caldera— que no resistió la tentación de ser candidato por sexta vez y Presidente por segunda. A COPEI, finalmente lo acaban sus propios “hijos”, en disputa interna que aprovecha el actual TSJ, para terminar de cavar su sepultura.

Por el lado de AD, ese involucramiento sindical en la vida del partido, que hemos señalado y que fue su salvación durante la presidencia de Herrera Campins, por poco le cuesta la vida más tarde. AD se resquebraja nuevamente, esta vez sucumbiendo ante los halagos del poder de Lusinchi, gruesos escándalos de corrupción en las cúpulas sindicales y después tratando de prorrogar su influencia e incrementar prebendas durante los Gobiernos de CAP II y Caldera.

A todas estas, los únicos atisbos de sociedad civil que se conocen en esos dos periodos, Herrera y Lusinchi es lo que de sociedad civil —verdaderamente hablando, como la entendemos hoy— tiene la actividad sindical y algo de la actividad vecinal que continuaba. Podemos decir que estaba latente en algunas efímeras manifestaciones durante la primera presidencia de CAP, que afloro como uno que otro grupo económico o empresario que incursionó en la vida política como Ministro y luego como candidato. Se repetía la historia de siempre, los candidatos que no eran de los partidos principales, se presentaban como la tercera alternativa, independiente, pero que no se identificaba con la todavía etérea idea de sociedad civil, actuando en política

II- 1989 – 2000: Se incuba el autoritarismo

La década de los 90 se caracterizo por una virulenta crítica a los partidos políticos y a la política. Académicos, empresarios, medios de comunicación social, personeros de la sociedad civil, cerraron filas al unisonó en críticas a la corrupción e ineficacia de los gobiernos y sus protagonistas, los partidos políticos. Probablemente no les falto algo de razón, pero esa conducta, esos comentarios, en buena manera desmedidos, le hicieron el juego a lo que hoy sabemos se venia fraguando desde hace algún tiempo en los cuarteles del país y trajeron como consecuencia una despiadada arremetida contra las bases mismas del sistema democrático, que lo desestabilizaron y lo llevaron a sucumbir al aventurerismo golpista de 1992, cuyas consecuencias todavía hoy nos afectan.

El segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez (1988-1993).

En 1988 llega nuevamente CAP al poder, pero esta vez apoyado en su partido, más no inmerso en él. Desde el triunfo y el primer gabinete su separación de la cúpula de AD es notoria. Podemos decir que fue AD, su propio partido, y no COPEI o la izquierda, quienes le hicieron mayor oposición al Gobierno de CAP y a su política económica. Fue además de este partido de donde partieron las acusaciones y datos sobre la “partida secreta” que al final lo llevarían a dejar la presidencia y a la cárcel.

A pesar de todo, fue CAP quien abrió varias puertas para facilitar la aparición política de la sociedad civil y no solo por la incorporación de los llamados “tecnócratas” que le imprimieron otra visión a las políticas económicas y a las funciones de Gobierno. Los tecnócratas propiciaron la apertura económica de Venezuela, la inserción del país en corrientes modernizadoras del comercio mundial y la globalización, impulsaron la privatización de muchas empresas y la apertura de la industria petrolera; impulsaron la reforma del estado, la descentralización de la administración y la elección directa de Gobernadores, así como la elección uninominal; etc. Todo eso contribuyo a abrir la política y el surgimiento de nuevos liderazgos regionales, que revitalizaron a los partidos y al mismo tiempo contribuyeron a la caída y dispersión de los cogollos o cúpulas. Fueron a la vez aliento de renovación y sepultura para los liderazgos que no fueron capaces de superarse a sí mismos y abrir el paso a nuevas alternativas.

No solo estos cambios afectaron el sistema político, dos acontecimientos inesperados se presentaron también. En 1989 se había producido el “sacudón de Caracas”, cuando miles de personas se lanzaron a las calles a protestar y saquear. Se han dado muchas interpretaciones al fenómeno, las cuales no repetiremos, pero si fue evidente que esa masa humana, que trastoco la historia del país, no obedecía a las consignas de los partidos, ni de los tradicionales ni de los de izquierda, pues todos fueron sorprendidos y rebasados por igual.

El otro acontecimiento fueron dos intentos de golpe de estado en 1992 que, según se ha sabido con el tiempo, se habían venido fraguando desde hacía diez años. El primero, fue liderado por un desconocido Teniente Coronel, que en la madrugada del 4 de febrero trato de alzarse con el poder, fracasando estrepitosamente después de sacrificar varias vidas. Ese desconocido, que terminó en la cárcel y que después le fue sobreseída su causa por Rafael Caldera, fue —como todos sabemos— el Presidente, Hugo Chávez Frías. El segundo intento de golpe tuvo lugar el 27 de noviembre de ese mismo año, liderado por otro sector de la fuerza armada, pero en donde estaba presente la sombra de los rebeldes de febrero.

Esos dos eventos, los de 1989 y los de 1992, pusieron de manifiesto que las raíces del sistema creado en 1958 estaban carcomidas. Algunos tratan de establecer una conexión entre ambos, a mi modo de ver la conexión está en la evidente incapacidad del sistema político venezolano en ese momento, para dar respuesta a las demandas de la población. Partidos y líderes no tenían ninguna respuesta ante lo que la población demandaba. El sistema intentó responder con algunas reformas y cambios: se detuvo —bajo aplausos demagógicos de un sector del empresariado— el programa de reformas iniciado por CAP; salen los tecnócratas del Gabinete y son remplazados por militantes de partido, de varios partidos; se intenta una reforma constitucional, que al final queda engavetada en el Congreso. Pero la presión y furia política tuvo su válvula de escape en la salida de CAP de la presidencia en mayo de 1993, gracias a una sentencia de la Corte Suprema que encontró meritos para que fuera enjuiciado y el Congreso lo despojo de su inmunidad para que pudiera ser juzgado. Al renunciante CAP lo sucede la presidencia interina de Ramón J. Velásquez, viejo veterano que había ocupado varias carteras y curules en el Congreso durante algunos gobiernos de AD.

La segunda Presidencia de Rafael Caldera (1993-1998).

La calma aparente durante la Presidencia de Velásquez, interrumpida solo por algunos escándalos políticos menores, no daba cuenta de que algo se había roto y la manifestación externa del desastre de los partidos se dio en 1993, cuando llega a su segunda Presidencia Rafael Caldera, hombre de partido y del status como el que más, pero que oportunistamente se monta en la onda del antipartidismo, desecha al partido que había fundado, COPEI, y se lanza a la presidencia de la República apoyado por un agregado —o “chiripero”— de pequeños partidos, personalidades y su nuevo partido CONVERGENCIA, que como su nombre indica significaba la convergencia de todos los que habían abandonado los partidos tradicionales.

Caldera gano la presidencia en una de las contiendas electorales más reñida que ha tenido Venezuela desde 1958; entre los cuatro primeros candidatos hay una diferencia de menos de 10 puntos porcentuales y la abstención, del 39.8%, fue casi 10 puntos más alto que el porcentaje obtenido por el ganador. Esa disgregación se reflejo también en el Poder Legislativo y obligó a Caldera a enfrentarse primero con el Congreso y a aceptar después algunos pactos políticos para poder gobernar. El principal beneficiario de uno de esos pactos fue la AD que dirigía “El Caudillo” Alfaro Ucero.

Pero el Gobierno de Caldera hizo varias cosas más: sobreseyó la causa de los implicados en los intentos de golpes de estado de 1992 e incorporó a algunos de ellos a su Gobierno; adoptó por lo bajito y de manera disimulada algunas de las políticas económicas de CAP, después de haber generado una crisis financiera al comienzo de su gobierno —según se dice por venganza contra uno de los bancos que apoyó a otro candidato— que por poco arrastra a toda la economía; y trató de restablecer el centralismo poniendo un freno importante al proceso de descentralización, restringiendo el acceso a recursos financieros a las gobernaciones de Estado.

Sin embargo, ya desde antes de su periodo tenemos que estar atentos a un hecho positivo que tendrá grandes repercusiones, el surgimiento de los liderazgos regionales, en Gobernaciones y Alcaldías, que van a dar un cierto aliento a los partidos, a nivel regional y van a ser factor catalizador para el surgimiento de una sociedad civil vigorosa.

Los liderazgos regionales y la elección directa de alcaldes y gobernadores habían fortalecido e iniciado nuevas organizaciones. Así surge, por ejemplo, Proyecto Venezuela en el Estado Carabobo —tras la figura de Salas Römer que enfrento a Chávez Frías en 1998 y obtuvo el 40% de los votos— partido de indudable raíz regional, en búsqueda de una proyección nacional y una clarificación ideológica que le dé su espacio en el mapa político electoral, más allá de una alternativa electoral. En el quinquenio anterior se había fortalecido también otro partido regional, la Causa R, de trayectoria más antigua, de raíces socialistas y proyección “laborista” o de partido de trabajadores, pero que debe su consolidación y salto al liderazgo regional de Andrés Velásquez, quien fue Gobernador en dos oportunidades del Estado Bolívar y compitió como candidato en las elecciones de 1993 obteniendo el 22% de los votos. Igualmente podemos decir del Movimiento al Socialismo (MAS), escisión del partido comunista en los años 70, pero que se fortalece como opción de política durante el Gobierno de Caldera y se convierte en una fuerza regional indiscutible en el Estado Aragua, en donde gobernó durante más de 10 años. Y los más recientes, el surgimiento de Primero Justicia, que nace a la palestra pública como partido político en 1999, fundamentalmente en el estado Miranda, en donde logra dos alcaldías y varios diputados; y, en ese mismo año, 1999, Un Nuevo Tiempo, que nace como partido regional en el Estado Zulia y se convierte en partido nacional a partir de 2006, aportando el candidato presidencial, Manuel Rosales —hoy exilado en Perú— que le disputa la presidencia en ese año a Hugo Chávez Frías.

El gobierno de Hugo Chávez Frías (1998-2004).

Así llegamos a 1998, año electoral, que viene precedido por todos estos acontecimientos políticos recientes y de 25 años de predica inclemente contra los partidos políticos y sus líderes, por parte de empresarios, intelectuales, medios de comunicación, el ciudadano común y los propios políticos. Sobre este desgaste y el descontento de la población civil más empobrecida —que compró el cuento de que Venezuela era un país rico y que ellos eran pobre por culpa de los políticos, los partidos y gobernantes que les habían quitado lo que a ellos les tocaba— se montó la candidatura de Hugo Chávez Frías, quien llega al poder en ese año.

El resultado electoral de ese año y los dos siguientes, en los cuales Chávez Frías triunfa ampliamente en varios referendos y en la relegitimación, a pesar de la gran abstención, termina de descabezar a los partidos políticos. AD y COPEI, cada quien a su manera y a su estilo, deciden suicidarse políticamente.

AD, después de ser derrotado su candidato por Caldera en 1993, pospone una discusión interna que lucía inevitable y en la cual muchos basaban sus esperanzas, cuando Claudio Fermín decide retirarse a vivir en el exterior, dejando el campo libre a Alfaro Ucero para que se termine de adueñar de lo que quedaba del partido y pactara con Caldera un apoyo en el Congreso, a cambio de no se sabe qué, realmente ya no importa. Alfaro Ucero termina siendo el candidato derrotado y defenestrado de AD para enfrentar a Chávez Frías en 1998.

COPEI se suicida de una manera más elegante, por primera vez desde su fundación acude a una campaña electoral con un candidato que no es de su tolda, Irene Sáez, ex Miss Venezuela y a la sazón popular alcaldesa de Chacao y que punteaba en las encuestas. Estábamos entrando en la era en que las encuestas sustituyen el análisis político en la toma de decisiones. Pero ambos, AD y COPEI, deben ceder sus “aspiraciones” y retirar a sus candidatos, en plena campaña, en un esfuerzo y gesto tardío y desesperado, para apoyar a Salas Römer y tratar de impedir el triunfo de Chávez Frías en 1998.

En ese descabezamiento algunos se agrupan en el MVR, que no logra constituirse como partido, sino hasta años más tarde, sometido como esta a los dictámenes de su líder. Pero una gran parte de esos ciudadanos que ya no creen en los partidos tradicionales y no se sienten expresados en ellos, queda vagando por allí y va a aflorar con una nueva cara, un nuevo ingrediente: como sociedad civil organizada, ahora políticamente, que es la que hace resistencia al gobierno autocrático y autoritario de Chávez Frías y que se expresa en las grandes manifestaciones y movilizaciones que se vieron en los primeros años del Siglo XXI

III.- 2001 – 2004: Resistencia de la Sociedad Civil a Hugo Chávez Frías

El Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, al asumir la Presidencia de la República en 1999, encontró una resistencia inesperada en cantidades de grupos y ONG de la sociedad civil, quienes se opusieron tenazmente y desde un principio a sus intenciones totalitarias en materias educativas, económicas y políticas de todo tipo. No siempre fueron exitosas en frustrar por completo los designios autoritarios, pero si en retrasarlos, entorpecerlos y en lograr una sorda resistencia al finalmente llamado Socialismo del Siglo XX, resistencia que persiste hasta nuestros días.

Antecedentes, en píldoras

1. El 23 de enero de 1958 cae la dictadura de Pérez Jiménez y se instaura una Junta Cívico Militar que convoca a elecciones ese mismo año y se inicia, después de 148 años de haberse declarado la independencia, una de las democracias más sólidas de América Latina, que resistió la subversión armada de la izquierda en los años 60, varios intentos de golpe de estado y promovió 10 procesos electorales, entre presidenciales y regionales, en los cuales se alternaron en el Gobierno presidentes de varios partidos y diversas opciones ideológicas.

2. El 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez Frías, en ese momento Teniente Coronel, con un grupo de oficiales y soldados intentan un cruento Golpe de Estado, que fracasó, dejo varios muertos y sus cabecillas encarcelados. El 27 de noviembre de ese mismo año, un grupo diferente de oficiales fracasa en una segunda intentona, en la cual también participan algunos seguidores de Chávez Frías. Después se supo que esos oficiales, implicados en ambos intentos de golpe, formaban parte de un grupo que había estado conspirando desde hacía 10 años para intentar estas acciones.

3. Chávez Frías, desde la cárcel llama a la abstención en las elecciones de 1993 en las que triunfaría Rafael Caldera, quien una vez que asume la Presidencia le sobresee la causa a los golpistas del 92 y los deja en libertad. Algunos de ellos se incorporan al Gobierno de Caldera e incluso algunos participan en las elecciones de Gobernadores de 1995. Por ejemplo, Francisco Arias Cárdenas, uno de los más destacados del Golpe de Febrero de 1992, resulto electo Gobernador del Estado Zulia y luego se incorporó a la oposición al Gobierno de Chávez Frías, llegando a competir con él en las elecciones presidenciales del año 2000. Hoy es nuevamente Gobernador electo del Estado Zulia, pero ahora con el apoyo del régimen de Chávez Frías.

4. En 1998 resulta electo Chávez Frías con una abstención del 36.55%, de manera que la mayoría del 56,20% de los votos emitidos que obtuvo, en realidad representaba solo el 33.36% de la población electoral y el 15,69% de la población total del país. Es ratificado en julio de 2000, en esa oportunidad la abstención llegó al 43.69%, la más alta de la historia en Venezuela para una elección presidencial; de manera que el 59,76% de los votos emitidos que obtuvo, significaba solo el 32,06% de la población electoral y el 15,55% de la población total del país.

5. Con esta precaria mayoría, el Gobierno de Chávez Frías emprendió y desarrolló un proceso, denominado revolucionario, con el cual ha ido destruyendo las instituciones democráticas e instaurando un régimen autocrático, cuyos hechos más significativos, —hasta el año 2002, parte del periodo que estamos analizando— se resumen de la siguiente manera:

• En 1999 nos llevo a un referendo consultivo constitucional, no contemplado en la Constitución vigente, la de 1961, que sin embargo fue aprobado por la Corte Suprema de Justicia de la época.
• Después, con el 35% del total de electores, obtuvo el 96% de los delegados para la Asamblea Constituyente y eliminó el Congreso, que había sido electo en 1998, sin encontrar mayor resistencia;
• Con una abstención del 55% y una votación favorable del 30% del total de electores, fue aprobada la Constitución Bolivariana de 1999, elaborada prácticamente a su medida, pues él modificó gran parte de los puntos que habían sido acordados por la Asamblea Constituyente en consulta con el resto del país;
• El Presidente Chávez Frías fue relegitimado en el año 2000, con la misma espuria mayoría (32% sobre el padrón electoral) que obtuvo en 1998, pero se apoderó de las tres cuartas partes de la Asamblea Nacional
• Como cabeza del Poder Ejecutivo, se adueñó de los recursos y empresas del Estado, cuyo presupuesto manejó a su antojo, sin control ni rendición de cuentas
• Con la Asamblea Nacional tomó control sobre el resto de los poderes públicos: El Poder Ciudadano (Fiscalía, Contraloría y Defensoría del Pueblo), El Poder Judicial, cuya cabeza es el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y más recientemente, el Poder Electoral.
• Con una Ley Habilitante aprobada por la Asamblea Nacional, cambio todo el ordenamiento jurídico del país y fue el detonante que concluyo en el paro empresarial de diciembre 2001, que precipitaron los sucesos de abril de 2002 y su salida efímera del poder por algunas horas.
• Mediante su mayoría en el TSJ fue moldeando los cabos sueltos: restringió legalmente a la sociedad civil, extendió el mandato presidencial, interpreto la constitución para facilitar la aprobación de leyes orgánicas sin discusión en la Asamblea Nacional y con una mayoría simple, designó un CNE contra el principio constitucional de despartidización de los organismos electorales, integrado por cinco miembros, tres de los cuales eran claros simpatizantes del Gobierno.
• Trato, por diversos medios, electorales, judiciales, legislativos, de tomar el resto del país que no llego a controlar, pero si las reservas internacionales y el Banco Central de Venezuela y las Gobernaciones y Alcaldías que no le eran afectas.

6. Tras los sucesos de abril de 2002, el TSJ dictamino que ello se había producido por un vació de poder y debido a ello absolvió a los militares de toda responsabilidad en los sucesos que concluyeron en la salida del Gobierno de Chávez Frías por unas horas y su retornó posterior, pero en medio de un creciente clima de ingobernabilidad, que llevo a que tanto el Gobierno como la oposición aceptaran ir a un proceso de negociación y dialogo, en presencia de observadores internacionales, especialmente de la Organización de Estados Americanos (OEA) y con la presencia del Secretario General de esta Organización.

7. Tras muchas disputas jurídicas y judiciales en el CNE y en el TSJ, finalmente la oposición democrática recolectó y entrego al CNE un total de 3.448.747 firmas, en 388.143 planillas, es decir 1.045.770 firmas más de la que se necesitaban para solicitar la revocatoria del mandato del Presidente de la República, que eran 2.402.977. Copia digitalizada, en CD, de estas firmas fueron entregadas, por la oposición, a los organismos internacionales y a los principales embajadores acreditados en Venezuela.

8. Con base fundamentalmente en estas firmas se fue a un referendo revocatorio el 15 de agosto de 2004, que terminó ganando Hugo Chávez Frías y manteniéndose como Presidente Constitucional, hasta su fallecimiento en el año 2013.

Conclusión preliminar.

Sobre el tema del actuar político de la sociedad civil, destaquemos por lo momentos, que trajo otro resultado, un segundo aire para los partidos que han podido ir recobrando parte del escenario y se está llegando al momento en que tendrán que demostrar nuevamente su protagonismo.

Pero de los partidos políticos, que tendrían que ser los protagonistas en este momento del proceso, no sabemos si han concluido o siquiera si han iniciado sus procesos de reconstrucción interna. Algunos de ellos parece que simplemente han estado vegetando, a la espera de que pase el temporal y tengan de nuevo su oportunidad, con los viejos estilos y vicios. Otros ni siquiera han logrado organizarse internamente de manera democrática; y otros ni siquiera han logrado articular un mensaje que le llegue a la mayoría de la población para que los consideren una opción.

Transcurridos cinco años de resistencia al régimen autoritario de Chávez Fría, la relación entre sus opositores —que no vamos a analizar a fondo en este momento— de la sociedad civil y los partidos, paso por diversas etapas. Desde la mutua desconfianza, hasta el acercamiento, pasando por el reconocimiento y aceptación mutua. Pero estamos llegando al punto en que la solidez de esa relación y convivencia se pondrá a prueba. No era para menos, estábamos próximos a un desenlace; primero la revocatoria del mandato del Presidente de la Republica y luego la elección de un Presidente que concluya su mandato y de paso a las elecciones legislativas de 2005 y presidenciales del año 2006, a partir de las cuales se podrán tomar correctivos más importantes y a fondo para el país.

El primer paso es fácil; es decir, superadas todas sus dificultades intrínsecas, de las cuales apenas hemos visto asomar la punta del témpano; pero al menos, no supone una decisión o una confrontación para nadie, hay unanimidad de criterio, se votaría por revocar el mandato y salir del oprobioso régimen. Las dificultades vendrían después, a la hora de elegir quien lo debía sustituir. Esa decisión suponía poner de acuerdo a muchas organizaciones partidistas y no gubernamentales (ONG) en el seno de la oposición, para luego llevar ese candidato al resto del país y presentarlo como la cabeza de una “alternativa”, que suponía un hombre, unas ideas, un plan, un programa y un equipo, capaces de levantar entusiasmo y disposición para aceptar la cuota de riesgos y sacrificios que suponía sacar el país del marasmo y ruina en donde la “revolución bonita” lo estaba dejando.

Ese proceso, ese salto modernizador hacia la plena democracia que se necesitaba, que se dice tan fácilmente, supone responderse estas preguntas ¿Serían capaces los partidos y las ONG de presentar una alternativa unitaria?, o dicho de otra manera, ¿Serían capaces de ofrecer una alternativa, que aunque no sea “unitaria”, sea victoriosa y no suponga una fractura? ¿Habríamos llegado a esa madurez política?

Hoy, sin duda podemos afirmar que para ese salto modernizador son indispensables los partidos políticos. Si el salto modernizador hacia la plena democratización se produce por el auge de la sociedad civil, seriamos el único caso en la historia de la humanidad. No lo descarto, pero creo que la modernización de la democracia pasa más bien por el auge de las organizaciones políticas y el fortalecimiento de las instituciones. Es el liderazgo político lo que produce el salto modernizador.

IV.- Sociedad Civil contra Chávez Frías (2002-2004).

Hasta ahora he venido haciendo un recuento acerca de cuál ha sido el desarrollo, en cierta forma cronológico, de la oposición o resistencia al régimen autoritario de Chávez Frías. En esa descripción e hilván de hechos, he tratado de destacar el proceso de destrucción de las instituciones democráticas y el papel desempañado por algunos actores. Me interesa ahora comenzar a destacar, preservando el matiz “histórico” —entendiendo por tal la ubicación de los hechos en un tiempo— desde un punto de vista algo más analítico o de descripción de sus características y limitaciones, el papel de esos actores, comenzando por la sociedad civil y los partidos políticos.

Antecedentes.

EL Presidente Chávez Frías enfrentaba desde los sucesos de abril de 2002, una crisis política la cual ponía en seria duda la legitimidad de desempeño de su régimen. A partir de ese momento nadie tiene la menor duda acerca de la perdida creciente de popularidad del Gobierno y como este, en respuesta a esta situación, intensificó su arremetida por apoderarse de todas las instituciones. Pero ya desde mediados del año 2000, el régimen autoritario de Chávez Frías comenzó a soportar una sorda pero tenaz resistencia, que se manifiesta con mayor fuerza política al constituirse la denominada Coordinadora Democrática.

En los momentos que podemos denominar cumbres o estelares de esta lucha por preservar la democracia ante el autoritarismo del régimen, ante cada problema sustantivo que confronta la oposición han surgido y surgirán los problemas no resueltos; uno de ellos es el enfrentamiento entre dos actores del proceso, los partidos políticos y la sociedad civil, entendiendo por esta última los ciudadanos, agrupados o no en organizaciones no gubernamentales (ONG), pero sin duda movilizados políticamente y que —por lo general— no forman parte de ninguna organización política.

La resistencia al autoritarismo chavista tuvo su protagonismo inicial, sin duda alguna, en la sociedad civil. Esa sociedad civil, poco organizada, desde el punto de vista político, más dedicada a sus propias tareas y actividades, de corto alcance, de alcance local o de involucramiento en temas tradicionalmente ciudadanos como justicia, educación, ambiente, transparencia electoral, participación en aspectos municipales, etc. sorpresivamente comenzó a hacer resistencia a la prepotencia y algunas medidas de corte autoritario del Gobierno de Chávez Frías.

Describamos de manera breve cuales fueron los grandes actores y momentos de la llamada Sociedad Civil (S.C.), antes de entrar a considerar algunas de las dificultades que confronta y que le han restado eficacia:

Los ciudadanos.

El despertar fue el tema electoral, en el cual los ciudadanos en búsqueda de transparencia, lograron detener lo que se anticipaba como un inmenso desastre en las llamadas “megaelecciones” del año 2000. Agrupadas diversas organizaciones en una “ventana” que abrió el Consejo Nacional Electoral (CNE) denominada Red de Observación Electoral (ROE), los ciudadanos se incorporaron a ese proceso de observación. Muchas fueron las advertencias acerca de lo que ocurría, pero especialmente varios informes de la Red de Veedores sobre lo que estaba ocurriendo en el proceso electoral, al interior del CNE, condujeron a un recurso introducido en mayo del año 2000 por algunas ONG ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y que implicó la suspensión del proceso, la renuncia de la directiva del CNE y su sustitución por otra, que logro llevar a cabo los procesos electorales pendientes en julio y diciembre del año 2000. Esa fue la aparición estelar de la S.C., que hasta ese momento, como bien lo caracterizo el entonces Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, Luis Miquilena, nadie sabía muy bien “con que se comía”.

Meses más tarde, la S.C. reacciona ante el adoctrinamiento al que se pretende sean sometidos los niños a través de textos escolares; la S.C. actúa enérgicamente contra el proyecto de Ley de Educación que se discutía en la Asamblea Nacional (AN) y en particular en contra del Decreto 1011, con el que se pretendía instaurar un Reglamento de Supervisión que violaba el escalafón docente y que se anticipaba como una arremetida del Gobierno en contra de la educación privada.

Bajo el lema “con mis hijos no te metas” y convocados por organizaciones de la S.C. del ámbito educativo, el 31 de marzo de 2001, se realizó una primera concentración —masiva para los estándares de esa época— en la Plaza Brión de Chacaíto. Durante meses se batalló en todas las áreas, entre ellas la judicial, hasta que el TSJ el 30 de abril de 2003, emitió una sentencia favorable al Decreto 1011, pero que ya era un Decreto muy distinto al que el Gobierno había lanzado en el año 2001. El nuevo decreto 1011 recogía varias de las reivindicaciones más importantes por las cuales había luchado la S.C., entre ellas que los famosos “supervisores itinerantes”, detonantes del conflicto, debían seleccionarse mediante concurso de méritos, debiendo contar con post-grado en educación, mención en gerencia, supervisión o administración educativa, y tener 14 años de experiencia docente en la administración pública.

Esta vez en el campo educativo, como antes en el electoral, se le infringía la segunda derrota a los intentos autoritarios del régimen de Chávez Frías. De allí salen fortalecidas dos importantes organizaciones de la S.C.: Asamblea de Educación y el Movimiento 1011, que llegaron a formar parte, más adelante, de la Coordinadora Democrática.

El sector sindical.

Sin embargo, la primera derrota político-electoral que recibiría el régimen de Chávez Frías le sería propinada por otro sector de la S.C., el sector sindical. Después de derrotar a los partidos políticos en los procesos electorales entre 1998 y 2000 —Referendo consultivo constitucional, abril de 1999; elecciones de Asamblea Constituyente, julio 1999; aprobación de la Constitución, diciembre 1999; y elecciones de relegitimación, julio y diciembre 2000— el intento de Chávez Frías por apoderarse de los sindicatos, así como lo había hecho con todos los poderes del estado, fue un rotundo fracaso.

Primero fue la gran abstención del Referendo Sindical, superior al 76,50%, en diciembre de 2000 y luego las elecciones sindicales en octubre del 2001, en donde los candidatos del Gobierno fueron derrotados por los líderes tradicionales de la oposición, triunfo que el Gobierno nunca reconoció. Vimos después como el Gobierno arremetió creando otras centrales sindicales, “gobierneras” u oficiales y paralelas, y negándose a discutir la contratación colectiva con los sindicatos afiliados a la CTV

El sector empresarial.

Sería a finales del año 2001 cuando el régimen y otro importante sector de la S.C. se enfrentarían de manera definitiva: el sector empresarial. Las relaciones nunca habían sido buenas, pero el elemento que termino de disparar el enfrentamiento fue la llamada Ley Habilitante, o mejor dicho, el conjunto de leyes que el régimen autoritario aprobó al amparo de esta Ley. En efecto, con un paquete de 49 leyes, algunas de las cuales eran seriamente cuestionadas, el régimen de Chávez Frías cambió todo el marco jurídico del país. Varias de las leyes fueron calificadas de “estatistas” e intervencionistas y desencadenaron muchas protestas que concluyeron en un exitoso paro nacional, al cual se sumo también el sector sindical. El paro, convocado por Fedecámaras, se llevó a cabo el 10 de diciembre de 2001, y a pesar de que su éxito nunca fue reconocido por el Gobierno, desencadeno un masivo proceso de resistencia del país al autoritarismo de Chávez Frías.

La eclosión de abril de 2002, un punto culminante, pero no final.

A partir de enero de 2002 comenzaron en el país un conjunto de movilizaciones cada vez más intensas y numerosas. Se inicio con una marcha el día 23 de enero, en donde se unieron todos los sectores de la oposición: S.C., partidos políticos, trabajadores y empresarios, que desfilaron desde la Plaza Morelos hasta la Plaza O’leary con una multitud calculada en más de 200 mil personas, lo que para ese momento significaba la manifestación más grande en un evento de la oposición y que triplico la que el sector oficial realizó ese mismo día.

Durante tres meses se continuaron sucediendo manifestaciones y actos, cada vez más numerosos, cuyo punto culminante fue una multitudinaria marcha que se dirigió a Miraflores el 11 de abril de 2002 y que fue atacada a tiros, dejando un saldo de 19 muertos y la salida del poder de Chávez Frías por un periodo de 48 horas, al ser desconocido por el Alto Mando Militar. Como sabemos, Chávez Frías regreso al poder, de la mano de los mismos militares que lo habían depuesto, pero a partir de esa fecha no cesaron las movilizaciones, que cada vez eran más numerosas.

Los hechos de abril y la actuación confusa de la Fuerza Armada, puso en evidencia la debilidad intrínseca y la pérdida de apoyo del Gobierno de Chávez Frías, que no obstante logro mantenerse en el poder, a pesar de la creciente resistencia. A partir de allí comenzaron también las deserciones en las propias filas del régimen, haciendo que perdiera fuerza en la Asamblea Nacional, que de controlar más de las dos terceras partes, llego a controlar solo una escasa mayoría, con la cual ni siquiera contaba en todas las ocasiones. Igual paso en el Tribunal Supremo de Justicia, en donde se mantenía una especia de empate en la Sala Plena, que impidió renovar las autoridades en ese cuerpo, pero que al contar con la mayoría en la Sala Constitucional le permitió contar con algunas decisiones, que aunque jurídicamente eran cuestionables, mantuvieron al Gobierno anclado en una incierta seguridad jurídica.

Conclusión preliminar.

Ese “desplazamiento” del Gobierno fue sin duda el logro más importante de la S.C. en ese proceso y lo que le permitió, sin duda alguna, conquistar un espacio político de actuación, totalmente merecido y justificado; sin embargo, no estuvo exenta de problemas y dificultades. El concepto de S.C., dispersión y especificidad de objetivos, exacerbada mentalidad individualista, calidad y característica de la representación, pugnacidad con los partidos políticos, interpretación del papel del liderazgo, formas de organización, etc. se deben evaluar y analizar.

V.- Sociedad Civil contra Chávez Frías:
– ¿Por qué fue tan difícil?

Nadie puede desconocer el papel de la S.C. en la resistencia al Gobierno de Chávez Frías, que se manifestó con tres actores fundamentales: ciudadanos, sindicatos y empresarios. De estos, el ciudadano ha sido el más significativo, no solo por ser el que irrumpe como “novedoso” en el escenario, sino porque fue el más activo. Sin embargo, cuando nos preguntamos ¿Por qué no ha cristalizado el esfuerzo por constituir un movimiento capaz de salir de un Gobierno deslegitimado y en franca minoría? la respuesta a esa pregunta, las razones que explican las dificultades, es crucial entenderlas para continuar la lucha. La mayor dificultad tiene que ver, sin duda con la resistencia del régimen o con causas no atribuibles a la S.C. Pero, algunas de estas dificultades tienen que ver con aspectos que podemos llamar externas e internas, que dependen de sus propias características.

Las dificultades “externas”.

1) El factor tiempo.

La primera dificultad es entender el factor tiempo, pues no todos los que se oponen al Gobierno lo hacen desde un principio o desde una fecha determinada y eso hace que no todos experimenten el mismo cansancio y desesperación. Para algunos esta lucha comenzó a mediados de 1998, cuando ya era evidente que Chávez Frías ganaría la presidencia. Para otros, por ejemplo, todo se inicio a partir de los acontecimientos de abril de 2002, cuando un grupo de militares depuso y luego reinstalo a Chávez Frías en el poder. Pero para un gran grupo, la confrontación solo se hizo evidente a partir de diciembre de 2003 cuando se convoco el paro cívico o de febrero de 2004 cuando se frustro de manera definitiva el referendo consultivo. Hay, entonces, diferentes grados de motivación, de cansancio y de desesperación que son difíciles de manejar. Lo curioso es que luce que los más desesperados y radicales parecen ser los últimos que se han ido incorporando a la lucha o los que están más alejados geográficamente del país. De manera inversamente proporcional, el tiempo y la distancia, parecen dar una visión más radical: menos tiempo, menos cerca, más radical.

2) La reacción del régimen.

Naturalmente hay que considerar entre los factores, quizás uno de los más importantes, la reacción del régimen. Lo que algunos nos han recordado muy bien a partir de la anécdota: Los rusos también juegan. El Gobierno juega, y juega duro. Se le va la vida en ello. Tiene recursos y los utiliza. La imagen que tiene, que ha creado y cultivado el régimen —interna e internacionalmente— es difícil de contrarrestar y es obvio que no lo hemos sabido hacer. Nos guste o no, una buena parte del país y del mundo cree que el Gobierno de Chávez Frías tenía un amplio apoyo popular, lo cual respaldan las encuestas. Sabemos que no era del todo cierto, pero no era tampoco un apoyo despreciable. Era además un Gobierno legítimo, electo democráticamente, que se vendió así mismo como: “… representante de los pobres, contra el cual se intentó un golpe de estado en el 2002”…, que lo convirtió en “victima” en buena parte de la comunidad internacional. Esta “imagen” la supo aprovechar adecuadamente el Gobierno y sea porque necesitaba apoyo internacional o bien porque se consideraba un líder continental y mundial, en mantenerla y desarrollarla invirtió mucho dinero.

3) La crítica a la política y a los partidos.

Pero las anteriores no son las únicas causas. Uno de los factores que aun no ha sido analizado profundamente por los propios agraviados, es que la oposición perdió su alma política, su motor como oposición. Políticos y partidos no pudieron ser más eficaces, pero no solo porque erraron el camino, sino porque estaban muy disminuidos, descaracterizados, moralmente debilitados. Durante más de 20 años, anteriores a Chávez Frías, la política, los políticos y los partidos fueron blanco de una inmisericorde y no siempre justa, campaña —antipartido y antipólitica— sistemática, de debilitamiento y destrucción, por parte de la propia S.C., apoyada en los medios y en buena medida en los propios partidos y políticos. La misma S.C. que reclamaba y reclama, con razón, un papel más protagónico y que se opuso a Chávez Frías de manera organizada, fue protagonista y trasmisora de esa campaña de desprestigio y destrucción: Los políticos son unos corruptos, unos ladrones, que han empobrecido al país, que no les importa el país, que el país era rico y que ellos lo han empobrecido, repetíamos y aun repetimos hasta el cansancio.

Así se le hizo a Chávez Frías la tarea ideológica, la labor de zapa, que lo proveyó de una consigna y le permitió alzarse con el poder. Los mismos que se rasgaron las vestiduras por los “principios” participaron de esa campaña, pero callaron cuando Chávez Frías se juramento sobre una “Constitución Moribunda”, cuando disolvió el Congreso Nacional, cuando convocó un referéndum consultivo inconstitucional, cuando se apodero de las instituciones mediante una asamblea constituyente todopoderosa que actuó más allá de su mandato expreso. Al estar minadas las bases de las instituciones, fue muy fácil montarse sobre ellas.

El daño causado, desde el punto de vista de los partidos, fue notorio durante el segundo Gobierno de Rafael Caldera, cuando se demostró que no eran necesarios para llegar al poder o para gobernar. Bastaba con una maquinaria electoral, con un cierto liderazgo de cúpula, buena capacidad de negociación —contando con los recursos y prebendas del Estado para dispensar— y algunas personalidades y “técnicos” venidos de la industria petrolera o del sector privado. Los partidos dejaron de contar para constituir Gobierno, solo eran maquinarias electorales, abastecedoras de burócratas y de una cierta “legitimidad”.

Ante esa predica contra los partidos, estos en lugar de retomar sus orígenes y sus doctrinas, para reconstruirse sobre sus bases, perdieron su razón de ser, siguieron como cascarones vacíos. El contacto que en sus orígenes establecieron de manera directa con la realidad, entonces y aun ahora lo establecen a través de los medios. Antes dependían de su labor partidista en sectores populares, sindicales y campesinos, ahora sin contenido, mensaje, doctrina ni orientación, dependen del acceso a micrófonos y pantallas de televisión, para tener acceso a sus partidarios: un amorfo pueblo, trastocado en “público”. Dependen de algo que no controlan, porque eso lo controlan la publicidad, las encuestas, los dueños de los medios, que tienen sus propios intereses y agendas.

4) La predica del odio.

El Gobierno instaurado en 1999, ha sido maestro en profundizar en otro tema, la siembra del odio; lo que la izquierda nunca logro con su predica de la lucha de clases, lo ha logrado este Gobierno, explotando algo que estaba presente, que no podíamos negar ni seguir ocultando: las enormes diferencias económicas entre los venezolanos y que algunos, muchos, la estaban pasando y la siguen pasando muy mal. El Gobierno ha sido poco eficaz en resolver los problema, pero si ha sido un maestro en despertar expectativas y en dirigir la predica del odio y la violencia en contra de la sociedad y las instituciones como un conjunto. Con respecto al diagnostico no hay dudas y en lo que hay que hacer, estamos mayormente de acuerdo: generar y producir rápidamente empleo, estímulos para la inversión, etc. el problema son las manifestaciones concretas de la pobreza, son los buhoneros —hoy “bachaqueros”— del Silencio, de Petare, de Catia, de toda la ciudad, ¿qué vamos a hacer con ellos? Como no se sabe, es más fácil predicar la violencia y tratar de dirigir el odio.

Las dificultades “internas”.

1) Los prejuicios hacia la política.

La S.C. tiene también sus dificultades particulares. El ciudadano común, desde el punto de vista individual, personal, debe superar en si mismo los prejuicios, humanos, que ha causado la acción colectiva de tantos años. La repugnancia y carga negativa que para él tiene la política —las cuales contribuyó a crear— no ha sido fácil de superar y ahora sabe que debe meterse en ella, en esa vilipendiada política, pues ese es el terreno en donde se pueden lograr los cambios que busca. En este mismo orden de ideas, de lo personal, otra dificultad, importante para muchos, es darle contenido racional a algo que era absolutamente visceral y emocional: El odio y el rechazo hacía Chávez Frías. Con eso no se podía salir al mundo a derrocar un Gobierno legítimo, era preciso darle contenido racional a ese sentimiento.

2) La mentalidad individualista.

A eso agreguemos la preponderancia de una mentalidad individualista; el auge, pero no del individuo en contraposición al Estado, sino del individualismo en todas sus manifestaciones. Un nuevo sistema de relaciones sociales centrado en el individuo y reforzado por los avances tecnológicos que crean nuevos patrones de interacción social; y a eso sumemos una buena cantidad de problemas de corte personal: ambiciones por el poder, los prejuicios para admitir que otro tenga aspiraciones, la imposibilidad de tener que aceptar que si yo soy alguien porque aquel tiene mejor figuración que yo, etc.

Lo peor de esa mentalidad individualista se manifiesta cuando los que la tienen tratan de ejercer su liderazgo. Buena parte de nuestros líderes tienen que superar lo que podemos llamar el “síndrome de Mary Poppins” de los ejecutivos venezolanos: lo saben casi todo, nadie les puede enseñar casi nada, casi todo lo hacen bien, no aprenden de casi nadie, son casi perfectos —porque perfecto solo es Dios— tal cual era Mary Poppins. Por eso les cuesta tanto aceptar direcciones, la opinión de otros, dejar que los demás asuman responsabilidades, que conduzcan procesos y que les den órdenes. Parece simple, pero no lo es.

3) El problema de la representación.

Uno de los problemas graves, que era necesario superar y que aun no se ha superado, es el problema de la representación. Ese problema está allí, latente y sin resolver. La pregunta que siempre surge, sobre todo viniendo de los partidos y las organizaciones políticas tradicionales: ¿A quién representan esas ONG, de bolsillo o maletín? ¿Cuándo se han medido en alguna elección para demostrar su fuerza real, su arraigo? Esa pregunta acerca de la “representatividad” de las ONG y sus voceros o líderes, demuestra que quien la formula no ha entendido tampoco de que se trata, pues claramente esas ONG o esas personas no representan a nadie, ellas simplemente “son”.

El problema de la representación solo es un problema para quien se basa en ella, los partidos políticos, no para las ONG, los ciudadanos o sus voceros. Este es un problema inexistente y que no tiene porque resolverse. Siempre y cuando todos, partidos y ciudadanos lo entiendan así y estos últimos tampoco pretendan disputar la representación popular y el poder de los partidos.

4) Los problemas para concretar una organización.

La movilización —en el periodo considerado— en contra del régimen la logró la S.C. No la lograron los partidos o las organizaciones políticas. Pero lo más difícil fue y es organizar todo ese potencial, todas esas coaliciones semiflexibles, las movilizaciones semi espontáneas, con organizaciones ad hoc, para unas tareas determinadas y que no implican una relación permanente y un compromiso duradero, sino que se sustentan, precisamente, en su carácter efímero y pasajero, que coinciden en un momento y lugar determinado, que logran un gran impacto a nivel de los medios, que ponen en jaque a las instituciones y a las organizaciones públicas y privadas, pero que obviamente no están destinados a tomar el poder del Estado.

Otra dificultad que han tenido que superar la S.C., y que no han logrado del todo, es esa inmensa dispersión y ese actuar a nivel local, regional, ese actuar solo sobre cosas muy específicas y muy concretas. La mayoría de sus organizaciones, de sus ONG, están dedicadas a, un solo objetivo del cual no se trascendía porque no involucraba los problemas del país. La dinámica que implica esa práctica es exitosa en su nivel, pero no es trasladable a nivel político; no se convierte en votos y eso lo comprobamos durante el proceso electoral para elegir constituyentes en 1999. Todos los representantes de la S.C. fracasaron frente a un Chávez Frías en el paroxismo de su poder, pero fueron, una vez más, las maquinarias de los partidos las que lograron alguna figuración.

5) El problema del liderazgo.

Algunos piensan que parte de los problemas de la oposición es la falta de un líder o que eso se debe al concepto de liderazgo, que es un concepto que también está sin resolver. Al parecer estamos acostumbrados al liderazgo personal. Al líder carismático que conoce las respuestas y el camino, que luce bien en televisión, que tiene todas las respuestas, el mapa del futuro, que sabe de manera segura a donde hay que ir. Resulta hasta conmovedor ver a los líderes de los partidos, incluso de las propias ONG, a dirigentes empresariales o de medios, tratando de convertirse en los lideres de este “movimiento” y estrellarse al lanzar una convocatoria a algún evento, acción de calle o alguna idea acerca de cómo organizar tal o cual actividad.

Pero ese concepto de líder, tradicional, choca, se estrella, no se corresponde con el concepto o la materialización de la S.C. que ha tomado la calle. Es contradictorio ese concepto de liderazgo con todas esas características de la sociedad civil y de los ciudadanos de las que hemos hablado: prejuicios hacía la política, excesivo individualismo —síndrome de Mary Poppins—, falta de representación, problemas para concretar una organización. Pero, afortunadamente ya hay mucha gente que está rompiendo con ese concepto de liderazgo y dice estar dispuesta a apoyar a alguien que asuma los riesgos. Y precisamente de eso se trata; de encontrar lideres que corran los riesgos con nosotros, que no tenga todas las respuestas, pero si muchas preguntas; que nos reten y estén dispuestos a acompañarnos en la búsqueda de las respuestas y de la salida. Lo difícil es crear un líder bajo este concepto, para destronar otro líder que está enraizado en un concepto diferente.

Conclusión final: Lo que aprendimos.

De este proceso, que no se cerró en el periodo considerado, sino que continúa hasta el día de hoy, aprendimos muchas cosas sobre la política. Lo más importante, es que aprendimos como realmente es y no como la estudiamos en los libros o la contemplamos desde lejos. Nos servirá de mucho para la tarea que viene ahora: Construir una verdadera opción política, democrática, transparente y plural, que tenga como centro el respeto a la persona humana. Esa es la enseñanza práctica que sacamos de este proceso y a la que hay que dedicar buenos esfuerzos. Durante mucho tiempo tuvimos poca capacidad de comprensión del momento político que vivíamos; ahora somos conscientes de que estamos enterrando todo un ciclo de la vida política venezolana. Encarnamos una realidad y una historia, no denigramos de ella, ni la desconocemos, pero tampoco la damos por completamente buena.

Estamos sorprendidos de nuestra ingenuidad y de nuestra poca visión, pero no estamos decepcionados ni frustrados; podemos decir que hicimos las cosas en las que creímos, y aunque también persigamos objetivos individuales, no debemos ser oportunistas; dar nuestro mejor esfuerzo y demostrar a los que nos acompañan en esta tarea, a nuestros hijos, amigos, que si es posible hacer política de otra manera; o mejor dicho, que esa es la manera de hacer política.

Ahora nos toca continuar, con menos inocencia e ingenuidad, pero con el mismo estilo desplegado hasta ahora y los mismos ideales, para ayudar a los partidos a construir la opción política que el país necesita, y que no es la que abandonamos, pero tampoco es la que tenemos en el presente. Tenemos que romper con la práctica de que en Venezuela los espacios políticos se construyen desplazando a los que están en ellos. No. Se construyen sobre la base de llenar los vacíos, buscando ampliar el terreno hacia donde no está ocupado, buscando conquistar nuevos espacios políticos.

El papel de la S.C. durante estos los seis años considerados fue clave, dio la cara, movilizó a la opinión pública, contribuyó a la discusión en los años subsiguientes y debe seguir participando; pero el salto modernizador hacia la plena democratización se produce solo por el auge de las organizaciones políticas y el fortalecimiento de las instituciones. Eso es lo que ha ocurrido en otros países. Ocurrió en Costa Rica no hace mucho, con la crisis que después llevo a Figueres al poder y fue producto de un proceso de concertación social; ocurrió en El Salvador tras una guerra civil que asolo el país en los años 80, ocurrió en la España post franquista, en donde se ve claramente que fue el liderazgo político lo que hizo posible el salto de España al proceso de democratización y modernización, más que el auge económico del ingreso a la UE o el papel activo de la S.C.

Por eso creo que la tarea política de la S.C. y los ciudadanos es fortalecer partidos, sindicatos, organizaciones gremiales y apertrecharse para después, para el nuevo Gobierno, para evitar que se retroceda a situaciones de inamovilidad política como las que tuvimos en los periodos anteriores a 1999. Por eso se ha hablado de un nuevo pacto político y social, para salir del Socialismo del Siglo XXI, pero para evitar también retrocesos que nos conduzcan de nuevo al punto en que nos encontramos ahora.

Más allá de cualquier definición, la S.C. en esencia somos ciudadanos conscientes de que desarrollamos una actividad política, sin pretensiones de poder y sin participar en disputas por cargos o procesos electorales. Para eso están los partidos; pero los verdaderamente democráticos, con procesos internos transparentes, que no teman al control ciudadano. Mantengamos nuestras ONG fuertes, unidas, libres de disputas insignificantes, de personalismos intrascendentes, de rivalidades huecas, hay demasiadas cosas que hacer como para perdernos en disputas internas de poca monta, cabemos todos y podemos ayudarnos.

Esa será la verdadera red, la malla que retendrá a este país equilibrista cuando los actuales amos del poder lo empujen de la cuerda floja.

¿Y después, qué?

El tema de lo que ocurrirá después del 6D es necesario discutirlo asumiendo, como hoy es previsible, la victoria de la oposición o, mejor dicho, la derrota del Gobierno. No importa si la diferencia de votos a favor de la oposición es mucha o poca, porque lo que no cabe duda es que se abrirá una nueva era en la política del país. Inédita. Por primera vez en quince años tendremos un cuerpo legislativo contrario y enfrentado al poder central.

Para ese momento debemos prepararnos desde ahora. En primer término, mentalizándonos con que eso va a ocurrir y que en el país tendremos una mayoría opositora, pero también una minoría oficialista, del PSUV y otros partidos, que seguirán actuando en política.

Ya algunos analistas políticos han hecho referencia a este tema y han comenzado a tratarlo. Por solo mencionar algunos, el Padre Luis Ugalde S.J. en varios artículos de prensa y en un panel reciente en Analítica.com (22 de junio 2015); a Jean Maninatt en un artículo de prensa (El Universal, viernes 24 de julio de 2015); a Boris Muñoz, en su trilogía de artículos, Demonios de la Transición, publicada en Pro Davinci (25 de junio, 4 de julio y 28 de julio); y la más reciente entrevista radial a Fernando Mires por Cesar Miguel Rondón (6 de agosto de 2015). Pero, como dije, estos son solo ejemplos, no son los únicos en tratar el ineludible tema.

Por lo pronto, al ganar la Asamblea Nacional, la oposición debe encabezar un proceso de negociación con el llamado Polo Patriótico, —PSUV, PPT, Partido Comunista, entre otros—, donde lo mas menudo será escoger la Directiva de la Asamblea, pero sobre todo, la integración de las Comisiones Legislativas que deben hacer el seguimiento y control del Gobierno Nacional.

Sin contar con las demás atribuciones constitucionales del cuerpo legislativo en materia administrativa, presupuestaria y económica, a la mayoría opositora que lo dominará, corresponderá también negociar la integración de los demás poderes públicos y políticos en el país: elegir las vacantes que vayan quedando en el Tribunal Supremo de Justicia y en su momento, renovar este cuerpo; así como al Consejo Nacional Electoral, al Poder Ciudadano: Fiscal General, Defensor del Pueblo, Contralor y además autorizar el nombramiento del Procurador y los embajadores del país. Ejercer esas funciones supondrá un complejo proceso de negociación, al interior del cuerpo y con el Poder Ejecutivo, vale decir, con el Presidente de la República.

Pero el proceso negociador más importante que se abrirá en esta nueva era se dará en el país como un todo, en el centro de la sociedad misma, para reconstruir la base de la democracia y las instituciones, demolidas en estos 16 años de ruina y malos gobiernos.

Eso comienza por aceptar que la sociedad venezolana está dividida en tres bloques monolíticos y bastante homogéneos en número. Uno integrado por quienes defienden el régimen, otro por quienes lo adversamos; y un bloque, que pareciera indiferente, pero que es el que inclina la balanza en los diferentes procesos electorales.

No podemos seguir ignorando políticamente esta realidad y se hace necesario abrir un proceso de negociación que, sin temor a los lugares comunes, supone un nuevo pacto social.

La idea no es nueva y ha sido expuesta no solo por los referidos analistas políticos ya citados, sino que se remonta a varios años e intentos; desde los políticos adelantados por los partidos opositores —con la Coordinadora Democrática y la Mesa de la Unidad Democrática— hasta los de carácter menos partidista y más amplios, cuyo mejor ejemplo fue aquel Pacto de Gobernabilidad firmado entre Fedecámaras y la CTV —con la facilitación de la Iglesia Católica, en la Quinta la Esmeralda, el 5 de marzo de 2002— que me recordó recientemente un amigo.

Ese Pacto de la Esmeralda —que fue enterrado tras los acontecimientos conocidos de abril de 2002— fue el intento más acabado y elaborado de los últimos 13 años y no tengo ninguna vergüenza ni temor en reconocerlo y proponer su lectura y reflexión, con una nueva visión; la visión que nos proponen las actuales circunstancias políticas, en las proximidades de una nueva correlación de fuerzas en el país, que será sancionada por el proceso electoral que se cumplirá el 6D.

Tras pasearse por un diagnóstico y diversos temas, el Pacto hacía un llamado a incorporarse en la discusión a: la academia, la sociedad civil, los partidos políticos, los medios de comunicación social y llegaba a un consenso en diez puntos. (Ver documento completo en: http://www.efemeridesvenezolanas.com/sec/doc/id/14/?show=1 )

Desde luego que no pretendo desenterrar ese pacto sin más, pero sus planteamientos, recogidos en una especie de decálogo, son una buena base para la discusión actual: Superación de la pobreza; plan inclusivo y unidad nacional; civil democrático y constitucional; pacífico y tolerante; una Fuerza Armada Nacional no deliberante e institucional; eficiencia, productividad y transparencia de las políticas públicas; un Estado que se equilibre y se complemente con la sociedad; capital, trabajo y consumidor; recuperación de la imagen y la confianza internacional de Venezuela; y ética, valores y educación.

Díganme con sinceridad si estos no son puntos claves para arrancar la discusión de un nuevo pacto social.

Abstención e indiferencia política

En Venezuela los temas políticos se reciclan, se repiten en “ritornello” incansable e infinito. Por eso es común volver sobre argumentos anteriores. Uno de esos temas es el de la abstención. ¿Por qué se abstienen los ciudadanos de votar o participar en procesos políticos y electorales? No es un tema simple, por más que lo hayamos discutido muchas veces y hoy lo tenemos nuevamente sobre la mesa.

Hay una máxima de los pensadores de principios del siglo pasado —gente como Bertrand Russell, por ejemplo— quienes decían que la política la practican las minorías porque la mayoría es indiferente a la política. Esa es la primera razón para la abstención en cualquier proceso electoral, la indiferencia. Y la abstención, cuando no se diferencia de la indiferencia, es el morbo de la política, el enemigo número uno del control ciudadano y el derecho al voto.

El tema de la abstención es, por cierto, uno de los fenómenos políticos que menos se ha estudiado a nivel mundial y particularmente en Venezuela, donde además, hasta el año 2000 no fue un evento significativo.

Donde se ha estudiado el fenómeno, se dice que una de las causas principales para la abstención son los problemas administrativos; es decir, las dificultades organizativas para votar. De allí que en todas partes se hagan considerables esfuerzos para aligerar el proceso.

Dado lo anterior como resuelto, comienzan a considerarse otras dos razones importantes para reducir la abstención. Primero, candidatos por los cuales valga la pena movilizarse; y segundo, confianza en que los votos van a ser asignados al candidato o la opción que cada quien decidió. Ambas, según se dice, son razones eminentemente subjetivas. Pero por muy subjetivos que sean ambos factores, tienen que tener basamentos empíricos, cosas objetivas que demuestren que vale la pena votar: un proceso organizado, transparente, en el que se tenga una mínima confianza. En ese sentido en Venezuela, debemos reconocerlo, estamos en el peor de los mundos.

Por eso, para algunos, a pesar de que existen sobradas razones teóricas y filosóficas para moverse a votar, al evaluar las consideraciones anteriores, hay muchas razones que —según los abstencionistas— aconsejan no hacerlo. Razones de tipo administrativo, como la alteración del registro, la desconfianza en el órgano electoral, la falta de candidatos por los que valga la pena movilizarse o candidatos surgidos en procesos poco democráticos o viciados, etc.; por lo que cualquier persona, con pocos elementos de análisis, sin mayores argumentos y un mínimo razonamiento puede llegar a la conclusión de que la abstención en el venidero proceso del 6D puede ser muy elevada y hasta aconsejable.

Desde otro punto de vista, a muchos les resulta convincente para abstenerse que ganar una elección parlamentaria no vale mucho la pena si no está en juego el núcleo del poder o los demás poderes. No les parece suficientemente válido como razones para votar mantener espacios u obtener algunos o muchos diputados; tener muchos diputados, alegan, sin que se toquen los demás poderes es tan ineficiente e inútil como lo que tenemos ahora; no vale realmente la pena, dicen, movilizarse y con ello legitimar un proceso que obviamente favorecería propagandisticamente al Gobierno.

Pero esos argumentos se debilitan y caen porque lo que no está en discusión es que en política es preciso hacer lo que sea más eficiente, sobre todo si se trata de contener el intento autoritario del presente régimen. Las razones más importantes para participar en un proceso electoral en Venezuela, aparte de las filosóficas y de principios —para mí las verdaderamente válidas— están en la necesidad de hacer frente a un proyecto autoritario y de aprovechar cualquier ocasión para organizarse, detenerlo y revertirlo.

Las posiciones abstencionistas, de poca o ninguna capacidad organizativa, usualmente no pasan de descargar insultos hacía aquellos que creemos en una cosa distinta y de sentarse a esperar que algo ocurra, que alguien —usualmente de uniforme— tome la iniciativa de cambiar las cosas.

Del otro lado, del lado de los que creemos en el voto como única vía válida para cambiar gobiernos, es innegable que los procesos electorales ofrecen una posibilidad única para organizarse, para comunicarse con la gente, para dar a conocer las ideas, para denunciar, para hacer propuestas. Por supuesto, eso supone que los ciudadanos y los partidos se organicen de manera adecuada y que juntos estén dispuestos a defender, de la manera que sea necesaria, las posiciones conseguidas.

Hay otra razón para participar en vez de abstenerse, que esta en la naturaleza misma de la abstención y que se refiere a lo que ya hemos denominado como indiferencia. La indiferencia de los ciudadanos hacía la política, es lo que en buena medida nos ha conducido a la situación que hoy vivimos y por eso es imperativo combatirla.

La indiferencia y la abstención se pueden matizar y analizar de diversas maneras. Por ejemplo, en países desarrollados se trata de justificarla diciendo que la gente se abstiene porque no hay nada verdaderamente importante en juego en los procesos electorales, nada por lo que valga la pena movilizarse; además, no hay mayores diferencias entre los candidatos, las opciones y sus políticas son tan similares que, gane uno o gane otro, no habrá mayores diferencias para la gente. Y alegan, para reforzar esta explicación, que cuando hay diferencias de fondo, la gente se moviliza verdaderamente a votar.

¿Es ése el caso de Venezuela? ¿No hay aquí razones de fondo, realmente importantes, por las cuales valga la pena votar? Desde luego que sí. Entre ellas la inédita posibilidad de ganar el proceso y con ello la Asamblea Nacional, que no es poca cosa, en el esfuerzo para detener y revertir este proceso autoritario. Ganar la Asamblea abre un nuevo espacio político, una situación cualitativamente diferente en el país. Pero eso ya es tema de otro comentario.

La oposición no tiene una propuesta

Nada más falso que esa afirmación. No solo una, varias son las propuestas alternativas que han planteado quienes se oponen a la ruina actual. Y no sólo sus candidatos ‒a la presidencia, a gobernaciones, a alcaldías o a diputados‒ también lo han hecho las organizaciones que componen la MUD, grupos de economistas identificados con la oposición al régimen chavista, las organizaciones empresariales ‒Fedecámaras, Conindustria, cámaras regionales, etc.‒ aunque no entran en la disputa por el poder y hasta la Iglesia Católica, que no es propiamente una organización de oposición.

Hay propuestas alternativas en lo político, lo jurídico, lo social, la seguridad personal y pública, la agricultura y la ganadería, el turismo, la educación a todos sus niveles, el desarrollo tecnológico, el desarrollo de determinadas regiones del país, etc.

Muchas más son las opciones y alternativas que se han manejado en materia económica: Para industrializar y reindustrializar el país, con relación a las empresas del estado ‒petroleras, las de Guayana y las estatizadas‒, en materia cambiaria, con relación a la industria petrolera; en fin, se ha cubierto todo el espectro de la vida pública nacional con propuestas alternativas al fracasado socialismo del Siglo XXI.

Las propuestas van desde lo más general: Alternativas al sistema socialista, contraponiéndole un sistema de mercado o capitalismo social; hasta lo más concreto e inmediato, como: alternativas cambiarias, medidas antiinflacionarias o contra la escasez, pasando por la defensa a la propiedad privada, el estado de derecho, la regionalización, la democracia, etc. Más bien son demasiadas propuestas, no es por falta de ellas.

Por tanto, esa afirmación ‒la oposición no tiene una propuesta‒ no es sino una estratagema de laboratorios de guerra sucia del propio régimen y en boca de algunos voceros opositores no deja de ser una ingenuidad, prueba de que dichos laboratorios están teniendo éxito, al menos parcialmente.

Qué tanto cala esa afirmación en el pueblo, es algo que está por verse. Lo que sí ha calado, sin duda, es el “discurso” del régimen. Ese es un discurso, una narrativa, un virus, ‒como decía el publicista Aquiles Esté hace ya algunos años‒ que tiene varios siglos y sobrevive en la historia.

Ese virus, que es el del populismo, muta a lo largo de la historia, se convierte en: fascismo, socialismo, comunismo, estalinismo, peronismo, velasquismo, castrismo, chavismo y un largo etcétera y de esa forma sobrevive, pero manteniendo su estructura básica, que aparece y reaparece históricamente con el líder mesiánico ‒populista, salvador‒, con un mismo o parecido discurso:

Nosotros somos un país rico, vivíamos felices, teníamos perlas, cueros, ganado, cacao, café, ahora tenemos petróleo, minerales; y vino el imperio ‒el español primero y luego el americano‒ y sus secuaces y nos quitaron nuestra riqueza y nos hicieron pobres; pero yo ‒dice el líder populista‒ voy a salvarte, a devolverte lo que es tuyo, arrebatándoselo a ellos y dándotelo a ti, sin que tengas que hacer nada, pues mereces “la mayor suma de felicidad posible”.

Es un discurso simple, cerrado, redondo, perfecto. Ese es el discurso a vencer, no es la “propuesta” del socialismo del Siglo XXI solamente, es ese “discurso”, que tiene siglos de historia y de raíces y por eso es tan fácil de tragar y tan difícil de derrotar. ¿Quién no está de acuerdo con un discurso así?, ¿Con una propuesta como esa? En donde todo lo merezco y nada tengo que hacer, sino esperar lo que en derecho ya era mío.

Allí es donde está el problema de la oposición. No es en la falta de propuestas. Es en la falta de un discurso alternativo, que le llegue al pueblo de manera eficiente y eficaz, que articule todas esas propuestas que ya ruedan y las convierta en un discurso simple, tan atractivo como el discurso populista; pero sin parecerse a él, sin imitarlo, sin pretender sustituirlo por otro discurso igualmente populista. Esa es la tarea difícil, que hay que comenzar a acometer de inmediato.